01. Siete kilómetros para encontrar trabajo

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

  

David abrió los ojos en la oscuridad.

  No había escuchado ninguna voz. Nadie lo había despertado. Sin embargo, algo dentro de él parecía conocer la hora exacta en que debía levantarse.

  Permaneció inmóvil, escuchando la respiración de su familia.

  La casa estaba fría.

  Desde el lugar donde descansaba distinguía apenas las formas de los objetos: una vasija junto a la pared, las mantas extendidas sobre las esteras y el pequeño bulto de herramientas que había preparado la noche anterior.

  Su esposa dormía cerca de los niños.

  O eso parecía.

  David se incorporó con cuidado. Apenas enderezó la espalda, sintió una punzada que lo obligó a detenerse.

  Cerró los ojos.

  Habían pasado dos días desde que terminó la reparación de una vivienda, pero su cuerpo todavía recordaba las horas inclinado sobre una estructura de madera.

  Apoyó una mano en el suelo y esperó a que disminuyera la molestia.

  No tenía tiempo para enfermarse.

  Ni dinero para permanecer en casa.

  Buscó sus sandalias a tientas. Cuando encontró una, pasó los dedos por la correa desgastada y descubrió que el cuero se había abierto un poco más.

  —Todavía tienes que resistir —murmuró.

  Se la colocó con cuidado.

  Entonces escuchó la voz de su esposa.

  —¿Le estás hablando a tus sandalias?

  David volvió la cabeza.

  Ella estaba despierta.

  —A una solamente. La otra todavía se porta bien.

  Su esposa dejó escapar una risa breve, procurando no despertar a los niños.

  Aquella pequeña risa le hizo bien.

  Habían sido días difíciles y últimamente no tenían muchas razones para reír.

  —Ven —susurró ella—. Preparé algo para que comas antes de salir.

  Se levantó y encendió la lámpara de aceite.

  La llama vaciló unos instantes antes de iluminar las paredes de piedra. David observó su rostro. Tenía los ojos cansados y algunos mechones de cabello se habían escapado de la tela con que se cubría.

  No había dormido bien.

  Él lo sabía.

  Durante la noche la había escuchado cambiar de posición varias veces.

  La preocupación también le estaba quitando el sueño.

Una casa donde todos dependían de sus manos

  Sobre una pequeña superficie de trabajo había un poco de pan.

  Su esposa lo dividió con cuidado y colocó una porción delante de él.

  David miró los pedazos.

  —¿Y tú?

  —Comeré después.

  —Eso dijiste ayer.

  Ella continuó acomodando el pan, como si no lo hubiera escuchado.

  David tomó uno de los pedazos y lo dejó frente a ella.

  —Come conmigo.

  —Los niños necesitarán desayunar cuando despierten.

  —Lo sé.

  —Entonces no insistas.

  David la miró durante unos momentos.

  Conocía aquella expresión. Era la misma que aparecía en su rostro cuando intentaba calcular cuánto alimento podrían comprar con las monedas que quedaban.

  —No voy a comer más que tú —dijo finalmente.

  Ella levantó la mirada.

  —David…

  —Si voy a discutir con alguien antes del amanecer, prefiero que sea contigo.

  Su esposa negó con la cabeza, pero terminó aceptando el pedazo de pan.

  Comieron en silencio.

  El pan estaba seco y tuvieron que humedecerlo un poco para masticarlo con facilidad.

  David bebió agua.

  Después miró hacia sus hijos.

  El mayor dormía con una pierna fuera de la manta. La pequeña estaba acurrucada, con una mano cerrada junto al rostro.

  Se levantó para cubrir al muchacho.

  Al acomodarle la manta, el niño se movió.

  —Padre…

  David se inclinó.

  —Aquí estoy.

  —¿Ya te vas?

  —Todavía falta un poco para que salga el sol.

  El niño abrió los ojos apenas.

  —¿Vas a trabajar?

  David tardó un instante en responder.

  —Voy a buscar trabajo.

  —¿En la ciudad grande?

  —En Séforis.

  El muchacho pareció pensarlo.

  —¿Vas a construir una casa?

  —Si alguien me contrata, quizá.

  —Haz una muy grande.

  David sonrió.

  —¿Para quién?

  —Para nosotros.

  La sonrisa permaneció en su rostro, pero algo le oprimió el pecho.

  —Primero tendré que conseguir el trabajo —respondió suavemente.

  El niño volvió a cerrar los ojos.

  —Entonces que te contraten.

  David permaneció inclinado junto a él.

  Le acarició el cabello.

  —Eso espero, hijo.

  Cuando regresó junto a su esposa, ella había terminado de envolver el pan que llevaría durante el camino.

  —Te escuché —dijo en voz baja.

  David miró la pequeña bolsa.

  —Algún día tendremos una casa más grande.

  Ella lo observó.

  —Ésta nos ha protegido de muchas noches frías.

  —Y de algunas lluvias.

  —De muchas lluvias.

  David sonrió débilmente.

  —También deja entrar el agua por una esquina.

  —Entonces tendrás que repararla.

  —Cuando consiga tiempo.

  —Cuando consigas trabajo —corrigió ella.

  La sonrisa desapareció lentamente.

  Ambos guardaron silencio.

  Aquella era la realidad.

  Había reparaciones pendientes en su propia vivienda, pero David necesitaba dedicar sus fuerzas a las casas de otros.

  Y en aquellos días ni siquiera eso estaba asegurado.

  Dos jornadas antes había terminado un encargo en Nazaret. El propietario le pagó lo convenido, pero cuando David preguntó si necesitaba alguna otra reparación, recibió una respuesta breve:

  —Por ahora, no.

  Desde entonces había recorrido la aldea preguntando por trabajo.

  Un hombre necesitaba arreglar una puerta, pero prefería esperar hasta después de la cosecha. Otra familia quería ampliar su vivienda, aunque todavía no había reunido los materiales.

  Todos hablaban de más adelante.

  Nadie necesitaba contratarlo aquel día.

  Y sus hijos no podían alimentarse con promesas.

  Su esposa colocó la bolsa en sus manos.

  —Dicen que en Séforis están levantando edificios —comentó.

  —Eso escuché.

  —¿Crees que necesiten más trabajadores?

  David miró sus herramientas.

  —No lo sabré hasta llegar.

  Ella asintió, aunque la respuesta no parecía tranquilizarla.

  —El camino es largo.

  —Lo he recorrido antes.

  —Y tu espalda todavía te duele.

  David levantó la cabeza.

  —¿Quién te dijo eso?

  —Te vi levantarte.

  Él intentó sonreír.

  —Entonces tendré que aprender a levantarme cuando no estés mirando.

  Esta vez ella no se rio.

  Se acercó y le acomodó la tela de la túnica sobre el hombro.

  —No tienes que fingir conmigo.

  David sintió que aquellas palabras lo alcanzaban más profundamente que cualquier reproche.

  Durante varios días había procurado ocultar el cansancio.

  No quería aumentar sus preocupaciones.

  Pero ella conocía demasiado bien sus silencios.

  —Estoy cansado —admitió.

  Su esposa apoyó una mano sobre su brazo.

  —Lo sé.

  —Y tengo miedo de regresar sin nada.

  Ella no respondió inmediatamente.

  Después tomó su mano.

  —Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David la miró.

  —¿Qué quieres decir?

  —Que necesitamos alimento, sí. Pero también te necesitamos a ti.

  Él bajó la mirada.

  Durante unos instantes no encontró palabras.

  Finalmente apretó suavemente los dedos de su esposa.

  —Volveré.

  Aquella promesa sí podía hacerla.

  O al menos deseaba poder cumplirla.

El camino que comenzaba en la oscuridad

  Cuando David abrió la puerta, una corriente de aire frío entró en la vivienda.

  Se volvió una última vez.

  Su esposa permanecía junto a la lámpara.

  Detrás de ella, los niños continuaban acostados.

  David levantó ligeramente la mano.

  Ella hizo lo mismo.

  No hubo una despedida larga.

  En las familias acostumbradas al trabajo, muchas veces el amor debía expresarse en unos pocos instantes.

  Después salió.

  La puerta se cerró con un sonido apagado.

  Nazaret todavía dormía.

  Las casas parecían confundirse con las laderas. Sus muros de piedra conservaban el frío de la noche y apenas se distinguían bajo la claridad de las estrellas.

  David avanzó por los pasos estrechos de la aldea.

  El suelo era irregular. Había pequeñas piedras, tierra endurecida y desniveles que conocía desde niño.

  En una vivienda cercana escuchó toser a alguien.

  Más adelante, una puerta se abrió y dejó escapar una franja de luz amarillenta.

  Otro hombre comenzaba su jornada.

  David ajustó la correa de su bolsa.

  Las herramientas golpearon suavemente unas contra otras.

  Llevaba solamente las que podía transportar sin agotarse antes de llegar. Las había revisado la noche anterior, limpiando las superficies de trabajo y comprobando que ninguna pieza estuviera floja.

  Una herramienta dañada podía arruinar una tarea.

  Una herramienta perdida podía significar varios días de trabajo desperdiciados.

  Al dejar atrás las últimas viviendas, el terreno comenzó a descender.

  Las colinas se extendían frente a él como grandes sombras inmóviles.

  El aire olía a tierra seca y vegetación silvestre.

  Bajo sus sandalias crujían pequeñas piedras.

  David conocía el camino, pero no podía recorrerlo distraído.

  Todavía faltaba luz.

  Y en algunos tramos la grava suelta hacía peligroso el descenso.

  De pronto, una piedra rodó bajo su pie.

  David perdió el equilibrio.

  Extendió un brazo y consiguió apoyarse contra una roca antes de caer.

  La bolsa se deslizó de su hombro y una de las herramientas golpeó la piedra.

  —¡Ah!

  Se quedó inmóvil.

  Un dolor breve le atravesó la espalda.

  Esperó.

  Respiró profundamente.

  Después movió el pie con cuidado.

  No parecía haberse lastimado.

  Recogió la bolsa y revisó sus herramientas.

  Todas seguían allí.

  Pero el corazón todavía le latía con fuerza.

  Una caída podía terminar con su jornada antes de que comenzara.

  Y un tobillo lesionado podía impedirle trabajar durante varios días.

  Se apoyó nuevamente contra la roca.

  —Ni siquiera he llegado —murmuró.

  Miró hacia el camino.

  La oscuridad comenzaba a retirarse lentamente.

  Tenía que continuar.

Siete kilómetros de incertidumbre

  Séforis se encontraba aproximadamente a siete kilómetros de Nazaret en línea recta. El recorrido por los senderos era más largo, porque debía adaptarse a las pendientes y a las irregularidades del terreno.

  David lo sabía.

  Por eso había salido antes del amanecer.

  No quería llegar cuando los encargados ya hubieran elegido a todos los trabajadores.

  La ciudad ofrecía oportunidades que difícilmente podían encontrarse en una aldea pequeña.

  Durante aquellos años, Herodes Antipas había impulsado su desarrollo. Se levantaban y reparaban edificios, se transportaban materiales y se necesitaban hombres con diferentes habilidades.

  David conocía la madera.

  Sabía medir, cortar y ajustar piezas. Había participado en reparaciones de techumbres, puertas y elementos de viviendas. También estaba acostumbrado a trabajar junto a otros hombres cuando una tarea exigía varias manos.

  Le gustaba su oficio.

  Había satisfacción en tomar una pieza mal ajustada y trabajarla hasta que encajara correctamente.

  En descubrir por qué una estructura no estaba firme.

  En terminar una tarea y saber que había quedado bien hecha.

  Pero la satisfacción no llenaba las vasijas de harina.

  Necesitaba que alguien estuviera dispuesto a pagar por su trabajo.

  Mientras avanzaba, recordó las palabras de su hijo.

  Haz una casa muy grande.

  Sonrió.

  El muchacho imaginaba las construcciones como lugares donde cualquier hombre podía levantar lo que quisiera.

  David sabía que las cosas eran diferentes.

  Había que conseguir materiales.

  Pagar trabajadores.

  Obedecer las instrucciones del encargado.

  Y esperar que al terminar la jornada no apareciera alguna excusa para reducir el salario.

  Había conocido patrones honrados.

  Hombres que cumplían lo prometido y reconocían el esfuerzo de sus trabajadores.

  Pero también había encontrado otros que exigían más de lo convenido.

  Recordó una ocasión en que un encargado quiso dar por terminada una reparación antes de que una pieza estuviera correctamente ajustada.

  —Déjala así —le había ordenado—. Nadie va a detenerse a examinarla.

  David observó entonces la unión de la madera.

  —Se moverá cuando reciba peso.

  —He dicho que la dejes.

  —Si se mueve, habrá que repararla otra vez.

  El hombre lo miró con irritación.

  —¿Quién está dirigiendo este trabajo?

  David había sentido el impulso de responder con dureza.

  Pero necesitaba cobrar.

  Y sabía que discutir podía costarle el jornal.

  Apretó los dientes.

  —Tú —respondió finalmente—. Pero déjame corregirla. No tardaré mucho.

  El encargado aceptó de mala gana.

  David pasó buena parte de la mañana trabajando sobre aquella pieza.

  Cuando terminó, nadie lo felicitó.

  Sin embargo, al observar que había quedado firme, sintió la satisfacción silenciosa de haber hecho lo correcto.

  Ahora necesitaba encontrar otro encargado dispuesto a darle una oportunidad.

  Y esperaba que fuera menos difícil que el anterior.

  Un sonido repentino interrumpió sus pensamientos.

  Algo se movió entre los arbustos.

  David volvió la cabeza.

  Un ave levantó el vuelo casi a sus pies.

  El batir de sus alas rompió el silencio de la madrugada.

  David soltó el aire.

  —También tú tienes prisa.

  Continuó caminando.

  La primera claridad apareció sobre las colinas.

  Poco a poco comenzaron a distinguirse las piedras del sendero, los arbustos bajos y las irregularidades del terreno.

  A lo lejos se escuchó el balido de un animal.

  El mundo despertaba.

  David sintió que el aire fresco comenzaba a perderse.

  Más tarde el sol calentaría las piedras de las construcciones. El sudor le correría por la espalda, la túnica se le pegaría al cuerpo y el polvo se mezclaría con la humedad de sus manos.

  Conocía bien aquel cansancio.

  Y estaba dispuesto a soportarlo.

  Lo que no podía soportar era la idea de regresar a casa sin haber conseguido nada.

Otros hombres buscaban lo mismo

  El sonido de pasos detrás de él lo hizo volver la cabeza.

  Dos hombres avanzaban por el sendero.

  Uno llevaba herramientas envueltas en una tela. El otro cargaba una bolsa sobre el hombro.

  David se apartó ligeramente para permitirles pasar.

  —La paz sea contigo —saludó uno.

  —Y contigo.

  El hombre miró las herramientas de David.

  —¿También vas a Séforis?

  —Sí.

  —Entonces buscamos lo mismo.

  David observó sus rostros.

  Parecían trabajadores acostumbrados a caminar largas distancias.

  —¿Hay contrataciones? —preguntó.

  —Eso esperamos —respondió el mayor—. Nos dijeron que necesitaban hombres en una construcción.

  —¿Cuántos?

  El hombre se encogió de hombros.

  —Nadie lo sabe.

  Su compañero soltó una risa seca.

  —Tal vez cuando lleguemos nos digan que volvamos mañana.

  —No empieces —respondió el mayor.

  —¿Qué? Solamente digo lo que pasó la última vez.

  David escuchó con atención.

  —¿Ya habían ido?

  —Hace unos días —respondió el más joven—. Caminamos desde temprano. Cuando llegamos, el encargado había contratado a los hombres que necesitaba.

  —Hoy salimos antes —añadió el otro.

  David miró el horizonte.

  La claridad aumentaba rápidamente.

  —Entonces será mejor no perder tiempo.

  Los tres continuaron caminando durante un tramo.

  Hablaron de los trabajos que habían terminado, de los encargos escasos y de las dificultades para conseguir una ocupación estable.

  David descubrió que uno de ellos tenía varios hijos.

  El otro llevaba días sin recibir un jornal completo.

  Aquellos hombres no eran enemigos.

  También tenían familias.

  También necesitaban alimento.

  Pero una idea comenzó a inquietarlo.

  Si había pocos puestos disponibles, cada trabajador contratado significaría una oportunidad menos para los demás.

  El hombre más joven aceleró el paso.

  —No pienso llegar otra vez cuando todo haya terminado.

  Su compañero lo siguió.

  —Que tengas suerte, nazareno.

  —También ustedes.

  David los observó alejarse.

  Durante unos instantes pensó en apresurarse.

  Después recordó la molestia de su espalda.

  Todavía le quedaba camino.

  Y si conseguía trabajo, necesitaría todas sus fuerzas.

  Continuó a un paso firme.

  Pero ahora miraba con mayor frecuencia hacia la ciudad.

La ciudad sobre la colina

  Cuando Séforis apareció frente a él, el sol comenzaba a iluminar las partes más altas de sus edificios.

  David se detuvo.

  La ciudad se levantaba sobre una elevación del terreno, muy diferente de la pequeña Nazaret.

  Había más movimiento.

  Más viviendas.

  Más personas.

  Y construcciones que requerían trabajadores.

  Desde la distancia comenzaron a llegarle sonidos familiares.

  Golpes de herramientas.

  Voces que daban instrucciones.

  El roce de materiales arrastrados sobre la tierra.

  El ruido de un carro.

  David sintió una esperanza que durante el camino había procurado mantener bajo control.

  Allí había trabajo.

  Podía verlo.

  Podía escucharlo.

  Pero todavía no sabía si habría un lugar para él.

  Se acomodó la bolsa sobre el hombro.

  La correa le había irritado la piel.

  Tenía polvo entre los dedos de los pies y sentía la garganta seca.

  Todavía no había levantado una piedra.

  No había cortado una pieza de madera.

  No había ganado una sola moneda.

  Y ya estaba cansado.

  Sin embargo, mientras observaba el movimiento de la ciudad, recordó nuevamente el rostro de su esposa.

  Entonces regresa aunque no consigas trabajo.

  David apretó la correa de su bolsa.

  —Pero voy a intentarlo —murmuró.

  Y comenzó a subir hacia la ciudad.

Frente a la construcción

  La obra estaba rodeada de movimiento.

  Varios hombres transportaban materiales. Otros preparaban piezas junto a un muro. El aire olía a polvo, madera trabajada y sudor.

  Se escuchaban órdenes, golpes y el ruido de herramientas que caían sobre superficies duras.

  David se acercó a la entrada.

  Allí encontró a un grupo de trabajadores esperando.

  Algunos permanecían sentados sobre piedras.

  Otros observaban el interior de la construcción.

  Todos llevaban la misma expresión.

  Esperanza mezclada con preocupación.

  David reconoció a los dos hombres que había encontrado en el camino.

  El más joven estaba hablando con alguien.

  El mayor lo saludó con un movimiento de cabeza.

  —Llegaste.

  —¿Todavía están contratando?

  —Eso parece.

  David sintió alivio.

  Al menos no había llegado demasiado tarde.

  Un hombre salió de la construcción y recorrió el grupo con la mirada.

  Tenía la piel curtida por el sol y una expresión que no invitaba a conversaciones largas.

  —Los que no sepan trabajar, que no me hagan perder tiempo —anunció.

  Nadie respondió.

  El encargado comenzó a examinar las herramientas de los hombres.

  A uno le preguntó si sabía preparar piezas de madera.

  A otro, si había trabajado en techumbres.

  A un tercero le indicó que entrara inmediatamente.

  David observó cómo los elegidos recogían sus pertenencias y desaparecían detrás del muro.

  Cuando el encargado llegó frente a él, se detuvo.

  —¿De dónde vienes?

  —De Nazaret.

  —¿Qué sabes hacer?

  —Trabajo la madera. He reparado techumbres, puertas y estructuras de viviendas. También puedo ayudar en otras tareas de construcción.

  El hombre le miró las manos.

  David las extendió ligeramente.

  Tenía la piel endurecida y pequeñas marcas de trabajos anteriores.

  —¿Cuánto tiempo llevas en el oficio?

  —Varios años.

  —Todos dicen lo mismo.

  David sostuvo su mirada.

  —Puedo mostrarte cómo trabajo.

  El encargado observó sus herramientas.

  —Eso ya lo veremos.

  Señaló hacia un muro.

  —Espera allí.

  David obedeció.

  No sabía si aquella respuesta significaba que tenía posibilidades o que el hombre simplemente quería apartarlo.

  Se colocó junto a los demás.

  El sol había comenzado a calentar la piedra.

  La sombra del muro se hacía cada vez más estrecha y los trabajadores se acomodaban para permanecer dentro de ella.

  Un hombre sentado cerca de David lo observó.

  —¿Te dijo que esperaras?

  —Sí.

  El hombre soltó una risa amarga.

  —A mí también.

  —¿Hace cuánto?

  —Lo suficiente para que empiece a pensar que está esperando a que nos vayamos solos.

  David miró hacia la entrada.

  —Todavía sigue contratando.

  —Mientras tenga de dónde escoger.

  Aquellas palabras le desagradaron.

  No por su dureza, sino porque podían ser ciertas.

  El encargado regresó y llamó a otros dos hombres.

  Ambos entraron.

  David los siguió con la mirada.

  Uno de ellos era el trabajador más joven que había conocido durante el camino.

  Al pasar cerca, el muchacho le dirigió una sonrisa de alivio.

  David asintió.

  Se alegraba por él.

  Pero sintió que su propia esperanza disminuía.

  Se acomodó la bolsa sobre el hombro.

  La espalda comenzaba a molestarle nuevamente.

  Sacó el pan que su esposa le había preparado.

  Lo sostuvo entre las manos.

  Pensó en comer un poco.

  Después recordó que, si lo contrataban, todavía tendría por delante muchas horas de trabajo.

  Volvió a guardarlo.

  Un trabajador que esperaba a su lado lo observó.

  —¿No tienes hambre?

  David sonrió sin alegría.

  —Sí.

  —Entonces come.

  —Prefiero esperar.

  El hombre miró la bolsa.

  —Si no te contratan, tendrás que caminar de regreso con el mismo pan.

  David bajó los ojos.

  No había pensado en ello de aquella manera.

  En su casa, sus hijos despertarían pronto.

  Su esposa repartiría el alimento que había reservado.

  Quizá el mayor preguntaría si su padre estaba construyendo aquella casa grande que le había pedido.

  Y ella tendría que responder que todavía no lo sabía.

  David apretó los labios.

  No quería regresar sin una respuesta mejor.

Solamente uno más

  El encargado apareció nuevamente.

  Los hombres que permanecían esperando se incorporaron casi al mismo tiempo.

  —¿Todavía necesita trabajadores? —preguntó uno.

  —Unos pocos.

  David levantó la cabeza.

  Unos pocos.

  Miró a su alrededor.

  Quedaban más hombres que puestos disponibles.

  El encargado llamó a uno.

  Después eligió a otro.

  Ambos entraron en la construcción.

  El grupo se redujo.

  David sintió que el estómago se le contraía.

  El sol ya alcanzaba el lugar donde esperaba.

  Una gota de sudor le recorrió la sien.

  Se la limpió con el dorso de la mano.

  El encargado se volvió hacia ellos.

  —Solamente necesito uno más.

  Nadie habló.

  Un hombre bajó la mirada.

  Otro apretó con fuerza las herramientas que llevaba.

  David sintió los latidos de su corazón.

  Había salido de casa en la oscuridad.

  Había caminado varios kilómetros.

  Había soportado el dolor de espalda y la incertidumbre.

  Todo para llegar hasta aquel momento.

  Un solo puesto.

  Varios hombres.

  El encargado comenzó a recorrerlos lentamente.

  Se detuvo frente a uno y examinó sus herramientas.

  Después siguió adelante.

  David procuró mantenerse erguido.

  No quería parecer agotado.

  Tampoco quería suplicar.

  Necesitaba trabajo, pero conocía su oficio y estaba dispuesto a demostrarlo.

  El encargado se detuvo frente a él.

  Le observó las manos.

  Después miró la bolsa de herramientas.

  —Tú eres el de Nazaret.

  —Sí.

  —Dijiste que sabes trabajar la madera.

  —Así es.

  El hombre guardó silencio.

  David sintió que el tiempo se alargaba.

  Detrás del encargado, varios trabajadores continuaban sus tareas.

  Una herramienta golpeó contra la piedra.

  Alguien gritó una instrucción.

  Un carro pasó lentamente por el camino.

  Pero David apenas escuchaba aquellos sonidos.

  Solamente esperaba.

  El encargado dio un paso hacia atrás.

  Miró nuevamente a los hombres que quedaban.

  —Ya sé a quién voy a llevar.

  David sintió la garganta seca.

  Por un instante volvió a ver la pequeña lámpara de su casa.

  El rostro cansado de su esposa.

  La mano de su hija junto a la mejilla.

  Y los ojos entreabiertos de su hijo preguntándole si construiría una casa grande.

  El encargado levantó el brazo.

  Extendió el dedo hacia uno de los trabajadores.

  David siguió aquel movimiento con la mirada.

  Pero todavía no sabía si el hombre estaba señalándolo a él.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que trasladarse a su lugar de trabajo caminando, cargando sus herramientas y esperar a que alguien lo contratara.

Continuará en el capítulo 2.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.