20 Cosas que Dios Quiere Hacer por Ti es una herramienta de enseñanza diseñada para ayudar a las personas a descubrir, a través de las Escrituras, algunas de las verdades más importantes acerca del amor, el propósito y la obra de Dios en sus vidas. Cada lección presenta principios bíblicos prácticos que fortalecen la fe, renuevan la esperanza y animan al creyente a desarrollar una relación más profunda con Jesucristo.
Gracias a su formato sencillo y fácil de enseñar, este material es ideal para grupos familiares, células, escuelas dominicales, clases de discipulado y estudios bíblicos. Cada tema puede utilizarse para generar diálogo, reflexión y crecimiento espiritual, convirtiéndose en un recurso valioso para líderes que desean edificar a otros y ayudarles a experimentar de manera personal las promesas y propósitos que Dios tiene para sus hijos.
Acompáñenos en una fascinante serie de entrevistas imaginarias con los apóstoles de Jesucristo. Basadas en la información histórica y bíblica disponible, estas conversaciones nos acercan a quienes caminaron con el Maestro y fueron testigos de su vida, muerte y resurrección.
Libro: Entrevistas con los Apóstoles
Conociendo a Jesús a través de sus testigos
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20 Cosas que Dios Quiere Hacer por Ti
Por el Dr. Elio M. Rivera
Un recurso gratuito para grupos familiares, células y estudios bíblicos. Veinte lecciones diseñadas para ayudar a los creyentes a descubrir el amor, el propósito y la obra de Dios, fortaleciendo su fe y su caminar con Cristo.
Durante siglos, millones de personas han pronunciado el nombre de Jesucristo. Han asistido a iglesias, leído la Biblia, escuchado sermones y participado en actividades religiosas. Sin embargo, una pregunta sigue siendo válida: ¿es posible conocer a Jesús de una manera más profunda de la que lo conocemos hoy?
El apóstol Pablo estaba convencido de que sí. De hecho, dejó registrada una oración extraordinaria que no estaba enfocada en la prosperidad, la salud, el éxito o las circunstancias externas. Su preocupación principal era que los creyentes llegaran a conocer más profundamente a Jesucristo.

En Efesios capítulo tres encontramos una de las oraciones más poderosas de toda la Biblia:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo… para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. Efesios 3: 14 – 21
Lo primero que llama la atención es que Pablo no está orando por personas inconversas. Está orando por creyentes. Es decir, por personas que ya conocían el mensaje de salvación, pero que todavía necesitaban una revelación más profunda de la persona de Cristo.
Esto nos enseña una verdad importante: una cosa es conocer acerca de Jesús, y otra muy diferente es conocer a Jesús.
Los discípulos caminaron con Él durante años. Escucharon sus enseñanzas, vieron sus milagros y convivieron con Él diariamente. Sin embargo, aun después de todo eso, seguían descubriendo aspectos nuevos de su carácter, de su amor y de su grandeza.
La vida cristiana no consiste solamente en recibir a Cristo como Salvador. También consiste en crecer continuamente en el conocimiento de quién es Él.
Ahora bien, existe un detalle extraordinario acerca del apóstol Pablo que muchas veces pasamos por alto. A diferencia de Pedro, Juan, Mateo o los demás discípulos, Pablo no conoció personalmente a Jesucristo durante Su ministerio terrenal.
Él no caminó junto al Maestro por los caminos de Galilea. No estuvo presente cuando calmó la tempestad. No vio con sus propios ojos la multiplicación de los panes. No escuchó el Sermón del Monte sentado entre la multitud.
Sin embargo, cuando leemos sus cartas encontramos a un hombre profundamente apasionado por Cristo. Un hombre consumido por el deseo de conocerlo. Un hombre que pudo declarar que consideraba todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús.
¿De dónde surgió semejante pasión?
La respuesta es sencilla: Jesucristo le fue revelado.
Pablo comprendió que existe una diferencia enorme entre recibir información acerca de Cristo y recibir una revelación de Cristo. Por esa razón dobla sus rodillas delante del Padre y ora para que otros creyentes experimenten la misma realidad que él había experimentado.
Al dejar esta oración registrada en las Escrituras, el Espíritu Santo estaba estableciendo un patrón para todas las generaciones futuras. En otras palabras, Dios estaba diciendo: “Así como revelé a mi Hijo a Pablo, también deseo revelarlo a todos aquellos que me busquen”.
Esta oración no fue escrita para llenar espacio en una carta. No fue una reflexión teológica. Fue una invitación divina para que cada generación entre en una relación más profunda con Jesucristo.
Personalmente puedo dar testimonio de esta verdad.
Cuando tenía aproximadamente veintiún años de edad, alguien sembró esta oración en mi corazón. Me enseñó a orarla y me animó a convertirla en una petición constante delante de Dios.
Confieso que en aquel tiempo no comprendía completamente el alcance de lo que estaba haciendo. Sin embargo, decidí creerle a Dios y comencé a presentar esta oración delante de Su presencia una y otra vez.
Pasaron los años, y poco a poco el Espíritu Santo comenzó a responderla.
Se despertó en mí una pasión creciente por conocer la vida, la obra, el carácter y el corazón del Señor Jesucristo. Mientras más estudiaba los Evangelios, más hambre tenía de seguir investigando. Mientras más aprendía acerca de Él, más consciente era de cuánto me faltaba por conocer.
Lo que comenzó como una simple oración terminó convirtiéndose en una búsqueda que ha ocupado gran parte de mi vida.
De esa búsqueda nacieron libros. De esa búsqueda surgieron años de investigación. De esa búsqueda nació el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. De esa búsqueda surgió Cristopedia. Y más importante aún, de esa búsqueda ha surgido una revelación cada vez más profunda de la persona de Cristo en mi propia vida.
Por esa razón puedo hablar de esta oración con absoluta convicción.
No estoy compartiendo una teoría. No estoy repitiendo algo que escuché decir a otra persona. Estoy hablando de una oración que he visto contestada por Dios durante décadas.
Y precisamente por eso quiero dejar algo muy claro.
Esta promesa no es exclusiva para pastores, maestros, escritores o líderes cristianos. Tampoco pertenece únicamente a hombres y mujeres con muchos años en el Evangelio.
Pertenece a todo hijo de Dios.
La razón por la cual esta oración se encuentra en la Biblia es porque Dios desea responderla. Es una oración que nació en Su propio corazón. Es una petición que armoniza perfectamente con Su voluntad.
No existe ningún obstáculo en el cielo para que Dios revele más profundamente a Su Hijo a quienes lo buscan con sinceridad.
Dios desea que conozcamos a Cristo más de lo que nosotros mismos deseamos conocerlo.
Quizá el mayor problema de muchos creyentes modernos no sea la falta de conocimiento bíblico, sino la falta de revelación. Saben muchas cosas acerca de Cristo, pero todavía no han sido profundamente impactados por la persona de Cristo.
Por eso esta oración sigue siendo tan necesaria hoy como lo fue en los días de Pablo.
El mismo Espíritu Santo que abrió los ojos espirituales del apóstol sigue trabajando hoy para revelar la persona del Hijo de Dios.
Cuando esto ocurre, la obediencia deja de ser una obligación pesada. La oración deja de ser una rutina. El servicio deja de ser una carga. Todo cambia porque el corazón ha sido cautivado por la belleza, la grandeza y el amor del Señor Jesucristo.
Quizá la mejor decisión que podamos tomar después de leer estas palabras sea comenzar a hacer nuestra esta oración:
“Señor, permíteme conocer más profundamente a tu Hijo. Muéstrame Su corazón. Revélame Su amor. Haz que Cristo sea cada vez más real para mi vida”.
Y si usted persevera en esta petición, estoy convencido de que Dios comenzará a responderla.
No necesariamente de la misma manera que la respondió en mi vida. No todos recorreremos el mismo camino. No todos tendremos las mismas experiencias. Pero sí estoy convencido de algo: Dios no hace acepción de personas y sigue deseando revelar a Su Hijo a quienes le buscan con sinceridad.
En los siguientes capítulos profundizaremos en esta extraordinaria oración. Analizaremos qué significa conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de Su amor, y descubrir por qué Pablo afirma que el resultado final de esta revelación es que seamos llenos de toda la plenitud de Dios.
Esa última declaración es tan extraordinaria que merece toda una serie de estudios.
Porque el propósito de Dios no es simplemente que tengamos más información acerca de Cristo. Su propósito es que, al conocer más profundamente a Su Hijo, nuestras vidas sean transformadas por Su presencia hasta ser llenos de toda la plenitud de Dios.
La mayor necesidad de la Iglesia moderna no es más información acerca de Jesucristo, sino una revelación más profunda de Jesucristo.
Pablo entendió esta verdad. Por eso dobló sus rodillas y oró para que los creyentes pudieran conocer el amor de Cristo de una manera sobrenatural.
Esa misma oración continúa abierta para nosotros hoy.
Mi propia vida es testimonio de ello.
Y estoy convencido de que si usted comienza a hacer esta oración con perseverancia, sinceridad y fe, llegará el día en que mirará hacia atrás y descubrirá que Dios respondió mucho más abundantemente de lo que usted pidió o imaginó.
Porque cuando Dios comienza a revelar a Su Hijo, nada vuelve a ser igual.
Disfrute un reel con propósito:
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Existe una declaración del apóstol Pablo que, a primera vista, parece una contradicción. En la oración que estudiaremos a lo largo de esta serie, Pablo pide que los creyentes lleguen a “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”.

La pregunta surge de inmediato: ¿Cómo podemos conocer algo que excede nuestro conocimiento?
¿Cómo puede una persona comprender algo que, por definición, es más grande que su capacidad de comprender?
La respuesta nos lleva al corazón mismo de esta oración.
Pablo está hablando de dos clases diferentes de conocimiento.
Existe un conocimiento que entra por la mente, a través de la información, el estudio y el aprendizaje. Pero también existe un conocimiento que llega al corazón por medio de la revelación del Espíritu Santo.
El primero puede adquirirse leyendo libros. El segundo sólo puede recibirse cuando Dios decide abrir nuestros ojos espirituales.
Por esta razón Pablo no pide simplemente que los creyentes aprendan más acerca de Cristo. Él ora para que experimenten el amor de Cristo.
Y existe una enorme diferencia entre saber algo y experimentarlo.
Por ejemplo, una persona puede estudiar durante años acerca del océano. Puede conocer sus dimensiones, sus corrientes y sus profundidades. Sin embargo, es muy diferente pararse frente a él y contemplar personalmente su inmensidad.
De la misma manera, alguien puede conocer muchas doctrinas acerca de Jesucristo y aun así no haber sido profundamente impactado por Su amor.
La tragedia de nuestros tiempos es que muchos creyentes conocen información acerca de Cristo, pero pocos han sido cautivados por la revelación de Su corazón.
Cuando observamos los Evangelios encontramos un amor difícil de describir.
Vemos a Jesucristo tocando leprosos cuando nadie quería acercarse a ellos.
Lo vemos defendiendo a una mujer sorprendida en adulterio cuando todos querían condenarla.
Lo vemos llorando frente a la tumba de un amigo.
Lo vemos alimentando multitudes hambrientas.
Lo vemos lavando los pies de sus discípulos.
Y finalmente lo vemos entregando Su vida en una cruz por personas que no lo merecían.
Cada una de estas escenas nos revela una pequeña parte de Su amor.
Sin embargo, ninguna de ellas logra describirlo completamente.
Por eso Pablo afirma que el amor de Cristo excede todo conocimiento.
El amor de Cristo es más grande que nuestras palabras.
Más grande que nuestras definiciones.
Más grande que nuestros sermones.
Más grande que nuestros libros.
Más grande que nuestra capacidad intelectual.
Mientras más conocemos a Cristo, más descubrimos que todavía queda muchísimo por conocer.
Durante años he estudiado la vida y la obra del Señor Jesucristo. He leído los Evangelios una y otra vez. He investigado Su contexto histórico, cultural y espiritual. He dedicado miles de horas a reflexionar acerca de Su carácter y de Su corazón.
Y puedo afirmar con toda sinceridad que mientras más lo estudio, más me doy cuenta de cuánto me falta por conocer.
Lo que antes pensaba que era un océano, ahora me parece apenas una gota de agua comparada con la inmensidad de Su persona.
Precisamente por eso esta oración sigue siendo tan importante para mí.
Porque comprendí hace muchos años que no necesito solamente más información acerca de Cristo.
Necesito una revelación continua de Cristo.
Necesito que el Espíritu Santo siga quitando velos de mis ojos para mostrarme nuevas dimensiones de Su amor.
De hecho, estoy convencido de que una de las razones por las cuales muchos creyentes pierden la pasión por Dios es porque dejaron de descubrir cosas nuevas acerca de Jesucristo.
La pasión siempre acompaña al descubrimiento.
Cuando una persona recibe una nueva revelación del carácter del Señor, algo vuelve a encenderse dentro de ella.
La adoración cobra vida.
La oración cobra vida.
La lectura bíblica cobra vida.
El servicio cobra vida.
Todo cambia porque la persona ya no está reaccionando a una obligación religiosa, sino a una revelación del amor de Cristo.
Ahora bien, es importante entender que Dios no nos revela Su amor para satisfacer nuestra curiosidad espiritual.
Nos lo revela para transformarnos.
Cada vez que comprendemos un poco más Su amor, algo dentro de nosotros cambia.
Nos volvemos más humildes.
Más agradecidos.
Más misericordiosos.
Más pacientes.
Más parecidos a Cristo.
Por eso Pablo no termina la oración diciendo simplemente que conozcamos el amor de Cristo.
Él añade una frase extraordinaria: “para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”.
Esto significa que la revelación del amor de Cristo tiene un propósito mayor.
Dios desea llenar nuestra vida con Su presencia.
Desea transformar nuestro carácter.
Desea gobernar nuestros pensamientos.
Desea sanar nuestras heridas.
Desea formar a Cristo en nosotros.
Y todo este proceso comienza cuando empezamos a comprender cuánto nos ama.
Quizá muchos creyentes han pasado años tratando de cambiar por medio de esfuerzos humanos.
Han intentado ser mejores personas a través de disciplina, voluntad o determinación.
Pero la verdadera transformación ocurre cuando somos confrontados con el amor de Cristo.
Nadie permanece igual después de contemplar sinceramente Su amor.
Por eso considero que esta petición de Pablo es una de las más importantes de toda la Biblia.
No está pidiendo riquezas.
No está pidiendo fama.
No está pidiendo reconocimiento.
Está pidiendo que conozcamos el amor de Cristo.
Porque entendió que quien recibe una revelación de ese amor jamás vuelve a ser la misma persona.
El amor de Cristo puede estudiarse, pero nunca agotarse.
Puede describirse, pero nunca explicarse completamente.
Puede experimentarse, pero jamás medirse en su totalidad.
Por eso Pablo declara que excede todo conocimiento.
Y precisamente porque excede nuestro conocimiento, debemos seguir buscándolo cada día.
La buena noticia es que Dios desea responder esta oración.
Él quiere revelar más profundamente a Su Hijo.
Quiere abrir nuestros ojos.
Quiere mostrarnos nuevas dimensiones de Su amor.
Y en la medida que esa revelación crezca, nuestra vida será transformada hasta ser llenos de toda la plenitud de Dios.
La pregunta no es si existe más de Cristo por conocer.
La verdadera pregunta es: ¿Estamos dispuestos a seguir buscándolo?
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A lo largo de esta serie hemos estudiado la oración que el apóstol Pablo dejó registrada en Efesios capítulo tres. Una oración cuyo propósito no era pedir riquezas, fama, reconocimiento o éxito personal. Pablo oró para que los creyentes llegaran a conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento y para que fueran llenos de toda la plenitud de Dios.

Durante muchos años esta oración fue simplemente un pasaje más de la Biblia para mí. La había leído en numerosas ocasiones, pero nunca había comprendido la profundidad de lo que contenía. Sin embargo, todo cambió cuando alguien sembró estas palabras en mi corazón cuando tenía aproximadamente veintiún años de edad. Recuerdo que aquella persona nos animó a orar constantemente esta petición delante de Dios. Nos enseñó que Pablo no estaba escribiendo teoría. Estaba describiendo una realidad espiritual que podía experimentarse. Así que decidí aceptar el reto. Comencé a presentar esta oración delante del Padre celestial una y otra vez.
Debo confesar que en aquel tiempo no tenía idea de lo que estaba pidiendo. Pensaba que simplemente estaba orando para conocer mejor a Jesucristo. Lo que no entendía era que Dios estaba a punto de iniciar un proceso que transformaría el rumbo completo de mi vida. Los primeros resultados no fueron espectaculares ni inmediatos. No hubo rayos cayendo del cielo ni visiones extraordinarias. Lo que comenzó a suceder fue algo mucho más profundo. Empezó a despertarse dentro de mí una pasión creciente por conocer la vida y la obra del Señor Jesucristo.
Mientras más oraba, más hambre tenía de leer los Evangelios. Mientras más estudiaba los Evangelios, más preguntas surgían en mi corazón. Y mientras más preguntas surgían, más deseaba investigar. Poco a poco comencé a descubrir que existía una enorme diferencia entre conocer algunas doctrinas acerca de Cristo y conocer verdaderamente Su corazón. Por años había escuchado predicaciones acerca de la salvación, la fe, la prosperidad, la sanidad y muchos otros temas importantes. Pero ahora algo dentro de mí me impulsaba a mirar directamente a la persona de Jesucristo.
Quería saber cómo pensaba. Quería entender cómo veía a las personas. Quería comprender por qué actuaba como actuaba. Quería descubrir qué había en Su corazón que lo llevó a cambiar la historia de la humanidad. Y fue entonces cuando Dios comenzó a abrir puertas que jamás hubiera imaginado.
Con el paso de los años, el Señor prosperó mi vida de maneras que nunca esperé. No lo hizo para que persiguiera riquezas o comodidad personal. Lo hizo porque estaba respondiendo una oración. Dios comenzó a proveer los recursos necesarios para continuar esta búsqueda. Pude adquirir libros que antes parecían fuera de mi alcance. Poco a poco fui formando una biblioteca dedicada al estudio de las Escrituras, de la historia bíblica, de la arqueología, de la cultura judía y de la vida del Señor Jesucristo.
Cada libro abría nuevas puertas de conocimiento. Cada investigación despertaba nuevas preguntas. Y cada respuesta me llevaba a seguir buscando más profundamente. También tuve la oportunidad de asistir a seminarios, conferencias y cursos especializados donde aprendí de hombres que habían dedicado su vida al estudio de las Escrituras. Dios puso en mi camino maestros, pastores, historiadores y aun rabinos que compartieron conocimientos que enriquecieron profundamente mi comprensión del contexto en el que vivió el Señor Jesús.
Cada encuentro agregaba una nueva pieza al rompecabezas. Cada enseñanza me ayudaba a ver aspectos de Cristo que antes habían pasado desapercibidos para mí. Pero Dios no se detuvo ahí. Con el paso de los años comenzaron a llegar oportunidades de viajar a lugares que durante mucho tiempo solamente había visto en libros.
Tuve el privilegio de visitar Alemania y recorrer algunos de los escenarios donde ocurrió la Reforma Protestante. Caminar por lugares relacionados con Martín Lutero me permitió comprender mejor el impacto que tuvo aquel movimiento en la historia de la Iglesia. También pude viajar a Italia y conocer algunos de los escenarios históricos que ayudaron a moldear gran parte del cristianismo occidental.
Sin embargo, nada se compara con lo que ocurrió cuando Dios comenzó a abrirme las puertas de Israel. Hasta el día de hoy he tenido el privilegio de visitar la Tierra Santa en múltiples ocasiones. Cada viaje transformó mi manera de leer la Biblia. Cada ciudad visitada añadió profundidad a los relatos de los Evangelios. Cada monte, cada valle, cada lago y cada sitio arqueológico ayudaron a que las Escrituras cobraran una nueva dimensión delante de mis ojos.
Caminar por Jerusalén. Contemplar el Mar de Galilea. Visitar el Monte de los Olivos. Recorrer las calles de la antigua Ciudad de David. Estar en lugares donde ocurrieron acontecimientos relacionados con la vida del Señor Jesucristo. Todo ello produjo un impacto profundo en mi manera de comprender Su vida y Su ministerio.
A medida que estas experiencias se acumulaban, una verdad se hacía cada vez más evidente para mí. Dios estaba respondiendo la oración de Efesios. Lo que comenzó como una sencilla petición de un joven creyente se había convertido en una aventura de toda una vida. Dios estaba utilizando libros, viajes, maestros, investigaciones, experiencias, amistades y oportunidades para revelarme cada vez más profundamente a Su Hijo.
Y debo decir algo con toda honestidad. La manera en que Dios respondió esta oración me quitó el aliento. Jamás imaginé que aquella sencilla petición me llevaría a recorrer tantos caminos, conocer tantas personas, visitar tantos lugares y dedicar tantos años al estudio de la vida y la obra de Jesucristo. Cuando miro hacia atrás, puedo ver claramente la mano de Dios guiando cada paso. Puedo ver cómo fue conectando personas, circunstancias y oportunidades para llevarme cada vez más cerca del conocimiento de Su Hijo.
De esa búsqueda nacieron libros. De esa búsqueda surgieron investigaciones. De esa búsqueda nació el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. De esa búsqueda surgió Cristopedia. Pero aun después de todo esto, sigo sintiendo que apenas estoy comenzando. Mientras más conozco a Cristo, más consciente soy de cuánto me falta por conocer. Mientras más estudio Su vida, más fascinante me parece Su persona. Mientras más descubro acerca de Su amor, más deseo seguir buscándolo.
Y quizá esa sea una de las mayores evidencias de que esta oración proviene de Dios. Porque cuando Dios comienza a revelar a Su Hijo, nunca quedamos satisfechos. Siempre queremos conocerlo más.
Si alguien me preguntara cuál ha sido una de las herramientas más poderosas que Dios ha utilizado para revelarme a Jesucristo, mi respuesta sería sencilla: la oración de Efesios capítulo tres. Estoy convencido de que Dios dejó esta oración en las Escrituras porque desea responderla. No fue escrita únicamente para Pablo. No fue escrita únicamente para la Iglesia del primer siglo. Fue escrita para todo creyente que tenga hambre de conocer más profundamente al Hijo de Dios.
A lo largo de los años he aprendido que una de las maneras más poderosas de conocer a Cristo es simplemente pedírselo a Dios. Pedirle que abra nuestros ojos. Pedirle que nos revele Su corazón. Pedirle que nos permita comprender Su amor. Pedirle que nos conduzca a experiencias, personas, libros y circunstancias que nos acerquen más a Él.
Y si algo puedo asegurar después de décadas de caminar con el Señor, es que Dios sigue respondiendo esa oración. Tal vez no lo haga exactamente de la misma manera con todos. Pero sí estoy convencido de que todo aquel que persevere en esta petición descubrirá algo maravilloso: el Padre celestial ama revelar a Su Hijo.
Y cuando comienza a hacerlo, la aventura apenas empieza.
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Durante uno de mis viajes a Israel encontré un libro que llamó profundamente mi atención. Su título contenía una expresión que jamás había escuchado: “El Quinto Evangelio”. Recuerdo haber tomado el libro entre mis manos y preguntarme qué quería decir el autor con aquellas palabras. Por supuesto, no estaba hablando de un evangelio perdido ni de algún texto oculto que debiera añadirse a las Escrituras. Sin embargo, aquella expresión quedó grabada en mi memoria. En ese momento todavía no comprendía completamente lo que significaba. La comprendería después. Mucho después. La comprendería caminando por Galilea, observando las aguas del Mar de Galilea, recorriendo las calles de Capernaúm y contemplando las montañas donde Jesús enseñó a las multitudes.
Para entender por qué aquella frase llegó a significar tanto para mí, debo retroceder algunos años. En aquella época apenas comenzaba mi ministerio. Había desarrollado una fascinación profunda por la persona de Jesucristo. No me refiero simplemente a una admiración teológica. Había llegado un momento en mi vida en que deseaba conocerlo mejor. Comprenderlo mejor. Acercarme más a Él. Durante ese tiempo me embarqué en un proyecto que transformó mi manera de leer la Biblia. Decidí armonizar los cuatro Evangelios en una sola narración continua.
Durante meses estudié cuidadosamente el trabajo de historiadores y estudiosos cristianos que habían dedicado sus vidas a reconstruir cronológicamente la vida de Jesús. Tomé los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y los fui uniendo como quien reúne las piezas de un gran mosaico. Eliminé los números de capítulos y versículos para leer los acontecimientos como una historia continua. Una y otra vez repasé los Evangelios. Los leí cientos de veces. Quizá más de quinientas veces durante aquellos años.
Y ocurrió algo extraordinario.
Descubrí un Jesús que me quitó el aliento.
No era el mismo efecto que produce leer un Evangelio por separado. Al contemplar los cuatro relatos unidos y ordenados cronológicamente, comenzaron a surgir detalles que antes no había percibido. Los movimientos del Maestro de una ciudad a otra. Las reacciones de los discípulos. La progresión de sus enseñanzas. La manera en que ciertos acontecimientos preparaban el camino para otros. Por primera vez sentí que estaba observando la vida de Jesús desarrollarse delante de mis ojos como una historia viva.
Aquel trabajo terminó convirtiéndose en un libro que hoy lleva por título Las Biografías de Cristo. Sin embargo, al concluirlo sucedió algo inesperado. Mi salud comenzó a deteriorarse. Aparecieron problemas cardíacos. La angina de pecho se convirtió en una realidad cotidiana. Surgieron otras enfermedades y, durante un tiempo, llegué a pensar seriamente que mi vida podría estar acercándose a su final.
Recuerdo aquellos días con claridad.
Hubo momentos en que pensé que no tendría mucho tiempo más.
Y fue precisamente en medio de aquella situación cuando llegó una invitación inesperada.
Unos amigos me propusieron viajar a Israel.
Todavía recuerdo la conversación que tuve con mi esposa. Para ser completamente honesto, sentía que estaba elaborando una especie de lista de deseos antes de morir. Había dedicado años enteros estudiando la vida de Jesús. Había pasado incontables horas leyendo los Evangelios. Había quedado maravillado por la persona de Cristo. Y había algo que no quería dejar pendiente.
No quería abandonar este mundo sin haber visto la tierra donde ocurrieron los Evangelios.
Por esa razón acepté.
Y así emprendí mi primer viaje a Tierra Santa.
Lo que no sabía era que aquel viaje cambiaría mi vida para siempre.
Tampoco sabía que sería el primero de varios.
Y mucho menos imaginaba que las experiencias vividas allí terminarían convirtiéndose en algunos de los recuerdos más profundos y emotivos de toda mi vida cristiana.

La tierra santa, donde la Biblia se torna viva
Desde el momento mismo en que salimos del aeropuerto comenzaron las sorpresas.
Recuerdo ir sentado en el autobús observando el paisaje a través de la ventana mientras el guía comenzaba a señalar lugares históricos.
”Por allí Josué oró y el sol se detuvo.”
”En aquella región Sansón realizó algunas de sus hazañas.”
”Por este camino pasaron personajes mencionados en las Escrituras.”
Yo permanecía en silencio.
No quería hablar con nadie.
No porque estuviera molesto o distante. Simplemente me encontraba abrumado. Trataba de absorber todo lo que veía.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Vi una señal de carretera.
Una señal común y corriente.
Pero el nombre escrito en ella me dejó inmóvil.
Decía: Mizpa.
Inmediatamente recordé el relato de Samuel convocando a Israel y obteniendo una gran victoria sobre los filisteos.
Aquello me impactó profundamente.
Durante toda mi vida aquellos nombres habían existido únicamente en las páginas de mi Biblia.
Ahora aparecían delante de mí en señales de tráfico.
En mapas.
En carreteras.
En montañas.
En ciudades reales.
Mi mundo comenzó a ser sacudido.
Y apenas era el comienzo.
Conforme avanzaban los días, una experiencia tras otra fue produciendo el mismo efecto. Los relatos bíblicos comenzaron a adquirir profundidad. Los lugares explicaban los acontecimientos. La geografía iluminaba los textos. Los caminos daban sentido a las narraciones.
Y entonces comprendí finalmente aquella expresión que había leído años atrás.
Para mí, Tierra Santa se había convertido en una especie de “quinto evangelio”.
No porque contenga nuevas revelaciones.
No porque exista algún libro perdido.
No porque añada una sola palabra a las Escrituras.
La llamo así porque allí la Biblia cobra vida.
Porque los caminos ayudan a entender los relatos.
Porque las montañas explican las enseñanzas.
Porque los lagos iluminan los milagros.
Porque los lugares permiten contemplar los Evangelios desde una perspectiva completamente diferente.
Por esa razón decidí escribir esta serie.
Lo que encontrará en las siguientes páginas no es una guía turística ni un tratado académico. Es algo mucho más personal. Son mis recuerdos. Mis emociones. Mis reflexiones. Mis descubrimientos. Son las experiencias que viví mientras caminaba por la tierra donde Jesús nació, enseñó, oró, realizó milagros y entregó su vida por nosotros.
Comenzaremos en Galilea, la región donde el Maestro desarrolló gran parte de su ministerio. Allí recorreremos ciudades, montañas, senderos y escenarios que dejaron una huella imborrable en mi corazón. Más adelante visitaremos Judea, Samaria y otras regiones igualmente fascinantes.
Mi deseo es que, al acompañarme en este recorrido, usted pueda experimentar algo de lo que yo experimenté. Que las páginas de los Evangelios adquieran una nueva dimensión. Que los relatos se vuelvan más cercanos. Y que, de alguna manera, pueda contemplar a Jesús caminando nuevamente por aquellos caminos antiguos.
Porque todo comenzó allí.
En una pequeña ciudad junto al Mar de Galilea llamada Capernaúm.
Disfruta un reel con propósito:
Explora el museo vida y obra de Jesucristo
Después de aterrizar en Israel y comenzar nuestro recorrido por la tierra de la Biblia, llegó el momento de dirigirnos hacia Galilea. Nuestro destino era la ciudad de Tiberias, ubicada junto al famoso Mar de Galilea, donde se encontraba el hotel que nos hospedaría durante los siguientes días.
El guía nos explicó que el trayecto tomaría aproximadamente dos o tres horas. Para la mayoría de los pasajeros aquello era simplemente información práctica. Para mí, en cambio, aquellas horas parecían una eternidad.
La ansiedad me consumía.
Había esperado este momento durante años.
Después de pasar incontables horas estudiando los Evangelios, después de leer una y otra vez los relatos del ministerio de Jesús, después de dedicar tanto tiempo a reconstruir cronológicamente su vida, finalmente me encontraba camino al lugar donde gran parte de aquellos acontecimientos habían ocurrido.
Mientras el autobús avanzaba, trataba de observar cada detalle del paisaje. No quería perderme nada. Todo me parecía importante. Todo despertaba mi curiosidad. Sin embargo, conforme nos acercábamos a Galilea, algo comenzó a cambiar.
El paisaje empezó a transformarse.
Las regiones áridas dieron paso a terrenos fértiles. Aparecieron campos cultivados. Vi sembradíos extendiéndose a la distancia. Las colinas comenzaron a cubrirse de vegetación. Todo parecía más verde. Más vivo. Más abundante.
Comprendí por qué aquella región había sido tan importante desde tiempos antiguos.
Galilea era hermosa.
Y mientras el autobús avanzaba por aquellos caminos, yo apenas podía permanecer sentado.
Entonces ocurrió.
Por primera vez apareció ante mis ojos una pequeña porción de agua entre las colinas.
Solo fue un instante.
Un breve destello azul a la distancia.
Pero supe inmediatamente lo que era.
Era el Mar de Galilea.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Minutos después apareció nuevamente.
Y luego otra vez.
Con cada curva del camino podía contemplar fragmentos cada vez más amplios del lago.
Mi emoción crecía con cada kilómetro recorrido.
No podía creerlo.
Después de tantos años leyendo acerca de aquel lugar, finalmente estaba allí.
Aquel era el lago donde Pedro había lanzado sus redes.
Aquel era el lago donde Jesús había calmado la tormenta.
Aquel era el lago donde había caminado sobre las aguas.
Aquel era el lago desde cuya orilla había enseñado a las multitudes.
Aquel era el lago que tantas veces había imaginado mientras leía los Evangelios.
Y ahora estaba delante de mis ojos.
Cuando finalmente pudimos contemplarlo en toda su extensión, quedé sin palabras.
Era mucho más hermoso de lo que había imaginado.
Sus aguas brillaban bajo la luz del sol. A su alrededor se levantaban suaves colinas y pequeños montes que parecían abrazarlo desde todos los lados. Había algo extraordinariamente sereno en aquel paisaje.
Por un momento comprendí por qué Jesús pasó tanto tiempo allí.
Había una belleza especial en Galilea.
Una belleza difícil de describir.
Finalmente llegamos a Tiberias.
La ciudad posee una larga historia. Fue fundada durante el primer siglo por Herodes Antipas, el mismo gobernante mencionado en los Evangelios. Con el paso de los siglos se convirtió en uno de los centros más importantes del judaísmo y continúa siendo una de las ciudades más conocidas de la región.
Sin embargo, debo admitir que aquella tarde mi atención no estaba puesta en la ciudad.
Toda mi atención estaba puesta en el lago.
Cuando llegamos al hotel descubrí que nuestra habitación tenía vista hacia el Mar de Galilea.
Aquello fue un regalo inesperado.
Recuerdo permanecer largo tiempo contemplando el paisaje desde la ventana. El lago parecía cambiar de color conforme avanzaba la tarde. Las sombras comenzaban a extenderse sobre las colinas. Poco a poco la luz fue desapareciendo hasta que finalmente llegó la noche.
Pero aun así me resistía a apartarme de la ventana.
Quería contemplarlo un poco más.
Quería grabar aquella imagen en mi memoria.
Después de tantos años de estudio, finalmente estaba viendo con mis propios ojos uno de los escenarios principales de los Evangelios.
Aquella noche me acosté con una mezcla de gratitud, emoción y expectativa.
Sabía que al día siguiente comenzaríamos a visitar algunos de los lugares que durante años habían habitado mi imaginación.
Finalmente el cansancio venció la emoción y me quedé dormido.

Amanecer el lago o mar de Galilea (Fotografía tomada en el año 2009 desde el hotel donde nos hospedamos)
A la mañana siguiente ocurrió algo que jamás olvidaré.
Me desperté antes del amanecer.
Todavía estaba oscuro cuando me acerqué nuevamente a la ventana.
Permanecí allí observando en silencio.
Poco a poco comenzó a aparecer una tenue luz sobre las colinas.
El cielo empezó a cambiar de color.
Los primeros rayos del sol tocaron las aguas del lago.
Y entonces contemplé uno de los amaneceres más hermosos de toda mi vida.
El Mar de Galilea parecía despertar lentamente bajo la luz de la mañana.
Las aguas reflejaban tonos dorados y plateados. El paisaje entero parecía cobrar vida frente a mis ojos.
Me quedé completamente maravillado.
Aquel momento me quitó el aliento.
Recuerdo haber tomado numerosas fotografías. No porque una fotografía pudiera capturar realmente lo que estaba viendo, sino porque deseaba conservar aquel recuerdo para siempre.
Quería atesorarlo.
Quería guardarlo en mi corazón.
Después descendimos para desayunar junto con el resto del grupo. La conversación giraba alrededor de los lugares que visitaríamos durante el día.
Entonces escuché las palabras que había esperado durante años.
Nuestro guía anunció el primer destino de la jornada.
—Esta mañana visitaremos Capernaúm.
Mi corazón volvió a acelerarse.
La ciudad donde Jesús estableció gran parte de su ministerio.
La ciudad de Pedro.
La ciudad donde ocurrieron algunos de los milagros más extraordinarios de los Evangelios.
Sin saberlo, estaba a punto de vivir una de las experiencias más profundas y conmovedoras de todo mi primer viaje a Tierra Santa
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Explore le museo la vida y obra de Jesucristo
Por el Dr. Elio M. Rivera
Mi primera visita a Capernaúm fue una experiencia que jamás olvidaré. Había leído acerca de esta ciudad durante años. Había estudiado sus referencias en los Evangelios, observado fotografías y escuchado innumerables enseñanzas acerca del lugar donde Jesús estableció gran parte de su ministerio en Galilea. Sin embargo, nada me preparó para lo que sentí el día que finalmente llegué allí.
Recuerdo que nuestro autobús se detuvo en el área de estacionamiento destinada a los visitantes. Apenas descendí, comencé a caminar apresuradamente. Debo confesar que me sentía como un niño que espera durante años conocer un lugar con el que ha soñado toda su vida. Mi intención era llegar antes que los demás para poder tomar fotografías sin personas delante de la cámara, pero la verdad es que había algo más profundo. Mi corazón simplemente quería llegar cuanto antes.

Fotografía de las ruinas de la casa de Pedro
Mientras avanzaba hacia las ruinas, pensaba principalmente en la sinagoga. Quería ver el lugar donde Jesús había enseñado. Quería contemplar el escenario donde las multitudes quedaron maravilladas por sus palabras y donde ocurrió la liberación del hombre poseído por un espíritu inmundo. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que no solamente estaba frente a la sinagoga, sino también frente a lo que tradicionalmente se identifica como la casa del apóstol Pedro.
Todavía recuerdo la impresión que aquello me produjo. Me quedé observando el lugar durante varios minutos. No podía creer que estuviera allí. Había leído sobre esa casa muchas veces, pero verla delante de mí fue completamente diferente. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Pensé: “Dios mío, aquí estuvo Jesús. Aquí entró después de recorrer las calles de Capernaúm. Aquí convivió con sus discípulos. Aquí sanó a la suegra de Pedro. Aquí llegaron enfermos buscando ayuda. Aquí se reunió con aquellos hombres que más tarde cambiarían el mundo”.
Mientras observaba cuidadosamente las ruinas de aquella vivienda, algo más comenzó a llamar mi atención. Aquella casa era extremadamente sencilla. No había agua corriente. No existía drenaje. No había electricidad. No había ninguna de las comodidades que nosotros consideramos normales en la actualidad. De pronto comprendí algo que nunca había percibido con tanta claridad. El Hijo de Dios había pasado tiempo en un lugar como aquel. Había compartido la vida cotidiana de personas comunes. Había entrado y salido de aquellas habitaciones modestas. Había convivido con pescadores galileos que vivían una vida sencilla lejos de los centros de poder de su tiempo.
Debo confesar que aquella realidad conquistó profundamente mi corazón. Mientras contemplaba aquellas piedras antiguas, comprendí de una manera nueva la humildad del Maestro. El Creador del universo no escogió palacios, ni residencias de gobernantes, ni las comodidades reservadas para los ricos y poderosos. Escogió caminar entre gente sencilla. Escogió compartir la vida de hombres comunes. Allí, frente a la casa de Pedro, sentí una profunda admiración por Jesucristo. La grandeza de Dios se manifestaba precisamente en su humildad. El Señor de las estrellas había decidido acercarse a nosotros desde la sencillez de una pequeña aldea de pescadores a la orilla del Mar de Galilea.
De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre” (Mateo 8:14). También recordé la escena del paralítico que fue descendido a través del techo. Mientras contemplaba aquel lugar, mi imaginación reconstruía la escena. Las personas llenando cada rincón de la casa. Los discípulos tratando de abrir paso entre la multitud. Las voces. Las conversaciones. La expectativa. Y luego el techo abriéndose para que un hombre desesperado pudiera ser llevado delante del Maestro.
No sé exactamente qué me ocurrió en ese momento, pero una profunda nostalgia se apoderó de mí. No era tristeza. Era un anhelo difícil de describir. Comencé a preguntarme qué conversaciones habrían tenido allí. ¿Qué les enseñó Jesús cuando estaban a solas? ¿Qué preguntas le hicieron los discípulos? ¿De qué hablaron durante las noches? ¿Qué sentían aquellos hombres cuando escuchaban sus enseñanzas lejos de las multitudes? Por unos momentos deseé intensamente haber vivido en aquella época y haber estado allí para escuchar aquellas conversaciones.

Ruinas de lo que un día fue un barrio en la ciudad de Cafarnaúm
Después comenzamos a recorrer el resto de la ciudad. Mientras caminaba entre los restos de las antiguas viviendas, mi mente comenzó a viajar dos mil años al pasado. Observaba las ruinas y pensaba: “Por aquí vivió Jairo”. Tal vez por alguna de estas calles corrió desesperadamente buscando a Jesús para salvar a su hija. Quizá fue en algún lugar cercano donde recibió la noticia que ningún padre desea escuchar. Y sin embargo, también fue en aquella ciudad donde vio a su hija volver a la vida cuando Jesús le dijo: “Talita cumi” (Marcos 5:41).
Un poco más adelante imaginé a la mujer que padecía flujo de sangre avanzando entre la multitud. Pensé en los cobradores de impuestos ocupados en sus labores. Pensé en el centurión romano que amaba a la nación judía y ayudó a construir la sinagoga. Pensé en los pescadores descargando redes llenas de peces después de una larga noche en el lago. De pronto las ruinas dejaron de ser piedras. Se convirtieron en escenarios llenos de vida.

Ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm
Finalmente llegamos a la sinagoga. Sabía que la estructura visible actualmente pertenece a una época posterior al ministerio de Jesús. Sin embargo, también sabía que los arqueólogos habían descubierto debajo de ella los restos de la sinagoga del siglo primero. Cuando comprendí que estaba parado sobre el mismo lugar donde Jesús había enseñado, algo dentro de mí se estremeció.
Recordé las palabras de Marcos: “Entrando en la sinagoga, enseñaba” (Marcos 1:21). Pensé que el Maestro había estado exactamente allí. No en algún lugar parecido. No en una representación. No en una reconstrucción. Allí mismo. Sobre aquellas piedras. En aquel espacio. Allí habló del Reino de Dios. Allí sorprendió a las multitudes con su autoridad. Allí liberó al hombre poseído por un espíritu inmundo. Allí comenzó a extenderse la fama de aquel joven rabino galileo por toda la región.
Mientras observábamos los alrededores, alguien nos mostró una habitación contigua a la sinagoga. En el piso todavía podían verse unas marcas talladas en la piedra. Me explicaron que probablemente correspondían a antiguos juegos utilizados por los niños de la ciudad. Aquello despertó inmediatamente mi imaginación. Pensé que quizá Pedro, Andrés, Felipe o alguno de los futuros discípulos pudo haber jugado allí durante su infancia. No puedo demostrarlo, por supuesto, pero el simple pensamiento me hizo sonreír. De repente comprendí que los personajes de los Evangelios no eran figuras distantes. Habían sido niños. Habían corrido por esas calles. Habían tenido amigos, sueños y preocupaciones como cualquier otra persona.
Más tarde caminamos hacia la orilla del Mar de Galilea. Allí pude contemplar los restos del antiguo muelle utilizado durante la época romana. Mientras observaba las aguas tranquilas del lago, pensaba en las incontables veces que Jesús debió caminar por aquella misma costa. Imaginaba las barcas saliendo al amanecer, las redes cayendo sobre las aguas y los pescadores trabajando durante la noche.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El Señor me permitió presenciar uno de los fenómenos por los cuales el Mar de Galilea es tan conocido. Lo que unos minutos antes parecía un lago tranquilo comenzó a cambiar repentinamente. El viento se levantó. Las aguas empezaron a agitarse. El lago se picó y comenzaron a formarse olas cada vez más visibles.
Me quedé observando la escena sin poder apartar la vista.
Aquello me dejó sin aliento.
De pronto comprendí algo que había leído muchas veces en los Evangelios pero que nunca había visto con mis propios ojos. Las tormentas repentinas del Mar de Galilea no son una exageración literaria. Son una realidad. Allí mismo entendí por qué pescadores experimentados llegaron a temer por sus vidas cuando fueron sorprendidos por una tempestad.
Recordé inmediatamente aquel relato donde los discípulos despertaron a Jesús diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25).
Mientras observaba el viento y las olas comprendí que incluso la meteorología seguía confirmando el relato bíblico. El mismo lago que contemplaba delante de mí continuaba comportándose como lo había hecho durante siglos.
Cuando finalmente llegó el momento de abandonar Capernaúm, sentí algo que todavía me cuesta describir. Mientras caminaba hacia la salida tenía la impresión de que dejaba un pedazo de mi corazón en aquella ciudad. Había esperado años para conocerla y ahora debía despedirme de ella.
Iba absorto en mis pensamientos cuando levanté la vista y observé uno de los montes cercanos. Inmediatamente recordé aquellos pasajes donde se nos dice que Jesús se levantaba de madrugada para orar.
”Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).
Y también recordé la ocasión cuando Pedro salió a buscarlo porque todos lo estaban buscando.
Por un instante imaginé al Maestro caminando solo hacia aquellas alturas antes del amanecer mientras la ciudad aún dormía. Imaginé a Pedro recorriendo los senderos para encontrarlo. Imaginé las conversaciones que pudieron haber tenido después de aquellas horas de oración.
Pero esa es otra historia.
Disfrute un reel con propósito
Disfruta el mueso la vida y obra de Jesucristo:
Mi tercer viaje a Israel fue muy diferente a los anteriores. Los dos primeros habían estado enfocados principalmente en los lugares que suelen visitar la mayoría de los peregrinos. Sin embargo, esta vez regresé con otro propósito. Quería detenerme. Quería observar. Quería caminar con calma por aquellos lugares que normalmente pasan desapercibidos para los grupos turísticos. Más que visitar sitios históricos, deseaba comprender mejor el mundo donde Jesús vivió.
Aquella mañana habíamos terminado nuestra visita a Capernaúm. Todavía llevaba en mi corazón la emoción de haber visto la casa de Pedro, la sinagoga y las calles donde el Maestro caminó tantas veces. Sin embargo, nuestro recorrido apenas comenzaba.
Después de salir de Capernaúm caminamos aproximadamente un kilómetro bordeando el Mar de Galilea. El paisaje era hermoso. A nuestra izquierda se extendían las aguas azules del lago. A nuestra derecha se levantaban las colinas que forman el paisaje característico de Galilea.

En la cima del monte de las bienaventuranzas
Nuestro destino era el Monte de las Bienaventuranzas.
Tradicionalmente se considera que fue en aquella región donde Jesús pronunció uno de los discursos más extraordinarios de toda la historia humana.
”Y viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos” (Mateo 5:1).
Mientras ascendíamos lentamente, no podía dejar de pensar que en algún lugar de aquellas laderas miles de personas se habían reunido para escuchar palabras que todavía siguen transformando vidas dos mil años después.
Bienaventurados los pobres en espíritu.
Bienaventurados los mansos.
Bienaventurados los misericordiosos.
Bienaventurados los pacificadores.
Aquellas palabras habían resonado por primera vez en aquellas mismas colinas.
Pero lo que más me impactó ocurrió un poco más arriba.

La cueva del monte eremos o de las bienaventurazas
En la parte superior del monte existe una pequeña cueva natural. No es grande. No es impresionante. De hecho, muchas personas podrían pasar junto a ella sin prestarle atención. Sin embargo, cuando la vi, algo llamó poderosamente mi atención.
Era prácticamente el único refugio natural de toda aquella zona.
Los Evangelios mencionan repetidamente que Jesús se retiraba a lugares apartados para orar.
”Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16).
”En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12).
La Biblia no menciona ninguna cueva. Sería incorrecto afirmar que aquella fue el lugar exacto donde Jesús oró. Nadie puede demostrar algo así.

Dentro de la cueva del monte Eremos donde según las tradiciones Jesucristo se retiraba a ora (Nadie puede probar eso, pero es una tradición que se ha trasmitido por siglos)
Sin embargo, al sentarme dentro de aquella pequeña cavidad natural comprendí algo.
Si un hombre quisiera refugiarse del viento, del frío nocturno o de la intemperie en aquella montaña, difícilmente encontraría otro lugar mejor.
Me senté en silencio.
Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.
Desde la entrada de la cueva podía contemplarse gran parte del Mar de Galilea.
La vista era extraordinaria.
Fue entonces cuando comprendí algo que había leído durante años en los Evangelios.
Desde aquella altura era posible observar fácilmente una embarcación navegando en el lago.
Incluso una pequeña embarcación.
De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo.
”Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario” (Mateo 14:24).
Mi imaginación comenzó a correr.
Pensé que en algún lugar de aquellas aguas Jesús había caminado sobre el mar.
Pensé que desde alguna de aquellas colinas pudo haber observado a sus discípulos luchando contra el viento.
Pensé en las largas noches de oración mientras contemplaba las luces de las embarcaciones de pescadores dispersas sobre el lago.
Por primera vez comprendí visualmente el relato bíblico.
No era solamente un texto.
Era una realidad geográfica.
Era algo que podía verse con los propios ojos.
Mientras permanecía sentado allí, sentí que la distancia entre el relato bíblico y el mundo real comenzaba a desaparecer.
Después descendimos del monte.

La bahía de las parábolas un lugar estudiado ampliamente por su acústica natural y que le permitía el Sr. Jesucristo trasmitir su mensaje a multitudes.
A poca distancia observamos un grupo de personas realizando mediciones y estudios sobre el terreno. Al principio no comprendí qué estaban haciendo. Parecían investigadores. Tomaban medidas, observaban el área y registraban información.
Fue entonces cuando alguien me explicó que nos encontrábamos en la llamada Bahía de las Parábolas.
Confieso que aquello despertó inmediatamente mi curiosidad.
La explicación fue fascinante.
Se trata de una formación natural extraordinaria. Debido a la forma de la costa, las colinas y la superficie del agua, el lugar posee unas propiedades acústicas únicas. Una persona puede hablar desde una embarcación cercana a la orilla y ser escuchada por cientos e incluso miles de personas situadas en las laderas naturales que forman una especie de anfiteatro.
Durante años científicos e investigadores han estudiado el fenómeno.
Lo más sorprendente es que no existe otro lugar conocido exactamente igual.
Mientras escuchaba aquella explicación recordé inmediatamente las palabras de Marcos.
”Y se juntó a él mucha gente; y entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar” (Marcos 4:1).
De pronto todo cobró sentido.
Jesús no necesitaba micrófonos.
No necesitaba sistemas de sonido.
El propio paisaje realizaba esa función.
Mientras contemplaba aquella bahía, una idea cruzó mi mente.
Parecía como si el Creador hubiera preparado aquel lugar desde la fundación del mundo para el día en que el Verbo se hiciera carne y las multitudes acudieran a escucharlo.
Allí enseñó algunas de las parábolas más conocidas de los Evangelios.
La parábola del sembrador.
La parábola de la semilla.
La parábola del reino.
Y muchas otras enseñanzas que han sido escuchadas por millones de personas a lo largo de la historia.
Poco después, mientras continuábamos descendiendo, alguien señaló otro lugar de la región.
”Por aquí ocurrió la limpieza del leproso”, comentó.
Mi piel se erizó.
Ya estaba emocionalmente sobrecargado por todo lo que había visto aquella mañana. Sin embargo, escuchar aquello me impactó profundamente.
Inmediatamente recordé el relato.
”Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8:2).
Y luego las palabras que siempre me conmueven:
”Jesús extendió la mano y le tocó” (Mateo 8:3).
Le tocó.
Aquello era extraordinario.
Los leprosos eran evitados.
Marginados.
Temidos.
Sin embargo, Jesús extendió la mano.
Mientras observaba aquellas colinas comprendí que la Biblia estaba cobrando vida delante de mis ojos.
Las distancias desaparecían.
Los personajes dejaban de ser nombres en una página.
Los relatos dejaban de ser simples historias.
Todo se volvía real.
Al terminar aquella jornada me sentía completamente sobrepasado.
Había comenzado el día visitando Capernaúm.
Había contemplado la casa de Pedro.
Había estado en la sinagoga.
Había observado el lago desde la montaña.
Había conocido la Bahía de las Parábolas.
Había recorrido el escenario de algunos de los acontecimientos más importantes del ministerio de Jesús.
Y comprendí algo que jamás he olvidado.
La fe cristiana no nació en un mundo imaginario.
Nació en lugares reales.
En montañas reales.
En caminos reales.
En aldeas reales.
Y mientras caminaba por aquellos senderos de Galilea, tuve la sensación de que las páginas de los Evangelios se estaban abriendo delante de mí, no para ser leídas, sino para ser contempladas.
A continuación, le comparto algunas fotografías de aquel día inolvidable. Quizá, al observarlas, usted también pueda experimentar algo de la emoción que sentí mientras seguía los pasos del Maestro junto a las aguas del Mar de Galilea.