Por el Dr. Elio M Rivera
¿Puede Dios realmente consolar a una persona?
Durante años he asistido a funerales.
He estado junto a familias cuando reciben noticias que nadie quiere recibir.
He visto personas despedirse de padres, madres, esposos, esposas, hijos, hermanos y amigos.
Y he observado algo que muchas veces me ha impresionado profundamente.
He visto creyentes sufrir.
Los he visto llorar.
Los he visto abrazar un ataúd.
Los he visto experimentar el enorme vacío que deja alguien amado.
El cristiano también siente dolor.
La fe no elimina el amor y, por tanto, tampoco elimina el dolor de la separación.
Pero muchas veces he visto algo más.
En medio de ese dolor existe consuelo.
Hay lágrimas, pero también esperanza.
Hay tristeza, pero no necesariamente desesperación.
Hay una ausencia profundamente dolorosa, pero al mismo tiempo una convicción interior de que la muerte no tiene la última palabra.
Pablo describió precisamente esa diferencia:
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.”
1 Tesalonicenses 4:13, RVR1960
Observe que Pablo no dijo:
“para que no os entristezcáis”.
Dijo:
“para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”.
Existe tristeza.
Pero existe también esperanza.
Lo he observado muchas veces
Como pastor he podido observar personas con una fe profunda y también personas que no comparten esa fe enfrentarse a la muerte de alguien amado.
Naturalmente, cada ser humano vive el duelo de manera diferente. No sería correcto afirmar que todo creyente reacciona serenamente ni que toda persona no creyente necesariamente se desespera. Existen personalidades, culturas, relaciones y circunstancias muy diferentes.
Pero a través de los años sí he observado repetidamente algo que me parece difícil de ignorar.
He visto creyentes atravesar dolores enormes y, aun así, experimentar un consuelo extraordinario.
No significa que no lloren.
Lloran.
No significa que no extrañen.
Extrañan.
No significa que el corazón no duela.
Duele.
Pero muchas veces, debajo de todo ese dolor, parece existir algo que los sostiene.
Consuelo.
Y cuando uno ha estado presente suficientes veces, comienza a preguntarse:
¿De dónde viene?
En mi propia vida también lo he experimentado
Pero nuevamente, no necesito hablar solamente de otras personas.
También me ha tocado despedirme de seres queridos.
Cuando murió mi madre y cuando he atravesado otras pérdidas importantes en mi vida, he experimentado dolor verdadero.
La fe nunca convirtió esas pérdidas en algo insignificante.
Pero juntamente con el dolor he experimentado algo que me resulta difícil explicar completamente con palabras.
He recibido consuelo.
No sé explicar exactamente cómo lo hace Dios.
No sé describir el mecanismo.
Solamente puedo hablar de su efecto.
Hay momentos en los que humanamente existen razones suficientes para sentirse destrozado y, sin embargo, en medio del dolor aparece una fortaleza que uno sabe que no produjo por sí mismo.
Una tranquilidad.
Una esperanza.
Una capacidad para continuar.
Una certeza de que Dios sigue allí.
Pablo llamó a Dios:
“Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones.”
2 Corintios 1:3-4, RVR1960
Eso que Pablo escribió hace casi dos mil años es algo que yo también considero haber experimentado.
Pregúnteles
Como hemos hecho con las promesas anteriores, no tiene que aceptar mi experiencia como prueba suficiente.
Pregunte.
Busque a creyentes que hayan atravesado pérdidas profundas.
Pregúnteles:
“¿Qué te sostuvo cuando murió esa persona que amabas?”
Pregunte a alguien que perdió a su madre.
Pregunte a alguien que perdió a su padre.
Pregunte a una viuda o a un viudo.
Pregunte a alguien que atravesó una tragedia y, aun así, continuó caminando.
Escuche sus historias.
Y probablemente escuchará repetirse una expresión:
“Dios me consoló”.
Tal vez cada uno lo explicará de manera diferente.
Pero la pregunta para nuestra investigación permanece:
¿Por qué tantas personas describen precisamente aquello que Jesucristo prometió?
Pero existe una manera todavía más personal de investigarlo
Esta promesa tampoco pertenece exclusivamente a otras personas.
Quizá quien está leyendo estas palabras está atravesando precisamente ahora una pérdida.
Quizá acaba de despedirse de alguien.
Quizá existe una ausencia que todavía duele.
Puede acudir directamente a Dios.
No necesita palabras especiales.
No necesita ocultar sus lágrimas.
No necesita aparentar fortaleza.
Puede presentarse delante de Él tal como está y decir:
“Señor, estoy sufriendo. No puedo con este dolor yo solo. Necesito tu consuelo. Si verdaderamente eres el Dios de toda consolación, consuélame”.
Y después observe.
No necesariamente desaparecerán las lágrimas.
Probablemente seguirá extrañando.
Pero quizá comenzará a comprender aquello que millones de creyentes han intentado explicar durante generaciones:
se puede tener dolor y, al mismo tiempo, estar consolado.
Una promesa hecha hace casi dos mil años
Ahora volvamos a nuestra investigación.
Jesús prometió:
“Os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”
Observe esas últimas palabras:
“para siempre”.
No era solamente una promesa para unas cuantas horas después de la última cena.
Jesús estaba hablando de una presencia que continuaría.
Y casi dos mil años después encontramos personas alrededor del mundo afirmando que, precisamente cuando atravesaron sus momentos más dolorosos, Dios las consoló.
¿Puede cumplirla hoy?
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Una persona puede decir palabras hermosas antes de morir.
Puede dejar cartas.
Puede dejar enseñanzas.
Puede incluso dejar palabras que consuelen a generaciones futuras.
Pero Jesús prometió algo mucho mayor.
Prometió un Consolador que estaría con sus seguidores para siempre.
Si ese Consolador continúa actuando hoy, entonces no estamos hablando solamente del efecto psicológico de recordar las palabras de un maestro antiguo.
Estamos hablando de una acción presente de Dios en el interior de seres humanos que están sufriendo.
¿Cómo lo hace?
No lo sé.
Pero no conocer completamente el mecanismo no significa que tengamos que negar el efecto.
Yo lo he observado en otras personas.
Y lo he experimentado personalmente.
Jesús dijo acerca del Espíritu Santo:
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas.”
Juan 14:26, RVR1960
Por eso esta sexta promesa vuelve a colocarnos frente a algo extraordinario.
Si casi dos mil años después personas que acuden a Cristo continúan experimentando el consuelo que Él prometió, entonces nuevamente tenemos delante de nosotros una promesa que no quedó encerrada en el primer siglo.
Si Jesucristo prometió un Consolador que estaría con nosotros para siempre, y casi dos mil años después seguimos encontrando personas que aseguran experimentar ese consuelo precisamente cuando más lo necesitan, ¿estamos solamente ante el recuerdo de unas palabras pronunciadas hace siglos… o ante la presencia de un Dios que todavía consuela?
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