07. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»

Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior dejamos la casa preparada.

  La Tierra estaba allí.

  Había luz.

  Agua.

  Tierra fértil.

  Vegetación.

  Alimento.

  Belleza.

  Un planeta extraordinario, lleno de sistemas capaces de sostener la vida generación tras generación.

  Pero faltaba alguien.

  Aquel para quien, según la narración bíblica, todo aquello había sido preparado.

  Y entonces llegamos a uno de los momentos más extraordinarios del relato de la creación.

  Hasta este punto Génesis había repetido una expresión:

«Dijo Dios…»

  Dios habla y aparece la luz.

  Dios habla y aparecen las aguas.

  Dios habla y surge la vegetación.

  Dios habla y aparecen las criaturas vivientes.

  Pero cuando llega el momento de crear al hombre, la manera de expresarlo cambia.

  Dios dice:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Detengámonos allí.

  Porque si estamos tratando de descubrir cómo es Dios observando lo que hace, estas palabras merecen toda nuestra atención.

  Dios pudo haber creado otra criatura.

  Pero decidió hacer algo diferente.

Una criatura a su imagen.

Una criatura conforme a su semejanza.

  ¿Por qué?

Cada ser vivo produce conforme a su especie

  Hay una expresión que aparece repetidamente en el relato de Génesis.

  Cuando Dios crea los seres vivos, establece que se reproduzcan:

«según su género».

  La Escritura dice:

«Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género» (Génesis 1:12, RVR1960).

  Después, hablando de los animales:

«E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie» (Génesis 1:25, RVR1960).

  Lo vemos a nuestro alrededor.

  Un elefante tiene elefantitos.

  Y cuando nacen, se parecen a sus padres.

  Tienen trompa.

  Orejas.

  Patas.

  La naturaleza propia de un elefante.

  Un perro tiene perritos.

  Y los pequeños perros manifiestan las características propias de su especie.

  Un caballo produce caballos.

  Un ave produce aves.

  Y entonces llegamos al hombre.

  Pero aquí encontramos algo completamente diferente.

  No dice simplemente:

«Hagamos otro animal según su género».

  Dice:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».

  Eso me parece extraordinario.

  Porque inmediatamente surge una pregunta:

¿Qué estaba intentando hacer Dios?

  No adelantemos todavía todas las respuestas.

  Pero el lenguaje utilizado por Génesis nos obliga a reconocer que el ser humano ocupa un lugar particular dentro del relato.

Un hijo que se parece a su padre

  Existe un detalle posterior en Génesis que puede ayudarnos a comprender el lenguaje.

  Mucho tiempo después de la creación de Adán, la Biblia utiliza nuevamente las palabras semejanza e imagen.

  Pero esta vez no habla de Dios creando a Adán.

  Habla de Adán teniendo un hijo.

  Observe:

«Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Génesis 5:3, RVR1960).

  ¿Lo notó?

  Es difícil pasar por alto el paralelismo.

  Primero:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26).

  Y después:

«Adán […] engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 5:3).

  Imagen.

  Semejanza.

  Y ahora esas palabras aparecen en el contexto de un padre y su hijo.

  Eso comenzó a hacerme mirar Génesis de una manera diferente.

  Porque la Biblia posteriormente utiliza una expresión todavía más sorprendente.

  Lucas presenta la genealogía de Jesucristo y retrocede generación tras generación.

  Hasta llegar al principio.

  Y termina así:

«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).

  Adán:

«hijo de Dios».

  No significa que Adán fuera Dios.

  Tampoco significa que fuera una pequeña deidad.

  La criatura nunca deja de ser criatura y el Creador nunca deja de ser Creador.

  Pero sí encontramos algo que tendremos que investigar con mucha atención.

  Dios estaba creando un ser que llevaría su imagen.

  Su semejanza.

  Y la Escritura posteriormente llamaría a aquel hombre:

«hijo de Dios».

  Ahora la imagen del capítulo anterior comienza a adquirir todavía más significado.

  Primero preparó la casa.

  Después llegaron los hijos.

¿En qué podía parecerse un hombre a Dios?

  Aquí tenemos que tener cuidado.

  Cuando Génesis dice que Dios hizo al hombre a su imagen, evidentemente no está diciendo que Dios tenga nuestro tamaño, nuestro peso o nuestras características físicas.

  Jesús dijo:

«Dios es Espíritu» (Juan 4:24, RVR1960).

  Así que tenemos que buscar el parecido en otro lugar.

  Y aquí comienza una investigación fascinante.

  ¿Qué hay en nosotros que refleja algo de Él?

  Podemos pensar.

  Podemos razonar.

  Podemos crear.

  Podemos hablar.

  Podemos escoger.

  Podemos amar.

  Podemos relacionarnos.

  Podemos distinguir entre lo bueno y lo malo.

  Podemos apreciar la belleza.

  Podemos sentir compasión.

  Podemos ejercer autoridad.

  Podemos establecer relaciones profundas.

  Podemos comunicar ideas que existen primero dentro de nuestra mente y después convertirlas en palabras, música, edificios, pinturas, libros y proyectos.

  Y sobre todo, podemos conocer a Dios.

  No somos Dios.

  Pero, según Génesis, fuimos creados de una manera que nos permitiera reflejar algo de Él.

  Como un hijo que lleva rasgos de su padre.

  Y esto comienza a ayudarnos a comprender algo que dijimos anteriormente.

  Dios no necesitaba crear al hombre.

  No había una carencia en Él que nosotros vinimos a llenar.

  Pero aparentemente quiso hacer algo extraordinario:

quiso compartir.

  Compartir existencia.

  Compartir relación.

  Compartir responsabilidad.

  Compartir su creación.

  Y crear seres capaces de reflejar algo de su propia vida.

  Pablo, muchos siglos después, utilizaría un lenguaje extraordinario al hablar del propósito de Dios para sus hijos:

«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29, RVR1960).

  Otra vez:

imagen.

  Y esta vez aparece Jesucristo.

  Eso significa que nuestra investigación acaba de adquirir una dimensión mucho mayor.

  Comenzamos en Génesis con un hombre creado a imagen de Dios.

  Y en el Nuevo Testamento encontramos a Dios trabajando nuevamente para llevar a sus hijos hacia la imagen de su Hijo.

  No desarrollaremos todavía todo lo que eso significa.

  Tendremos tiempo para hacerlo.

  Pero hay algo que sí comienza a aparecer delante de nosotros.

  Quizá Dios nunca quiso simplemente llenar un planeta de seres humanos.

  Tal vez quería hijos que manifestaran su vida.

  Personas en quienes pudiera verse algo de Él.

  Jesús utilizaría siglos después una expresión que me parece preciosa:

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16, RVR1960).

  Observe nuevamente la relación:

  hijos que hacen visible algo de su Padre.

  Eso es precisamente lo que hace una imagen.

  Hace visible algo que de otra manera no estamos viendo directamente.

  Y entonces comienzo a comprender por qué estas palabras de Génesis son tan importantes.

  Dios estaba a punto de colocar sobre la Tierra una criatura que tendría una relación única con Él.

  No una máquina.

  No un esclavo programado para obedecer.

  No simplemente otro animal.

  Un ser hecho:

«a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».

  Todavía nos falta muchísimo por descubrir acerca de lo que significaba aquello.

  Pero quiero detenerme por un momento en algo personal.

  Porque si esto es verdad, cambia también la manera en que usted y yo podemos mirarnos.

  Tal vez alguien le ha hecho sentir que no vale nada.

  Tal vez usted mismo ha llegado a pensarlo.

  Quizá mira sus errores.

  Su pasado.

  Sus limitaciones.

  Su apariencia.

  Sus fracasos.

  Y ha terminado preguntándose si realmente tiene algún valor.

  Pero antes de que existieran las opiniones de los demás acerca de usted, la Biblia ya había establecido algo acerca del ser humano:

Dios decidió hacerlo a su imagen y semejanza.

  Todavía no hemos llegado al pecado.

  No hemos llegado a la serpiente.

  No hemos llegado al árbol prohibido.

  No hemos llegado a la expulsión del Edén.

  Por ahora quiero que contemplemos al hombre como apareció primero en el propósito de Dios.

  Un planeta preparado.

  Un Padre.

  Y una criatura creada para llevar su imagen.

  Pero todavía falta algo.

  Porque después de decir:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza»,

  Dios añadió inmediatamente:

«y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Dios no solamente le estaba dando al hombre un hogar.

  Estaba a punto de entregarle autoridad sobre una parte de su creación.

  Y eso nos conducirá a la siguiente pregunta:

¿Qué clase de lugar quiso darle Dios al hombre dentro de su Reino?

¿Qué aprendimos de Dios?

  Al llegar al final de este capítulo, nuestra pregunta sigue siendo la misma:

¿Qué nos revela todo esto acerca de Dios?

  Estamos descubriendo que el Dios de la Biblia no parece interesado únicamente en demostrar su grandeza o establecer la distancia que existe entre Él y nosotros. Por el contrario, desde el principio aparece haciendo algo sorprendente: acercando al ser humano hacia Él.

  Pudo mantener una distancia absoluta entre el Creador y la criatura. Sin embargo, decidió que hubiera en nosotros algo que reflejara quién es Él.

  Eso comienza a mostrarnos a un Dios cercano.

  Un Dios que desea ser conocido.

  Un Dios que considera valioso que sus hijos puedan comprenderlo, relacionarse con Él y aprender su manera de ser.

  También comenzamos a descubrir algo acerca de la manera en que Dios ve al ser humano.

  Dios no parece contemplarlo como algo insignificante.

  El salmista quedó impresionado precisamente por esta aparente contradicción:

«¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:4, RVR1960).

  Esa pregunta comienza a tener cada vez más sentido.

  ¿Por qué un Dios tan grande concedería semejante importancia a una criatura tan pequeña?

  Estamos comenzando a descubrirlo.

  Y podemos añadir algunas nuevas características al retrato que poco a poco estamos formando:

Dios es cercano.

Dios desea relacionarse.

Dios concede dignidad.

Dios da valor.

Dios desea ser conocido.

Dios quiere que su carácter pueda reflejarse en sus hijos.

  Hay algo especialmente hermoso en esta última idea.

  Si Dios quería que el hombre reflejara algo de Él, entonces conocer a Dios no debía consistir solamente en saber que existe.

  Había algo más profundo.

  El hombre tendría que conocer cómo piensa Dios, qué ama, qué considera bueno, cómo trata a otros, cómo ejerce su autoridad y qué clase de carácter posee.

  Y esto nos coloca exactamente en el centro de nuestra investigación.

  Porque eso es lo que nosotros también estamos intentando descubrir.

  No queremos saber solamente si Dios existe.

  Queremos conocer:

¿Cómo es?

  Y ahora encontramos una pista extraordinaria: desde el principio, Dios quiso que hubiera seres capaces no solamente de conocer su existencia, sino de reflejar algo de su manera de ser.

  Quizá por eso esta investigación sea mucho más personal de lo que imaginamos.

  Porque mientras intentamos descubrir cómo es Dios, quizá también comenzaremos a descubrir qué clase de personas quiso Dios que llegáramos a ser.

  Guardemos esta nueva pieza.

  El retrato apenas comienza a tomar forma.

Libro recomendado

Escuche música con propósito

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.