Por el Dr. Elio M. Rivera
A lo largo de esta sección hemos descubierto que la conciencia constituye una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. Ella nos recuerda que existe una diferencia entre el bien y el mal, nos acusa cuando hacemos lo incorrecto y nos aprueba cuando actuamos conforme a aquello que reconocemos como bueno.
Sin embargo, es necesario comprender una verdad fundamental.
La conciencia, por sí sola, no puede salvar al ser humano.
Muchas personas piensan que basta con “seguir su conciencia” para estar bien delante de Dios. Otras creen que una persona será aceptada por el Creador simplemente porque procura hacer el bien o porque intenta vivir de acuerdo con sus convicciones.
La Biblia presenta una realidad diferente.
La conciencia es un testigo, no un juez supremo. Su función consiste en dar testimonio de la ley moral escrita por Dios en el corazón humano, pero no tiene poder para borrar el pecado ni para reconciliar al hombre con su Creador.
El apóstol Pablo explica que la conciencia acusa o defiende nuestras acciones porque revela la existencia de esa ley moral.
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Observe cuidadosamente las palabras de Pablo. La conciencia da testimonio. Señala. Acusa. Defiende. Pero nunca afirma que pueda perdonar.
Su función se parece a la de un espejo.
Cuando una persona se mira en un espejo descubre que tiene el rostro sucio. El espejo cumple perfectamente su propósito al mostrar la realidad. Sin embargo, el espejo no puede limpiar el rostro. Solamente revela la necesidad de hacerlo.
De la misma manera, la conciencia revela nuestra condición moral. Nos muestra que hemos fallado, que hemos pecado y que necesitamos reconciliarnos con Dios. Pero ella misma no puede quitar nuestra culpa.
Por eso la Biblia enseña que todos los seres humanos necesitan algo más que una conciencia sensible. Necesitan el perdón que solamente Dios puede otorgar.
Aquí aparece una de las enseñanzas más hermosas de las Escrituras.
Lo que la conciencia no puede hacer, Cristo sí puede hacerlo.
La carta a los Hebreos explica que los sacrificios del Antiguo Testamento no podían limpiar completamente la conciencia del pecador. Eran una figura que apuntaba hacia una obra mucho mayor.
Esa obra fue realizada por Jesucristo.
“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”
(Hebreos 9:14).
Observe la extraordinaria diferencia.
La conciencia revela el pecado.
Cristo limpia la conciencia.
La conciencia muestra la enfermedad.
Cristo ofrece la sanidad.
La conciencia produce convicción.
Cristo ofrece perdón.
Por esta razón, el evangelio no consiste simplemente en enseñar normas morales. Si ese fuera su propósito, bastaría con tener una conciencia bien educada. Pero el problema del ser humano es mucho más profundo. Todos hemos quebrantado la ley moral de Dios y necesitamos ser reconciliados con Él.
La conciencia nos conduce hasta la puerta; Cristo nos abre el camino hacia el Padre.
Esto explica por qué muchas personas experimentan un profundo vacío aun cuando procuran vivir correctamente. La conciencia puede impulsarlas a buscar la verdad, pero solo Jesucristo puede darles la paz que tanto anhelan.
Cuando una persona deposita su fe en Cristo, no desaparece la conciencia. Al contrario, el Espíritu Santo la ilumina, la fortalece y la guía para vivir conforme a la voluntad de Dios. La diferencia es que ya no vive bajo la condenación de una culpa sin esperanza, sino bajo la gracia del Dios que perdona y transforma.
Así, la conciencia cumple uno de los propósitos para los cuales fue dada por Dios. Actúa como una señal colocada en el camino. No es el destino final; indica la dirección correcta. Nos muestra nuestra necesidad de un Salvador y nos conduce hacia Aquel que puede hacer lo que ninguna ley, ninguna filosofía y ningún esfuerzo humano pueden lograr.
Por ello, la conciencia constituye una evidencia de la existencia de Dios, pero también señala hacia la necesidad del evangelio. Nos recuerda que existe un Dios santo que distingue entre el bien y el mal, pero también un Dios misericordioso que, en su infinito amor, envió a su Hijo para perdonar nuestros pecados y limpiar nuestra conciencia.
La creación nos habla del poder de Dios.
El orden del universo nos habla de su sabiduría.
La conciencia nos habla de su justicia.
Y Jesucristo nos revela la grandeza de su amor.
Solo cuando contemplamos estas verdades juntas comprendemos plenamente el mensaje de la Biblia: el Dios que escribió su ley en nuestro corazón es el mismo Dios que, por medio de Cristo, abrió el camino para reconciliarnos con Él y darnos una conciencia limpia, una nueva vida y la esperanza de la vida eterna.
Escuche música con propósito:
- 1. ¿Podemos confiar en la Biblia?
- 2. Evidencia histórica de Jesucristo
- 3. Profecías acerca de Jesucristo
- 4. Jesucristo: Cosas que no sabías
- 5. ¿Quién es Jesucristo?
- 7. Vida, usos y costumbres de las tierras Bíblicas
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