06. Nazaret — Cuando el horizonte se abría

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 6:28

“Considerad los lirios del campo, cómo crecen…”

Había momentos en que Nazaret dejaba de sentirse pequeña.

Bastaba subir.

Alejarse un poco de las casas, alcanzar alguna de las elevaciones que rodeaban la población y levantar los ojos.

Entonces el paisaje cambiaba.

La pequeña aldea quedaba atrás y el horizonte se abría.

Quien ha visitado aquella región puede comprender la impresión.

Desde las alturas cercanas a Nazaret pueden contemplarse amplias extensiones de Galilea y, hacia el sur, el gran valle de Jezreel. En la distancia se encuentra también la región de Meguido, escenario de acontecimientos que habían marcado durante siglos la historia de Israel.

Es un paisaje que invita a detenerse.

Y Jesús creció allí.

No sabemos dónde acostumbraba caminar.

No conocemos el lugar desde donde prefería mirar.

No sabemos si alguna tarde se detuvo especialmente para contemplar el horizonte.

No necesitamos inventarlo.

Basta saber que aquello estaba delante de sus ojos.

Durante años.

Después de una casa pequeña, un mundo inmenso

Pensemos en el contraste.

Dentro de la casa, el espacio era reducido.

Personas cerca.

Objetos cerca.

Muros cerca.

Pero había que salir.

Y al hacerlo aparecía otra realidad.

Cielo.

Colinas.

Campos.

Vegetación.

Senderos perdiéndose a la distancia.

Montañas dibujándose en el horizonte.

Después de las lluvias, el paisaje podía transformarse y cubrirse de verdor. Cuando llegaba el tiempo de las flores, aparecía el color. En otros momentos predominaban los tonos secos de aquella tierra.

El mismo lugar nunca se veía exactamente igual.

La luz lo cambiaba.

Las estaciones lo cambiaban.

La hora del día lo cambiaba.

Jesús vio ese mundo cambiar durante años.

El muchacho que miraba

Esto adquiere un significado especial cuando escuchamos posteriormente sus enseñanzas.

Jesús era observador.

Muchos de nosotros podemos caminar por un campo sin realmente verlo.

Jesús veía.

Veía las aves.

Veía las flores.

Veía los árboles.

Veía las semillas.

Veía los campos.

Veía las nubes.

Veía cómo cambiaba el cielo.

Un día diría:

“Mirad las aves del cielo…”

—Mateo 6:26.

Y poco después:

“Considerad los lirios del campo, cómo crecen…”

—Mateo 6:28.

Mirad.

Considerad.

Son palabras de alguien que sabe detenerse.

No solamente pasar frente a algo.

Observarlo.

El Creador mirando su creación

Y aquí la escena se vuelve profundamente hermosa.

Juan había escrito acerca de Jesús:

“Todas las cosas por él fueron hechas…”

—Juan 1:3.

Ahora el Creador estaba dentro de su creación.

Con ojos humanos.

Podía levantar la mirada y contemplar las montañas.

Podía ver una flor creciendo junto al camino.

Podía observar un ave cruzando el cielo.

Podía sentir el viento sobre el rostro.

Podía mirar cómo la luz de la tarde transformaba las colinas.

El que había creado aquel paisaje ahora podía contemplarlo como hombre.

Hay algo conmovedor en pensarlo.

No necesitaba un palacio para encontrar belleza.

La tenía delante.

Nazaret podía ser pequeña.

Su casa podía ser sencilla.

Su vida podía estar llena de responsabilidades.

Pero alrededor estaba la obra de Dios.

Y era hermosa.

Quizá por eso enseñó a mirar

Años después, cuando Jesús quiso hablar de la preocupación humana, hizo algo extraordinariamente sencillo.

Dirigió la atención de sus oyentes hacia lo que tenían alrededor.

“Mirad las aves…”

“Considerad los lirios…”

Como si dijera:

Deténganse.

Miren.

Hay cosas acerca del Padre que pueden comprenderse observando aquello que Él ha hecho.

Jesús no enseñaba desde un mundo desconectado de la realidad.

Sus palabras olían a campo.

Tenían semillas.

Árboles.

Aves.

Flores.

Lluvia.

Sol.

Cosechas.

Porque ése era también el mundo que había contemplado.

Una tarde en Nazaret

Podemos imaginar, sin necesidad de inventar una historia, lo que cualquier habitante de aquella población podía experimentar.

El día comienza a terminar.

La intensidad de la luz disminuye.

Las sombras se alargan sobre las colinas.

Los campos cambian de color.

A lo lejos, el horizonte comienza a perder definición.

Después de un día de responsabilidades, basta detenerse unos momentos.

No hay que comprar nada.

No hay que construir nada.

No hay que poseer nada.

Solamente mirar.

Y allí estaba Jesús.

Creciendo en una pequeña población de Galilea, rodeado de una belleza que años después aparecería una y otra vez en sus palabras.

Quizá Nazaret no podía ofrecerle muchas comodidades.

Pero cuando el Hijo levantaba los ojos…

podía contemplar la obra de sus propias manos.

Y el Verbo se hizo carne

El que había creado los cielos aceptó contemplarlos con ojos humanos.

El que levantó las montañas las vio aparecer en el horizonte.

El que vistió los campos contempló sus flores.

El que dio alas a las aves las vio cruzar el cielo.

Sintió el viento.

Vio cambiar las estaciones.

Contempló la luz extenderse sobre las colinas y desaparecer al terminar el día.

Y quizá por eso, años después, cuando quiso enseñarnos a confiar en el Padre, simplemente dijo:

“Mirad.”

“Considerad.”

El Creador había entrado en su propia creación.

Y desde aquella pequeña población de Galilea, al levantar los ojos, podía contemplar la obra de sus propias manos.

Y el Verbo se hizo carne y contempló con ojos humanos las aves, las flores, los campos, las montañas y los cielos que Él mismo había creado.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.