Dr. Elio M. Rivera
Antes de abandonar esta primera parte de nuestra historia y comenzar a reconstruir cómo era la vida dentro del Edén, quiero detenerme en algo que personalmente me resulta difícil contemplar sin emocionarme.
Hemos hablado de la creación del hombre, de su propósito, de la libertad que recibió, de Eva, de la bendición y de la familia que Dios proyectó.
Pero detrás de todas esas piezas comienza a aparecer una palabra que puede cambiar profundamente nuestra manera de comprender toda la historia:
hijos.
Cuando Lucas lleva la genealogía de Jesucristo hasta el principio, termina con unas palabras extraordinarias:
«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Detengámonos en esa última expresión:
«Adán, hijo de Dios».
Dios no estaba creando simplemente un trabajador para cuidar su huerto.
No estaba fabricando un esclavo destinado únicamente a obedecer órdenes.
No estaba colocando sobre la Tierra una criatura más.
Había creado al hombre a su imagen y semejanza.
Y la Escritura utilizaría para describir aquella relación una de las palabras más profundas que existen:
hijo.
Mientras más pienso en esto, más extraordinario me parece.
Dios pudo relacionarse con nosotros exclusivamente como Creador.
Él, Creador.
Nosotros, criaturas.
Él gobernando.
Nosotros obedeciendo.
Y nada más.
Pero cuando recorremos la Biblia descubrimos que Dios quiso llevar aquella relación mucho más lejos.
Jesucristo enseñó a sus discípulos a dirigirse a Dios diciendo:
«Padre nuestro que estás en los cielos…» (Mateo 6:9, RVR1960).
Pablo escribió:
«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).
Y Juan, aparentemente maravillado ante esta realidad, escribió:
«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1, RVR1960).
Padre.
Hijos.
Familia.
Estas palabras aparecen demasiadas veces en las Escrituras como para tratarlas como un detalle sin importancia.
Y aquí comienzo a descubrir algo acerca de Dios que me conmueve profundamente.
Dios quiso establecer un vínculo con nosotros.
Quiero expresar esto cuidadosamente.
Dios no quedó limitado en su poder.
No perdió su soberanía.
No comenzó a necesitarnos para existir.
La Escritura es muy clara:
«ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25, RVR1960).
Pero, por decirlo de alguna manera, cuando Dios decidió relacionarse con nosotros como Padre, decidió vincular su corazón con sus hijos.
Y los que somos padres podemos comprender, aunque sea imperfectamente, algo de lo que significa esa palabra.
Un hijo no es simplemente otra persona que vive en nuestra casa.
No es un empleado.
No es una posesión.
Es nuestro hijo.
Y cuando uno se convierte en padre descubre una clase de amor difícil de explicar.
Los hijos pueden crecer.
Pueden marcharse.
Pueden equivocarse.
Pueden tomar decisiones que nos duelan.
Pueden incluso hacer cosas con las que jamás estaremos de acuerdo.
Pero hay algo que no podemos hacer fácilmente:
dejar de amarlos.
No podemos borrar su historia.
No podemos olvidar que son nuestros hijos.
No podemos arrancarlos simplemente del corazón y continuar como si nunca hubieran existido.
Cuando sufren, sufrimos.
Cuando se pierden, queremos buscarlos.
Cuando están en peligro, quisiéramos ocupar su lugar.
Y muchos padres sabemos que, si llegara el momento, estaríamos dispuestos a entregar nuestra propia vida para salvar la de nuestros hijos.
Entonces regreso a Génesis.
Miro a Dios creando seres a su imagen y semejanza.
Leo:
«Adán, hijo de Dios».
Y comienzo a preguntarme si aquí existe una pieza mucho más grande de nuestra historia de lo que inicialmente imaginábamos.
Porque crear hijos libres implicaba algo extraordinario.
Significaba que podían amar a Dios.
Pero también significaba que podían rechazarlo.
Podían permanecer.
Pero también podían marcharse.
Podían confiar.
Pero también podían decidir no hacerlo.
Y aquí aparece una pregunta que no quiero responder todavía.
Si Dios sabía lo que ocurriría…
si sabía que aquellos hijos podían utilizar su libertad para alejarse…
si sabía el dolor que aquella decisión produciría…
¿sabía también hasta dónde tendría que llegar para recuperarlos?
No contestemos.
Todavía no.
Nos falta recorrer demasiado camino.
Primero necesitamos conocer mejor el Edén.
Necesitamos comprender cómo vivían.
Necesitamos estudiar la rebelión.
Tendremos que escuchar las palabras de la serpiente.
Tendremos que observar la decisión de Adán y Eva.
Tendremos que contemplar aquello que se perdió.
Y solamente después estaremos preparados para comprender hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios.
Pero antes de cerrar esta sección quiero permitir que aparezca, apenas por un instante, una imagen que todavía se encuentra muy lejos de Génesis.
Una cruz.
Miles de años después, Jesucristo pronunciaría unas palabras que conocemos tan bien que quizá hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante ellas:
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16, RVR1960).
¿Por qué?
¿Por qué llegar hasta allí?
¿Por qué no abandonar simplemente a quienes habían decidido apartarse?
¿Por qué buscarlos?
¿Por qué rescatarlos?
¿Por qué pagar semejante precio?
¿Por qué una cruz?
Todavía no quiero responder.
Pero quizá, después de todo lo que hemos descubierto, podemos contemplar el primer vislumbre de una respuesta.
Jesucristo contó una historia acerca de un hijo que decidió abandonar voluntariamente la casa de su padre.
Se marchó.
Desperdició lo que había recibido.
Tomó decisiones equivocadas.
Terminó lejos de casa.
Pero hubo algo que nunca cambió:
seguía siendo hijo.
Y cuando finalmente decidió regresar, Jesús describió la reacción del padre:
«Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó» (Lucas 15:20, RVR1960).
Siempre me ha impresionado esa escena.
El padre corrió.
¿Por qué?
Porque quien regresaba no era simplemente alguien que había cometido errores.
Era su hijo.
Guardemos esa imagen.
No la desarrollemos todavía.
La necesitaremos al final de nuestra investigación.
Porque quizá cuando lleguemos finalmente a la cruz descubriremos que no estamos contemplando solamente a un Dios resolviendo jurídicamente el problema del pecado.
Quizá estaremos contemplando también algo profundamente personal:
un Padre rescatando a sus hijos.
Por ahora dejemos la cruz a la distancia.
Todavía tenemos que recorrer toda la historia que existe entre aquel huerto y aquel monte.
Pero quiero cerrar esta primera sección conservando esta pieza.
Dios no necesitaba al hombre.
Y, sin embargo, quiso crearlo.
Quiso hacerlo a su imagen.
Quiso relacionarse con él.
Quiso bendecirlo.
Quiso compartir con él.
Quiso darle libertad.
Y quiso que la relación entre ambos pudiera expresarse mediante estas palabras:
Padre e hijos.
Quizá todavía no comprendemos todo lo que eso significa.
Pero sospecho que antes de terminar este recorrido descubriremos que esa decisión de Dios tuvo un costo extraordinariamente alto.
¿Qué aprendimos de Dios?
Al cerrar esta primera sección, nuestro retrato de Dios ha cambiado considerablemente.
No hemos encontrado solamente poder.
Hemos encontrado relación.
No solamente autoridad.
Hemos encontrado generosidad.
No solamente mandamientos.
Hemos encontrado libertad.
No solamente un Creador.
Comenzamos a descubrir un Padre.
Un Dios que quiso hijos aun cuando no necesitaba nada.
Un Dios que quiso compartir su vida con ellos.
Un Dios que les concedió la posibilidad real de escoger.
Y un Dios que, al decidir amarlos como hijos, estableció voluntariamente un vínculo que atravesará toda la historia bíblica.
Todavía no sabemos hasta dónde llegará ese amor.
Pero nosotros conocemos algo que Adán y Eva todavía no podían conocer.
Sabemos que al final del camino aparecerá un hombre cargando una cruz.
Sabemos que habrá clavos.
Sabemos que habrá sangre.
Sabemos que Jesucristo dirá:
«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13, RVR1960).
Y sabemos que detrás de toda aquella historia permanecerá una palabra que apareció desde el principio:
hijos.
¿Existe alguna relación entre esas dos imágenes?
Un hijo creado en el Edén.
Y un Dios muriendo en una cruz.
Todavía no lo responderemos.
Dejemos la pregunta abierta.
Porque para comprender por qué aquel Dios estuvo dispuesto a venir a buscarnos, primero necesitamos comprender qué fue exactamente lo que sus hijos perdieron.
Y para descubrirlo tendremos que entrar ahora, con mucho más detenimiento, en el mundo donde comenzó nuestra historia:
el huerto de Edén.
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