Nuestro recorrido por Galilea continuó hacia algunos de los lugares que más había deseado conocer desde que comencé a estudiar seriamente la vida de Jesús. Hasta ese momento ya había visitado Capernaúm, el Monte de las Bienaventuranzas, la Bahía de las Parábolas y varios otros escenarios relacionados con el ministerio del Señor. Sin embargo, todavía quedaban algunos lugares que ocupaban un sitio muy especial en mi corazón.

Lugar donde Jesucristo realizo el milagro de la pesca milagrosa y llamo a Pedro a seguirle
Recuerdo que para llegar a uno de ellos tuvimos que atravesar una zona cercada con alambre. El camino no era particularmente cómodo ni parecía preparado para grandes grupos de turistas. De hecho, la impresión inicial era que nos dirigíamos a un lugar poco visitado. Pero muy pronto comprendí que todo el esfuerzo valdría la pena.
Llegamos a una región donde brotan varios manantiales que alimentan el Mar de Galilea. Según nos explicaron, algunos de estos manantiales poseen temperaturas más cálidas que las aguas circundantes. No puedo verificar personalmente todos los detalles científicos, pero de acuerdo con lo que leí y me explicaron en aquel momento, la diferencia de temperatura atrae grandes cantidades de peces, especialmente la conocida carpa de Galilea. Aquellas aguas han sido una zona privilegiada para la pesca desde tiempos antiguos.
Mientras contemplaba el lugar, mi mente viajó inmediatamente a las páginas de los Evangelios.
Allí estaba Pedro.
Allí estaba Andrés.
Allí estaban Jacobo y Juan.
Pescadores comunes realizando su trabajo cotidiano sin sospechar que estaban a punto de encontrarse con el hombre que cambiaría sus vidas para siempre.
Recordé las palabras de Lucas:
”Entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud” (Lucas 5:3).
Mientras observaba las aguas podía imaginar la escena con una claridad sorprendente. Jesús utilizando la embarcación de Pedro como plataforma para enseñar. La multitud escuchando desde la orilla. Los pescadores cansados después de una noche sin resultados.
Y luego vino a mi mente uno de los momentos más extraordinarios de los Evangelios.
”Bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar” (Lucas 5:4).
Conozco la historia desde que era niño, pero estar allí produjo algo completamente distinto. Aquellas ya no eran palabras flotando en mi imaginación. Estaba contemplando el escenario donde ocurrieron.
Pensé en Pedro observando una red llena de peces después de una noche infructuosa.
Pensé en su asombro.
Pensé en sus palabras:
”Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8).
Y finalmente pensé en la invitación que cambiaría su destino para siempre:
”No temas; desde ahora serás pescador de hombres” (Lucas 5:10).
Confieso que permanecí largo tiempo contemplando aquellas aguas. Era imposible no emocionarse. En algún lugar de aquel paisaje había comenzado una de las historias más extraordinarias de toda la Biblia.

Ese es e lugar donde tradicionalmente se cree que Jesucristo realizo el milagro de la multiplicación de los peces y los panes.
Después continuamos nuestro recorrido hacia otro sitio profundamente ligado al ministerio de Jesús: el lugar tradicional donde ocurrió la multiplicación de los panes y los peces.
Al llegar observé las suaves colinas que rodean la región. De inmediato imaginé las multitudes cubriendo aquellos espacios abiertos. Familias enteras siguiendo a Jesús durante días. Hombres, mujeres y niños reuniéndose para escuchar sus enseñanzas.
Entonces recordé las palabras de los Evangelios:
”Y comieron todos, y se saciaron” (Mateo 14:20).
Aquella frase siempre me ha parecido extraordinaria.
No dice que algunos comieron.
No dice que probaron un poco.
Dice que todos comieron y quedaron satisfechos.
Mientras contemplaba el paisaje trataba de imaginar aquella escena imposible. Miles de personas sentadas sobre la hierba. Los discípulos repartiendo el alimento. La sorpresa creciendo de grupo en grupo. La abundancia donde momentos antes solo había escasez.
Y una vez más comprendí que la geografía ayuda a entender los relatos bíblicos. Las colinas, las distancias, los espacios abiertos y la cercanía del lago daban vida al texto de una manera completamente nueva.

En esta foto se puede observar el lugar donde Jesucristo restauro al apóstol Pedro después de su resurrección.
Finalmente llegamos al último lugar de aquella jornada.
Para mí fue uno de los más emotivos de todo Galilea.
El lugar tradicional donde Jesús restauró a Pedro después de la resurrección.
Todavía recuerdo la sensación que experimenté al acercarme a la orilla del lago.
Allí el paisaje era tranquilo.
Sereno.
Casi íntimo.
Y quizá precisamente por eso resulta tan fácil imaginar lo ocurrido aquella mañana.
Los discípulos regresando de una noche de pesca.
Las primeras luces del amanecer reflejándose sobre el agua.
Y en la orilla, una figura esperando.
Recordé inmediatamente las palabras del Evangelio de Juan:
”Cuando descendieron a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan” (Juan 21:9).
Aquella imagen siempre me ha conmovido.
El Señor resucitado preparando alimento para sus amigos.
El Maestro esperando a aquellos hombres que lo habían seguido durante años.
Y entre ellos, Pedro.
El mismo Pedro que había prometido morir con Él.
El mismo Pedro que lo había negado tres veces.
Mientras observaba la orilla del lago imaginé la escena.
El fuego encendido.
El olor del pescado cocinándose.
El silencio de la madrugada.
Y luego aquella conversación que ha consolado a millones de creyentes a través de los siglos.
”Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Juan 21:15).
Tres veces la pregunta.
Tres veces la respuesta.
Tres veces la restauración.
Mientras permanecía allí sentí algo difícil de describir. No veía solamente un lugar histórico. Veía una demostración del amor y la gracia de Cristo. Veía a un Maestro restaurando a un discípulo quebrantado. Veía esperanza para todos aquellos que alguna vez han fallado.
Cuando finalmente llegó el momento de abandonar aquel lugar, sentí una mezcla extraña de gratitud y nostalgia. Durante aquellos días había recorrido muchos de los escenarios más importantes del ministerio de Jesús en Galilea. Había contemplado lugares que durante años solo habían existido en mi imaginación. Había visto el lago donde navegaron los discípulos, las colinas donde enseñó el Maestro y los caminos por donde caminaron aquellos hombres que cambiaron el mundo.
Por supuesto, visitamos muchos otros lugares que no he incluido en estas páginas. Algunos de ellos aparecerán más adelante en el libro que estoy preparando sobre mis viajes a Tierra Santa. Sin embargo, al despedirme de Galilea comprendí que una parte de mi corazón permanecería para siempre junto a aquellas aguas.
Aun así, la nostalgia pronto comenzó a mezclarse con una nueva emoción.
Lo que habíamos visto era apenas el comienzo.
Todavía nos esperaba Judea.
Todavía nos esperaba Jerusalén.
Todavía nos esperaba el desierto de Judea.
Todavía nos esperaba el Mar Muerto.
Y yo no tenía idea de las profundas emociones que aquellos lugares despertarían en mi alma.
Pero esa ya es otra historia.
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Cuando llegó el momento de abandonar Galilea, experimenté sentimientos encontrados. Por un lado, mi corazón rebosaba de gratitud. Durante varios días había caminado por lugares que durante años solamente habían existido en las páginas de mi Biblia. Había contemplado el Mar de Galilea, recorrido Capernaúm, visitado los pueblos donde Jesús enseñó, sanó enfermos y llamó a sus discípulos. Sin embargo, mientras el autobús se alejaba de aquellas tierras, sentía que una parte de mi alma permanecía allí.
Debo confesar que me fui con cierta frustración. Quería quedarme más tiempo. Deseaba sentarme a la orilla del lago para meditar en silencio. Quería caminar una vez más por las calles de Capernaúm. Quería contemplar el amanecer sobre las aguas donde Pedro lanzó sus redes y dedicar más horas a reflexionar sobre todo lo que había visto. Mientras observaba por la ventana cómo Galilea quedaba atrás, hice una promesa silenciosa: algún día volvería.
Nuestro siguiente destino era Judea. Abandonamos la región norte y comenzamos a descender por el camino que conduce hacia Jericó. Poco a poco el paisaje comenzó a transformarse delante de nuestros ojos. Los campos verdes de Galilea fueron desapareciendo. Las colinas cubiertas de vegetación comenzaron a escasear. Primero apareció una especie de semidesierto. Después la tierra se volvió más árida. Los tonos verdes cedieron lugar a los colores ocres y amarillentos. Finalmente, para cuando nos acercábamos a Jericó, el desierto se había adueñado completamente del paisaje.

El desierto de Judea me mostró un rostro distinto de la Tierra Santa. Después de la frescura de Galilea, este paisaje árido y silencioso me recordó los caminos que recorrieron profetas, peregrinos y el mismo Jesús.
Mientras observaba aquellas extensiones áridas, no podía evitar pensar en los innumerables personajes bíblicos que recorrieron aquellos mismos caminos. Patriarcas, profetas, sacerdotes, peregrinos, reyes y ejércitos enteros habían pasado por aquellas tierras mucho antes que nosotros. La Biblia parecía desplegarse delante de mis ojos.

La ciudad de Jerico moderna y y en el fondo el monte de la tentación
Al llegar a Jericó tomamos el camino que asciende hacia Jerusalén. Fue entonces cuando ocurrió algo que me hizo comprender mejor varios relatos bíblicos. El camino realmente sube. Conforme avanzábamos, el terreno se elevaba constantemente entre montañas desérticas y profundas quebradas. De pronto recordé la parábola del Buen Samaritano.
Aquella historia dejó de ser una simple lectura para convertirse en una realidad visible. Ahora podía imaginar al hombre que descendía de Jerusalén a Jericó y caía en manos de ladrones. Podía imaginar al sacerdote y al levita recorriendo aquellas mismas rutas. Podía visualizar la soledad del camino, las montañas áridas que lo rodeaban y los numerosos lugares donde un viajero podía ser emboscado. Por primera vez comprendí la geografía detrás de la parábola.
Mientras más nos acercábamos a Jerusalén, más evidente se hacía la sensación de estar entrando en una región diferente. El paisaje, la historia y el significado espiritual de aquellas tierras parecían envolvernos poco a poco. Judea no era solamente otra etapa del viaje. Era la región donde se habían desarrollado algunos de los acontecimientos más trascendentales de toda la historia bíblica.

Vista de Jerusalén desde el Monte de los Olivos.
Y entonces, finalmente, apareció Jerusalén.
La ciudad ancestral. La ciudad de David. La ciudad de los profetas. La ciudad donde se levantó el Templo. La ciudad que fue testigo de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Mi corazón se llenó de emoción al pensar en los días que nos esperaban. Nuestra agenda incluía algunos de los lugares más importantes para cualquier persona que ama las Escrituras. Visitaríamos Getsemaní. Caminaríamos por el Monte de los Olivos. Descenderíamos al valle donde tantas veces caminó el Maestro. Conoceríamos la casa de Caifás. Contemplaríamos los lugares relacionados con las últimas horas de Jesús. Y, por supuesto, visitaríamos la tumba vacía, el lugar que proclama silenciosamente que la muerte fue vencida.
Aquella noche llegamos al hotel, cenamos y nos preparamos para descansar. Sin embargo, debo admitir que no fue fácil dormir. Mi mente repasaba una y otra vez todo lo que nos esperaba al día siguiente. Sentía la misma emoción que un peregrino experimenta cuando finalmente llega a la ciudad que ha anhelado conocer durante toda su vida.
Galilea había conquistado mi corazón.
Pero Judea estaba a punto de dejar una huella imborrable en mi alma.
Aquella mañana desperté con una emoción difícil de describir. Sabía que sería uno de los días más importantes de todo el viaje. Después de desayunar, nos reunimos para comenzar nuestra jornada. La agenda estaba llena de lugares que había soñado conocer durante años: la Tumba del Huerto, Getsemaní, el Muro de los Lamentos, el Estanque de Bethesda, el Monte de los Olivos y otros sitios profundamente ligados a la vida de Jesús.
Subimos al autobús y comenzamos a recorrer las calles de Jerusalén. Mientras avanzábamos, mi mente parecía la de un niño en la víspera de una gran aventura. Mil pensamientos corrían por mi cabeza. Durante años había leído aquellos relatos una y otra vez. Había predicado sobre ellos. Había enseñado acerca de ellos. Pero ahora estaba allí, a pocos minutos de contemplar con mis propios ojos uno de los lugares más significativos de toda la fe cristiana.
Finalmente llegamos.
Al descender del autobús y atravesar la entrada, quedé impresionado por la belleza y tranquilidad del lugar. Todo parecía invitar a la reflexión. Sin embargo, mis ojos buscaban algo más. A unos cuantos pasos podía verse la famosa Tumba del Huerto.
No pude evitarlo.
Comencé a caminar apresuradamente para llegar antes que la multitud. Quería tomar fotografías mientras el lugar aún estaba relativamente vacío. Sabía que miles de visitantes llegan allí cada año desde todos los rincones del mundo. Deseaba contemplarla durante unos momentos en silencio.
Cuando finalmente estuve frente a ella, me quedé inmóvil.
Allí estaba.
La tumba que muchos consideran el lugar más probable donde fue colocado el cuerpo de Jesús después de la crucifixión.

La tumba del huerto en Jerusalén, el lugar donde Cristo resucito.
Tomé fotografías. Observé cada detalle. Entré en la tumba. Recorrí lentamente su interior. Y aunque los arqueólogos continúan debatiendo algunos aspectos históricos relacionados con el lugar, para mí la experiencia iba mucho más allá de una discusión académica. Estaba contemplando un escenario que me transportaba directamente a los acontecimientos más importantes de los Evangelios.
Pero la experiencia aún no había terminado.

El Gólgota. En el centro de la imagen se puede ver claramente los ojos y la nariz de una calavera
Poco después nos llevaron a observar el monte que tradicionalmente se identifica con el Gólgota.
Cuando levanté la vista, mi corazón se aceleró.
Allí estaba.
La formación rocosa podía apreciarse claramente desde la propiedad de la Tumba del Huerto. Y lo que más me impresionó fue que la imagen de una calavera parecía surgir naturalmente de la montaña. Había visto fotografías antes, pero contemplarla personalmente fue completamente diferente.
Me quedé observando sin decir una palabra.
Sentí un profundo estremecimiento.
Pensé: “Ese fue el lugar donde mi Salvador fue crucificado. Allí levantaron la cruz. Allí derramó su sangre. Allí cargó el peso de nuestros pecados. Allí sufrió por nosotros. Allí murió para que nosotros pudiéramos vivir.”
Por un momento el ruido de las personas desapareció de mi mente. Todo parecía detenerse. Era como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Nos dieron tiempo para permanecer solos y reflexionar.
Debo confesar que me sentía como hechizado por aquellos lugares. No podía apartar la vista ni de la tumba ni del Gólgota. Había esperado toda una vida para estar allí y ahora me encontraba contemplando con mis propios ojos los escenarios asociados con la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Mientras observaba aquellos lugares, innumerables pasajes bíblicos comenzaron a desfilar por mi memoria. Las palabras de los Evangelios cobraban una nueva dimensión. Ya no eran solamente textos escritos sobre una página. Eran acontecimientos que habían ocurrido en lugares reales, visibles, tangibles.
Más tarde celebramos la Santa Cena.
Aquel momento fue especialmente conmovedor.
Cantamos himnos. Oramos. Reflexionamos sobre el sacrificio de Cristo. Y mientras participábamos del pan y de la copa, la cercanía de aquellos lugares hacía que todo pareciera aún más real.
No era difícil imaginar a José de Arimatea llevando el cuerpo de Jesús. No era difícil imaginar la piedra siendo colocada frente a la entrada. No era difícil imaginar a las mujeres llegando aquella mañana gloriosa y encontrando la tumba vacía.
En algún momento de aquella visita tomé una decisión silenciosa.
Me prometí que volvería.
Y gracias a Dios, con el paso de los años he tenido el privilegio de regresar varias veces.
Sin embargo, ninguna visita ha borrado la emoción de aquella primera vez.
Cuando finalmente abandonamos la Tumba del Huerto, mis sentimientos se desbordaban. Caminaba en silencio tratando de asimilar todo lo que había vivido.
No podía creerlo.
Después de tantos años leyendo los Evangelios, después de tantos años enseñando acerca de Jesús, había estado en el lugar donde fue crucificado y había contemplado la tumba que proclama al mundo entero la noticia más extraordinaria de la historia:
La tumba está vacía.
Cristo vive.
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Después de nuestra visita a la Tumba del Huerto, continuamos recorriendo algunos de los lugares más importantes de Jerusalén. Han pasado varios años desde aquel viaje y debo admitir que ya no recuerdo con exactitud el orden de cada visita. Sin embargo, hay experiencias que jamás se borran de la memoria, y una de ellas fue mi llegada al Jardín de Getsemaní.

En la fotografía aparece un servidor recorriendo el Valle de Cedrón camino al Jardín de Getsemaní. Durante el trayecto pudimos contemplar el tradicional Monumento de Absalón, uno de los lugares más emblemáticos de Jerusalén y testigo silencioso de siglos de historia bíblica.
Mientras el autobús avanzaba por las calles de Jerusalén, nuestro guía nos iba señalando diversos lugares relacionados con la historia bíblica. Nos mostró el Valle de Hinom, cuyas imágenes evocaban antiguas advertencias proféticas. También vimos el Monumento de Absalón, silencioso testigo de siglos de historia. Más adelante nos señalaron el Campo del Alfarero, tradicionalmente asociado con el lugar donde Judas terminó sus días después de haber traicionado al Maestro.
Yo apenas podía permanecer sentado.
Miraba por la ventana como un niño que descubre un mundo nuevo. Cada rincón despertaba mi imaginación. Por alguna extraña razón, no estaba viendo simplemente ruinas, monumentos o paisajes. En mi mente aquellos lugares parecían cobrar vida. Era como si por momentos pudiera ver las escenas de los Evangelios desarrollándose delante de mis ojos.
Pocos minutos después llegamos a nuestro destino.

La Iglesia de Todas las Naciones, también conocida como la Basílica de la Agonía, se encuentra al pie del Monte de los Olivos, junto al Jardín de Getsemaní.
Descendimos del autobús y caminamos hacia la Iglesia de Todas las Naciones, construida junto al lugar tradicionalmente identificado como el Jardín de Getsemaní.

La Roca de Getsemaní en la Iglesia de Todas las Naciones. Según la tradición cristiana, este es el lugar donde Jesucristo pasó algunas de las horas más intensas de su vida terrenal, orando al Padre antes de ser arrestado.
Lo que encontré allí me dejó sin palabras.
Al entrar en el santuario, mis ojos fueron atraídos inmediatamente hacia una gran roca situada frente al altar.
Era la roca que la tradición cristiana asocia con el lugar donde Jesús agonizó en oración aquella noche decisiva.
Me acerqué lentamente.
Tomé fotografías desde todos los ángulos posibles.
La contemplé durante largos minutos.
Y mientras la observaba, una sola idea dominaba mis pensamientos.
Allí comenzó mi redención.
Fue en aquel lugar donde Jesucristo enfrentó la batalla más intensa de su vida terrenal. Fue allí donde el peso del pecado del mundo comenzó a caer sobre sus hombros. Fue allí donde contempló la copa que habría de beber. Fue allí donde pudo haber dicho: “No quiero continuar”.
Pero no lo hizo.
Permaneció.
Luchó.
Oró.
Y decidió seguir adelante.
Mientras contemplaba aquella roca pensaba en las palabras que tantas veces había leído:
”Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
De pronto comprendí algo que nunca había sentido con tanta intensidad.
La cruz no comenzó en el Calvario.
La cruz comenzó en Getsemaní.
Allí fue donde el Hijo de Dios decidió beber la copa de la ira divina que nosotros merecíamos.
Salí profundamente conmovido.
Pero aún había algo más que me esperaba.

Olivos milenarios de Getsemaní. Estos antiguos árboles de olivo se encuentran junto a la Iglesia de Todas las Naciones, en el tradicional Jardín de Getsemaní. Sus troncos retorcidos y centenarios evocan los acontecimientos de la noche en que Jesucristo oró antes de ser arrestado.
A un costado de la iglesia se encuentran algunos de los olivos más famosos del mundo. Nuestros guías nos explicaron que muchos especialistas consideran que aquellos árboles tienen una antigüedad extraordinaria y que algunos podrían ser descendientes directos de los olivos que existían en tiempos de Jesús.
Mi imaginación se desbordó.
Mientras caminaba entre ellos, mi corazón se enterneció de una manera difícil de explicar.
Sé que puede sonar extraño, pero por un momento quise convertirme en reportero de árboles.
Deseaba entrevistarlos.
Quería preguntarles qué habían visto.
Quería que me contaran cada detalle de aquella noche.
¿Qué ocurrió cuando Judas apareció entre las sombras?
¿Qué sintieron cuando escucharon el ruido de las armas acercándose?
¿Qué vieron cuando Jesús cayó de rodillas para orar?
¿Qué observaron cuando el sudor se mezcló con sangre?
¿Qué presenciaron cuando los discípulos huyeron?
¿Qué sintieron cuando el Maestro fue arrestado?
Aquellos árboles permanecían en silencio.
Pero mientras los contemplaba, parecía que cada uno guardaba recuerdos imposibles de describir.
Me acerqué a ellos.
Los toqué.
Y una oleada de emociones inundó mi corazón.
Años después, durante otra visita a Jerusalén, tuve la oportunidad de conocer también la cueva que muchos identifican como el lugar donde Jesús y sus discípulos acostumbraban reunirse y descansar durante sus visitas a Getsemaní.
Aquello añadió una nueva dimensión a mi comprensión del relato.
Probablemente fue allí donde los discípulos se quedaron dormidos.
Probablemente fue allí donde el Señor regresó una y otra vez para encontrarlos vencidos por el cansancio.
Y fue precisamente allí, en la hora más oscura de su vida, cuando aquellos hombres que tanto amaba no pudieron acompañarlo.
Sin embargo, aun sabiendo que sería abandonado.
Aun sabiendo que sería traicionado.
Aun sabiendo que sería golpeado, humillado y crucificado.
Jesús decidió permanecer.
Decidió beber la copa.
Decidió seguir adelante.
Por nosotros.
Cuando finalmente abandoné Getsemaní, comprendí que jamás volvería a leer aquellos capítulos de los Evangelios de la misma manera.
Había estado en el lugar donde comenzó la batalla final.
Había contemplado el escenario donde el Salvador decidió no retroceder.
Y mientras me alejaba, una verdad resonaba con fuerza en mi corazón:
La redención de la humanidad comenzó a asegurarse aquella noche, bajo la sombra silenciosa de los olivos de Getsemaní.
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Después de recorrer el huerto de Getsemaní, decidí seguir la misma ruta que Jesús recorrió tantas veces entre Jerusalén y Betania. Había leído los Evangelios durante años y siempre me pareció algo sencillo cuando el texto decía que Jesús salió del templo y se dirigió al Monte de los Olivos. Sin embargo, cuando comencé a ascender por aquellas pendientes comprendí que la realidad era muy diferente. El camino era empinado y exigente. A cada paso sentía el esfuerzo en mis piernas y el cansancio comenzaba a acumularse. En una de mis visitas, incluso, una tormenta repentina de lluvia y polvo convirtió el ascenso en una experiencia difícil y caótica. Pero estaba decidido a continuar. Quería experimentar, aunque fuera de manera muy limitada, algo de lo que el Maestro y sus discípulos hicieron una y otra vez.
Finalmente alcancé la cima. Llegué agotado, respirando con dificultad y buscando dónde sentarme por unos momentos. Mientras recuperaba fuerzas, una idea vino a mi mente y me hizo sonreír: Jesús y sus discípulos debieron de tener una condición física extraordinaria. Ellos recorrían aquellos caminos constantemente. Subían y bajaban aquellas pendientes semana tras semana mientras enseñaban, predicaban y servían a las multitudes. De pronto los relatos bíblicos adquirieron una dimensión completamente nueva para mí.
Pero el cansancio desapareció en cuanto levanté la vista. Ante mis ojos se extendía una de las panorámicas más impresionantes que he contemplado en toda mi vida. Allí estaba Jerusalén. Las antiguas murallas parecían abrazar la ciudad. Podía distinguir el área del templo, el Valle de Cedrón, la Puerta de Oro y muchos de los lugares que había leído durante décadas. Fue imposible no recordar que desde ese mismo monte Jesús contempló Jerusalén y lloró por ella. Allí anunció el juicio que vendría sobre la ciudad. Allí enseñó acerca de su regreso y de los acontecimientos de los últimos tiempos. Y desde aquella misma montaña ascendió al cielo delante de sus discípulos.


Monte de los olivos en Jerusalén.

Vista diurna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos

Vista nocturna de la mezquita de Omar desde el monte de los olivos.
El Monte de los Olivos está lleno de sorpresas para quien lo recorre con los Evangelios en la mente. A sus pies se encuentra Getsemaní, donde el Salvador libró la batalla más intensa de su vida antes de la cruz. Muy cerca se encuentran la Iglesia de la Ascensión, la Puerta de Oro hacia la cual dirigen su mirada muchas de las profecías relacionadas con el regreso del Mesías, y la Cueva de Eleona, un lugar que me impactó profundamente.

La cueva de Eleona donde tradicionalmente se cree que el Señor Jesucristo enseño el padre nuestro a sus discípulos.
Debo admitir que la Cueva de Eleona me dejó sin aliento. Pensar que el Hijo de Dios pudo haber enseñado a sus discípulos en un lugar tan sencillo, e incluso pasar allí algunas noches de descanso, conmovió profundamente mi corazón. Durante años había imaginado los escenarios de los Evangelios, pero estar allí fue diferente. Aquella cueva hablaba de humildad. Hablaba de sencillez. Hablaba de un Rey que no buscó palacios ni comodidades, sino que eligió caminar entre la gente común para mostrarles el amor de Dios.

Vista nocturna de la puerta de oro o Golden gate, lugar por el que entrara el Mesías Jerusalén en su segunda venida
Mientras contemplaba aquellos lugares, mi admiración por Jesucristo crecía con cada paso. Cuanto más conocía el terreno por donde caminó, más me impresionaba su entrega. Aquel monte fue testigo de sus enseñanzas, de sus lágrimas, de sus oraciones, de su entrada triunfal a Jerusalén y de su ascensión al cielo. Y mientras el viento soplaba suavemente sobre las laderas y la ciudad se extendía delante de mí, comprendí que el Monte de los Olivos no es solamente una elevación geográfica. Es un escenario donde la historia de la redención dejó algunas de sus huellas más profundas.

Iglesia de la Ascendió, lugar donde Jesucristo fue elevado al cielo enfrente de sus discípulos
Cuando finalmente abandoné aquel lugar, llevaba el cuerpo cansado, pero el corazón profundamente conmovido. Había subido una montaña. Sin embargo, sentía que también había ascendido un poco más en mi comprensión de la humildad, el amor y la grandeza del Salvador que tantas veces recorrió aquellos caminos por nosotros.
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Por el Dr. Elio M. Rivera
Durante mi tercer viaje a Israel tuve la oportunidad de contemplar uno de los paisajes que más profundamente han impactado mi vida: el desierto de Judea. Había escuchado hablar de él durante años. Había leído acerca de sus caminos, de sus barrancos y de sus senderos antiguos. Sin embargo, nada me preparó para el momento en que mis ojos vieron por primera vez aquella inmensidad de montañas áridas extendiéndose hasta el horizonte.

El desierto de Judea, el lugar que Jesús tenía que atravesar para llegar de Jerico a Jerusalén
Era un paisaje extraño y fascinante al mismo tiempo. No había bosques ni ríos caudalosos. Solo colinas de piedra, arena y silencio. Un silencio tan profundo que parecía guardar los ecos de miles de años de historia. Mientras observaba aquellas montañas, mi imaginación comenzó a viajar. De pronto ya no estaba viendo únicamente el desierto. Estaba viendo los caminos que recorrió Jesucristo.

Lo imaginé avanzando por aquellas veredas polvorientas junto a sus discípulos. Lo vi cargando sus pertenencias, llevando agua para el camino y caminando bajo el intenso sol del desierto. Pensé en el cansancio de las largas jornadas, en el polvo que cubría sus sandalias y en las interminables subidas que debía enfrentar una y otra vez. Por primera vez comprendí que los viajes de Jesús no fueron simples desplazamientos de un lugar a otro. Cada recorrido exigía esfuerzo, sacrificio y determinación.
Mientras contemplaba aquellas montañas sentí algo difícil de describir. Cuanto más observaba aquel terreno, más admiraba la decisión de Cristo de venir a buscarnos. Él conocía el precio que tendría que pagar. Sabía que el camino terminaba en una cruz. Sin embargo, siguió adelante. Ninguna distancia era demasiado larga. Ninguna montaña demasiado alta. Ningún sacrificio demasiado grande.

Oasis en el desierto de Judea
En medio de aquella inmensidad desértica apareció algo inesperado: un oasis escondido entre las montañas. Ver aquellos árboles rodeados de tanta aridez produjo una profunda emoción en mi corazón. Parecía una pequeña isla de vida en medio de un océano de piedra. Me quedé contemplándolo durante largo tiempo, maravillado por el contraste. Hasta el día de hoy esa imagen permanece grabada en mi memoria.

Ruta original que Jesucristo utilizaba cuando ascendía de Jericó a Jerusalén.
Fue entonces cuando recordé que por esta región pasa el antiguo camino entre Jericó y Jerusalén, una ruta conocida actualmente como Wadi Qelt. Muchos estudiosos consideran que este fue el escenario que inspiró la parábola del Buen Samaritano. Al observar aquellos barrancos solitarios entendí inmediatamente por qué aquella historia resultaba tan real para quienes escucharon a Jesús. Aquel era un terreno hermoso, pero también peligroso. Bastaba una mirada para comprenderlo.
A la distancia también pude contemplar el histórico Monasterio de San Jorge de Koziba, aferrado a las paredes del valle como si desafiara la gravedad. La escena parecía salida de otro tiempo. Todo en aquel lugar transmitía una sensación de antigüedad, misterio y permanencia.
Mientras permanecía allí observando el desierto, una pregunta cruzó mi mente: ¿Cuántas veces habría recorrido Jesús aquellos caminos? ¿Cuántas conversaciones habría tenido con sus discípulos mientras avanzaban entre aquellas montañas? ¿Cuántas veces habría contemplado esos mismos amaneceres y atardeceres?
Aquella visita cambió mi manera de leer los Evangelios. Desde entonces, cuando encuentro en las Escrituras frases tan sencillas como “Jesús subió a Jerusalén” o “partió hacia Jericó”, ya no veo únicamente palabras sobre una página. Veo estas montañas. Veo estos senderos. Veo este desierto inmenso. Y sobre todo, veo la extraordinaria determinación del Hijo de Dios avanzando paso a paso hacia la obra más grande de amor que la humanidad haya conocido jamás.
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El Pozo de Jacob se encuentra en lo que antiguamente fue Samaria, una región que hoy forma parte de la ciudad de Nablus. Desde que supe de la existencia de aquel lugar nació en mi corazón el deseo de visitarlo. Durante años había leído el relato de Jesús y la mujer samaritana, pero anhelaba estar allí, contemplar con mis propios ojos el escenario donde ocurrió uno de los encuentros más extraordinarios registrados en los Evangelios.
Finalmente, durante mi quinto viaje a Tierra Santa, decidimos incluirlo en nuestro itinerario. Aquella mañana salimos temprano y llenos de entusiasmo. Nuestro plan era visitar primero el Pozo de Jacob y después dirigirnos hacia Hebrón. Me acompañaban el pastor Santiago, el pastor Hugo, mi querido amigo de toda la vida Juan José y René, un buen amigo regiomontano. Mientras avanzábamos por los caminos de Samaria, la emoción crecía dentro de mí. Sabía que estaba a punto de conocer uno de los lugares que más había deseado visitar.

El Pozo de Jacob se encuentra hoy dentro de la Iglesia Ortodoxa Griega de Santa Fotina la Samaritana, en Nablus, antigua Samaria.
Cuando llegamos a la iglesia que protege el antiguo pozo, la impresión fue inmediata. Aquel no era simplemente un sitio arqueológico. Era el lugar donde el Hijo de Dios se había sentado cansado del camino, donde había pedido agua a una mujer samaritana y donde una conversación aparentemente sencilla terminó transformando una vida para siempre. Mientras observaba aquel lugar, mi imaginación viajaba dos mil años atrás. Podía imaginar a Jesús llegando después de una larga caminata, cubierto por el polvo de los caminos de Samaria, buscando un poco de descanso junto al antiguo pozo cavado por Jacob.

El pozo que excavo jacob
A medida que contemplaba aquel sitio, algo difícil de describir ocurrió en mi interior. De alguna manera me conecté con Jacob y con los patriarcas. Pensaba que ellos habían estado allí. Habían caminado por aquellos mismos senderos, cavado aquel pozo y sacado agua de sus profundidades. Por un momento sentí que la barrera del tiempo se había derribado y que estaba mucho más cerca de ellos de lo que jamás había imaginado.
Pero no solo me sentí cerca de Jacob. También me sentí cerca de Jesucristo y de la mujer samaritana. El relato que había leído tantas veces parecía desarrollarse delante de mis ojos. Podía imaginar al Señor sentado junto al pozo, cansado del camino, iniciando aquella conversación que transformó para siempre la vida de una mujer y que terminó impactando a toda una ciudad.

El pozo de Jacob en la ciudad de Nablus
Uno de los momentos más especiales ocurrió cuando Juan José decidió beber del agua del pozo. Todavía corre agua en su interior y podíamos escucharla. Mientras observaba aquella escena comprendí algo que nunca había entendido de la misma manera. Recordé las palabras de Jesús acerca de los ríos de agua viva. De pronto aquella expresión adquirió una nueva dimensión para mí. El agua viva no era agua estancada; era agua que corre, que fluye, que trae vida y frescura. Mientras escuchaba el sonido del agua en las profundidades del pozo, aquellas palabras del Maestro cobraron vida de una forma que jamás olvidaré.
Permanecí varios minutos contemplando aquel lugar. Mi corazón estaba lleno de gratitud y asombro. Había viajado miles de kilómetros para visitar un antiguo pozo, pero terminé encontrándome con algo mucho más grande: una conexión profunda con la historia bíblica, con los patriarcas, con la mujer samaritana y, sobre todo, con Jesucristo. Allí comprendí una vez más que el Señor no vino solamente para enseñar multitudes o confrontar líderes religiosos. También vino a buscar personas heridas, confundidas y sedientas de esperanza.
Al despedirme del Pozo de Jacob comprendí que nunca volvería a leer Juan capítulo cuatro de la misma manera. Aquel sitio quedó grabado para siempre en mi memoria. Había viajado para conocer un pozo antiguo, pero regresé con una comprensión mucho más profunda del amor de Cristo, un Salvador que sigue buscando a las personas junto a los pozos de la vida para ofrecerles el agua que jamás se acaba. El Pozo de Jacob quedó profundamente grabado en mi corazón y se convirtió en uno de esos lugares donde la Biblia dejó de ser solamente un libro para convertirse en una realidad que podía ver, escuchar y casi tocar con mis propias manos.
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Al llegar al final de esta serie, deseo aclarar algo importante. Cuando utilizo la expresión “El Quinto Evangelio”, no me refiero a un libro adicional de la Biblia ni a una nueva revelación. Es un nombre que durante años han utilizado algunos estudiosos, arqueólogos, historiadores y guías de Tierra Santa para referirse a la tierra donde vivió Jesucristo.
La razón es sencilla: cuando uno recorre Galilea, Judea, Samaria, Jerusalén y los caminos que Jesús caminó, los relatos bíblicos adquieren una dimensión completamente nueva. La geografía ilumina los textos, las distancias cobran sentido, las montañas, los desiertos, los valles y las ciudades ayudan a comprender mejor lo que leemos en los Evangelios. De pronto, la Biblia deja de parecer una historia lejana y se convierte en una realidad viva y tangible.
Mi deseo al compartir estas experiencias no ha sido añadir nada a las Escrituras, sino mostrar cómo los lugares donde ocurrieron los acontecimientos bíblicos pueden ayudarnos a apreciar más profundamente la grandeza de la obra de Jesucristo. Cada viaje fortaleció mi fe, enriqueció mi comprensión de la Biblia y me permitió contemplar con nuevos ojos al Salvador.
Esta serie continuará creciendo poco a poco. Todavía quedan muchos lugares, fotografías, descubrimientos, reflexiones y recuerdos por compartir. Espero que estos recorridos hayan despertado en usted el mismo asombro que produjeron en mí y que, al igual que ocurrió en mi vida, los paisajes de la Tierra Santa le ayuden a acercarse más a la persona de Jesucristo.
Porque, al final, el verdadero propósito de este “quinto evangelio” no es admirar lugares, sino conocer mejor a Aquel que caminó por ello
Disfrute un reel con propósito
Descubra el museo la vida y obra de Jesucristo
Por: el Dr. Elio M Rivera
Cuando utilizo la expresión “El Quinto Evangelio”, no me refiero a un libro adicional de la Biblia ni a una nueva revelación. Es un nombre que durante años han utilizado algunos estudiosos, arqueólogos, historiadores y guías de Tierra Santa para referirse a la tierra donde vivió Jesucristo.
La razón es sencilla: cuando uno recorre Galilea, Judea, Samaria, Jerusalén y los caminos que Jesús caminó, los relatos bíblicos adquieren una dimensión completamente nueva. La geografía ilumina los textos, las distancias cobran sentido, las montañas, los desiertos, los valles y las ciudades ayudan a comprender mejor lo que leemos en los Evangelios. De pronto, la Biblia deja de parecer una historia lejana y se convierte en una realidad viva y tangible y nunca serás el mismo