Por el Dr. Elio M. Rivera

  Durante uno de mis viajes a Israel encontré un libro que llamó profundamente mi atención. Su título contenía una expresión que jamás había escuchado: “El Quinto Evangelio”. Recuerdo haber tomado el libro entre mis manos y preguntarme qué quería decir el autor con aquellas palabras. Por supuesto, no estaba hablando de un evangelio perdido ni de algún texto oculto que debiera añadirse a las Escrituras. Sin embargo, aquella expresión quedó grabada en mi memoria. En ese momento todavía no comprendía completamente lo que significaba. La comprendería después. Mucho después. La comprendería caminando por Galilea, observando las aguas del Mar de Galilea, recorriendo las calles de Capernaúm y contemplando las montañas donde Jesús enseñó a las multitudes.

  Para entender por qué aquella frase llegó a significar tanto para mí, debo retroceder algunos años. En aquella época apenas comenzaba mi ministerio. Había desarrollado una fascinación profunda por la persona de Jesucristo. No me refiero simplemente a una admiración teológica. Había llegado un momento en mi vida en que deseaba conocerlo mejor. Comprenderlo mejor. Acercarme más a Él. Durante ese tiempo me embarqué en un proyecto que transformó mi manera de leer la Biblia. Decidí armonizar los cuatro Evangelios en una sola narración continua.

  Durante meses estudié cuidadosamente el trabajo de historiadores y estudiosos cristianos que habían dedicado sus vidas a reconstruir cronológicamente la vida de Jesús. Tomé los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y los fui uniendo como quien reúne las piezas de un gran mosaico. Eliminé los números de capítulos y versículos para leer los acontecimientos como una historia continua. Una y otra vez repasé los Evangelios. Los leí cientos de veces. Quizá más de quinientas veces durante aquellos años.

  Y ocurrió algo extraordinario.

  Descubrí un Jesús que me quitó el aliento.

  No era el mismo efecto que produce leer un Evangelio por separado. Al contemplar los cuatro relatos unidos y ordenados cronológicamente, comenzaron a surgir detalles que antes no había percibido. Los movimientos del Maestro de una ciudad a otra. Las reacciones de los discípulos. La progresión de sus enseñanzas. La manera en que ciertos acontecimientos preparaban el camino para otros. Por primera vez sentí que estaba observando la vida de Jesús desarrollarse delante de mis ojos como una historia viva.

  Aquel trabajo terminó convirtiéndose en un libro que hoy lleva por título Las Biografías de Cristo. Sin embargo, al concluirlo sucedió algo inesperado. Mi salud comenzó a deteriorarse. Aparecieron problemas cardíacos. La angina de pecho se convirtió en una realidad cotidiana. Surgieron otras enfermedades y, durante un tiempo, llegué a pensar seriamente que mi vida podría estar acercándose a su final.

  Recuerdo aquellos días con claridad.

  Hubo momentos en que pensé que no tendría mucho tiempo más.

  Y fue precisamente en medio de aquella situación cuando llegó una invitación inesperada.

  Unos amigos me propusieron viajar a Israel.

  Todavía recuerdo la conversación que tuve con mi esposa. Para ser completamente honesto, sentía que estaba elaborando una especie de lista de deseos antes de morir. Había dedicado años enteros estudiando la vida de Jesús. Había pasado incontables horas leyendo los Evangelios. Había quedado maravillado por la persona de Cristo. Y había algo que no quería dejar pendiente.

  No quería abandonar este mundo sin haber visto la tierra donde ocurrieron los Evangelios.

  Por esa razón acepté.

  Y así emprendí mi primer viaje a Tierra Santa.

  Lo que no sabía era que aquel viaje cambiaría mi vida para siempre.

  Tampoco sabía que sería el primero de varios.

  Y mucho menos imaginaba que las experiencias vividas allí terminarían convirtiéndose en algunos de los recuerdos más profundos y emotivos de toda mi vida cristiana.

 La tierra santa, donde la Biblia se torna viva

Desde el momento mismo en que salimos del aeropuerto comenzaron las sorpresas.

  Recuerdo ir sentado en el autobús observando el paisaje a través de la ventana mientras el guía comenzaba a señalar lugares históricos.

  ”Por allí Josué oró y el sol se detuvo.”

  ”En aquella región Sansón realizó algunas de sus hazañas.”

  ”Por este camino pasaron personajes mencionados en las Escrituras.”

  Yo permanecía en silencio.

  No quería hablar con nadie.

  No porque estuviera molesto o distante. Simplemente me encontraba abrumado. Trataba de absorber todo lo que veía.

  Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.

  Vi una señal de carretera.

  Una señal común y corriente.

  Pero el nombre escrito en ella me dejó inmóvil.

  Decía: Mizpa.

  Inmediatamente recordé el relato de Samuel convocando a Israel y obteniendo una gran victoria sobre los filisteos.

  Aquello me impactó profundamente.

  Durante toda mi vida aquellos nombres habían existido únicamente en las páginas de mi Biblia.

  Ahora aparecían delante de mí en señales de tráfico.

  En mapas.

  En carreteras.

  En montañas.

  En ciudades reales.

  Mi mundo comenzó a ser sacudido.

  Y apenas era el comienzo.

  Conforme avanzaban los días, una experiencia tras otra fue produciendo el mismo efecto. Los relatos bíblicos comenzaron a adquirir profundidad. Los lugares explicaban los acontecimientos. La geografía iluminaba los textos. Los caminos daban sentido a las narraciones.

  Y entonces comprendí finalmente aquella expresión que había leído años atrás.

  Para mí, Tierra Santa se había convertido en una especie de “quinto evangelio”.

  No porque contenga nuevas revelaciones.

  No porque exista algún libro perdido.

  No porque añada una sola palabra a las Escrituras.

  La llamo así porque allí la Biblia cobra vida.

  Porque los caminos ayudan a entender los relatos.

  Porque las montañas explican las enseñanzas.

  Porque los lagos iluminan los milagros.

  Porque los lugares permiten contemplar los Evangelios desde una perspectiva completamente diferente.

  Por esa razón decidí escribir esta serie.

  Lo que encontrará en las siguientes páginas no es una guía turística ni un tratado académico. Es algo mucho más personal. Son mis recuerdos. Mis emociones. Mis reflexiones. Mis descubrimientos. Son las experiencias que viví mientras caminaba por la tierra donde Jesús nació, enseñó, oró, realizó milagros y entregó su vida por nosotros.

  Comenzaremos en Galilea, la región donde el Maestro desarrolló gran parte de su ministerio. Allí recorreremos ciudades, montañas, senderos y escenarios que dejaron una huella imborrable en mi corazón. Más adelante visitaremos Judea, Samaria y otras regiones igualmente fascinantes.

  Mi deseo es que, al acompañarme en este recorrido, usted pueda experimentar algo de lo que yo experimenté. Que las páginas de los Evangelios adquieran una nueva dimensión. Que los relatos se vuelvan más cercanos. Y que, de alguna manera, pueda contemplar a Jesús caminando nuevamente por aquellos caminos antiguos.

  Porque todo comenzó allí.

  En una pequeña ciudad junto al Mar de Galilea llamada Capernaúm.

Disfruta un reel con propósito:

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Después de aterrizar en Israel y comenzar nuestro recorrido por la tierra de la Biblia, llegó el momento de dirigirnos hacia Galilea. Nuestro destino era la ciudad de Tiberias, ubicada junto al famoso Mar de Galilea, donde se encontraba el hotel que nos hospedaría durante los siguientes días.

  El guía nos explicó que el trayecto tomaría aproximadamente dos o tres horas. Para la mayoría de los pasajeros aquello era simplemente información práctica. Para mí, en cambio, aquellas horas parecían una eternidad.

  La ansiedad me consumía.

  Había esperado este momento durante años.

  Después de pasar incontables horas estudiando los Evangelios, después de leer una y otra vez los relatos del ministerio de Jesús, después de dedicar tanto tiempo a reconstruir cronológicamente su vida, finalmente me encontraba camino al lugar donde gran parte de aquellos acontecimientos habían ocurrido.

  Mientras el autobús avanzaba, trataba de observar cada detalle del paisaje. No quería perderme nada. Todo me parecía importante. Todo despertaba mi curiosidad. Sin embargo, conforme nos acercábamos a Galilea, algo comenzó a cambiar.

  El paisaje empezó a transformarse.

  Las regiones áridas dieron paso a terrenos fértiles. Aparecieron campos cultivados. Vi sembradíos extendiéndose a la distancia. Las colinas comenzaron a cubrirse de vegetación. Todo parecía más verde. Más vivo. Más abundante.

  Comprendí por qué aquella región había sido tan importante desde tiempos antiguos.

  Galilea era hermosa.

  Y mientras el autobús avanzaba por aquellos caminos, yo apenas podía permanecer sentado.

  Entonces ocurrió.

  Por primera vez apareció ante mis ojos una pequeña porción de agua entre las colinas.

  Solo fue un instante.

  Un breve destello azul a la distancia.

  Pero supe inmediatamente lo que era.

  Era el Mar de Galilea.

  Mi corazón comenzó a acelerarse.

  Minutos después apareció nuevamente.

  Y luego otra vez.

  Con cada curva del camino podía contemplar fragmentos cada vez más amplios del lago.

  Mi emoción crecía con cada kilómetro recorrido.

  No podía creerlo.

  Después de tantos años leyendo acerca de aquel lugar, finalmente estaba allí.

  Aquel era el lago donde Pedro había lanzado sus redes.

  Aquel era el lago donde Jesús había calmado la tormenta.

  Aquel era el lago donde había caminado sobre las aguas.

  Aquel era el lago desde cuya orilla había enseñado a las multitudes.

  Aquel era el lago que tantas veces había imaginado mientras leía los Evangelios.

  Y ahora estaba delante de mis ojos.

  Cuando finalmente pudimos contemplarlo en toda su extensión, quedé sin palabras.

  Era mucho más hermoso de lo que había imaginado.

  Sus aguas brillaban bajo la luz del sol. A su alrededor se levantaban suaves colinas y pequeños montes que parecían abrazarlo desde todos los lados. Había algo extraordinariamente sereno en aquel paisaje.

  Por un momento comprendí por qué Jesús pasó tanto tiempo allí.

  Había una belleza especial en Galilea.

  Una belleza difícil de describir.

  Finalmente llegamos a Tiberias.

  La ciudad posee una larga historia. Fue fundada durante el primer siglo por Herodes Antipas, el mismo gobernante mencionado en los Evangelios. Con el paso de los siglos se convirtió en uno de los centros más importantes del judaísmo y continúa siendo una de las ciudades más conocidas de la región.

  Sin embargo, debo admitir que aquella tarde mi atención no estaba puesta en la ciudad.

  Toda mi atención estaba puesta en el lago.

  Cuando llegamos al hotel descubrí que nuestra habitación tenía vista hacia el Mar de Galilea.

  Aquello fue un regalo inesperado.

  Recuerdo permanecer largo tiempo contemplando el paisaje desde la ventana. El lago parecía cambiar de color conforme avanzaba la tarde. Las sombras comenzaban a extenderse sobre las colinas. Poco a poco la luz fue desapareciendo hasta que finalmente llegó la noche.

  Pero aun así me resistía a apartarme de la ventana.

  Quería contemplarlo un poco más.

  Quería grabar aquella imagen en mi memoria.

  Después de tantos años de estudio, finalmente estaba viendo con mis propios ojos uno de los escenarios principales de los Evangelios.

  Aquella noche me acosté con una mezcla de gratitud, emoción y expectativa.

  Sabía que al día siguiente comenzaríamos a visitar algunos de los lugares que durante años habían habitado mi imaginación.

  Finalmente el cansancio venció la emoción y me quedé dormido.

  Amanecer el lago o mar de Galilea (Fotografía tomada en el año 2009 desde el hotel donde nos hospedamos)

A la mañana siguiente ocurrió algo que jamás olvidaré.

  Me desperté antes del amanecer.

  Todavía estaba oscuro cuando me acerqué nuevamente a la ventana.

  Permanecí allí observando en silencio.

  Poco a poco comenzó a aparecer una tenue luz sobre las colinas.

  El cielo empezó a cambiar de color.

  Los primeros rayos del sol tocaron las aguas del lago.

  Y entonces contemplé uno de los amaneceres más hermosos de toda mi vida.

  El Mar de Galilea parecía despertar lentamente bajo la luz de la mañana.

  Las aguas reflejaban tonos dorados y plateados. El paisaje entero parecía cobrar vida frente a mis ojos.

  Me quedé completamente maravillado.

  Aquel momento me quitó el aliento.

  Recuerdo haber tomado numerosas fotografías. No porque una fotografía pudiera capturar realmente lo que estaba viendo, sino porque deseaba conservar aquel recuerdo para siempre.

  Quería atesorarlo.

  Quería guardarlo en mi corazón.

  Después descendimos para desayunar junto con el resto del grupo. La conversación giraba alrededor de los lugares que visitaríamos durante el día.

  Entonces escuché las palabras que había esperado durante años.

  Nuestro guía anunció el primer destino de la jornada.

  —Esta mañana visitaremos Capernaúm.

  Mi corazón volvió a acelerarse.

  La ciudad donde Jesús estableció gran parte de su ministerio.

  La ciudad de Pedro.

  La ciudad donde ocurrieron algunos de los milagros más extraordinarios de los Evangelios.

  Sin saberlo, estaba a punto de vivir una de las experiencias más profundas y conmovedoras de todo mi primer viaje a Tierra Santa

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Mi primera visita a Capernaúm fue una experiencia que jamás olvidaré. Había leído acerca de esta ciudad durante años. Había estudiado sus referencias en los Evangelios, observado fotografías y escuchado innumerables enseñanzas acerca del lugar donde Jesús estableció gran parte de su ministerio en Galilea. Sin embargo, nada me preparó para lo que sentí el día que finalmente llegué allí.

  Recuerdo que nuestro autobús se detuvo en el área de estacionamiento destinada a los visitantes. Apenas descendí, comencé a caminar apresuradamente. Debo confesar que me sentía como un niño que espera durante años conocer un lugar con el que ha soñado toda su vida. Mi intención era llegar antes que los demás para poder tomar fotografías sin personas delante de la cámara, pero la verdad es que había algo más profundo. Mi corazón simplemente quería llegar cuanto antes.

  Fotografía de las ruinas de la casa de Pedro

Mientras avanzaba hacia las ruinas, pensaba principalmente en la sinagoga. Quería ver el lugar donde Jesús había enseñado. Quería contemplar el escenario donde las multitudes quedaron maravilladas por sus palabras y donde ocurrió la liberación del hombre poseído por un espíritu inmundo. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que no solamente estaba frente a la sinagoga, sino también frente a lo que tradicionalmente se identifica como la casa del apóstol Pedro.

  Todavía recuerdo la impresión que aquello me produjo. Me quedé observando el lugar durante varios minutos. No podía creer que estuviera allí. Había leído sobre esa casa muchas veces, pero verla delante de mí fue completamente diferente. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Pensé: “Dios mío, aquí estuvo Jesús. Aquí entró después de recorrer las calles de Capernaúm. Aquí convivió con sus discípulos. Aquí sanó a la suegra de Pedro. Aquí llegaron enfermos buscando ayuda. Aquí se reunió con aquellos hombres que más tarde cambiarían el mundo”.

  Mientras observaba cuidadosamente las ruinas de aquella vivienda, algo más comenzó a llamar mi atención. Aquella casa era extremadamente sencilla. No había agua corriente. No existía drenaje. No había electricidad. No había ninguna de las comodidades que nosotros consideramos normales en la actualidad. De pronto comprendí algo que nunca había percibido con tanta claridad. El Hijo de Dios había pasado tiempo en un lugar como aquel. Había compartido la vida cotidiana de personas comunes. Había entrado y salido de aquellas habitaciones modestas. Había convivido con pescadores galileos que vivían una vida sencilla lejos de los centros de poder de su tiempo.

  Debo confesar que aquella realidad conquistó profundamente mi corazón. Mientras contemplaba aquellas piedras antiguas, comprendí de una manera nueva la humildad del Maestro. El Creador del universo no escogió palacios, ni residencias de gobernantes, ni las comodidades reservadas para los ricos y poderosos. Escogió caminar entre gente sencilla. Escogió compartir la vida de hombres comunes. Allí, frente a la casa de Pedro, sentí una profunda admiración por Jesucristo. La grandeza de Dios se manifestaba precisamente en su humildad. El Señor de las estrellas había decidido acercarse a nosotros desde la sencillez de una pequeña aldea de pescadores a la orilla del Mar de Galilea.

  De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre” (Mateo 8:14). También recordé la escena del paralítico que fue descendido a través del techo. Mientras contemplaba aquel lugar, mi imaginación reconstruía la escena. Las personas llenando cada rincón de la casa. Los discípulos tratando de abrir paso entre la multitud. Las voces. Las conversaciones. La expectativa. Y luego el techo abriéndose para que un hombre desesperado pudiera ser llevado delante del Maestro.

  No sé exactamente qué me ocurrió en ese momento, pero una profunda nostalgia se apoderó de mí. No era tristeza. Era un anhelo difícil de describir. Comencé a preguntarme qué conversaciones habrían tenido allí. ¿Qué les enseñó Jesús cuando estaban a solas? ¿Qué preguntas le hicieron los discípulos? ¿De qué hablaron durante las noches? ¿Qué sentían aquellos hombres cuando escuchaban sus enseñanzas lejos de las multitudes? Por unos momentos deseé intensamente haber vivido en aquella época y haber estado allí para escuchar aquellas conversaciones.

  Ruinas de lo que un día fue un barrio en la ciudad de Cafarnaúm

Después comenzamos a recorrer el resto de la ciudad. Mientras caminaba entre los restos de las antiguas viviendas, mi mente comenzó a viajar dos mil años al pasado. Observaba las ruinas y pensaba: “Por aquí vivió Jairo”. Tal vez por alguna de estas calles corrió desesperadamente buscando a Jesús para salvar a su hija. Quizá fue en algún lugar cercano donde recibió la noticia que ningún padre desea escuchar. Y sin embargo, también fue en aquella ciudad donde vio a su hija volver a la vida cuando Jesús le dijo: “Talita cumi” (Marcos 5:41).

  Un poco más adelante imaginé a la mujer que padecía flujo de sangre avanzando entre la multitud. Pensé en los cobradores de impuestos ocupados en sus labores. Pensé en el centurión romano que amaba a la nación judía y ayudó a construir la sinagoga. Pensé en los pescadores descargando redes llenas de peces después de una larga noche en el lago. De pronto las ruinas dejaron de ser piedras. Se convirtieron en escenarios llenos de vida.

 Ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm

 Finalmente llegamos a la sinagoga. Sabía que la estructura visible actualmente pertenece a una época posterior al ministerio de Jesús. Sin embargo, también sabía que los arqueólogos habían descubierto debajo de ella los restos de la sinagoga del siglo primero. Cuando comprendí que estaba parado sobre el mismo lugar donde Jesús había enseñado, algo dentro de mí se estremeció.

  Recordé las palabras de Marcos: “Entrando en la sinagoga, enseñaba” (Marcos 1:21). Pensé que el Maestro había estado exactamente allí. No en algún lugar parecido. No en una representación. No en una reconstrucción. Allí mismo. Sobre aquellas piedras. En aquel espacio. Allí habló del Reino de Dios. Allí sorprendió a las multitudes con su autoridad. Allí liberó al hombre poseído por un espíritu inmundo. Allí comenzó a extenderse la fama de aquel joven rabino galileo por toda la región.

  Mientras observábamos los alrededores, alguien nos mostró una habitación contigua a la sinagoga. En el piso todavía podían verse unas marcas talladas en la piedra. Me explicaron que probablemente correspondían a antiguos juegos utilizados por los niños de la ciudad. Aquello despertó inmediatamente mi imaginación. Pensé que quizá Pedro, Andrés, Felipe o alguno de los futuros discípulos pudo haber jugado allí durante su infancia. No puedo demostrarlo, por supuesto, pero el simple pensamiento me hizo sonreír. De repente comprendí que los personajes de los Evangelios no eran figuras distantes. Habían sido niños. Habían corrido por esas calles. Habían tenido amigos, sueños y preocupaciones como cualquier otra persona.

  Más tarde caminamos hacia la orilla del Mar de Galilea. Allí pude contemplar los restos del antiguo muelle utilizado durante la época romana. Mientras observaba las aguas tranquilas del lago, pensaba en las incontables veces que Jesús debió caminar por aquella misma costa. Imaginaba las barcas saliendo al amanecer, las redes cayendo sobre las aguas y los pescadores trabajando durante la noche.

  Y entonces ocurrió algo inesperado.

  El Señor me permitió presenciar uno de los fenómenos por los cuales el Mar de Galilea es tan conocido. Lo que unos minutos antes parecía un lago tranquilo comenzó a cambiar repentinamente. El viento se levantó. Las aguas empezaron a agitarse. El lago se picó y comenzaron a formarse olas cada vez más visibles.

  Me quedé observando la escena sin poder apartar la vista.

  Aquello me dejó sin aliento.

  De pronto comprendí algo que había leído muchas veces en los Evangelios pero que nunca había visto con mis propios ojos. Las tormentas repentinas del Mar de Galilea no son una exageración literaria. Son una realidad. Allí mismo entendí por qué pescadores experimentados llegaron a temer por sus vidas cuando fueron sorprendidos por una tempestad.

  Recordé inmediatamente aquel relato donde los discípulos despertaron a Jesús diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25).

  Mientras observaba el viento y las olas comprendí que incluso la meteorología seguía confirmando el relato bíblico. El mismo lago que contemplaba delante de mí continuaba comportándose como lo había hecho durante siglos.

  Cuando finalmente llegó el momento de abandonar Capernaúm, sentí algo que todavía me cuesta describir. Mientras caminaba hacia la salida tenía la impresión de que dejaba un pedazo de mi corazón en aquella ciudad. Había esperado años para conocerla y ahora debía despedirme de ella.

  Iba absorto en mis pensamientos cuando levanté la vista y observé uno de los montes cercanos. Inmediatamente recordé aquellos pasajes donde se nos dice que Jesús se levantaba de madrugada para orar.

  ”Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).

  Y también recordé la ocasión cuando Pedro salió a buscarlo porque todos lo estaban buscando.

  Por un instante imaginé al Maestro caminando solo hacia aquellas alturas antes del amanecer mientras la ciudad aún dormía. Imaginé a Pedro recorriendo los senderos para encontrarlo. Imaginé las conversaciones que pudieron haber tenido después de aquellas horas de oración.

  Pero esa es otra historia.   

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Por el Dr. Elio M. Rivera

  Mi tercer viaje a Israel fue muy diferente a los anteriores. Los dos primeros habían estado enfocados principalmente en los lugares que suelen visitar la mayoría de los peregrinos. Sin embargo, esta vez regresé con otro propósito. Quería detenerme. Quería observar. Quería caminar con calma por aquellos lugares que normalmente pasan desapercibidos para los grupos turísticos. Más que visitar sitios históricos, deseaba comprender mejor el mundo donde Jesús vivió.

  Aquella mañana habíamos terminado nuestra visita a Capernaúm. Todavía llevaba en mi corazón la emoción de haber visto la casa de Pedro, la sinagoga y las calles donde el Maestro caminó tantas veces. Sin embargo, nuestro recorrido apenas comenzaba.

  Después de salir de Capernaúm caminamos aproximadamente un kilómetro bordeando el Mar de Galilea. El paisaje era hermoso. A nuestra izquierda se extendían las aguas azules del lago. A nuestra derecha se levantaban las colinas que forman el paisaje característico de Galilea.

  En la cima del monte de las bienaventuranzas

Nuestro destino era el Monte de las Bienaventuranzas.

  Tradicionalmente se considera que fue en aquella región donde Jesús pronunció uno de los discursos más extraordinarios de toda la historia humana.

  ”Y viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos” (Mateo 5:1).

  Mientras ascendíamos lentamente, no podía dejar de pensar que en algún lugar de aquellas laderas miles de personas se habían reunido para escuchar palabras que todavía siguen transformando vidas dos mil años después.

  Bienaventurados los pobres en espíritu.

  Bienaventurados los mansos.

  Bienaventurados los misericordiosos.

  Bienaventurados los pacificadores.

  Aquellas palabras habían resonado por primera vez en aquellas mismas colinas.

  Pero lo que más me impactó ocurrió un poco más arriba.

  La cueva del monte eremos o de las bienaventurazas

En la parte superior del monte existe una pequeña cueva natural. No es grande. No es impresionante. De hecho, muchas personas podrían pasar junto a ella sin prestarle atención. Sin embargo, cuando la vi, algo llamó poderosamente mi atención.

  Era prácticamente el único refugio natural de toda aquella zona.

  Los Evangelios mencionan repetidamente que Jesús se retiraba a lugares apartados para orar.

  ”Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16).

  ”En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12).

  La Biblia no menciona ninguna cueva. Sería incorrecto afirmar que aquella fue el lugar exacto donde Jesús oró. Nadie puede demostrar algo así.

 Dentro de la cueva del monte Eremos donde según las tradiciones Jesucristo se retiraba a ora (Nadie puede probar eso, pero es una tradición que se ha trasmitido por siglos)

Sin embargo, al sentarme dentro de aquella pequeña cavidad natural comprendí algo.

  Si un hombre quisiera refugiarse del viento, del frío nocturno o de la intemperie en aquella montaña, difícilmente encontraría otro lugar mejor.

  Me senté en silencio.

  Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

  Desde la entrada de la cueva podía contemplarse gran parte del Mar de Galilea.

  La vista era extraordinaria.

  Fue entonces cuando comprendí algo que había leído durante años en los Evangelios.

  Desde aquella altura era posible observar fácilmente una embarcación navegando en el lago.

  Incluso una pequeña embarcación.

  De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo.

  ”Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario” (Mateo 14:24).

  Mi imaginación comenzó a correr.

  Pensé que en algún lugar de aquellas aguas Jesús había caminado sobre el mar.

  Pensé que desde alguna de aquellas colinas pudo haber observado a sus discípulos luchando contra el viento.

  Pensé en las largas noches de oración mientras contemplaba las luces de las embarcaciones de pescadores dispersas sobre el lago.

  Por primera vez comprendí visualmente el relato bíblico.

  No era solamente un texto.

  Era una realidad geográfica.

  Era algo que podía verse con los propios ojos.

  Mientras permanecía sentado allí, sentí que la distancia entre el relato bíblico y el mundo real comenzaba a desaparecer.

  Después descendimos del monte.

  La bahía de las parábolas un lugar estudiado ampliamente por su acústica natural y que le permitía el Sr. Jesucristo trasmitir su mensaje a multitudes.

A poca distancia observamos un grupo de personas realizando mediciones y estudios sobre el terreno. Al principio no comprendí qué estaban haciendo. Parecían investigadores. Tomaban medidas, observaban el área y registraban información.

  Fue entonces cuando alguien me explicó que nos encontrábamos en la llamada Bahía de las Parábolas.

  Confieso que aquello despertó inmediatamente mi curiosidad.

  La explicación fue fascinante.

  Se trata de una formación natural extraordinaria. Debido a la forma de la costa, las colinas y la superficie del agua, el lugar posee unas propiedades acústicas únicas. Una persona puede hablar desde una embarcación cercana a la orilla y ser escuchada por cientos e incluso miles de personas situadas en las laderas naturales que forman una especie de anfiteatro.

  Durante años científicos e investigadores han estudiado el fenómeno.

  Lo más sorprendente es que no existe otro lugar conocido exactamente igual.

  Mientras escuchaba aquella explicación recordé inmediatamente las palabras de Marcos.

  ”Y se juntó a él mucha gente; y entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar” (Marcos 4:1).

  De pronto todo cobró sentido.

  Jesús no necesitaba micrófonos.

  No necesitaba sistemas de sonido.

  El propio paisaje realizaba esa función.

  Mientras contemplaba aquella bahía, una idea cruzó mi mente.

  Parecía como si el Creador hubiera preparado aquel lugar desde la fundación del mundo para el día en que el Verbo se hiciera carne y las multitudes acudieran a escucharlo.

  Allí enseñó algunas de las parábolas más conocidas de los Evangelios.

  La parábola del sembrador.

  La parábola de la semilla.

  La parábola del reino.

  Y muchas otras enseñanzas que han sido escuchadas por millones de personas a lo largo de la historia.

  Poco después, mientras continuábamos descendiendo, alguien señaló otro lugar de la región.

  ”Por aquí ocurrió la limpieza del leproso”, comentó.

  Mi piel se erizó.

  Ya estaba emocionalmente sobrecargado por todo lo que había visto aquella mañana. Sin embargo, escuchar aquello me impactó profundamente.

  Inmediatamente recordé el relato.

  ”Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8:2).

  Y luego las palabras que siempre me conmueven:

  ”Jesús extendió la mano y le tocó” (Mateo 8:3).

  Le tocó.

  Aquello era extraordinario.

  Los leprosos eran evitados.

  Marginados.

  Temidos.

  Sin embargo, Jesús extendió la mano.

  Mientras observaba aquellas colinas comprendí que la Biblia estaba cobrando vida delante de mis ojos.

  Las distancias desaparecían.

  Los personajes dejaban de ser nombres en una página.

  Los relatos dejaban de ser simples historias.

  Todo se volvía real.

  Al terminar aquella jornada me sentía completamente sobrepasado.

  Había comenzado el día visitando Capernaúm.

  Había contemplado la casa de Pedro.

  Había estado en la sinagoga.

  Había observado el lago desde la montaña.

  Había conocido la Bahía de las Parábolas.

  Había recorrido el escenario de algunos de los acontecimientos más importantes del ministerio de Jesús.

  Y comprendí algo que jamás he olvidado.

  La fe cristiana no nació en un mundo imaginario.

  Nació en lugares reales.

  En montañas reales.

  En caminos reales.

  En aldeas reales.

  Y mientras caminaba por aquellos senderos de Galilea, tuve la sensación de que las páginas de los Evangelios se estaban abriendo delante de mí, no para ser leídas, sino para ser contempladas.

  A continuación, le comparto algunas fotografías de aquel día inolvidable. Quizá, al observarlas, usted también pueda experimentar algo de la emoción que sentí mientras seguía los pasos del Maestro junto a las aguas del Mar de Galilea.

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Nuestro recorrido por Galilea continuó hacia algunos de los lugares que más había deseado conocer desde que comencé a estudiar seriamente la vida de Jesús. Hasta ese momento ya había visitado Capernaúm, el Monte de las Bienaventuranzas, la Bahía de las Parábolas y varios otros escenarios relacionados con el ministerio del Señor. Sin embargo, todavía quedaban algunos lugares que ocupaban un sitio muy especial en mi corazón.

 Lugar donde Jesucristo realizo el milagro de la pesca milagrosa y llamo a Pedro a seguirle

Recuerdo que para llegar a uno de ellos tuvimos que atravesar una zona cercada con alambre. El camino no era particularmente cómodo ni parecía preparado para grandes grupos de turistas. De hecho, la impresión inicial era que nos dirigíamos a un lugar poco visitado. Pero muy pronto comprendí que todo el esfuerzo valdría la pena.

  Llegamos a una región donde brotan varios manantiales que alimentan el Mar de Galilea. Según nos explicaron, algunos de estos manantiales poseen temperaturas más cálidas que las aguas circundantes. No puedo verificar personalmente todos los detalles científicos, pero de acuerdo con lo que leí y me explicaron en aquel momento, la diferencia de temperatura atrae grandes cantidades de peces, especialmente la conocida carpa de Galilea. Aquellas aguas han sido una zona privilegiada para la pesca desde tiempos antiguos.

  Mientras contemplaba el lugar, mi mente viajó inmediatamente a las páginas de los Evangelios.

  Allí estaba Pedro.

  Allí estaba Andrés.

  Allí estaban Jacobo y Juan.

  Pescadores comunes realizando su trabajo cotidiano sin sospechar que estaban a punto de encontrarse con el hombre que cambiaría sus vidas para siempre.

  Recordé las palabras de Lucas:

  ”Entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud” (Lucas 5:3).

  Mientras observaba las aguas podía imaginar la escena con una claridad sorprendente. Jesús utilizando la embarcación de Pedro como plataforma para enseñar. La multitud escuchando desde la orilla. Los pescadores cansados después de una noche sin resultados.

  Y luego vino a mi mente uno de los momentos más extraordinarios de los Evangelios.

  ”Bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar” (Lucas 5:4).

  Conozco la historia desde que era niño, pero estar allí produjo algo completamente distinto. Aquellas ya no eran palabras flotando en mi imaginación. Estaba contemplando el escenario donde ocurrieron.

  Pensé en Pedro observando una red llena de peces después de una noche infructuosa.

  Pensé en su asombro.

  Pensé en sus palabras:

  ”Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8).

  Y finalmente pensé en la invitación que cambiaría su destino para siempre:

  ”No temas; desde ahora serás pescador de hombres” (Lucas 5:10).

  Confieso que permanecí largo tiempo contemplando aquellas aguas. Era imposible no emocionarse. En algún lugar de aquel paisaje había comenzado una de las historias más extraordinarias de toda la Biblia.

Ese es e lugar donde tradicionalmente se cree que Jesucristo realizo el milagro de la multiplicación de los peces y los panes. 

Después continuamos nuestro recorrido hacia otro sitio profundamente ligado al ministerio de Jesús: el lugar tradicional donde ocurrió la multiplicación de los panes y los peces.

  Al llegar observé las suaves colinas que rodean la región. De inmediato imaginé las multitudes cubriendo aquellos espacios abiertos. Familias enteras siguiendo a Jesús durante días. Hombres, mujeres y niños reuniéndose para escuchar sus enseñanzas.

  Entonces recordé las palabras de los Evangelios:

  ”Y comieron todos, y se saciaron” (Mateo 14:20).

  Aquella frase siempre me ha parecido extraordinaria.

  No dice que algunos comieron.

  No dice que probaron un poco.

  Dice que todos comieron y quedaron satisfechos.

  Mientras contemplaba el paisaje trataba de imaginar aquella escena imposible. Miles de personas sentadas sobre la hierba. Los discípulos repartiendo el alimento. La sorpresa creciendo de grupo en grupo. La abundancia donde momentos antes solo había escasez.

  Y una vez más comprendí que la geografía ayuda a entender los relatos bíblicos. Las colinas, las distancias, los espacios abiertos y la cercanía del lago daban vida al texto de una manera completamente nueva.

  En esta foto se puede observar el lugar donde Jesucristo restauro al apóstol Pedro después de su resurrección.

Finalmente llegamos al último lugar de aquella jornada.

  Para mí fue uno de los más emotivos de todo Galilea.

  El lugar tradicional donde Jesús restauró a Pedro después de la resurrección.

  Todavía recuerdo la sensación que experimenté al acercarme a la orilla del lago.

  Allí el paisaje era tranquilo.

  Sereno.

  Casi íntimo.

  Y quizá precisamente por eso resulta tan fácil imaginar lo ocurrido aquella mañana.

  Los discípulos regresando de una noche de pesca.

  Las primeras luces del amanecer reflejándose sobre el agua.

  Y en la orilla, una figura esperando.

  Recordé inmediatamente las palabras del Evangelio de Juan:

  ”Cuando descendieron a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan” (Juan 21:9).

  Aquella imagen siempre me ha conmovido.

  El Señor resucitado preparando alimento para sus amigos.

  El Maestro esperando a aquellos hombres que lo habían seguido durante años.

  Y entre ellos, Pedro.

  El mismo Pedro que había prometido morir con Él.

  El mismo Pedro que lo había negado tres veces.

  Mientras observaba la orilla del lago imaginé la escena.

  El fuego encendido.

  El olor del pescado cocinándose.

  El silencio de la madrugada.

  Y luego aquella conversación que ha consolado a millones de creyentes a través de los siglos.

  ”Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:15).

  Tres veces la pregunta.

  Tres veces la respuesta.

  Tres veces la restauración.

  Mientras permanecía allí sentí algo difícil de describir. No veía solamente un lugar histórico. Veía una demostración del amor y la gracia de Cristo. Veía a un Maestro restaurando a un discípulo quebrantado. Veía esperanza para todos aquellos que alguna vez han fallado.

  Cuando finalmente llegó el momento de abandonar aquel lugar, sentí una mezcla extraña de gratitud y nostalgia. Durante aquellos días había recorrido muchos de los escenarios más importantes del ministerio de Jesús en Galilea. Había contemplado lugares que durante años solo habían existido en mi imaginación. Había visto el lago donde navegaron los discípulos, las colinas donde enseñó el Maestro y los caminos por donde caminaron aquellos hombres que cambiaron el mundo.

  Por supuesto, visitamos muchos otros lugares que no he incluido en estas páginas. Algunos de ellos aparecerán más adelante en el libro que estoy preparando sobre mis viajes a Tierra Santa. Sin embargo, al despedirme de Galilea comprendí que una parte de mi corazón permanecería para siempre junto a aquellas aguas.

  Aun así, la nostalgia pronto comenzó a mezclarse con una nueva emoción.

  Lo que habíamos visto era apenas el comienzo.

  Todavía nos esperaba Judea.

  Todavía nos esperaba Jerusalén.

  Todavía nos esperaba el desierto de Judea.

  Todavía nos esperaba el Mar Muerto.

  Y yo no tenía idea de las profundas emociones que aquellos lugares despertarían en mi alma.

  Pero esa ya es otra historia.

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