04. ¿Quién era Herodes?

Dr. Elio M Rivera

 Roma podía entregarle una corona.

 Podía llamarlo rey.

 Podía proporcionarle soldados.

 Pero había algo que el Senado romano no podía darle a Herodes:

 una historia que lo convirtiera naturalmente en heredero del trono de Israel.

 Ese sería uno de los grandes problemas de su reinado.

Un rey que venía de Idumea

 Herodes no pertenecía a la antigua casa de David ni descendía de la dinastía asmonea que había gobernado Judea antes de él.

 Su familia procedía de Idumea, territorio situado al sur de Judea y relacionado históricamente con los edomitas.

 Unas generaciones antes del nacimiento de Herodes, el gobernante asmoneo Juan Hircano I había conquistado Idumea. Flavio Josefo relata que permitió a los idumeos permanecer en su tierra con la condición de circuncidarse y adoptar las leyes judías. Según Josefo, aceptaron esas condiciones y desde entonces quedaron incorporados al pueblo judío.

 Herodes nació, por tanto, dentro de una familia idumea que practicaba el judaísmo.

 Pero su origen seguía siendo conocido.

 Y eso importaba.

 Porque ahora aquel idumeo estaba sentado sobre el trono de Judea.

El rey Herodes provenía de una familia que había aprendido a sobrevivir

 Su padre, Antípatro, había construido cuidadosamente el camino político que permitiría el ascenso de la familia.

 Su madre se llamaba Cipros y procedía de una familia árabe nabatea.

 Herodes creció, por tanto, en una casa acostumbrada a moverse entre diferentes mundos: Judea, Idumea, Arabia y Roma.

 Eso probablemente contribuyó a convertirlo en el extraordinario político que llegaría a ser.

 Sabía negociar.

 Sabía reconocer quién tenía poder.

 Sabía cambiar de estrategia cuando cambiaban las circunstancias.

 Sabía relacionarse con romanos y judíos.

 Y había aprendido algo esencial para sobrevivir políticamente en aquel mundo:

 el poder no solamente se conquista; también debe legitimarse.

El problema de la corona

 Herodes podía gobernar Judea.

 Pero para muchos de sus súbditos existía una pregunta inevitable:

 ¿qué derecho tenía este hombre al trono?

 La pregunta era especialmente importante porque Judea acababa de ser gobernada durante generaciones por la familia asmonea.

 Los asmoneos poseían algo que Herodes necesitaba desesperadamente: prestigio dinástico.

 Eran descendientes de la familia que había encabezado la rebelión de los macabeos contra el dominio seléucida. Sus antepasados habían recuperado Jerusalén, purificado el Templo y conseguido finalmente un período de independencia judía.

 Sus nombres estaban vinculados a una de las historias más gloriosas de resistencia nacional.

 Herodes no tenía esa historia.

 Él tenía otra cosa:

 el respaldo de Roma.

 Y había una diferencia enorme entre ambas.

Mariamne: una boda que también era política

 Aquí entra en nuestra historia una mujer que posteriormente será fundamental: Mariamne I.

 Mariamne pertenecía a la familia asmonea.

 Era nieta de Hircano II por parte de su madre y nieta de Aristóbulo II por parte de su padre. En ella convergían, por tanto, importantes líneas de la antigua casa gobernante.

 Herodes se comprometió con ella y posteriormente la tomó por esposa.

 El matrimonio tenía una dimensión personal, pero también poseía un enorme significado político.

 Al casarse con una princesa asmonea, Herodes vinculaba su nueva dinastía con la familia que había gobernado Judea antes que él.

 Sus futuros hijos con Mariamne podrían poseer algo que él nunca tendría por sí mismo:

 sangre asmonea.

 Herodes podía construir una nueva dinastía, pero necesitaba conectar esa dinastía con la antigua.

 Y aquí comienza a aparecer una tensión que acompañaría buena parte de su vida.

El hombre detrás de la corona

 Herodes era extraordinariamente capaz.

 Reducirlo simplemente a un tirano sería impedirnos comprenderlo.

 Era inteligente.

 Tenía enorme capacidad administrativa.

 Comprendía la política internacional.

 Sabía conseguir aliados.

 Era militarmente competente.

 Posteriormente demostraría una capacidad extraordinaria para construir ciudades, fortalezas, puertos y palacios.

 Podía sentarse frente a algunos de los hombres más poderosos del mundo romano y negociar con ellos.

 Pero debajo de todas esas capacidades existía una vulnerabilidad.

 Herodes sabía que otros poseían una legitimidad que él no poseía.

 Un asmoneo podía recordárselo.

 Un descendiente de una antigua familia podía recordárselo.

 La admiración popular hacia otra persona podía recordárselo.

 Su propia esposa podía recordárselo.

 Incluso sus propios hijos podrían algún día recordárselo.

 La corona estaba sobre su cabeza.

 Pero la pregunta permanecía dentro de ella:

 ¿me consideran realmente su rey?

El título que significaba demasiado

 Por eso debemos detenernos en el título que Herodes había recibido.

 Rey de los judíos.

 Para Roma era fundamentalmente un título político.

 Para Herodes era la confirmación de todo aquello que había conseguido.

 Pero dentro de la historia de Israel esas palabras podían tener una profundidad mucho mayor.

 Israel tenía una antigua tradición real.

 Dios había prometido a David:

«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.» — 2 Samuel 7:16.

 Los profetas habían mantenido viva la esperanza de un gobernante relacionado con David. Isaías había hablado de un niño sobre cuyo hombro estaría el principado y cuyo reino sería establecido sobre el trono de David. Miqueas había señalado a Belén como el lugar del cual saldría un gobernante para Israel.

 Herodes no pertenecía a esa casa.

 No procedía de Belén.

 No descendía de David.

 Su título había venido de Roma.

 Y, sin embargo, era él quien estaba sentado en Jerusalén como rey de los judíos.

 Esta realidad permanecería silenciosa durante años.

 Hasta que un día llegaron unos viajeros del Oriente haciendo una pregunta.

 Una pregunta de pocas palabras.

 Pero palabras capaces de tocar exactamente la herida política que Herodes había llevado durante buena parte de su vida:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.

 No estaban preguntando por alguien que quería convertirse en rey.

 No preguntaban por alguien que había conseguido que Roma lo nombrara rey.

 Preguntaban por alguien que había nacido Rey.

 Ahora podemos comenzar a comprender por qué aquellas palabras podían resultar tan perturbadoras para Herodes.

 El título que había luchado por conseguir acababa de ser utilizado para describir a otro.

¿Qué aprendemos del corazón humano?

 La historia de Herodes comienza a mostrarnos algo inquietante.

 Un hombre puede poseer aquello que siempre quiso y continuar sintiendo que debe defenderlo.

 Herodes tenía la corona.

 Tenía palacios.

 Tenía ejércitos.

 Tenía el reconocimiento de Roma.

 Tenía enormes riquezas.

 Y aun así, ninguna de esas cosas podía cambiar su origen.

 El poder podía cubrir su inseguridad, pero no podía sanarla.

 Cuando nuestra identidad depende de un título, una posición, el reconocimiento de otros o aquello que hemos conseguido, cualquier persona que parezca amenazar esas cosas puede comenzar a parecernos enemiga.

 Y entonces ocurre algo peligroso:

 ya no utilizamos nuestra posición para servir.

 Comenzamos a utilizar nuestra vida para proteger nuestra posición.

 Todavía no hemos visto hasta dónde llevaría esto a Herodes.

 Pero ya conocemos la herida.

 Y pronto comenzaremos a ver sus consecuencias.

Referencias bíblicas

Génesis 25:30; 36:1, 8–9; 2 Samuel 7:12–16; Isaías 9:6–7; Miqueas 5:2; Mateo 2:1–3; Lucas 1:32–33.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIII. Relata la conquista de Idumea por Juan Hircano I y la incorporación de los idumeos mediante la circuncisión y la adopción de las leyes judías.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XV. Principal fuente antigua para el origen familiar de Herodes, Antípatro, su ascenso político y su relación con la familia asmonea.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Relata los antecedentes familiares de Herodes, su matrimonio con Mariamne y los conflictos dinásticos que acompañaron su reinado.

Encyclopaedia Britannica, “Herod, king of Judaea”. Síntesis histórica del origen idumeo de Herodes, su familia, su relación con Roma y su matrimonio con Mariamne I.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.