Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando pensamos en los tiempos de Jesucristo, muchas veces imaginamos únicamente los grandes acontecimientos narrados en los Evangelios. Sin embargo, detrás de cada camino, cada ciudad, cada barca, cada mercado y cada hogar, existía un mundo lleno de personas comunes que trabajaban diariamente para sobrevivir. El mundo al que Jesucristo decidió entrar estaba compuesto por agricultores, pescadores, artesanos, comerciantes, constructores, pastores, fabricantes, cargadores, pescadores, cocineros, curtidores, herreros, alfareros, recaudadores, médicos, músicos, soldados y muchos otros oficios que daban vida a la sociedad del siglo primero.
Las aldeas y ciudades de Judea, Galilea y las regiones vecinas dependían profundamente del trabajo manual. La mayoría de las personas vivían de labores físicas exigentes que requerían esfuerzo constante, largas jornadas y, muchas veces, una lucha diaria por el alimento y la estabilidad. El sonido de martillos golpeando metal, animales siendo guiados por los caminos, redes secándose junto al mar, comerciantes ofreciendo mercancías y trabajadores levantando construcciones formaban parte normal del paisaje cotidiano.
Los Evangelios permiten ver pequeños destellos de ese mundo laboral. Jesucristo caminó entre pescadores que pasaban noches enteras en el mar, habló con agricultores que sembraban bajo el sol intenso, visitó hogares humildes construidos con materiales sencillos y observó a hombres y mujeres trabajando para sostener a sus familias. Muchas de Sus enseñanzas incluso utilizaron ejemplos tomados directamente de los oficios y labores que las personas conocían bien: sembradores, pastores, pescadores, jornaleros, constructores, amas de casa, comerciantes y viñadores.
Comprender cómo trabajaban estas personas nos ayuda a entender mejor el contexto real de los Evangelios. Permite visualizar con mayor claridad el ambiente donde Jesucristo vivió, predicó, enseñó y realizó Su ministerio. También nos ayuda a recordar algo profundamente importante: el Hijo de Dios no vino a un mundo de comodidad, lujo o privilegio, sino a un mundo marcado por el esfuerzo humano, la sencillez y la necesidad.
En esta serie exploraremos distintos oficios y actividades que existían en los tiempos de Jesús. Descubriremos cómo trabajaban las personas, qué herramientas utilizaban, cómo influían en la economía y la vida diaria, y de qué manera muchos de esos trabajos aparecen reflejados, directa o indirectamente, en las Escrituras. Más que simples ocupaciones antiguas, estos oficios nos permiten acercarnos al mundo real donde caminó Jesucristo y comprender con mayor profundidad la vida cotidiana de aquella época.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Los mercados eran uno de los lugares más importantes dentro de las ciudades y aldeas del mundo antiguo. En ellos se desarrollaba gran parte de la vida económica, social y cotidiana de las personas. Allí se compraban alimentos, animales, herramientas, telas, aceite, vasijas, especias, pescado, grano y múltiples productos traídos desde otras regiones. El movimiento constante de compradores, vendedores y viajeros hacía de los mercados lugares llenos de actividad desde las primeras horas del día.
Muchas ciudades crecían alrededor de estas plazas comerciales. Algunos mercados eran pequeños y sencillos; otros podían convertirse en enormes centros de intercambio donde llegaban mercancías procedentes de lugares lejanos. Era común encontrar vendedores anunciando sus productos, compradores negociando precios, animales siendo transportados y personas recorriendo los puestos en busca de provisiones para sus hogares.
Los mercados no solo funcionaban como centros de comercio. También eran lugares de encuentro social. Allí circulaban noticias, se discutían asuntos importantes, se realizaban acuerdos comerciales y muchas personas se reunían diariamente para conversar o esperar oportunidades de trabajo.
Jesucristo mencionó varias veces escenas relacionadas con plazas y mercados porque eran imágenes familiares para las personas que lo escuchaban.
“¿Mas a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros.”
Mateo 11:16
Aquellas plazas abiertas servían como lugares donde las personas permanecían durante buena parte del día. Los niños jugaban, los ancianos conversaban y los comerciantes ofrecían mercancías continuamente. Por eso las enseñanzas de Jesús relacionadas con estos lugares podían ser entendidas fácilmente por la multitud.
En los mercados también era común encontrar jornaleros esperando ser contratados. Algunos hombres pasaban largas horas aguardando que algún propietario los contratara para trabajar en viñas, campos o construcciones.
“Y saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados.”
Mateo 20:3
Esta escena mencionada por Jesucristo revela algo importante sobre la economía de aquella época. Muchas personas dependían del trabajo diario para sobrevivir. Si nadie los contrataba ese día, probablemente sus familias tendrían dificultades para alimentarse.
Los mercados también estaban relacionados con el sistema de impuestos y recaudaciones. El Imperio Romano cobraba tributos constantemente, y muchas veces los cobradores supervisaban mercancías, transporte y pagos comerciales.
“Entonces se acercaron los publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?”
Lucas 3:12
Los publicanos frecuentemente estaban vinculados al movimiento económico de las ciudades y caminos comerciales. Por eso eran figuras conocidas y muchas veces rechazadas por el pueblo debido a los abusos y cobros excesivos que algunos realizaban.
La importancia de los mercados era tan grande que incluso influían en la vida religiosa y espiritual del pueblo. Jerusalén, por ejemplo, recibía enormes cantidades de visitantes durante las fiestas religiosas, y el comercio alrededor del templo crecía intensamente.
“Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.”
Juan 2:14
Este pasaje muestra cómo el comercio podía extenderse incluso hasta áreas relacionadas con la adoración. Los cambistas intercambiaban monedas y los vendedores ofrecían animales necesarios para los sacrificios.
Comprender la importancia de los mercados ayuda a visualizar mejor el mundo donde Jesucristo caminó. Las plazas comerciales no eran simplemente lugares para comprar productos; eran el corazón económico y social de muchas ciudades. Allí se cruzaban ricos y pobres, trabajadores y comerciantes, viajeros y autoridades. Era un mundo lleno de movimiento, necesidad, esfuerzo y relaciones humanas, precisamente el tipo de mundo al que Jesucristo decidió entrar.
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Por él, Dr. Elio M Rivera
Muchos hombres y familias del mundo antiguo se dedicaban al comercio. Algunos vendían productos producidos localmente, mientras otros recorrían largas distancias transportando mercancías desde regiones lejanas. Gracias al comercio, las ciudades podían obtener alimentos, telas, herramientas, especias y productos que no existían en su propia región.
La tierra de Palestina ocupaba una posición estratégica dentro del mundo antiguo. Importantes rutas comerciales atravesaban la región y conectaban territorios como Siria, Egipto, Arabia y distintas partes del Imperio Romano. Por aquellos caminos viajaban caravanas cargadas de mercancías, comerciantes extranjeros, animales de carga y viajeros que recorrían enormes distancias para comprar o vender productos.

Caravanas y rutas comerciales durante los tiempos de Jesucristo
El profeta Ezequiel, por ejemplo, mencionó cómo diferentes pueblos comerciaban constantemente con mercancías valiosas.
“Damasco comerciaba contigo por la multitud de tus productos… en vino de Helbón y lana blanca.”
Ezequiel 27:18
“Arabia y todos los príncipes de Cedar traficaban contigo en corderos, y carneros, y machos cabríos.”
Ezequiel 27:21
Estos pasajes muestran que el comercio internacional ya era una parte importante de la economía antigua. Las rutas comerciales movían enormes cantidades de productos entre distintas naciones y regiones.
Entre las mercancías que circulaban se encontraban especias, perfumes, telas finas, aceite, vino, metales, joyas, incienso, sal y múltiples productos agrícolas. Algunas mercancías eran consideradas extremadamente valiosas debido a la dificultad para obtenerlas o transportarlas.
La Biblia incluso menciona caravanas comerciales viajando por largas rutas desérticas.
“Y mirando ellos, vieron una compañía de ismaelitas que venía de Galaad, y sus camellos traían aromas, bálsamo y mirra.”
Génesis 37:25
Siglos después, ese mismo ambiente comercial continuaba existiendo en tiempos de Jesucristo. Las ciudades y caminos estaban llenos de vendedores, mercaderes y personas negociando productos diariamente.
Jesucristo utilizó muchas veces figuras relacionadas con comerciantes y negocios porque las personas entendían perfectamente ese mundo económico.
“Asimismo el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas.”
Mateo 13:45
En aquella parábola, el comerciante encuentra una perla de gran valor y vende todo lo que posee para obtenerla.
“El cual, hallando una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.”
Mateo 13:46
Cristo estaba enseñando que el Reino de Dios posee un valor incomparable. Así como un comerciante podía reconocer algo extremadamente valioso y sacrificarlo todo para obtenerlo, también el ser humano debe comprender el valor eterno de aquello que Dios ofrece.
Jesús también habló de hombres que administraban bienes, realizaban negocios y negociaban recursos.
“Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.”
Lucas 19:13
Las personas que escuchaban esta enseñanza comprendían perfectamente lo que significaba invertir, negociar y producir ganancias. El comercio era parte normal de la vida diaria y servía como una imagen clara para explicar responsabilidades espirituales.
Incluso el libro de Proverbios menciona actividades relacionadas con comerciantes y ganancias.
“Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino.”
Proverbios 3:14
El lenguaje económico aparece constantemente en las Escrituras porque el comercio formaba parte importante de la vida humana. Las personas entendían el valor de una buena inversión, el riesgo de perder mercancías, el esfuerzo de transportar productos y la importancia de administrar correctamente los recursos.
Comprender las rutas comerciales y el trabajo de los comerciantes ayuda a visualizar mejor el mundo donde Jesucristo vivió. Los caminos estaban llenos de viajeros, caravanas y negociaciones. Mercaderes atravesaban ciudades y desiertos transportando mercancías de enorme valor, mientras las plazas y mercados se convertían en puntos de intercambio económico y social. Fue precisamente en medio de ese mundo dinámico y lleno de movimiento donde Jesucristo enseñó acerca de tesoros eternos, riquezas espirituales y el verdadero valor del Reino de Dios.
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Por el, Dr. Elio M Rivera
Las monedas ocupaban un lugar muy importante dentro de la vida diaria en los tiempos de Jesucristo. Bajo el dominio romano circulaban distintas monedas con imágenes de emperadores, gobernantes y símbolos imperiales. Aquellas monedas eran utilizadas para pagar impuestos, comprar alimentos, pagar salarios, realizar negocios y sostener gran parte de la economía del mundo antiguo.
En las ciudades, mercados y caminos comerciales era común escuchar el sonido de las monedas cambiando de manos constantemente. Comerciantes, pescadores, agricultores, cobradores de impuestos y viajeros dependían diariamente de ellas para sobrevivir y realizar transacciones.
El dominio romano había creado un enorme sistema económico conectado por rutas comerciales y ciudades importantes. Gracias a ello, monedas provenientes de distintas regiones podían circular simultáneamente en Palestina. Algunas eran romanas, otras griegas y otras locales.

La Biblia menciona diferentes tipos de monedas porque formaban parte de la realidad cotidiana de las personas.
Una de las monedas más conocidas era el denario romano. El denario normalmente representaba el salario aproximado de un jornalero por un día de trabajo.
“Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.”
Mateo 20:2
Este detalle ayuda a comprender mejor el valor del dinero en aquella época. Para una familia humilde, un denario podía representar el sustento diario. Si una persona no encontraba trabajo ese día, probablemente tendría dificultades para alimentar a su hogar.
Otra moneda importante era la dracma, de origen griego, cuyo valor era parecido al del denario en muchos períodos. Jesucristo utilizó precisamente una dracma en una de Sus parábolas más conmovedoras.
“¿Qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?”
Lucas 15:8
Aquella moneda probablemente tenía un enorme valor para una mujer humilde. Perder una dracma podía afectar seriamente la economía familiar. Por eso la mujer la buscaba desesperadamente hasta encontrarla.
Jesucristo utilizó esa escena cotidiana para enseñar algo mucho más profundo: así como aquella mujer valoraba intensamente una sola moneda, también Dios valora profundamente a cada persona y busca al perdido con amor y diligencia.
Otra moneda muy conocida era el siclo, especialmente relacionado con el templo y ciertos pagos religiosos.
“Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?”
Mateo 17:24
El impuesto del templo era parte importante de la vida religiosa judía. Incluso aquí vemos cómo las monedas estaban ligadas no solamente a la economía, sino también a aspectos espirituales y sociales.
Existían además monedas pequeñas de poco valor, utilizadas por las personas más pobres. Una de ellas era el leptón, conocido también como “blanca”.
“Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante.”
Marcos 12:42
Aquellas monedas tenían muy poco valor económico. Sin embargo, Jesucristo mostró que delante de Dios el verdadero valor no depende únicamente de la cantidad entregada, sino del corazón con que se da.
“Porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía.”
Marcos 12:44
Las monedas también estaban profundamente conectadas con el poder político romano. Muchas llevaban grabada la imagen del emperador y frases que exaltaban la autoridad imperial. Por eso el tema de los impuestos generaba tensión entre el pueblo judío, que vivía bajo ocupación extranjera.
En una ocasión, los líderes religiosos intentaron poner a Jesús en una situación difícil preguntándole si era correcto pagar tributo a César.
“Mostradme la moneda del tributo.”
Mateo 22:19
Después preguntó:
“¿De quién es esta imagen, y la inscripción?”
Mateo 22:20
Aquella moneda probablemente llevaba el rostro del emperador Tiberio César. La presencia de esas imágenes romanas recordaba constantemente al pueblo que estaban bajo dominio extranjero.
Entonces Jesús respondió una de Sus declaraciones más conocidas:
“Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.”
Mateo 22:21
Aquella escena no solo involucraba economía. También reflejaba tensiones políticas, religiosas y sociales que existían bajo el dominio romano.
Las monedas además eran utilizadas frecuentemente en negocios, préstamos y administración de bienes. Por eso Jesucristo habló muchas veces usando ejemplos relacionados con dinero, talentos y deudas.
“Porque el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.”
Mateo 18:23
Las personas entendían perfectamente esas ilustraciones porque el dinero y las transacciones comerciales formaban parte constante de la vida diaria.
Comprender el valor de las monedas antiguas ayuda a visualizar mejor el mundo donde Jesucristo caminó. Detrás de cada moneda existían jornadas de trabajo agotadoras, familias luchando por sobrevivir, comerciantes recorriendo largas rutas, impuestos pesados y personas intentando sostener su vida bajo el dominio romano. Fue precisamente en medio de esa realidad económica donde Jesucristo enseñó acerca de valores eternos, tesoros celestiales y riquezas que jamás se corrompen.

Además de las monedas pequeñas utilizadas diariamente, en los tiempos bíblicos también existían cantidades de dinero mucho mayores llamadas talentos y minas. Aunque a veces se mencionan juntas, no eran exactamente lo mismo. Ambas eran medidas de valor y peso utilizadas para calcular grandes cantidades de riqueza, especialmente en negocios importantes, tesoros, impuestos o administración de bienes.
La mina era una cantidad considerable de dinero, pero el talento representaba una suma muchísimo mayor. De manera aproximada, un talento equivalía a unas sesenta minas.
Para comprender mejor su valor, muchos estudiosos consideran que una mina podía representar aproximadamente el salario de unos tres meses de trabajo de un jornalero común. En cambio, un talento podía equivaler al salario de alrededor de quince a veinte años de trabajo. Por eso, cuando la Biblia habla de talentos, normalmente está describiendo cantidades enormes de riqueza.
Jesucristo utilizó ambas medidas en diferentes enseñanzas porque las personas entendían perfectamente el enorme valor que representaban.
Una de las parábolas más conocidas relacionadas con el dinero es la parábola de los talentos.
“Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.”
Mateo 25:14
El señor reparte distintas cantidades:
“A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad.”
Mateo 25:15
Muchas personas modernas imaginan que un talento era una moneda pequeña, pero en realidad representaba una fortuna enorme. Incluso un solo talento podía cambiar completamente la vida económica de una persona humilde.
Por eso la parábola tiene aún más fuerza. El señor no estaba entregando cantidades pequeñas; estaba confiando enormes riquezas a sus siervos. Jesucristo utilizó esa imagen para enseñar sobre responsabilidad, fidelidad y administración de aquello que Dios pone en manos del ser humano.
Los siervos que negociaron y multiplicaron lo recibido fueron recompensados, mientras el que escondió su talento fue reprendido.
“Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré.”
Mateo 25:21
Aunque para nosotros un talento parece algo gigantesco, el señor de la parábola lo llama “poco” comparado con las responsabilidades mayores que pensaba entregar después.
Jesús también habló acerca de las minas en otra parábola semejante.
“Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.”
Lucas 19:13
En esta ocasión, cada siervo recibe una mina. Aunque la cantidad era mucho menor que un talento, seguía representando una suma importante para una persona común.
La enseñanza principal vuelve a girar alrededor de la fidelidad, la responsabilidad y la manera en que el ser humano administra lo que Dios le entrega.
Las personas que escuchaban a Jesucristo entendían perfectamente el peso económico de aquellas cantidades. Sabían lo difícil que era ganar dinero, cuánto costaba sobrevivir y lo valioso que podía ser recibir incluso una pequeña oportunidad económica.
El Antiguo Testamento también menciona talentos relacionados con enormes riquezas de reyes y naciones.
“El peso del oro que Salomón tenía de renta cada año, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro.”
1 Reyes 10:14
Este pasaje ayuda a comprender cuán inmensas podían ser las cantidades medidas en talentos. No se trataba de unas pocas monedas, sino de riquezas enormes relacionadas con reinos, tesoros y poder económico.
Incluso Judas Iscariote traicionó a Jesucristo por una cantidad relativamente pequeña comparada con un talento.
“Y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata.”
Mateo 26:15
Aquellas treinta piezas de plata eran mucho menores que una mina o un talento, pero aun así tenían suficiente valor como para tentar el corazón de Judas.
Comprender qué eran las minas y los talentos ayuda a visualizar mejor las enseñanzas de Jesucristo. Él tomaba ejemplos económicos reales que las personas entendían perfectamente y los utilizaba para enseñar principios espirituales eternos. Así mostraba que delante de Dios no solamente importa lo que una persona recibe, sino también qué hace con aquello que le fue confiado.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Dentro del templo de Jerusalén trabajaban hombres conocidos como cambistas. Su labor consistía en intercambiar monedas extranjeras o romanas por monedas aceptadas para las ofrendas y pagos relacionados con el templo. Debido a que muchos peregrinos llegaban desde distintas regiones, no todos poseían la moneda adecuada para participar en ciertas actividades religiosas.
Miles de personas viajaban a Jerusalén durante las grandes fiestas judías, especialmente durante la Pascua. Algunos venían desde lugares muy lejanos del Imperio Romano y traían monedas con imágenes de emperadores o símbolos paganos. Muchas de esas monedas no eran aceptadas dentro del sistema del templo, por lo que los peregrinos debían cambiarlas antes de presentar sus ofrendas.
La Ley establecía ciertos pagos relacionados con el servicio del templo.
“Esto dará todo aquel que sea contado: medio siclo, conforme al siclo del santuario.”
Éxodo 30:13
Con el paso del tiempo, alrededor de estas necesidades religiosas comenzó a desarrollarse un enorme sistema económico. Los cambistas cobraban comisiones por el intercambio de monedas, y muchos vendedores ofrecían animales para los sacrificios dentro o cerca del área del templo.
Las personas que llegaban desde lejos frecuentemente no podían transportar animales durante todo el viaje. Por eso compraban palomas, ovejas o bueyes en Jerusalén para presentarlos como sacrificio.
“Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.”
Juan 2:14
El problema no era simplemente la existencia de comercio relacionado con los sacrificios. El verdadero problema era que aquel sistema se había llenado de abusos, corrupción y explotación económica. Muchos peregrinos pobres eran obligados a pagar precios elevados o comisiones injustas para poder participar en las actividades religiosas.
El lugar que debía reflejar adoración, reverencia y búsqueda de Dios se había convertido en un ambiente dominado por intereses económicos.
Por eso ocurrió una de las escenas más impactantes del ministerio de Jesucristo.
“Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos.”
Juan 2:15
Jesús volcó las mesas de los cambistas y expulsó a quienes estaban utilizando la casa de Dios como un centro de ganancias injustas.
“Y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas.”
Juan 2:15
Después declaró:
“No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.”
Juan 2:16
El Evangelio de Mateo añade otra declaración aún más fuerte:
“Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”
Mateo 21:13
Jesucristo estaba citando palabras del Antiguo Testamento.
“Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.”
Isaías 56:7
Y también:
“¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre?”
Jeremías 7:11

Jesucristo limpiando el templo
Aquella escena mostró que Cristo no permanecía indiferente ante la corrupción religiosa ni ante quienes utilizaban la fe para obtener ganancias injustas. Él veía cómo personas humildes, muchas veces cargadas de necesidad espiritual, eran explotadas económicamente en el mismo lugar donde debían encontrar dirección y acercarse a Dios.
Los cambistas además reflejaban algo más profundo acerca de la condición espiritual de Israel en aquella época. El sistema religioso se había llenado de apariencias externas mientras el corazón de muchos líderes se alejaba de Dios.
Por eso Jesucristo también declaró:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
Mateo 15:8
La indignación de Jesús en el templo revela algo importante sobre Su carácter. Cristo era lleno de amor, misericordia y compasión, pero también defendía la santidad de la casa de Dios y denunciaba la injusticia religiosa. Él no toleraba que la adoración fuera transformada en explotación ni que el sufrimiento espiritual de las personas fuera utilizado para producir ganancias.
Comprender el trabajo de los cambistas ayuda a visualizar mejor el ambiente que existía en Jerusalén durante las fiestas religiosas. El templo no solamente era un centro espiritual; también estaba rodeado por un enorme movimiento económico donde circulaban monedas, animales, ofrendas y miles de peregrinos. Fue precisamente en medio de ese ambiente donde Jesucristo levantó Su voz para recordar que la adoración verdadera no puede separarse de la justicia, la reverencia y la sinceridad delante de Dios.
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Por el, Dr. Elio M Rivera
Los recaudadores de impuestos, conocidos también como publicanos, eran una de las figuras más despreciadas dentro de la sociedad judía de los tiempos de Jesucristo. Su trabajo consistía en cobrar tributos, peajes y distintos impuestos establecidos por el Imperio Romano sobre caminos, mercancías, transporte, pesca, agricultura y comercio.
Roma imponía fuertes cargas económicas sobre las provincias conquistadas, y los publicanos trabajaban directamente para ese sistema. Por esa razón, muchos judíos los consideraban traidores que colaboraban con el poder extranjero que dominaba la tierra de Israel.
Además, muchos recaudadores abusaban de la población cobrando cantidades mayores a las exigidas oficialmente para enriquecerse personalmente. La corrupción era tan común que el nombre de los publicanos llegó a asociarse con injusticia, codicia y pecado público.
Juan el Bautista incluso habló directamente a los publicanos cuando algunos vinieron preguntando qué debían hacer.
“Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?”
Lucas 3:12
Juan respondió:
“No exijáis más de lo que os está ordenado.”
Lucas 3:13
Aquella respuesta revela claramente que muchos cobradores acostumbraban exigir más dinero del permitido.
Los publicanos frecuentemente eran agrupados junto a pecadores notorios por la sociedad religiosa.
“Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores… estaban también a la mesa juntamente con Jesús.”
Mateo 9:10
Los líderes religiosos despreciaban profundamente que Jesús se acercara a ellos.
“¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?”
Mateo 9:11
Sin embargo, Jesucristo respondió con una de las declaraciones más importantes acerca de Su misión.
“Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.”
Mateo 9:12
Y añadió:
“No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.”
Lucas 5:32
Uno de aquellos recaudadores fue Mateo, quien después se convirtió en discípulo y autor de uno de los Evangelios.
“Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos; y le dijo: Sígueme.”
Mateo 9:9
El “banco de los tributos” probablemente era una mesa o puesto donde Mateo cobraba impuestos relacionados con comercio, mercancías o transporte.
Resulta impresionante que Jesucristo llamara precisamente a un hombre rechazado por gran parte de la sociedad religiosa. Mientras otros veían únicamente corrupción y desprecio, Cristo veía a una persona que podía ser transformada.
El llamado de Mateo muestra además el enorme impacto espiritual que producía Jesucristo en las personas. Mateo abandonó inmediatamente una profesión lucrativa para seguir al Maestro.
“Y levantándose, le siguió.”
Lucas 5:28

Otro recaudador muy conocido fue Zaqueo.
“Había allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico.”
Lucas 19:2
El hecho de que fuera “jefe” de los publicanos indica que probablemente supervisaba otros cobradores y manejaba grandes cantidades de dinero.
Cuando Jesús pasó por Jericó, Zaqueo deseaba verlo, pero la multitud y su baja estatura se lo impedían.
“Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle.”
Lucas 19:4
La reacción de Jesús sorprendió completamente a todos.
“Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.”
Lucas 19:5
La multitud volvió a murmurar.
“Ha entrado a posar con un hombre pecador.”
Lucas 19:7
Sin embargo, aquel encuentro transformó profundamente el corazón de Zaqueo.
“He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.”
Lucas 19:8
La restitución cuadruplicada era una señal de arrepentimiento genuino. Zaqueo ya no quería vivir explotando a otros; ahora deseaba reparar el daño causado.
Entonces Jesús declaró:
“Hoy ha venido la salvación a esta casa.”
Lucas 19:9
Y añadió una de las declaraciones más poderosas acerca de Su misión en la Tierra:
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Lucas 19:10
Los recaudadores de impuestos representan una de las imágenes más impactantes de los Evangelios. Eran hombres despreciados, rechazados y considerados pecadores públicos. Sin embargo, Jesucristo se acercó precisamente a personas como ellas para mostrar que la gracia de Dios tiene poder para transformar incluso las vidas más señaladas y rechazadas por la sociedad.
Comprender quiénes eran los publicanos ayuda a visualizar mejor el impacto del ministerio de Cristo. Jesús no solamente predicó a personas respetadas o admiradas; también se acercó a quienes muchos consideraban indignos, demostrando que la misericordia de Dios puede alcanzar aun a aquellos que parecen más alejados espiritualmente.
Dr. Elio M Rivera
Los sacerdotes ocupaban uno de los lugares más importantes dentro de la sociedad judía. Su labor estaba profundamente relacionada con el templo de Jerusalén, considerado el centro espiritual de Israel. Allí ofrecían sacrificios, quemaban incienso, supervisaban ceremonias religiosas y enseñaban aspectos de la Ley de Moisés al pueblo.

El sacerdocio había sido establecido siglos antes por Dios a través de Aarón y sus descendientes.
“Y tomarás a Aarón y a sus hijos contigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes…”
Éxodo 28:1
Los sacerdotes no solo dirigían actos religiosos; también participaban en decisiones relacionadas con la pureza ceremonial, ciertos juicios y la vida espiritual de la nación. Muchas personas los observaban con respeto, admiración y autoridad.
El templo funcionaba continuamente. Cada día se ofrecían sacrificios por el pecado, holocaustos, incienso y ofrendas especiales. El trabajo sacerdotal requería disciplina, preparación y conocimiento detallado de la Ley.
“Y los sacerdotes entraban continuamente en la primera parte del tabernáculo para cumplir los oficios del culto.”
Hebreos 9:6
Durante las grandes fiestas judías, Jerusalén podía llenarse de miles de peregrinos. En esos días el trabajo de los sacerdotes aumentaba enormemente. El sonido de los animales para sacrificio, las oraciones, el humo del altar y el movimiento constante de personas formaban parte del ambiente cotidiano del templo.
Sin embargo, en tiempos de Jesús también existía corrupción espiritual dentro de algunos sectores religiosos. No todos los líderes buscaban verdaderamente a Dios. Algunos habían convertido la religión en una estructura pesada, llena de apariencia externa, orgullo y tradiciones humanas.
Jesús confrontó repetidamente aquella actitud porque el problema no era solamente externo; muchos corazones se habían alejado de Dios mientras mantenían una apariencia religiosa.
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
Mateo 15:8
Cristo también denunció cómo algunos líderes religiosos imponían cargas difíciles sobre las personas mientras ellos mismos no vivían conforme al corazón de Dios.
“Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres…”
Mateo 23:4
Aun así, Jesús no rechazó el propósito original del sacerdocio. En realidad, vino a revelar algo mucho mayor. Todos aquellos sacrificios, ceremonias y funciones sacerdotales apuntaban finalmente hacia Él.
El sistema de sacrificios existía porque el pecado separaba al ser humano de Dios. Los sacerdotes actuaban como mediadores temporales, presentando ofrendas delante del Señor por el pueblo.
“Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.”
Hebreos 9:22
Pero aquellos sacrificios debían repetirse continuamente porque no podían quitar completamente el pecado.
“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.”
Hebreos 10:4
Entonces Jesucristo apareció como el cumplimiento perfecto de aquello que el sacerdocio representaba. Él no solo sería sacerdote; también sería el sacrificio perfecto.
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”
1 Timoteo 2:5
Mientras los sacerdotes del templo ofrecían animales una y otra vez, Cristo entregó Su propia vida una sola vez y para siempre.
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados…”
Hebreos 10:12
Por eso, al estudiar a los sacerdotes en tiempos de Jesús, también podemos comprender mejor la magnitud de lo que Cristo vino a hacer. Él no vino solamente a reformar un sistema religioso; vino a abrir el camino para reconciliar verdaderamente a la humanidad con Dios.
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Los levitas pertenecían a la tribu de Leví, una de las doce tribus de Israel. Desde tiempos antiguos habían sido apartados para servir en las labores relacionadas con la adoración a Dios y el cuidado del tabernáculo, y más adelante, del templo de Jerusalén.
“En aquel tiempo apartó Jehová la tribu de Leví para que llevase el arca del pacto de Jehová, para que estuviese delante de Jehová para servirle…”
Deuteronomio 10:8
Aunque muchas personas suelen confundir a los levitas con los sacerdotes, no todos los levitas eran sacerdotes. Los sacerdotes descendían específicamente de Aarón, mientras que los demás levitas ayudaban en múltiples tareas necesarias para el funcionamiento del sistema religioso de Israel.
Su trabajo era muy variado. Algunos cuidaban las entradas del templo y mantenían el orden; otros supervisaban utensilios sagrados, almacenaban ofrendas, organizaban ceremonias o asistían directamente en diferentes actividades del culto.
“Y los levitas serán míos.”
Números 3:12

Muchos también participaban en la música y la adoración. En tiempos bíblicos existían levitas especializados en cantar y tocar instrumentos durante las ceremonias sagradas.
“Y los cantores hijos de Asaf estaban en su puesto…”
2 Crónicas 35:15
El sonido de trompetas, címbalos, arpas y cantos probablemente formaba parte frecuente del ambiente del templo. La adoración no era improvisada; existía organización, preparación y grupos designados específicamente para ministrar delante de Dios.
Otros levitas ayudaban transportando elementos sagrados o cuidando áreas específicas del templo. Desde los días del tabernáculo en el desierto, Dios había asignado responsabilidades precisas a cada familia levítica.
“Y el cargo de los hijos de Coat en el tabernáculo de reunión, consistía en cuidar el arca, la mesa, el candelero, los altares…”
Números 3:31
Aunque muchos levitas no tenían la misma posición visible que el sumo sacerdote o los sacerdotes principales, su labor era fundamental. Sin ellos, gran parte del funcionamiento diario del templo simplemente no habría sido posible.
En tiempos de Jesús, los levitas seguían formando parte importante de la vida religiosa judía. La gente los veía constantemente en Jerusalén y especialmente en el templo durante las fiestas y celebraciones.
Jesús mencionó a sacerdotes y levitas en una de Sus parábolas más impactantes: la del buen samaritano.
“Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.
Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.”
Lucas 10:31–32
En aquella historia, un hombre había sido asaltado, golpeado y abandonado medio muerto junto al camino. Primero pasó un sacerdote y luego un levita. Ambos lo vieron, pero continuaron su camino sin ayudarlo.
Entonces Jesús sorprendió profundamente a quienes escuchaban la parábola al mostrar que quien actuó verdaderamente con misericordia fue un samaritano, alguien despreciado por muchos judíos de aquella época.
“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia.”
Lucas 10:33
La enseñanza de Cristo era poderosa. La verdadera espiritualidad no consiste solamente en ocupar una posición religiosa, conocer ceremonias o participar en actividades sagradas. Dios también mira el corazón, la compasión y la manera en que tratamos al prójimo.
“Porque misericordia quiero, y no sacrificio…”
Mateo 9:13
Jesús estaba mostrando que una persona puede participar externamente en la religión y aun así tener el corazón lejos de Dios. En cambio, alguien considerado despreciado o indigno podía reflejar mucho más claramente el amor y la misericordia del Señor.
Al estudiar a los levitas en tiempos de Jesús, también podemos comprender cuánto valor daba Dios al servicio, al orden y a la adoración. Pero al mismo tiempo, Cristo dejó claro que ninguna posición religiosa puede reemplazar un corazón lleno de amor, misericordia y obediencia verdadera hacia Dios.
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Dr. Elio M Rivera
Los escribas eran hombres dedicados al estudio, copia e interpretación de las Escrituras. En una época donde no existían imprentas ni biblias personales como hoy, su labor era extremadamente importante dentro de la sociedad judía.
Muchos pasaban años aprendiendo cuidadosamente la Ley de Moisés, los escritos de los profetas y las tradiciones religiosas transmitidas de generación en generación. Eran considerados expertos en asuntos espirituales y frecuentemente enseñaban al pueblo en las sinagogas.
“Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.”
Esdras 7:10
Los escribas no solamente estudiaban las Escrituras; también las copiaban manualmente. Cada palabra debía escribirse con enorme cuidado y reverencia. Un error podía arruinar un manuscrito entero.
Gracias al trabajo de estos hombres, gran parte de las Escrituras pudo preservarse durante generaciones. Su labor ayudó a mantener viva la enseñanza de la Ley dentro del pueblo judío.

Muchos escribas tenían influencia importante dentro de la sociedad. La gente los veía como maestros religiosos, consejeros y autoridades espirituales.
“Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.”
Mateo 7:28–29
Este versículo muestra algo importante: los escribas enseñaban constantemente al pueblo. Sin embargo, cuando Jesús hablaba, las personas notaban una diferencia profunda entre Su autoridad y la de muchos líderes religiosos de la época.
Aunque algunos escribas probablemente eran sinceros, en tiempos de Jesús también existía corrupción espiritual en ciertos sectores religiosos. Algunos habían convertido el conocimiento bíblico en motivo de orgullo, apariencia y poder.
Jesús confrontó duramente aquella actitud porque el problema no era el estudio de las Escrituras, sino un corazón endurecido que conocía mucho acerca de Dios, pero reflejaba poca misericordia, humildad y amor verdadero.
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”
Mateo 23:13
Cristo denunció cómo algunos líderes religiosos aparentaban santidad externamente mientras internamente estaban llenos de orgullo y corrupción espiritual.
“Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.”
Mateo 23:27
Jesús también confrontó cómo algunos escribas cargaban a las personas con reglas y tradiciones pesadas mientras descuidaban lo más importante delante de Dios.
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.”
Mateo 23:23
Aquellos hombres conocían enormes cantidades de información bíblica, pero muchos no reconocieron al mismo Mesías prometido en las Escrituras que estudiaban diariamente.
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”
Juan 5:39
Jesús no condenaba el conocimiento de las Escrituras. En realidad, constantemente enseñaba usando la Palabra de Dios y mostraba su verdadero significado. Lo que confrontaba era la hipocresía espiritual y la apariencia religiosa vacía.
Cristo enseñó que una persona puede conocer profundamente textos religiosos y aun así tener el corazón lejos de Dios.
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
Mateo 15:8
Aquello sigue siendo una advertencia poderosa incluso hoy. El conocimiento bíblico es valioso, pero Dios también mira el corazón, la humildad, la misericordia y la manera en que tratamos a los demás.
Los escribas nos recuerdan que no basta solamente con estudiar acerca de Dios; también debemos permitir que Su verdad transforme nuestra vida. Porque la verdadera espiritualidad no consiste únicamente en acumular conocimiento, sino en reflejar el carácter, la compasión y el amor de Cristo
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