05. Un día en Nazaret — Del mediodía hasta que se apagaba la lámpara

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Salmo 104:23

“Sale el hombre a su labor, y a su labranza hasta la tarde.”

El sol ha llegado a lo alto.

La mañana terminó.

Nazaret lleva horas despierta y ahora comienza una parte diferente del día.

No necesitamos volver a hablar del cansancio que ya se siente en el cuerpo. Lo conocemos.

Ahora aparece otra sensación:

la conciencia de que el tiempo comienza a correr en contra.

Todavía queda luz.

Pero ya no queda toda la luz.

Y en un mundo sin iluminación eléctrica eso importaba.

Había cosas que convenía terminar antes de que oscureciera.

Trabajos que debían cerrarse.

Objetos que tenían que regresar a su lugar.

Animales que debían ser atendidos.

Personas que habían salido y todavía tenían que volver.

El día había comenzado abriéndose lentamente delante de ellos.

Ahora comenzaba a cerrarse.

Lo que se empieza también hay que terminarlo

Existe una satisfacción particular en comenzar un trabajo.

Todavía hay fuerzas.

Todo está por hacerse.

Pero la tarde tiene otra personalidad.

Ahora uno mira lo que falta.

Quizá el trabajo avanzó bien.

Quizá no.

Algo tomó más tiempo de lo esperado.

Una herramienta produjo problemas.

Un material no respondió como se quería.

Un animal complicó una tarea.

Alguien llegó tarde.

Algo tuvo que hacerse nuevamente.

Y entonces aparece una pregunta muy antigua:

“¿Alcanzará el día?”

Para nosotros la oscuridad no necesariamente significa detenernos.

Encendemos una luz.

Ellos dependían mucho más de las horas disponibles.

Por eso la posición del sol funcionaba casi como un reloj extendido sobre el cielo.

Todavía hay tiempo.

Después queda menos.

Y después comienza a ser urgente terminar.

El ritmo cambia.

Quizá ya no se conversa tanto.

Uno quiere acabar.

Se concentra.

Hace un último esfuerzo.

No porque el cuerpo haya recuperado fuerzas, sino porque terminar también produce fuerzas.

Todos conocemos esa experiencia.

Uno está cansado.

Piensa que ya no quiere continuar.

Pero descubre que falta poco.

Entonces algo cambia.

“Ya casi.”

Y continúa.

Una última carga.

Un último recorrido.

Una última pieza.

Una última tarea.

Hasta que finalmente puede decir:

“Ya quedó.”

Hay cansancios que se sienten diferentes cuando el trabajo está terminado.

Pero algunos días no quedaba terminado

Y también ocurría lo contrario.

Llegaba la tarde y no se había conseguido lo esperado.

Eso también pertenece a la vida.

Un agricultor podía trabajar y no controlar completamente el resultado.

Un artesano podía invertir horas y encontrarse con una dificultad.

Un intercambio podía no realizarse.

Alguien podía quedar debiendo.

Una reparación podía resultar más complicada de lo previsto.

Había días buenos.

Y días en que uno regresaba a casa pensando todavía en lo que había quedado pendiente.

Ése es otro tipo de cansancio.

El cuerpo deja el trabajo.

La cabeza no.

Uno camina hacia casa y sigue resolviendo el problema.

¿Qué haremos mañana?

¿De dónde saldrá lo que falta?

¿Podrá repararse?

¿Pagará aquella persona?

¿Será suficiente?

Dos personas pueden recorrer el mismo camino de regreso.

Una va satisfecha.

La otra preocupada.

La tarde es la misma.

El peso con el que regresan no.

Jesús creció observando una humanidad así.

Personas que no solamente cargaban cosas con las manos.

También cargaban preocupaciones.

La tarde traía encuentros

Antes de que todos regresaran a sus casas, la población todavía tenía movimiento.

Las personas se encontraban.

Alguien necesitaba hablar con alguien.

Un trabajo debía entregarse.

Un producto cambiaba de manos.

Había pagos.

Deudas.

Acuerdos.

Favores.

Promesas.

En una población pequeña las relaciones económicas no ocurrían siempre entre desconocidos.

La persona a la que se debía dinero podía ser también alguien a quien se encontraría después.

Quien había hecho un trabajo conocía a quien debía pagarlo.

Quien prestaba algo esperaba recuperarlo.

Y eso hacía que el dinero, las obligaciones y las relaciones personales terminaran mezclándose.

Imagine que alguien ha trabajado y espera recibir su pago.

Llega.

Pregunta.

Y escucha:

“Hoy no puedo.”

El problema ya no es solamente económico.

Esa persona quizá necesitaba ese dinero.

Tal vez había contado con él.

Ahora tendrá que esperar.

O imagine lo contrario.

Alguien sabe que debe pagar y no tiene suficiente.

Ve acercarse a la persona a quien debe.

Quizá siente vergüenza.

Quizá preocupación.

Quizá comienza a explicar antes de que le pregunten.

No necesitamos inventar una escena particular de Nazaret para comprender algo tan universal.

Las deudas tienen emociones.

También las tienen los negocios.

Y los compromisos.

Y las promesas incumplidas.

Jesús creció en un mundo donde esas relaciones se veían de cerca.

Años después hablaría de deudores, acreedores, jornaleros, salarios, administradores y personas que rendían cuentas.

Llegaremos a esas enseñanzas después.

Por ahora simplemente observemos el mundo humano que existía alrededor de Él.

Entonces comenzaba el regreso

Poco a poco las personas tomaban el camino de vuelta.

Hay algo especial en regresar después de haber pasado horas trabajando.

Cuando uno sale por la mañana, mira hacia adelante.

Cuando regresa, comienza a pensar en casa.

La distancia parece diferente.

Los pasos pueden ser más lentos.

Una herramienta que por la mañana parecía ligera ahora se siente un poco más pesada.

Los pies conocen el camino.

La mente comienza a abandonar el trabajo.

Y finalmente aparecen nuevamente las casas.

Uno reconoce su lugar desde lejos.

Quizá escucha voces antes de entrar.

Alguien ya llegó.

Otro todavía falta.

Los niños saben quién está regresando.

Una persona entra.

Deja lo que lleva.

Y ocurre uno de los pequeños placeres más antiguos del mundo:

soltar.

Soltar la herramienta.

Soltar la carga.

Dejar algo en el suelo.

Sentarse.

Aunque sea solamente durante unos minutos.

Después de llevar peso durante horas, dejarlo produce una sensación que recorre el cuerpo.

Los hombros bajan.

Las manos descansan.

La espalda cambia de posición.

Se respira diferente.

Ya estoy en casa.

Pero regresar no significaba haber terminado

La casa tenía sus propias necesidades.

Lo que se había utilizado tenía que guardarse.

Los animales necesitaban quedar atendidos.

Había que revisar algunas cosas antes de que desapareciera completamente la luz.

Quien regresaba cubierto de polvo y sudor también quería limpiarse.

No pensemos en una ducha moderna.

Pensemos sencillamente en la necesidad humana de quitarse de encima parte del día.

Lavarse las manos.

El rostro.

Los pies cuando era posible.

Retirar polvo.

Refrescar la piel.

Quizá cambiar o acomodar alguna prenda.

Hay una sensación difícil de explicar hasta que uno la ha experimentado:

el alivio del agua sobre un cuerpo que ha pasado horas trabajando.

El rostro se siente diferente.

Las manos también.

Los pies agradecen la atención.

No se ha borrado el cansancio.

Pero uno vuelve a sentirse un poco más humano.

Y entonces el olor de la comida comienza a tener otra importancia.

El hambre de la tarde (recreación de una cena en los tiempos de Jesús)

Comer después de trabajar no es igual que comer por entretenimiento.

El cuerpo ha esperado.

Ha gastado energía.

Y cuando finalmente llega el momento, una comida sencilla puede resultar profundamente satisfactoria.

No necesitamos entrar todavía en todos los alimentos de Nazaret; tendremos ocasión de hacerlo.

Quedémonos con la experiencia.

Sentarse.

Tener comida delante.

Tomar el primer bocado.

Masticar lentamente.

Beber.

Sentir cómo el hambre comienza a desaparecer.

Quizá durante algunos minutos hay menos conversación porque todos están comiendo.

Después alguien habla.

Y comienza otra parte del día.

Porque ahora la familia vuelve a reunirse.

Cada persona regresaba con una historia

Ésta es una parte de la vida cotidiana que pocas veces aparece en las reconstrucciones históricas.

Cuando una familia vuelve a reunirse, cada uno trae algo que los demás no vivieron.

Alguien vio a determinada persona.

Otro escuchó una noticia.

Algo ocurrió durante el trabajo.

Un vecino dijo algo.

Alguien tuvo un problema.

Otro consiguió finalmente lo que estaba esperando.

Un niño hizo algo que quiere contar inmediatamente.

Otro preferiría que sus padres nunca se enteraran de lo que hizo.

Así ha funcionado la familia durante miles de años.

“¿Qué pasó?”

“¿Quién estaba allí?”

“¿Y qué dijo?”

“¿Entonces qué hiciste?”

De esta manera las historias del pueblo entraban en las casas.

No mediante una pantalla.

Mediante personas.

Y una noticia podía cambiar el ambiente de toda la comida.

Algo gracioso producía risas.

Una preocupación hacía que todos escucharan.

Una enfermedad en otra familia provocaba comentarios.

Una muerte cambiaba el tono.

Una boda próxima despertaba conversación.

Un problema entre vecinos podía terminar siendo discutido por personas que ni siquiera habían estado presentes.

Nazaret era pequeña.

La información viajaba sentada alrededor de las mesas.

Y algunas veces alguien llegaba de mal humor

No todas las reuniones familiares eran tranquilas.

Una persona podía regresar frustrada.

Otra había tenido un buen día y quería hablar.

Alguien estaba cansado y deseaba silencio.

Un niño tenía energía precisamente cuando los adultos ya no tenían ninguna.

Todos hemos visto esa escena.

El adulto apenas puede mantener los ojos abiertos.

El niño parece haber descubierto una nueva reserva de fuerzas.

Pregunta.

Corre.

Habla.

Quiere atención.

Y el cansancio puede hacer que la paciencia se vuelva más corta.

Una respuesta sale con un tono que no debía.

Alguien se molesta.

Otro responde.

Por unos minutos la casa cambia.

Después las cosas pueden tranquilizarse.

Así es una familia.

Amar a alguien no significa nunca cansarse de él.

Significa continuar siendo familia incluso después de haberse cansado unos de otros.

Jesús creció dentro de una convivencia verdadera.

No dentro de una pintura religiosa.

También había buenas tardes

Quizá uno de los errores más grandes sería imaginar que la vida sencilla era solamente privación.

Había momentos deliciosamente ordinarios.

Terminar un trabajo difícil.

Recibir lo que se esperaba.

Escuchar una buena noticia.

Comer con hambre.

Reírse de algo que ocurrió durante el día.

Sentir que finalmente comenzó a correr aire.

Ver regresar a alguien que se esperaba.

Tener unos minutos sin obligación inmediata.

Escuchar una historia conocida y volver a disfrutarla.

Los niños podían jugar.

Los adultos conversar.

Los ancianos contar.

La familia simplemente podía estar junta.

No hacía falta entretenimiento permanente para que hubiera vida.

Las personas eran parte del entretenimiento de las personas.

Y quizá por eso las historias tenían tanto valor.

Se escuchaban.

Se recordaban.

Se repetían.

Una buena historia podía sobrevivir durante años porque alguien volvía a contarla.

La luz comenzaba a irse

Mientras tanto, afuera ocurría algo inevitable.

Las sombras se alargaban.

El sol descendía detrás de las elevaciones.

Los detalles comenzaban a desaparecer.

Primero todavía se distinguen los rostros.

Después hay que acercarse un poco más.

Los caminos se vuelven menos claros.

Los colores pierden intensidad.

Y la población comienza a recogerse.

Para nosotros, el anochecer cambia la iluminación.

Para ellos, cambiaba las posibilidades.

Muchas actividades se volvían más difíciles.

Otras tendrían que esperar.

El día había dado todo lo que podía dar.

Ahora comenzaba la noche.

El momento en que por fin se podía parar

Éste quizá era uno de los mejores momentos.

No porque ocurriera algo extraordinario.

Precisamente porque ya no tenía que ocurrir nada.

Las principales obligaciones del día habían terminado.

El cuerpo podía finalmente dejar de responder a instrucciones.

Ya no cargar.

Ya no caminar.

Ya no terminar.

Ya no resolver.

Sentarse.

Quizá apoyar la espalda.

Estirar las piernas.

Mover los pies doloridos.

Cerrar los ojos unos segundos.

El cansancio que durante el trabajo había tenido que ignorarse ahora podía sentirse completamente.

Y sucede algo curioso cuando finalmente uno se detiene después de un día físico:

parece que el cuerpo aprovecha el silencio para presentar la cuenta.

Ahora se siente la espalda.

Ahora aparecen los pies.

Ahora se nota el hombro.

Ahora descubrimos una pequeña raspadura que durante el trabajo casi no habíamos observado.

Mientras había que continuar, el cuerpo obedecía.

Cuando finalmente podía descansar, comenzaba a hablar.

La noche reducía el mundo

La lámpara de aceite permitía prolongar algunas actividades.

Pero no demasiado.

No necesitamos volver a describirla.

Ya conocemos su pequeña luz.

Lo importante ahora es lo que ocurría alrededor de ella.

El mundo se hacía pequeño.

Durante el día estaban los caminos, los campos, las personas, el trabajo, los intercambios.

Por la noche el universo podía reducirse a unos cuantos rostros visibles alrededor de una llama.

Afuera estaba la oscuridad.

Adentro, la familia.

Una conversación.

Quizá alguna tarea sencilla que todavía podía realizarse.

Tal vez alguien permanecía despierto mientras otros comenzaban a acomodarse.

Y dentro de aquella reducción del mundo también estaba Dios.

La fe de Israel no pertenecía solamente a las grandes ceremonias.

Dios acompañaba la existencia cotidiana.

El día que había comenzado bajo su mirada terminaba también delante de Él.

No necesitamos entrar todavía en las prácticas religiosas familiares; tendremos un capítulo para hacerlo.

Por ahora basta observar algo:

la jornada estaba llegando a su fin.

El placer de acostarse cansado

Entonces llegaba un momento que quien ha realizado trabajo físico conoce muy bien.

Acostarse.

Durante la mañana levantarse había requerido voluntad.

Ahora ocurre lo contrario.

El cuerpo desea el suelo, la estera, la manta, cualquier lugar donde pueda dejar de sostenerse.

Uno se acomoda.

Estira las piernas.

Busca una posición.

Y durante unos segundos puede sentirse algo extraordinariamente agradable:

el peso del propio cuerpo ya no tiene que cargarlo uno mismo.

La superficie lo sostiene.

Los músculos comienzan a soltarse.

Los ojos pesan.

Las conversaciones se hacen más cortas.

Alguien todavía dice algo.

Otro responde casi dormido.

Los niños finalmente comienzan a quedarse quietos.

La casa cambia de ritmo.

Y entonces queda una última cosa.

La llama.

Durante unos momentos continúa encendida.

Después alguien la apaga.

Nazaret desaparecía

Oscuridad.

Ahora sí.

La casa que durante el día estuvo llena de movimientos apenas existe para los ojos.

Afuera ocurre lo mismo.

Nazaret desaparece dentro de la noche.

No hay calles iluminadas dibujando la población.

No hay ventanas eléctricas encendidas en las colinas.

No hay resplandor urbano sobre el cielo.

Solamente oscuridad.

Quizá algún sonido distante.

Un animal.

El viento.

Una voz que tarda un poco más en apagarse.

Después cada vez menos.

Hasta que finalmente la pequeña población descansa.

Y en alguna casa de Nazaret también descansaba Jesús.

No necesitamos imaginarlo pensando en el futuro.

No necesitamos colocar palabras en su boca.

No necesitamos convertir aquel momento en algo sobrenatural.

Es suficiente contemplar lo extraordinario de lo ordinario:

el Hijo de Dios terminó miles de días humanos.

Días que comenzaron.

Días que se llenaron de vida.

Días que finalmente terminaron.

Lucas necesitó apenas unas palabras para atravesar años enteros:

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura…”

—Lucas 2:52.

Pero crecer requiere tiempo.

Y el tiempo se construye así.

Una mañana.

Una tarde.

Una noche.

Después otra.

Y otra.

Hasta que un niño deja de ser niño.

Nazaret está ahora completamente oscura.

Mañana volverá a llenarse de voces.

Pero no todavía.

Por unas horas no hay nada que terminar.

Nada que cargar.

Nada que entregar.

Nada que resolver.

Y el Verbo se hizo carne

El que creó el día aceptó vivirlo hora tras hora.

Trabajar mientras había luz.

Terminar lo que debía hacerse.

Regresar a casa.

Comer después de tener hambre.

Sentarse después de estar cansado.

Y esperar el momento en que finalmente ya no hubiera nada más que hacer.

El Eterno, para quien nunca pasa el tiempo, aceptó vivir dentro de él.

Vio llegar la tarde.

Vio desaparecer la luz.

Y después de un día humano, aceptó algo profundamente humano:

tener sueño y necesitar descansar.

La lámpara se apagaba.

Nazaret quedaba en oscuridad.

Y en alguna casa de aquella pequeña aldea, Jesús también cerraba los ojos.

Mañana habría que levantarse nuevamente.

Pero por unas horas, podía descansar.

Y el Verbo se hizo carne y después de un día de trabajo, cansancio y responsabilidades, se acostó a descansar en una casa de Nazaret.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.