02. ¿Hay trabajo para mí?

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  El encargado extendió el brazo.

  David siguió la dirección de aquel dedo y, durante un instante, sintió que el corazón le daba un vuelco.

  Lo estaba señalando.

  Tenía que ser él.

  Había observado sus herramientas, le había preguntado por su experiencia y parecía haber considerado seriamente contratarlo.

  David adelantó un pie.

  Pero entonces el hombre movió ligeramente la mano.

  —Tú. El de la túnica oscura.

  Un trabajador que estaba a su lado se incorporó apresuradamente.

  —¿Yo?

  —Sí, tú. ¿Cuántos hombres ves con esa túnica?

  El trabajador recogió sus herramientas.

  —Aquí estoy, señor.

  —Entra. Pregunta por Natán.

  El hombre cruzó la entrada sin mirar atrás.

  David permaneció inmóvil, con el pie todavía adelantado.

  Sintió calor en el rostro.

  No sabía qué le dolía más: haber perdido la oportunidad o haber estado a punto de avanzar delante de todos.

  Retrocedió discretamente.

  El encargado se volvió hacia los hombres que quedaban.

  —Por ahora no necesito a nadie más.

  Nadie respondió.

  Durante unos momentos solamente se escucharon los golpes que llegaban desde el interior de la construcción.

  Después comenzaron las protestas.

  —¡Llevo aquí desde antes de que amaneciera! —exclamó un hombre.

  —Y yo llevo tres días viniendo —añadió otro.

  El encargado ni siquiera se volvió.

  —Entonces ya saben dónde está el camino de regreso.

  Aquellas palabras provocaron murmullos de indignación.

  David apretó la mandíbula.

  Sintió el impulso de responder.

  De decirle que aquellos hombres no habían recorrido tantos kilómetros para recibir semejante trato.

  Pero se contuvo.

  No porque estuviera de acuerdo.

  Sino porque todavía necesitaba que aquel hombre lo contratara.

  Y aquella necesidad le produjo una vergüenza que no supo explicar.

  Había salido de Nazaret cuando sus hijos todavía dormían. Había caminado por las colinas en la oscuridad, soportando el peso de las herramientas y el dolor de espalda.

  Ahora tendría que regresar.

  Sin haber trabajado.

  Sin haber ganado una moneda.

  Y con la misma pregunta que había salido de casa intentando responder:

  ¿Qué llevaría aquella noche a su familia?

Los hombres que nadie había elegido

  La mañana avanzaba.

  La sombra del muro se había reducido a una franja estrecha y los hombres comenzaron a buscar otros lugares donde protegerse del sol.

  Algunos se marcharon inmediatamente.

  Otros permanecieron allí, esperando que el encargado cambiara de opinión.

  David no se movió.

  No estaba preparado para comenzar el camino de regreso.

  A su lado, un hombre de barba entrecana se sentó lentamente sobre una piedra.

  Llevaba una túnica remendada a la altura del hombro y unas sandalias que parecían haber sido reparadas muchas veces.

  Sus manos eran grandes. Los nudillos estaban deformados por años de esfuerzo.

  —¿De dónde vienes? —preguntó.

  —De Nazaret.

  —Has caminado bastante.

  —Lo suficiente para que me duelan los pies.

  El hombre sonrió.

  —Entonces todavía te quedan fuerzas. Cuando dejen de dolerte, preocúpate.

  David dejó escapar una risa breve.

  Se sentó cerca de él.

  —¿Y tú?

  —Vengo de una aldea al otro lado de las colinas.

  —¿También trabajas la madera?

  —Cuando encuentro quién me pague por hacerlo. También he trabajado piedra y he cargado materiales. A estas alturas aceptaría casi cualquier tarea.

  El hombre se frotó una rodilla.

  David observó el movimiento.

  —¿Te lastimaste?

  —Hace años. Algunas mañanas parece que la pierna todavía se acuerda.

  —¿Cuánto tiempo llevas buscando trabajo?

  El hombre miró hacia la construcción.

  —Aquí, tres mañanas.

  David guardó silencio.

  Tres mañanas.

  Tres viajes.

  Tres días sin jornal.

  —¿No has encontrado nada en otro lugar?

  —Algunos encargos pequeños. Pero ahora necesito algo que dure más de un día.

  Se quedó mirando sus manos.

  —Mi hijo se lastimó una pierna durante la cosecha. Antes trabajábamos juntos.

  David volvió la cabeza.

  —¿Está mejor?

  —Todavía no puede trabajar.

  El hombre intentó sonreír.

  —Ahora tengo que hacer el trabajo de los dos.

  No añadió nada más.

  David tampoco preguntó.

  Había sufrimientos que podían comprenderse sin necesidad de escuchar toda la historia.

  Un poco más allá esperaba un trabajador joven.

  Tenía el rostro delgado y una expresión inquieta. Sujetaba una herramienta con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

  Cuando el encargado pasó cerca de la entrada, el muchacho se adelantó.

  —¡Señor! Puedo cargar piedra. También sé preparar mezcla.

  El encargado continuó caminando.

  —¡He trabajado antes! —insistió el joven.

  El hombre ni siquiera volvió la cabeza.

  El muchacho quedó inmóvil, con la herramienta todavía levantada.

  David apartó la mirada.

  No quería contemplar su humillación.

  Pero tampoco podía dejar de pensar en ella.

  Aquellos hombres no habían venido a pedir limosna.

  Habían traído sus herramientas.

  Sus conocimientos.

  Sus brazos.

  Su disposición a trabajar.

  Y aun así podían regresar a casa sin nada.

  David introdujo una mano en su bolsa.

  Sus dedos encontraron el pan que su esposa había preparado.

  Lo sacó.

  El hombre de barba entrecana lo observó de reojo.

  —Parece que tu mujer pensó en ti.

  David miró el pequeño envoltorio.

  —Siempre piensa en mí.

  —Entonces eres afortunado.

  David partió un pedazo.

  Durante un instante pensó en ofrecerle la mitad.

  Después recordó cuánto alimento quedaba en casa.

  Sus hijos también necesitarían comer.

  Vaciló.

  Le molestó descubrir aquella vacilación en sí mismo.

  Finalmente extendió la mano.

  —¿Quieres un poco?

  El hombre miró el pan.

  —Guárdalo. Todavía tienes que regresar a Nazaret.

  —Tú también tienes camino por delante.

  El trabajador sonrió con tristeza.

  —Y una esposa que me regañará si descubre que acepté el alimento de otro hombre que tampoco encontró trabajo.

  David sonrió.

  Volvió a envolver el pan.

  No insistió.

  Pero aquel hombre le había recordado algo que la preocupación casi le había hecho olvidar:

  La necesidad podía poner a dos trabajadores a competir por un mismo jornal, sin convertirlos por eso en enemigos.

Una voz detrás del muro

  Un golpe seco interrumpió sus pensamientos.

  Después llegó una exclamación irritada desde el interior de la construcción.

  —¡No entra!

  Se escuchó otro golpe.

  —¡Te dije que no cortaras más!

  David levantó la cabeza.

  Conocía aquellos sonidos.

  Una herramienta trabajando sobre madera.

  Una pieza que no encajaba.

  Y hombres que comenzaban a perder la paciencia.

  El encargado apareció junto a la entrada.

  Caminaba deprisa.

  Se detuvo para hablar con otro trabajador y ambos miraron hacia una parte de la construcción.

  —Si seguimos así, no terminaremos antes de que lleguen los materiales —dijo el encargado.

  —La pieza está mal preparada —respondió el otro.

  —Entonces que la corrijan.

  —Ya han intentado hacerlo.

  El encargado soltó una exclamación de disgusto.

  David prestó atención.

  No alcanzaba a ver la pieza, pero comprendió que tenían dificultades con una estructura de madera.

  Su primera reacción fue levantarse.

  Después volvió a sentarse.

  Ya te dijeron que no necesitan más hombres.

  No quería parecer desesperado.

  Tampoco quería provocar otra humillación delante de los trabajadores.

  Pero si se marchaba, ¿qué conseguiría con su orgullo?

  Miró sus manos.

  Tenía pequeñas cicatrices y callosidades formadas durante años de trabajo.

  Sabía medir.

  Sabía ajustar madera.

  Sabía reconocer cuándo una pieza necesitaba corregirse antes de colocarla.

  El encargado comenzó a alejarse.

  David se puso de pie.

  —Señor.

  El hombre se detuvo.

  —¿Qué quieres ahora?

  David sintió las miradas de los trabajadores.

  —Escuché que tienen dificultades con una pieza de madera.

  —¿Y qué tiene eso que ver contigo?

  —Puedo examinarla.

  El encargado lo miró con impaciencia.

  —Ya tengo hombres trabajando en ella.

  —Lo sé.

  —Entonces, ¿por qué sigues aquí?

  David sintió que el rostro se le calentaba.

  Podía dar media vuelta.

  Recoger sus herramientas.

  Marcharse con la dignidad herida, pero sin soportar otra palabra de aquel hombre.

  Sin embargo, recordó la voz de su hijo.

  Entonces que te contraten.

  Y recordó a su esposa diciéndole que regresara aunque no consiguiera trabajo.

  Aquella mañana ella había reconocido su cansancio.

  Él no quería regresar sin haber hecho todo lo posible.

  —Porque conozco mi oficio —respondió—. Si me permites examinar la pieza, quizá pueda ayudarte.

  El encargado entrecerró los ojos.

  —¿Crees que sabes más que mis trabajadores?

  David comprendió el peligro de aquella pregunta.

  —No he dicho eso.

  —Entonces habla claramente.

  —Digo que puedo revisar las medidas. Si el problema tiene solución, te lo diré. Y si no sé resolverlo, también.

  El encargado lo observó durante unos instantes.

  Después extendió la mano.

  —Muéstrame tus herramientas.

  David abrió la bolsa.

  El hombre examinó algunas piezas. Tomó una herramienta, observó su estado y la devolvió.

  —¿Son tuyas?

  —Sí.

  —¿Sabes utilizarlas o solamente sabes cargarlas?

  David sintió el impulso de responder con dureza.

  La pregunta era innecesariamente ofensiva.

  Pero había llegado demasiado lejos para perder aquella oportunidad por una palabra.

  —Sé utilizarlas.

  El encargado sostuvo su mirada.

  Después señaló hacia el interior.

  —Ven conmigo.

  David sintió un alivio repentino.

  Recogió sus herramientas antes de que el hombre cambiara de opinión.

  Al pasar junto al trabajador de barba entrecana, éste levantó ligeramente la mano.

  —Que te vaya bien, nazareno.

  David se detuvo.

  —Espero que también encuentres algo.

  —Ve —respondió el hombre—. No hagas esperar al que tiene el dinero.

  David sonrió.

  Después cruzó la entrada.

  No sabía si había conseguido trabajo.

  Pero al menos había conseguido que lo escucharan.

El ruido de una ciudad que construía

  Apenas entró, el sonido de la obra lo envolvió.

  Desde fuera había escuchado golpes y voces. Dentro, los ruidos parecían venir de todas partes.

  Una herramienta golpeaba piedra con movimientos breves y precisos.

  Dos hombres arrastraban una pieza de madera sobre el suelo.

  Más adelante, varios trabajadores levantaban materiales mientras otro les indicaba dónde colocarlos.

  El aire estaba cargado de polvo.

  Olía a madera recién cortada, tierra removida y sudor.

  El sol caía sobre los sectores descubiertos de la construcción. En otros lugares, los muros levantados proyectaban sombras donde algunos hombres habían dejado sus recipientes de agua.

  David caminó detrás del encargado procurando no estorbar.

  Al pasar junto a una carga suspendida mediante cuerdas, escuchó un grito.

  —¡Espera!

  Uno de los trabajadores había comenzado a tirar antes que su compañero.

  La carga se inclinó peligrosamente.

  David retrocedió instintivamente.

  La cuerda se tensó.

  Durante un instante pareció que el material iba a caer.

  —¡Sujétala! —gritó otro hombre.

  Los trabajadores corrigieron la posición.

  La carga volvió a quedar estable.

  El encargado soltó una maldición entre dientes.

  —¡Si rompen ese material, lo descontaré de sus jornales!

  David miró a los hombres.

  Uno de ellos respiraba agitadamente.

  El otro tenía las manos enrojecidas por la fricción de la cuerda.

  Nadie parecía haberse lastimado.

  Pero David comprendió que aquella construcción no sería un lugar donde pudiera trabajar distraído.

  En una obra, un error podía costar más que dinero.

  Podía costar una mano.

  Una pierna.

  O la vida.

  El encargado continuó caminando.

  David lo siguió.

  Finalmente llegaron a una estructura parcialmente preparada.

  Varias piezas de madera descansaban sobre soportes provisionales.

  Una de ellas debía colocarse entre dos puntos de apoyo, pero sus extremos no coincidían correctamente.

  Un joven sostenía una herramienta mientras otro hombre examinaba la pieza.

  —Aquí está el que dice que sabe resolverlo —anunció el encargado.

  El hombre levantó la cabeza.

  Tenía el cabello entrecano, la piel curtida y una pequeña cicatriz junto a la ceja.

  Su expresión era seria.

  No parecía impresionado por la llegada de David.

  —¿Cómo te llamas? —preguntó.

  —David.

  —¿De dónde vienes?

  —De Nazaret.

  El hombre observó sus herramientas.

  —¿Cuánto tiempo llevas trabajando madera?

  —Varios años.

  —Entonces dime qué ves.

  David dejó la bolsa en un lugar seguro.

  Se acercó a la estructura.

  El joven que sostenía la herramienta se apartó con evidente disgusto.

  David lo notó.

  No dijo nada.

  Primero examinó los puntos donde debía descansar la pieza.

  Después observó sus extremos.

  Pasó los dedos por una superficie áspera.

  Había marcas de cortes recientes.

  Uno de los extremos había sido rebajado más de lo necesario en una zona, mientras otra parte todavía ofrecía resistencia.

  David se agachó para mirar desde otro ángulo.

  El hombre de cabello entrecano lo observaba.

  —¿Y bien?

  David no respondió inmediatamente.

  Tomó una cuerda de medir.

  Comprobó la distancia entre los apoyos.

  Después revisó la longitud de la pieza.

  Volvió a medir.

  El joven soltó un suspiro de impaciencia.

  —Eso ya lo hicimos.

  David levantó la mirada.

  —Entonces no te molestará que lo compruebe otra vez.

  El muchacho apretó los labios.

  El hombre de cabello entrecano permaneció en silencio.

  David volvió a concentrarse.

  La diferencia era pequeña, pero suficiente para impedir que la madera encajara correctamente.

  Además, los apoyos no estaban colocados exactamente como parecía a primera vista.

  Si continuaban rebajando uno de los extremos sin corregir la medida, terminarían desperdiciando la pieza.

  David se enderezó.

  —El problema no está solamente aquí —dijo, señalando el extremo trabajado—. La distancia entre los apoyos no coincide con la medida que utilizaron.

  El joven frunció el ceño.

  —La medimos.

  —No digo que no.

  —Entonces, ¿qué estás diciendo?

  David sintió que comenzaba a irritarse.

  No había entrado para discutir.

  Pero tampoco estaba dispuesto a fingir que no veía el error.

  —Que necesitamos comprobarla desde los puntos donde realmente descansará la madera.

  El hombre entrecano extendió la mano.

  —Dame la cuerda.

  Volvió a medir.

  Después comprobó los apoyos.

  Guardó silencio.

  El joven lo observaba.

  Finalmente el hombre levantó la cabeza.

  —Tiene razón.

  David sintió que la tensión de sus hombros disminuía.

  El muchacho bajó la mirada.

  No parecía satisfecho.

  Pero el encargado ya estaba acercándose.

  —¿Qué sucede?

  —La medida estaba equivocada —respondió el hombre entrecano—. Si seguimos cortando, perderemos la pieza.

  El encargado miró a David.

  —¿Puedes corregirla?

  David examinó nuevamente la madera.

  No era una tarea imposible.

  Pero tampoco podía realizarse apresuradamente.

  —Sí.

  El encargado se cruzó de brazos.

  —Entonces escucha bien.

El precio de una oportunidad

  —No voy a pagar a un hombre para que pase la mañana mirando madera —dijo el encargado—. Necesito que esa pieza quede preparada y colocada antes de que continuemos con el resto de la estructura.

  David asintió.

  —Entiendo.

  —Si sabes hacer lo que dices, tendrás trabajo hoy. Si no, te marcharás.

  El joven levantó la mirada.

  David percibió algo en su expresión.

  Tal vez esperaba que fracasara.

  O quizá simplemente deseaba recuperar la tarea que había perdido.

  David comprendía aquella incomodidad.

  A nadie le agradaba que otro hombre llegara para corregir su trabajo delante de todos.

  Pero él también necesitaba aquella oportunidad.

  —No desperdicies material —continuó el encargado—. Y no hagas cortes sin comprobar las medidas.

  —No lo haré.

  —Eso espero.

  El hombre comenzó a marcharse.

  David lo llamó.

  —Una cosa más.

  El encargado se volvió con evidente fastidio.

  —¿Ahora qué?

  —¿Cuánto pagarás por la jornada?

  El hombre lo miró fijamente.

  —Primero demuestra que sabes trabajar.

  —Lo haré. Pero necesito conocer el jornal antes de comenzar.

  Durante unos instantes David temió haber arruinado todo.

  El encargado parecía acostumbrado a dar órdenes sin recibir preguntas.

  Finalmente indicó la cantidad prevista y las condiciones del pago.

  David hizo el cálculo mentalmente.

  No era una fortuna.

  Pero permitiría comprar alimento y atender algunas necesidades de su familia.

  —De acuerdo —respondió.

  El encargado señaló al trabajador entrecano.

  —Él es Natán. Harás lo que te indique.

  Después se marchó.

  David observó cómo desaparecía entre los trabajadores.

  Había conseguido entrar.

  Ahora debía demostrar que merecía quedarse.

  Natán se acercó a la estructura.

  —¿Puedes hacer lo que dijiste?

  David lo miró.

  —Sí.

  —Entonces hazlo.

  Señaló la pieza.

  —No tenemos toda la mañana.

  David comprendió que Natán era un hombre de pocas palabras.

  Y que probablemente sería mejor demostrarle su capacidad trabajando que intentando impresionarlo con explicaciones.

Una pieza de madera y dos hombres

  David volvió a comprobar las medidas.

  Marcó cuidadosamente la zona que necesitaba corregir.

  Después acomodó la madera sobre una superficie firme.

  El joven permanecía a unos pasos.

  Observaba cada movimiento.

  David podía sentir su mirada.

  Tomó una herramienta y comenzó a trabajar.

  La madera ofreció resistencia.

  Ajustó la posición de sus manos.

  Volvió a intentarlo.

  El sonido de la herramienta se mezcló con los golpes que llegaban desde otros puntos de la obra.

  Una pequeña viruta cayó al suelo.

  Después otra.

  David avanzaba despacio.

  Sabía que retirar demasiado material sería un error difícil de corregir.

  El joven se acercó.

  —Así tardarás mucho.

  David continuó trabajando.

  —Tal vez.

  —Natán quiere terminar pronto.

  —Yo también.

  —Entonces deberías cortar más.

  David dejó de mover la herramienta.

  Levantó la mirada.

  —¿Cómo te llamas?

  El muchacho pareció sorprendido.

  —¿Para qué quieres saberlo?

  —Porque es más fácil hablar contigo si conozco tu nombre.

  El joven vaciló.

  —Joel.

  —Bien, Joel. Si corto más de lo necesario, ¿qué haremos con la madera que falte?

  El muchacho miró la pieza.

  No respondió.

  David volvió al trabajo.

  —Prefiero tardar un poco más que empezar de nuevo.

  Joel permaneció a su lado.

  Después de unos instantes se agachó para observar mejor la marca.

  —Ese extremo fue el que nos dio problemas.

  —Lo imaginé.

  —Pensé que necesitaba rebajarse más.

  David examinó la superficie.

  —Era una posibilidad.

  Joel lo miró.

  —Pero estaba equivocado.

  David levantó la cabeza.

  Recordó sus propios errores.

  Las piezas desperdiciadas durante sus primeros años.

  Las correcciones que otros hombres habían tenido que hacer por él.

  Y la vergüenza de escuchar una reprimenda delante de los compañeros.

  —Todos nos equivocamos —respondió—. Lo importante es descubrirlo antes de arruinar toda la obra.

  Joel guardó silencio.

  David señaló uno de los extremos.

  —¿Puedes sostenerla aquí?

  El muchacho se acercó.

  —Así.

  —Un poco más hacia ti.

  Joel corrigió la posición.

  —¿Ahora?

  —Ahora está bien.

  Trabajaron juntos.

  David comenzó a notar que el joven tenía fuerza y disposición, aunque todavía le faltaba experiencia.

  También comprendió que no era un muchacho acostumbrado a recibir correcciones con facilidad.

  Eso podía causarle problemas.

  Pero no significaba que fuera un mal trabajador.

  Mientras ajustaban la madera, Joel observó las manos de David.

  —¿Dónde aprendiste?

  —En Nazaret.

  —¿Con tu padre?

  David tardó un instante en responder.

  —Aprendí trabajando con hombres que conocían el oficio.

  Joel asintió.

  —Yo llevo poco tiempo en construcciones grandes.

  —Se nota.

  El muchacho levantó bruscamente la cabeza.

  David comprendió que sus palabras habían sonado más duras de lo que pretendía.

  —Quise decir que todavía estás aprendiendo —aclaró—. No que no puedas hacerlo.

  Joel volvió a mirar la madera.

  —Aquí nadie tiene paciencia con los que están aprendiendo.

  David guardó silencio.

  Había algo de verdad en aquella afirmación.

  —Entonces procura aprender de cada error —respondió—. Pero no dejes que el miedo te haga cometer otro.

  Joel lo observó brevemente.

  Después volvió a sujetar la pieza.

  Por primera vez desde que David había llegado, trabajaron sin la tensión de dos hombres que se consideraban rivales.

Bajo la mirada de Natán

  El calor comenzó a intensificarse.

  El sol alcanzó la zona donde trabajaban y la madera se calentó bajo sus manos.

  David sintió el sudor descender por la espalda.

  La túnica comenzó a pegarse a su piel.

  Una gota le recorrió la sien y estuvo a punto de entrarle en el ojo.

  Se limpió con el antebrazo.

  Después continuó.

  El dolor de espalda regresó lentamente.

  Al principio fue una molestia soportable.

  Después sintió una punzada al inclinarse.

  Se quedó inmóvil durante un instante.

  Joel levantó la mirada.

  —¿Te sucede algo?

  —Nada.

  El muchacho observó su postura.

  —Te duele la espalda.

  David enderezó el cuerpo.

  —He tenido mañanas mejores.

  Joel señaló una piedra cercana.

  —Puedes sentarte un momento.

  David miró hacia donde trabajaba Natán.

  —No creo que sea buena idea.

  —No está mirando.

  David sonrió débilmente.

  —Ése no es el problema.

  Volvió a inclinarse.

  No quería que Natán pensara que había contratado a un hombre incapaz de soportar la jornada.

  Pero tampoco podía ignorar completamente el dolor.

  Cambió de posición.

  Apoyó una rodilla sobre el suelo.

  Trabajó desde otro ángulo.

  La molestia disminuyó un poco.

  Natán regresó después de un rato.

  No anunció su llegada.

  Simplemente se colocó junto a ellos y observó.

  David sintió su presencia antes de levantar la cabeza.

  El hombre examinó la madera.

  Pasó los dedos por la superficie trabajada.

  Después comprobó las marcas.

  —¿Cuánto falta?

  —Poco —respondió David—. Quiero revisar el ajuste antes de terminar.

  Natán miró a Joel.

  —¿Lo estás ayudando?

  —Sí.

  —Entonces sostén bien la pieza.

  Joel apretó los labios.

  Natán volvió a mirar el trabajo.

  —Continúen.

  Se alejó sin añadir nada más.

  David soltó lentamente el aire.

  Joel lo observó.

  —No dijo que estuviera mal.

  —Eso es bueno.

  —Tampoco dijo que estuviera bien.

  David sonrió.

  —Tal vez ésa sea su manera de felicitarnos.

  Joel soltó una risa breve.

  Fue la primera vez que David lo escuchó reír.

El hombre que tuvo que regresar

  Poco después, David levantó la cabeza para descansar la vista.

  Desde donde trabajaba podía distinguir una parte de la entrada.

  Allí estaba nuevamente el hombre de barba entrecana.

  Hablaba con otro encargado.

  Mostraba sus manos mientras explicaba algo.

  Después señaló hacia el interior de la construcción.

  David no escuchaba las palabras, pero comprendió lo que estaba sucediendo.

  El hombre todavía buscaba una oportunidad.

  El encargado negó con la cabeza.

  El trabajador insistió.

  La respuesta volvió a ser negativa.

  Finalmente bajó las manos.

  Recogió su bolsa.

  Durante unos instantes permaneció inmóvil, observando la obra.

  Después se volvió hacia la calle.

  David sintió una tristeza inesperada.

  Pensó en el hijo lesionado.

  En las tres mañanas de búsqueda.

  En la esposa que quizá estaría esperando una buena noticia.

  Y en la dignidad con que aquel hombre había aceptado su propia decepción.

  —¿Lo conoces? —preguntó Joel.

  David negó con la cabeza.

  —Hablamos esta mañana.

  —Hay muchos que vienen todos los días.

  David continuó observando la entrada.

  —Me dijo que su hijo está lastimado.

  Joel miró al hombre que se alejaba.

  —Entonces necesita trabajo.

  —Sí.

  —Todos lo necesitamos.

  David volvió la cabeza.

  El muchacho no había hablado con crueldad.

  Solamente había expresado una realidad que ambos conocían.

  David regresó a la pieza.

  Pero durante varios minutos no consiguió olvidar al desconocido.

  Había deseado suerte a un hombre que sí obtuvo una oportunidad.

  Y él había tenido que marcharse con las manos vacías.

  David pensó en el pan que llevaba guardado.

  Quizá debió insistir en compartirlo.

  Ahora era demasiado tarde.

  Un golpe seco lo devolvió al trabajo.

  Natán había colocado otra herramienta cerca de ellos.

  —Necesitamos terminar antes del descanso.

  David asintió.

  Tenía que concentrarse.

  No podía ayudar a todos los hombres que sufrían.

  Apenas estaba intentando conservar su propio jornal.

Una pieza que debía encajar

  La mañana continuó avanzando.

  David volvió a medir.

  Revisó el extremo trabajado.

  Comprobó que la superficie estuviera preparada correctamente.

  Después llamó a Joel.

  —Ayúdame a levantarla.

  Entre ambos movieron la pieza hacia los apoyos.

  Era más pesada de lo que parecía.

  David sintió una punzada en la espalda.

  Apretó los dientes.

  —Espera —dijo.

  Joel detuvo el movimiento.

  —¿Qué sucede?

  —Necesitamos otro hombre.

  El muchacho miró la pieza.

  —Podemos hacerlo.

  David negó con la cabeza.

  —Podemos intentarlo. No es lo mismo.

  Joel pareció dispuesto a protestar.

  Pero David continuó:

  —Si la soltamos, perderemos todo el trabajo.

  El muchacho miró hacia Natán.

  Finalmente llamó a otro trabajador.

  Entre los tres acomodaron la pieza con mayor seguridad.

  Natán se acercó.

  —¿Está lista?

  —Creo que sí —respondió David—. Pero quiero comprobarla en su lugar.

  El hombre indicó que continuaran.

  Los trabajadores levantaron la madera.

  David dirigió el movimiento.

  —Despacio.

  La pieza avanzó hacia los apoyos.

  —Un poco más hacia ti, Joel.

  El muchacho corrigió la posición.

  —Ahora bájenla.

  La madera descendió lentamente.

  Uno de los extremos tocó el apoyo.

  El otro quedó ligeramente levantado.

  David sintió que el corazón se le aceleraba.

  ¿Había calculado mal?

  Natán frunció el ceño.

  —No entra.

  Joel volvió la mirada hacia David.

  Por un instante nadie se movió.

  David observó la posición de la pieza.

  Después comprendió.

  —Levanten un poco ese extremo.

  Los hombres obedecieron.

  —Ahora gírenla apenas hacia mí.

  La madera se movió.

  —Deténganse.

  David comprobó el apoyo.

  —Bájenla.

  La pieza descendió.

  Esta vez encajó.

  El sonido fue pequeño.

  Apenas el roce de la madera acomodándose en su lugar.

  Pero para David resultó más hermoso que todos los golpes de herramientas que había escuchado durante la mañana.

  Natán se acercó.

  Presionó la pieza.

  Examinó los puntos de apoyo.

  Después tomó la cuerda y comprobó nuevamente las medidas.

  David permaneció inmóvil.

  Joel también esperaba.

  Finalmente Natán se enderezó.

  —Está bien.

  David sintió que los músculos de sus hombros comenzaban a relajarse.

  Dos palabras.

  Nada más.

  Pero eran las primeras palabras de aprobación que recibía desde que había entrado en aquella construcción.

  Natán llamó al encargado.

Una jornada, no un empleo seguro

  El encargado llegó con el ceño fruncido.

  Examinó la estructura.

  Miró los extremos de la madera.

  Comprobó que estuviera firme.

  Después se volvió hacia Natán.

  —¿Él hizo el ajuste?

  —Sí.

  —¿Sin desperdiciar material?

  —Sin desperdiciar material.

  El encargado observó a David.

  —¿Cuánto tardaste?

  David respondió.

  El hombre pareció considerar la información.

  Después volvió a mirar la pieza.

  —Has demostrado que sabes trabajar.

  David permaneció atento.

  No quería adelantarse nuevamente.

  Ya había cometido aquel error una vez durante la mañana.

  —Puedes quedarte durante el resto de la jornada.

  El alivio fue tan profundo que por un instante le costó hablar.

  Pensó en su esposa.

  En los niños.

  En la posibilidad de regresar aquella tarde con alimento.

  —Gracias —respondió finalmente.

  Pero el encargado levantó una mano.

  —No confundas una jornada con un puesto seguro.

  David guardó silencio.

  —Aquí se trabaja mientras haya trabajo. Y se conserva el lugar mientras se cumpla.

  —Lo entiendo.

  —Mañana veremos si todavía te necesitamos.

  Aquellas palabras apagaron parte de su alegría.

  Mañana.

  Otra vez la incertidumbre.

  Pero David decidió no permitir que le arrebatara completamente la satisfacción de aquel momento.

  Había llegado buscando trabajo.

  Y lo había encontrado.

  Por lo menos durante un día.

  El encargado se marchó.

  Natán señaló hacia otro sector de la construcción.

  —Después del descanso necesitaré que me ayudes allí.

  David observó el lugar.

  Había piezas de madera y materiales de piedra preparados para continuar la obra.

  —Estaré listo.

  Natán asintió.

  Después miró a Joel.

  —Tú también.

  El muchacho respondió afirmativamente.

  Cuando Natán se alejó, Joel volvió la cabeza hacia David.

  —Parece que te quedarás.

  —Por hoy.

  Joel observó la estructura terminada.

  —Pensé que no conseguirías ajustarla.

  David sonrió.

  —Durante un momento, yo también.

  El muchacho lo miró sorprendido.

  —¿En serio?

  —Cuando no entró a la primera, pensé que había cometido un error.

  Joel bajó la mirada.

  —A mí me sucedió lo mismo esta mañana.

  David comprendió que el joven todavía recordaba su fracaso.

  —La diferencia es que esta vez pudimos corregirlo.

  Joel volvió a observar la madera.

  Después asintió lentamente.

  No eran amigos.

  Todavía no.

  Pero al menos habían dejado de mirarse como enemigos.

El jornal que todavía no tenía

  David encontró un pequeño espacio de sombra junto a uno de los muros.

  Se sentó con cuidado.

  Al doblar las piernas sintió la rigidez que se había acumulado desde la caminata.

  La espalda le dolía.

  Los hombros estaban cansados.

  Tenía polvo en las manos y pequeñas virutas adheridas a la túnica.

  Dejó las herramientas junto a él.

  Después abrió la bolsa.

  El pan seguía allí.

  Lo sacó lentamente.

  Durante toda la mañana había pensado en aquel alimento.

  Ahora, mientras lo sostenía entre las manos, recordó a su esposa preparándolo antes del amanecer.

  Recordó también sus palabras:

  Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David cerró los ojos durante un instante.

  Había conseguido una oportunidad.

  No era un empleo seguro.

  No sabía qué sucedería al día siguiente.

  Ni siquiera tenía todavía el jornal en las manos.

  Pero por primera vez desde que salió de Nazaret podía imaginar el regreso sin sentir aquel peso insoportable en el pecho.

  Partió el pan.

  Comió despacio.

  Estaba seco y se deshacía ligeramente entre sus dedos.

  Bebió un poco de agua.

  Después miró hacia la entrada.

  Todavía pasaban trabajadores por la calle.

  Algunos cargaban herramientas.

  Otros caminaban con las manos vacías.

  David pensó nuevamente en el hombre de barba entrecana.

  Se preguntó si habría encontrado trabajo en otra construcción.

  Deseó que así fuera.

  Después miró sus propias manos.

  Tenía pequeñas cicatrices y callosidades formadas durante años.

  Aquellas manos habían sostenido a su familia.

  Pero su familia también dependía de que continuaran siendo capaces de trabajar.

  Si se lastimaba seriamente, todo cambiaría.

  David cerró lentamente los dedos.

  Todavía tenía fuerzas.

  Todavía podía ejercer su oficio.

  Y aquella tarde tendría la oportunidad de ganar el jornal completo.

  Terminó el pan.

  Sacudió las migas de la túnica.

  Después bebió el último sorbo de agua que había reservado para el descanso.

  Desde el otro extremo de la obra, Natán lo llamó.

  —¡David!

  Se levantó.

  —¡Aquí estoy!

  —Ven. Necesitamos mover estas piezas.

  David recogió sus herramientas y las dejó en un lugar seguro.

  Después se acercó.

  Cuatro hombres esperaban junto a unos materiales de gran tamaño.

  El encargado señaló las cargas.

  —Necesito que las lleven hasta el otro extremo de la construcción.

  David observó las piezas.

  Eran mucho más grandes de lo que había imaginado.

  Uno de los trabajadores lo examinó de arriba abajo.

  Tenía los brazos gruesos y una expresión que David no consiguió interpretar.

  —¿Tú eres el nuevo?

  —Sí.

  El hombre miró la carga.

  Después volvió a observarlo.

  —Entonces procura no soltar antes de tiempo.

  David sintió que la molestia de su espalda regresaba con fuerza.

  Miró las piezas.

  Recordó la carga que había estado a punto de caer cuando entró en la construcción.

  Y comprendió que la jornada todavía podía convertirse en algo muy distinto de lo que había imaginado.

  Aquella mañana había demostrado que sabía trabajar la madera.

  Ahora tendría que demostrar cuánto podía soportar su cuerpo.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que demostrar que era capaz de realizar su trabajo.

Continua el capitulo 3

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.