03. El primer día en la obra

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

  David contempló las enormes piezas de madera que descansaban sobre el suelo.

  Desde cierta distancia no parecían demasiado grandes. Pero ahora que estaba frente a ellas, comprendía por qué Natán había solicitado varios hombres.

  Una de las vigas era especialmente larga y gruesa. Su superficie conservaba marcas de herramientas y algunas irregularidades que dificultarían sujetarla.

  David pasó una mano sobre la madera.

  Estaba caliente por el sol.

  —¿Tú eres el nuevo?

  Levantó la cabeza.

  Frente a él había un hombre de hombros anchos, cuello grueso y brazos endurecidos por años de trabajo. Tenía una barba oscura y una cicatriz que le cruzaba parte del antebrazo izquierdo.

  —Sí —respondió David.

  El hombre lo examinó de arriba abajo.

  Después miró la viga.

  —Entonces procura no soltar antes de tiempo.

  David sostuvo su mirada.

  —No acostumbro soltar lo que estoy cargando.

  El hombre entrecerró los ojos.

  —Eso dicen todos antes de que la madera empiece a pesarles.

  David sintió una respuesta formándose en su garganta.

  No le agradaba que lo trataran como si nunca hubiera trabajado.

  Pero recordó que era su primer día en aquella construcción.

  Y que todavía no había cobrado el jornal.

  —Dime dónde necesitas que me coloque —respondió.

  El hombre señaló uno de los extremos.

  —Allí.

  David obedeció.

  Los demás trabajadores ocuparon sus posiciones.

  Natán se acercó para revisar el movimiento.

  —Primero despejen el camino. No quiero que nadie tropiece mientras llevamos esa pieza.

  Los hombres comenzaron a retirar piedras y materiales que estorbaban.

  David se agachó.

  El calor del suelo le alcanzó el rostro.

  Recogió varias piedras pequeñas y las apartó. Una tenía un borde áspero que le raspó los dedos.

  Cuando terminó, se incorporó lentamente.

  La espalda le recordó inmediatamente las horas de trabajo de la mañana.

  Sintió una punzada.

  No dijo nada.

  Natán observó a los hombres.

  —Escuchen. Nadie levanta hasta que yo lo indique. Nadie avanza por su cuenta. Y nadie suelta sin avisar.

  El trabajador corpulento asintió.

  —Ya escucharon.

  David acomodó los pies.

  Flexionó las piernas.

  Introdujo las manos bajo la madera.

  La superficie estaba áspera.

  Natán levantó el brazo.

  —Ahora.

  Los hombres hicieron fuerza al mismo tiempo.

  La viga comenzó a elevarse.

  David sintió que el peso le recorría los brazos hasta los hombros.

  Era más pesada de lo que había calculado.

  Mucho más.

  Apretó los dientes.

  La madera se separó lentamente del suelo.

  —¡Mantengan la altura! —ordenó Natán.

  Dieron el primer paso.

  Después otro.

  David sintió que los músculos de la espalda se tensaban dolorosamente.

  No podía cambiar de posición.

  No podía detenerse.

  Debía sostener su parte del peso mientras los demás avanzaban.

  De pronto, uno de los trabajadores tropezó con una irregularidad del suelo.

  La viga descendió bruscamente de un extremo.

  —¡Espera! —gritó Natán.

  David sintió un tirón violento en los brazos.

  Por un instante creyó que perdería la sujeción.

  La madera se inclinó.

  El hombre corpulento lanzó una exclamación furiosa.

  —¡Afirma los pies!

  El trabajador que había tropezado intentó recuperar el equilibrio.

  David sintió que la carga comenzaba a deslizarse entre sus dedos.

  —¡Se está moviendo! —advirtió.

  —¡No la sueltes! —gritó el hombre de barba oscura.

  —¡Entonces ayúdame a sostenerla!

  Natán intervino inmediatamente.

  —¡Bájenla! ¡Todos juntos!

  Los hombres flexionaron las piernas y consiguieron depositar la viga sobre el suelo.

  El golpe levantó una pequeña nube de polvo.

  Durante unos instantes nadie habló.

  David permaneció inclinado, respirando profundamente.

  Le temblaban los brazos.

  Sentía los dedos rígidos.

  El trabajador corpulento se volvió hacia el hombre que había tropezado.

  —¡Pudiste habernos lastimado a todos!

  —Había una piedra —respondió el otro.

  —¡Entonces mira dónde pones los pies!

  David levantó la cabeza.

  —No sirve de nada gritarle ahora.

  El hombre volvió la mirada hacia él.

  —¿Qué dijiste?

  David comprendió que había hablado demasiado deprisa.

  Pero no retiró sus palabras.

  —Que necesitamos revisar el camino antes de levantarla otra vez.

  El hombre dio un paso hacia él.

  —¿Vas a decirme cómo hacer mi trabajo?

  Natán se interpuso.

  —Basta.

  Ambos guardaron silencio.

  —Rubén, revisa el extremo de la carga —ordenó Natán—. David, ayúdame a comprobar el camino.

  El hombre corpulento miró a David una última vez.

  Después se alejó.

  David comprendió que acababa de ganarse la antipatía de uno de sus compañeros.

  Y todavía no había terminado su primer día.

Hombres que tenían que confiar unos en otros

  Volvieron a levantar la viga después de retirar las piedras que podían estorbar.

  Esta vez avanzaron con mayor cuidado.

  Natán caminaba a un lado, observando la posición de los hombres.

  —Despacio.

  David sintió que el peso le presionaba los brazos.

  El sudor le descendió por la sien.

  Una gota llegó hasta la mandíbula.

  No podía limpiarse.

  Dieron otro paso.

  Después otro.

  La madera osciló ligeramente.

  —¡Manténganla firme! —ordenó Rubén.

  David apretó los dedos.

  Le ardían los músculos.

  Pero continuó.

  Finalmente llegaron a los soportes preparados.

  —Ahora bájenla —indicó Natán.

  Los hombres flexionaron las piernas.

  La viga descendió lentamente.

  Cuando descansó sobre los apoyos, David retiró las manos.

  Sintió un alivio inmediato.

  Abrió y cerró los dedos varias veces.

  Las articulaciones estaban rígidas.

  Rubén lo observó.

  —No la soltaste.

  David levantó la cabeza.

  —No era momento de hacerlo.

  El hombre soltó una risa breve.

  —Al menos tienes brazos.

  —Eso espero. Los necesitaré para regresar a Nazaret.

  Rubén volvió a reír.

  No fue una risa amistosa.

  Pero tampoco sonó tan hostil como antes.

  —Todavía faltan otras piezas —dijo.

  David miró hacia los materiales.

  Su espalda protestó silenciosamente.

  —Ya lo veo.

  Y regresó con los demás.

  Durante las siguientes horas comenzó a reconocer a los hombres de la construcción.

  Algunos trabajaban principalmente piedra.

  Otros conocían mejor la madera.

  Había quienes se dedicaban a transportar materiales y quienes preparaban las piezas que después utilizarían los constructores.

  Todos participaban en la misma obra.

  Pero no todos recibían el mismo trato.

  David observó que Natán confiaba ciertas tareas a los trabajadores experimentados sin explicarles cada movimiento.

  Con otros debía permanecer cerca, corrigiendo errores y repitiendo instrucciones.

  Rubén era uno de los hombres a quienes Natán recurría cuando necesitaba mover cargas pesadas.

  Tenía fuerza.

  Y conocía los peligros de aquel trabajo.

  Sin embargo, parecía considerar cualquier equivocación ajena como una ofensa personal.

  David no sabía todavía si aquella dureza nacía de su carácter o de alguna experiencia que lo había vuelto desconfiado.

  Por ahora, prefería mantener cierta distancia.

Un error delante de todos

  Más tarde, mientras preparaban otra parte de la construcción, David observó a Joel intentando mover una pieza antes de que el extremo opuesto estuviera completamente libre.

  El muchacho había trabajado con él durante la mañana.

  Habían conseguido corregir juntos una pieza de madera que parecía imposible de ajustar.

  Pero Joel seguía teniendo una dificultad.

  Quería demostrar demasiado pronto que sabía hacerlo todo.

  —Espera —advirtió David.

  Joel no lo escuchó.

  Tiró de la pieza.

  La madera se movió bruscamente.

  Una herramienta cayó al suelo.

  Natán volvió la cabeza.

  —¡Joel!

  El muchacho se quedó inmóvil.

  —¿Cuántas veces tengo que decirte que compruebes los apoyos antes de mover una pieza?

  Joel bajó la mirada.

  —Pensé que estaba libre.

  —Entonces deja de pensar y compruébalo.

  Algunos trabajadores volvieron la cabeza.

  Uno soltó una risa breve.

  Joel enrojeció.

  David conocía aquella sensación.

  La vergüenza de cometer un error delante de hombres que parecían esperar precisamente ese momento para burlarse.

  Cuando Natán se alejó, David se acercó.

  —Ven.

  Joel lo miró con desconfianza.

  —¿Ahora tú también vas a regañarme?

  —No. Quiero mostrarte algo.

  David señaló el extremo de la madera.

  —Antes de moverla, comprueba aquí.

  Joel se agachó.

  David le mostró cómo revisar el apoyo y asegurarse de que ninguna parte estuviera reteniendo la pieza.

  —Si tiras cuando todavía está sujeta, puedes perder el equilibrio o hacer que otro hombre lo pierda.

  Joel observó sus manos.

  Después asintió.

  —Lo entiendo.

  David se incorporó.

  —A mí también me tuvieron que enseñar.

  Joel levantó la mirada.

  —¿Tú cometías errores?

  David sonrió.

  —Algunos bastante costosos.

  —No pareces de los que se equivocan.

  David soltó una risa.

  —Entonces todavía no me conoces.

  Joel sonrió por primera vez aquella tarde.

  Después regresaron al trabajo.

  David no sabía si aquel joven llegaría a convertirse en un buen constructor.

  Pero había reconocido algo familiar en su manera de esforzarse.

  El deseo de ser útil.

  Y el miedo de que los demás descubrieran cuánto le faltaba por aprender.

El hombre que daba las órdenes

  Poco después apareció el capataz.

  Caminaba acompañado por un hombre que llevaba una tablilla y revisaba cantidades de materiales.

  Se detuvieron frente a Natán.

  David continuó trabajando, aunque podía escuchar parte de la conversación.

  —Necesito que esa sección quede preparada hoy —dijo el capataz.

  Natán miró hacia el muro.

  —Habíamos previsto terminarla mañana.

  —Los materiales llegarán antes.

  —Entonces necesitaré más hombres.

  El capataz negó con la cabeza.

  —Trabaja con los que tienes.

  Natán apretó la mandíbula.

  —No puedo hacer que cuatro hombres trabajen como ocho.

  —Entonces organiza mejor a tus trabajadores.

  El hombre de la tablilla permaneció callado.

  Natán sostuvo la mirada del capataz.

  Durante un instante David creyó que iba a responderle.

  Pero finalmente asintió.

  —Haré lo posible.

  —No necesito posibilidades, Natán. Necesito resultados.

  El capataz se marchó.

  Natán permaneció inmóvil unos instantes.

  Después se volvió hacia los trabajadores.

  —¡Escuchen todos!

  Las conversaciones se interrumpieron.

  —Tenemos que adelantar una parte de la obra. Quiero que reorganices esos materiales, Rubén. Joel, deja lo que estás haciendo y ayuda a preparar los apoyos.

  Después señaló a David.

  —Tú ven conmigo.

  David recogió sus herramientas.

  Había comenzado a preparar una pieza y le molestaba dejarla a medio terminar.

  Pero obedeció.

  Natán lo condujo hacia otra zona.

  —Necesito que revises estas medidas.

  David examinó la madera.

  —¿Para cuándo?

  —Antes de que terminemos la jornada.

  David miró el trabajo pendiente.

  —Será difícil.

  Natán lo observó.

  —Lo sé.

  Aquella respuesta lo sorprendió.

  Por primera vez comprendió que Natán no estaba dando órdenes por simple impaciencia.

  También él recibía exigencias.

  También tenía hombres por encima de él.

  Y probablemente su propio puesto dependía de que la obra avanzara.

  David comenzó a trabajar.

  Pero apenas había preparado la primera pieza cuando Natán volvió a llamarlo.

  Necesitaban ayuda en otro lugar.

  David apretó los labios.

  Recogió sus herramientas.

  Se trasladó.

  Poco después ocurrió nuevamente.

  Esta vez sintió que la irritación le subía por el pecho.

  —Natán…

  El hombre volvió la cabeza.

  —¿Qué sucede?

  David estuvo a punto de decirle que no podía terminar ninguna tarea si lo cambiaban constantemente de lugar.

  Pero observó su rostro.

  También estaba agotado.

  Tenía sudor en la frente y polvo adherido a la barba.

  —¿Dónde me necesitas ahora? —preguntó finalmente.

  Natán señaló hacia el otro extremo de la construcción.

  —Allí.

  David asintió.

  Y continuó.

El peso de las horas

  El sol avanzó sobre Séforis.

  Las sombras comenzaron a retirarse de los muros.

  El aire se volvió más caliente.

  David sintió que la túnica se le pegaba a la espalda.

  Tenía polvo en el cuello, en los brazos y entre los dedos.

  Cada vez que se agachaba, la región lumbar le recordaba el esfuerzo de la jornada.

  Intentó cambiar de postura.

  Apoyó una mano sobre el muslo.

  Estiró lentamente la espalda.

  Pero el alivio duraba poco.

  A su alrededor, los demás hombres mostraban señales semejantes.

  Rubén se limpiaba la frente con el borde de la túnica.

  Joel abría y cerraba las manos cuando creía que nadie lo observaba.

  Otro trabajador se había quitado una sandalia para examinar una zona enrojecida del talón.

  Nadie se sorprendía.

  Aquellas molestias formaban parte de la jornada.

  David se acercó a su recipiente de agua.

  Bebió lentamente.

  El agua estaba tibia.

  Aun así, sintió alivio al pasar por su garganta.

  Dejó el recipiente en la sombra.

  Cuando volvió a su lugar, Natán ya lo estaba buscando.

  —Necesito que prepares estas piezas.

  David examinó la madera.

  La tarea exigía precisión.

  Sintió cierto alivio.

  Al menos podría volver a trabajar en algo que conocía bien.

  Colocó una pieza sobre los soportes.

  Comprobó la medida.

  Marcó cuidadosamente el lugar donde debía cortar.

  Después comenzó.

  La herramienta avanzaba con un sonido áspero y constante.

  Pequeñas partículas de madera cayeron sobre sus sandalias.

  David trabajó concentrado.

  Durante unos momentos dejó de escuchar las conversaciones de los demás.

  Solamente prestaba atención a la resistencia de la madera.

  A la posición de sus manos.

  A la línea que debía seguir.

  Aquello le agradaba de su oficio.

  Una pieza sin forma podía transformarse lentamente en algo útil.

  Había satisfacción en comprobar que dos elementos encajaban correctamente.

  Y en saber que una estructura bien construida podría permanecer durante muchos años.

  Pero la satisfacción no eliminaba el cansancio.

  Cuando terminó la primera pieza, los músculos de sus brazos estaban tensos.

  Todavía faltaban otras.

  David levantó la mirada hacia el cielo.

  Deseó que el día avanzara más deprisa.

  Y casi inmediatamente se sorprendió de aquel pensamiento.

  Había pasado la mañana deseando encontrar trabajo.

  Ahora deseaba que terminara.

  Sonrió para sí mismo.

  Tal vez aquello era parte de la vida de cualquier trabajador.

  Desear tener un empleo.

  Y, después de conseguirlo, desear regresar a casa.

El último esfuerzo

  Cuando el sol comenzó a descender, David pensó que pronto podrían guardar las herramientas.

  Pero Natán apareció con otra indicación.

  —Necesitamos terminar esta sección antes de marcharnos.

  Rubén soltó una exclamación de disgusto.

  —¡Llevamos todo el día trabajando!

  Natán lo miró.

  —Yo también.

  —Entonces sabes que estamos agotados.

  —Lo sé. Pero si dejamos esto sin terminar, mañana tendremos que comenzar por aquí y retrasaremos el resto.

  Rubén miró los materiales.

  Después sacudió la cabeza.

  —Algún día van a descubrir que los hombres no somos animales de carga.

  Natán no respondió.

  David observó el rostro de ambos.

  Ninguno parecía tener fuerzas para discutir.

  Finalmente Rubén recogió su herramienta.

  —Terminemos de una vez.

  Los demás lo imitaron.

  David volvió a inclinarse sobre la madera.

  La tarea no era especialmente difícil.

  En otras circunstancias la habría realizado sin problemas.

  Pero después de tantas horas, cada movimiento parecía exigirle un esfuerzo mayor.

  Le dolían los brazos.

  La espalda.

  Los pies.

  Los dedos estaban rígidos.

  Mientras ajustaba una pieza, una pequeña astilla se le clavó cerca de la base de un dedo.

  David retiró la mano.

  —¡Ah!

  Observó la herida.

  La astilla había penetrado bajo la piel.

  Consiguió extraerla con cuidado.

  Apareció una pequeña gota de sangre.

  Joel se acercó.

  —¿Te lastimaste?

  —Solamente una astilla.

  El muchacho miró su mano.

  —Parece que la madera decidió defenderse.

  David soltó una risa cansada.

  —Ha tenido todo el día para hacerlo.

  Se limpió la mano.

  Después continuó.

  Natán se acercó para revisar el avance.

  David sintió nuevamente el impulso de decirle que necesitaban descansar.

  Pero cuando levantó la cabeza, vio que el hombre también estaba exhausto.

  Su rostro estaba cubierto de sudor.

  Se movía con menos rapidez que durante la mañana.

  Había pasado el día resolviendo problemas, respondiendo al capataz y tratando de mantener la obra en marcha.

  David comprendió que también él soportaba una carga considerable.

  Natán observó la tarea.

  —Terminen esto y podrán marcharse.

  Aquellas palabras devolvieron algo de energía a los hombres.

  Rubén se colocó junto a David.

  Joel sostuvo una pieza.

  Durante los últimos movimientos casi no hablaron.

  Ya no quedaban fuerzas para discusiones.

  Solamente querían terminar.

  Cuando colocaron la última pieza, Natán revisó el trabajo.

  Pasó los dedos por una unión.

  Comprobó las medidas.

  Finalmente asintió.

  —Está bien.

  David dejó la herramienta.

  Por primera vez en muchas horas pudo enderezarse sin tener que inclinarse inmediatamente sobre otra tarea.

  Sintió el dolor acumulado en la espalda.

  Movió lentamente los hombros.

  Después miró sus manos.

  Estaban sucias.

  Tenían pequeñas raspaduras.

  La piel mostraba marcas de madera y tierra.

  Había trabajado todo el día.

  Y ahora solamente deseaba regresar a casa.

El jornal en sus manos

  Cuando los trabajadores comenzaron a recoger sus pertenencias, David se acercó al lugar donde se realizaban los pagos.

  El capataz revisaba las tareas terminadas.

  A su lado, otro hombre llevaba el registro de los jornales.

  David esperó su turno.

  Delante de él, un trabajador recibió su paga y comenzó a contarla.

  Después otro.

  David sintió una inquietud que no había experimentado mientras trabajaba.

  ¿Le pagarían lo acordado?

  Había cumplido las tareas.

  Pero conocía hombres que encontraban excusas para reducir un jornal.

  Finalmente llegó su turno.

  El encargado lo observó.

  —El de Nazaret.

  —Sí.

  —Natán dice que terminaste el trabajo.

  —Así es.

  El hombre tomó las monedas correspondientes y las colocó en su mano.

  David las contó discretamente.

  Estaba completo.

  Sintió que una tensión que había llevado durante todo el día comenzaba a desaparecer.

  —Gracias.

  El encargado ya estaba llamando al siguiente trabajador.

  David se apartó.

  Guardó cuidadosamente las monedas.

  No eran muchas.

  Pero representaban alimento para su familia.

  Representaban aceite.

  Harina.

  Y quizá la posibilidad de reparar aquellas sandalias antes de que terminaran de romperse.

  Miró hacia la construcción.

  Había conseguido trabajo.

  Había demostrado su capacidad.

  Y regresaría con dinero.

  Pero todavía no sabía si tendría que volver a buscar otro empleo al día siguiente.

  Natán pasó cerca de él.

  David se volvió.

  —¿Necesitarán hombres mañana?

  Natán se detuvo.

  Observó hacia donde el capataz continuaba pagando.

  —Todavía no lo sé.

  David asintió.

  No era la respuesta que deseaba escuchar.

  Pero tampoco era una negativa.

  —Ven temprano —añadió Natán—. Si hay trabajo, prefiero tener cerca a los hombres que ya conozco.

  David sintió que algo de esperanza regresaba.

  —Aquí estaré.

  Natán continuó caminando.

  David recogió sus herramientas.

  Después salió de Séforis.

Siete kilómetros para regresar a casa

  El sol descendía hacia las colinas.

  La luz del atardecer teñía las laderas de tonos dorados y las sombras comenzaban a alargarse sobre el terreno.

  David llevaba las herramientas al hombro.

  La correa le rozaba una zona sensible de la piel.

  Había intentado acomodarla de diferentes maneras, pero ninguna resultaba cómoda.

  Sus piernas parecían mucho más pesadas que durante la mañana.

  Cada pendiente exigía un esfuerzo.

  Cada piedra del camino parecía colocada precisamente donde podía hacerle tropezar.

  Se detuvo junto a una roca.

  Dejó las herramientas en el suelo.

  Se inclinó lentamente.

  La espalda protestó.

  David permaneció unos instantes respirando profundamente.

  Después bebió un poco de agua.

  Estaba tibia.

  Pero le supo mejor que durante toda la jornada.

  Miró hacia el horizonte.

  El paisaje era hermoso.

  Las colinas se extendían bajo la luz suave del atardecer.

  Una brisa comenzó a mover la vegetación baja.

  A lo lejos se escuchó el sonido de un animal.

  David habría deseado permanecer allí.

  Sentarse.

  Cerrar los ojos.

  Descansar hasta que desapareciera el dolor de sus músculos.

  Pero en Nazaret lo esperaban.

  Recogió las herramientas.

  Y continuó.

  Mientras caminaba, comenzó a calcular lo que podrían comprar con el jornal.

  Necesitaban harina.

  También aceite.

  Su esposa había mencionado que algunas provisiones estaban por terminarse.

  Quizá podrían reservar una pequeña parte.

  Pero solamente si encontraba trabajo al día siguiente.

  David sintió que la preocupación comenzaba a regresar.

  Mañana.

  Siempre había un mañana.

  Un nuevo camino.

  Una nueva búsqueda.

  Una nueva posibilidad de regresar con las manos vacías.

  Sacudió ligeramente la cabeza.

  No quería pasar todo el camino preocupado por una jornada que todavía no había comenzado.

  Aquella tarde llevaba dinero.

  Y sus hijos lo esperaban.

  Eso debía ser suficiente por unas horas.

La casa al final del camino

  Cuando aparecieron las primeras viviendas de Nazaret, el cielo comenzaba a oscurecer.

  David reconoció los senderos.

  Pasó junto a una casa donde una mujer recogía algunos objetos antes de que desapareciera la luz.

  Más adelante escuchó voces de niños jugando.

  El sonido le produjo una alegría inesperada.

  Había pasado el día entre hombres que gritaban órdenes, herramientas golpeando materiales y cargas que debían moverse con cuidado.

  Ahora escuchaba los sonidos familiares de su aldea.

  Una conversación junto a una vivienda.

  Un animal moviéndose cerca de un muro.

  El ruido de alguien preparando la comida.

  Y finalmente las voces que más deseaba escuchar.

  Sus hijos.

  El mayor fue el primero en verlo.

  Estaba cerca de la casa, entretenido con pequeños pedazos de madera.

  Cuando reconoció a su padre, dejó caer lo que tenía en las manos.

  —¡Padre!

  David sonrió.

  El niño corrió hacia él.

  Detrás apareció su hermana menor.

  También comenzó a correr, aunque sus pasos eran más cortos.

  David apenas tuvo tiempo de dejar las herramientas en el suelo.

  El muchacho se abrazó a su cintura.

  La pequeña levantó los brazos.

  —¡Cárgame!

  David sintió una punzada en la espalda al inclinarse.

  Se detuvo apenas un instante.

  Después la levantó.

  La niña rodeó su cuello con los brazos.

  Tenía el cabello despeinado y las mejillas calientes por haber estado jugando.

  David la sostuvo contra su pecho.

  Por unos momentos olvidó el ruido de la construcción.

  El peso de las vigas.

  Las órdenes del capataz.

  Y las horas que todavía le dolían en el cuerpo.

  Su hijo levantó la cabeza.

  —¿Construiste una casa grande?

  David sonrió.

  —Hoy ayudé a construir una parte.

  —¿Era muy grande?

  —Más grande que nuestra casa.

  El niño abrió los ojos.

  —¿Mucho más?

  —Muchísimo más.

  —Entonces mañana tendrás que terminarla.

  David soltó una risa.

  —Creo que necesitaremos varios días.

  El niño pareció satisfecho.

  Su esposa apareció en la puerta.

  David la observó.

  Tenía una expresión que mezclaba alegría y preocupación.

  Conocía aquella manera de caminar.

  La rigidez de sus hombros.

  La lentitud con que había dejado las herramientas.

  David bajó cuidadosamente a la niña.

  Se acercó a su esposa.

  Introdujo la mano en la bolsa.

  Y depositó las monedas en su palma.

  Ella las miró.

  Después levantó los ojos hacia él.

  —¿Te contrataron?

  David asintió.

  —Por hoy.

  Su esposa cerró lentamente los dedos alrededor de las monedas.

  Una sonrisa apareció en su rostro.

  David sintió que algo dentro de él descansaba.

  Había valido la pena.

  Pero entonces ella volvió a mirarlo.

  —¿Qué te sucedió?

  David frunció el ceño.

  —¿A qué te refieres?

  —Estás caminando como un anciano.

  Él soltó una risa cansada.

  —Hoy cargué suficiente madera para construir media Nazaret.

  Su esposa negó con la cabeza.

  —Ven. Siéntate antes de que te caigas.

  David obedeció.

  Y por primera vez en muchas horas pudo descansar sin preocuparse por la mirada de un encargado.

Todavía quedaban fuerzas para ellos

  Después de comer, David se sentó cerca de la entrada.

  Se había lavado las manos y el rostro.

  El agua le había resultado agradable, especialmente al pasar por la nuca y los brazos.

  Se quitó las sandalias.

  Observó una zona enrojecida cerca del talón.

  La piel estaba irritada por el roce.

  Tendría que ajustar la correa antes de volver a caminar hacia Séforis.

  Apoyó la espalda contra el muro.

  Cerró los ojos.

  El cuerpo parecía hundirse lentamente en el descanso.

  Su esposa continuaba ocupada dentro de la vivienda.

  Los niños jugaban cerca.

  David escuchaba sus voces sin prestar demasiada atención.

  Hasta que sintió una mano pequeña sobre la rodilla.

  Abrió los ojos.

  Su hijo mayor estaba frente a él.

  Sostenía dos pedazos de madera.

  —Padre, mira.

  David observó las piezas.

  El niño había intentado unirlas de una manera que recordaba vagamente una pequeña estructura.

  No estaban bien ajustadas.

  Una sobresalía demasiado.

  La otra se movía al tocarla.

  Pero el muchacho parecía orgulloso.

  David tomó la madera.

  La examinó con la misma seriedad que había mostrado durante la jornada.

  —¿Tú hiciste esto?

  El niño asintió rápidamente.

  —Quiero construir una casa.

  David sintió una sonrisa formándose en su rostro.

  Miró las piezas.

  Después miró a su hijo.

  —Entonces tendremos que hacer que se sostenga.

  El niño se sentó inmediatamente a su lado.

  David le mostró cómo colocar una de las piezas para darle mayor estabilidad.

  El muchacho observó sus manos con atención.

  Intentó imitarlo.

  La estructura se inclinó.

  Ambos rieron.

  La niña se acercó al escuchar las risas.

  —¡Yo también!

  Tomó una de las piezas.

  La colocó donde no correspondía.

  La pequeña construcción se derrumbó.

  —¡No! —protestó su hermano.

  La niña comenzó a reír.

  David también.

  —Parece que tendremos que comenzar otra vez.

  El muchacho miró a su hermana con indignación.

  —¡Siempre rompe todo!

  David le puso una mano sobre el hombro.

  —Entonces tendremos que enseñarle.

  La niña levantó la cabeza.

  —Yo sé.

  —Eso espero —respondió David—. Porque necesitaremos mucha ayuda para terminar esta casa.

  Los tres comenzaron nuevamente.

  Durante unos instantes, aquella vivienda sencilla se llenó de una alegría que no tenía relación con los jornales, las herramientas ni las exigencias de Séforis.

  David estaba agotado.

  Le dolían los brazos.

  La espalda.

  Los pies.

  Pero sus hijos no sabían cuánto esfuerzo le había costado llegar hasta allí.

  Solamente sabían que su padre había regresado.

  Y que ahora estaba sentado con ellos.

  Su esposa apareció junto a la entrada.

  Observó la pequeña construcción.

  Después miró a David.

  —Pensé que estabas demasiado cansado para seguir trabajando.

  David levantó la cabeza.

  —Esto no es trabajo.

  Su esposa sonrió.

  —Entonces, ¿qué es?

  David miró a sus hijos.

  La niña intentaba colocar una pieza mientras su hermano le explicaba cómo sostenerla.

  —Esto es lo que me da fuerzas para trabajar mañana.

  Su esposa permaneció en silencio.

  Después se acercó y apoyó suavemente una mano sobre su hombro.

  David levantó la vista.

  Ambos sonrieron.

Antes de que amaneciera otra vez

  La casa comenzó a quedarse en silencio.

  Los niños se acostaron.

  La lámpara proyectaba una luz suave sobre las paredes.

  David permaneció sentado mientras su esposa guardaba algunas cosas.

  Ella se acercó y observó sus manos.

  Tenía pequeñas raspaduras.

  La piel estaba enrojecida en algunos lugares.

  —Fue un día pesado —dijo.

  David asintió.

  —Pero hubo trabajo.

  Su esposa se sentó junto a él.

  Durante unos instantes permanecieron en silencio.

  Desde el exterior llegaba el sonido lejano de algún animal.

  Una corriente de aire movió ligeramente la llama de la lámpara.

  David sintió que los párpados comenzaban a cerrársele.

  Había sido una jornada larga.

  Mucho más larga de lo que había imaginado al salir de Nazaret.

  Su esposa miró las herramientas colocadas junto a la puerta.

  —¿Tendrás que salir temprano mañana?

  David abrió los ojos.

  La pregunta lo devolvió inmediatamente a la realidad.

  No sabía si Natán necesitaría a los mismos hombres.

  No sabía si el capataz continuaría contratando trabajadores.

  Ni si habría suficiente trabajo para todos.

  Había ganado el jornal de aquel día.

  Pero el siguiente todavía no existía.

  —Voy a intentarlo —respondió.

  Su esposa asintió.

  No insistió.

  David se levantó con dificultad.

  Revisó la correa de una de sus sandalias.

  Después acomodó las herramientas para encontrarlas fácilmente antes del amanecer.

  Su esposa apagó la lámpara.

  La oscuridad llenó lentamente la habitación.

  David se acostó.

  El cuerpo encontró por fin una posición en la que podía descansar.

  Escuchó la respiración tranquila de sus hijos.

  Pensó en la pequeña construcción de madera que habían intentado levantar juntos.

  Y sonrió en la oscuridad.

  Poco después comenzó a quedarse dormido.

  Pero antes de perder completamente la conciencia, recordó las últimas palabras del capataz:

  Aquí se trabaja mientras haya trabajo.

  David abrió los ojos una vez más.

  Afuera, Nazaret dormía.

  Y a varios kilómetros de distancia, en Séforis, otros hombres también descansaban sin saber cuántos serían contratados al amanecer.

  David cerró los ojos.

  Dentro de unas horas tendría que levantarse nuevamente.

  Y todavía no sabía si aquel primer día de trabajo sería también el último.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que enfrentar la incertidumbre del mercado laboral,

Continua en el capítulo 4

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.