08. Dios nos hizo capaces de disfrutar lo que nos dio

Dr. Elio M. Rivera

  Hay un detalle de la creación del hombre que durante mucho tiempo no consideré importante.

  Hoy me parece extraordinario.

  Dios no solamente preparó un mundo para que el hombre pudiera sobrevivir en él.

  También creó al hombre con la capacidad de disfrutarlo.

  Piénselo.

  Dios pudo habernos creado sin sentido del gusto.

  Nuestro cuerpo podría haber recibido nutrientes sin que comer produjera absolutamente ningún placer.

  Pero no lo hizo así.

  Creó frutas con diferentes sabores.

  Dulces.

  Ácidas.

  Jugosas.

  Aromáticas.

  Y después colocó en nosotros la capacidad de experimentar esos sabores.

  Génesis contiene un pequeño detalle que comienza a parecernos cada vez más importante:

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Observe que el texto no dice solamente:

«bueno para comer».

  Dice primero:

«delicioso a la vista».

  ¿Por qué?

  ¿Por qué tenía que ser hermoso?

  El valor nutritivo de una fruta no depende de que un paisaje sea hermoso.

  El oxígeno no necesita un atardecer.

  Podríamos sobrevivir en un mundo gris.

  Pero no vivimos en un mundo gris.

  Vivimos en un planeta lleno de colores.

  Y tenemos ojos capaces de verlos.

  Hay flores.

  Y podemos contemplarlas.

  Hay aromas.

  Y podemos percibirlos.

  Hay sabores.

  Y podemos disfrutarlos.

  Hay sonidos.

  Y podemos escucharlos.

  Hay texturas.

  Y podemos sentirlas.

  Hay una brisa que podemos sentir sobre el rostro.

  Agua que podemos sentir sobre nuestra piel.

  Alimentos que no solamente nos mantienen vivos, sino que pueden producir placer al comerlos.

  Y hay algo todavía más extraordinario.

  Dios nos dio emociones.

  No somos máquinas biológicas que reciben información del ambiente y responden automáticamente.

  Podemos experimentar alegría.

  Asombro.

  Afecto.

  Gratitud.

  Paz.

  Entusiasmo.

  Podemos reír.

  Podemos abrazar.

  Podemos disfrutar la compañía de otra persona.

  Podemos mirar algo hermoso y quedarnos contemplándolo simplemente porque nos produce placer.

  Podemos escuchar música y sentir algo en nuestro interior.

  Podemos amar y experimentar la alegría de ser amados.

  ¿Por qué?

  Si el único objetivo de Dios hubiera sido mantener funcionando al ser humano, muchas de estas capacidades parecerían innecesarias.

  Pero quizá el propósito nunca fue solamente mantenernos funcionando.

  Quizá Dios quería que disfrutáramos aquello que había decidido compartir con nosotros.

  El libro de Eclesiastés contiene una declaración sencilla:

«Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios» (Eclesiastés 5:19, RVR1960).

  Observe algo extraordinario.

  No habla solamente del regalo.

  Habla también de la facultad para disfrutarlo.

  Eso me parece profundamente significativo.

  Porque una cosa es recibir algo.

  Y otra es tener la capacidad de disfrutar aquello que recibimos.

  La Biblia incluso presenta a Dios como alguien que da cosas para nuestro disfrute. Pablo habla del:

«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).

  No quiero apresurarme a sacar conclusiones.

  Seguimos reuniendo piezas.

  Pero esta pieza merece permanecer sobre la mesa.

  El Dios de Génesis no solamente creó al hombre.

  No solamente preparó un planeta donde pudiera vivir.

  También hizo al hombre de tal manera que pudiera experimentar aquello que había preparado para él.

  Le dio sentidos.

  Le dio emociones.

  Le dio capacidad de relacionarse.

  Le dio capacidad de asombrarse.

  Le dio capacidad de experimentar placer.

  Le dio capacidad de disfrutar.

  Y esto comienza a cambiar la imagen que alguna vez tuve de Dios.

  Porque durante mucho tiempo imaginé a Dios principalmente como alguien que decía:

«No hagas esto».

«No toques aquello».

«No puedes hacer lo otro».

  Pero todavía no hemos llegado al árbol prohibido.

  Y antes de llegar allí tenemos que ser justos con la historia.

  Antes de estudiar aquello que Dios prohibió, tenemos que detenernos a contemplar todo aquello que primero permitió disfrutar.

  Eso cambia considerablemente el escenario.

  Había un mundo.

  Había belleza.

  Había alimento.

  Había colores.

  Había sonidos.

  Había aromas.

  Había relaciones.

  Y había un ser humano construido con la extraordinaria capacidad de experimentarlo.

  El salmista escribió:

«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras» (Salmos 139:14, RVR1960).

  Quizá una de esas obras maravillosas somos nosotros mismos.

  Nuestros ojos.

  Nuestros oídos.

  Nuestro gusto.

  Nuestro olfato.

  Nuestro tacto.

  Nuestra mente.

  Nuestras emociones.

  Nuestra capacidad de amar.

  Nuestra capacidad de disfrutar.

  Y mientras colocamos esta nueva pieza en nuestro rompecabezas, quiero dejar una pregunta abierta:

¿Qué nos dice acerca de Dios el hecho de que no solamente creara cosas buenas, sino que también nos hiciera capaces de disfrutarlas?

  No respondamos todavía.

  Sigamos observando.

  Porque todavía no hemos terminado de descubrir qué había preparado Dios para aquellos primeros seres humanos.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Después de observar todo esto, podemos detenernos nuevamente y hacer la pregunta que guía nuestra investigación:

¿Qué nos revela esto acerca de Dios?

  Hay una diferencia enorme entre mantener vivo a alguien y permitirle disfrutar de estar vivo.

  Y esa diferencia comienza a mostrarnos algo del corazón del Creador.

  La Escritura no nos presenta solamente a un Dios interesado en que sus criaturas funcionen. Encontramos a un Dios que incorporó a la experiencia humana la capacidad de sentir placer, alegría, asombro, afecto y satisfacción.

  Eclesiastés incluso llama «don de Dios» a la capacidad de disfrutar (Eclesiastés 5:19, RVR1960).

  Eso nos permite añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:

Dios es bondadoso.

Dios es generoso.

Dios se interesa por nuestro gozo.

Dios no solamente da; también nos permite disfrutar lo que da.

Dios parece complacerse en el bienestar de sus hijos.

  Esta última idea merece que nos detengamos un momento.

  A veces podemos imaginar a Dios como si disfrutara más de nuestras privaciones que de nuestra felicidad; como si todo aquello que produce placer tuviera que despertar inmediatamente su desaprobación.

  Pero cuando miramos el diseño original del ser humano, encontramos algo difícil de reconciliar con esa imagen.

  Fue Dios quien nos hizo capaces de disfrutar.

  La capacidad de experimentar alegría no apareció a espaldas del Creador.

  La capacidad de maravillarnos tampoco.

  El placer de amar y ser amados no fue un accidente.

  La capacidad de sentir satisfacción, afecto y bienestar forma parte de la manera en que fuimos hechos.

  Y la Escritura llega a decir:

«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).

  Eso comienza a modificar una imagen de Dios que muchos hemos tenido alguna vez.

  Quizá antes de preguntarnos qué cosas Dios no quiere que hagamos, tendremos que comprender qué clase de vida quería Dios para el ser humano desde el principio.

  Porque estamos descubriendo que el Dios de las primeras páginas de la Biblia no parece disfrutar privando al hombre.

  Parece disfrutar dándole.

  Y podemos guardar una nueva pieza para nuestro retrato:

Dios no solamente quiso darnos vida. Quiso que pudiéramos disfrutar el regalo de estar vivos.

  Todavía falta mucho por descubrir.

  Pero la imagen de Dios comienza, poco a poco, a hacerse más clara.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.