06. Tomás: “Si no viere, no creeré”

Dr. Elio M Rivera

El discípulo que exigió comprobar personalmente la resurrección

  En el artículo anterior vimos a los discípulos reunidos detrás de puertas cerradas. Jesucristo apareció en medio de ellos, les habló, les mostró sus heridas y los discípulos pudieron afirmar:

“Al Señor hemos visto.”
Juan 20:25

  Sin embargo, faltaba uno.

Tomás no estaba allí.

  Y precisamente por su ausencia tenemos uno de los testimonios más interesantes de toda la investigación sobre la resurrección.

  Porque Tomás no aceptó simplemente lo que sus compañeros le dijeron.

  Quiso pruebas.

  Quiso ver.

  Quiso comprobar personalmente que el hombre que había muerto en la cruz era realmente el mismo que ahora ellos afirmaban haber visto vivo.

Tomás conocía perfectamente a los otros discípulos

  Juan dice:

“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.”
Juan 20:24

  No estamos hablando de un extraño.

  Tomás había caminado con aquellos hombres.

  Los conocía.

  Había compartido con ellos años de ministerio junto a Jesús.

  Y ahora todos le estaban diciendo algo extraordinario:

“Al Señor hemos visto.”

  Pero Tomás no respondió:

“Si ustedes lo dicen, entonces debe ser cierto.”

  Su respuesta fue mucho más dura.

“No creeré”

  Tomás declaró:

“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25

  Observe la fuerza de sus palabras:

“No creeré.”

  Tomás establece sus propias condiciones.

  No quiere escuchar otro testimonio.

  No quiere simplemente que le aseguren que Jesús vive.

  Quiere comprobarlo personalmente.

Tomás pidió evidencia física

  Y lo que exige resulta particularmente importante.

  Tomás no dijo simplemente:

“Quiero ver a Jesús.”

  Fue mucho más específico.

  Quería ver:

La señal de los clavos.

  Quería comprobar:

Las heridas de sus manos.

  Y quería verificar:

La herida de su costado.

  ¿Por qué?

  Porque Tomás sabía lo que había ocurrido con Jesús.

  El hombre que apareciera diciendo ser el Maestro tendría que ser el mismo hombre que había sido crucificado.

  Por eso las heridas se convierten en una forma de identificación.

Tomás no estaba dispuesto a creer solamente porque deseaba que fuera verdad

  Este detalle es muy importante.

  A veces se intenta explicar las apariciones diciendo que los discípulos deseaban tanto volver a ver a Jesús que terminaron creyendo que lo habían visto.

  Pero Tomás constituye un problema para una explicación tan sencilla.

  Sus compañeros estaban diciéndole:

“Está vivo.”

  Y Tomás respondió:

“No creeré.”

  No encontramos a un hombre predispuesto a aceptar cualquier noticia que le devolviera la esperanza.

  Encontramos a un escéptico.

Pasaron ocho días

  Juan continúa:

“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás.”
Juan 20:26

  Esto significa que Tomás tuvo tiempo para pensar.

  Durante esos días estuvo rodeado de personas que afirmaban haber visto a Jesucristo vivo.

  No se trataba solamente de María Magdalena.

  Sus propios compañeros sostenían que Jesús se había presentado delante de ellos.

  Y aun así Tomás permaneció sin aceptar su testimonio.

  Entonces ocurrió algo.

Nuevamente las puertas estaban cerradas

  Juan dice:

“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.”
Juan 20:26

  Es la segunda vez que Juan menciona específicamente las puertas cerradas.

  Como vimos al estudiar los lienzos, el cuerpo resucitado de Jesucristo manifestaba propiedades extraordinarias.

  Era un cuerpo real.

  Podía ser visto.

  Podía ser tocado.

  Conservaba las heridas.

  Pero ya no parecía estar sujeto a las mismas limitaciones anteriores.

  Y esta vez:

Tomás estaba allí.

Jesús se dirigió directamente a Tomás

  Entonces ocurrió algo extraordinario.

  Jesús no ignoró sus dudas.

  No lo expulsó del grupo.

  No le dijo simplemente:

“Deberías haber creído.”

  Se dirigió directamente a él:

“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”
Juan 20:27

  Observe la correspondencia exacta.

  Tomás había dicho:

Quiero ver las manos.

  Jesús:

“Mira mis manos.”

  Tomás había dicho:

Quiero poner mi dedo.

  Jesús:

“Pon aquí tu dedo.”

  Tomás había dicho:

Quiero comprobar el costado.

  Jesús:

“Acerca tu mano, y métela en mi costado.”

Jesús respondió directamente a las condiciones que Tomás había establecido.

Las heridas identificaban al Crucificado

  Esto conecta nuevamente la resurrección con la crucifixión.

  El Jesús que estaba delante de Tomás no era simplemente una figura que se parecía al Maestro.

  Las marcas estaban allí.

  Las manos que Tomás podía observar eran las manos que habían sido heridas.

  El costado que podía comprobar era el costado atravesado después de la crucifixión.

  Esto es fundamental:

El Resucitado era el Crucificado.

  No estamos hablando de otra persona.

  No estamos hablando simplemente de un espíritu.

  Existe continuidad entre el cuerpo que murió y el cuerpo que ahora estaba vivo.

¿Tomás llegó realmente a tocar las heridas?

  Aquí debemos ser precisos.

  Jesús lo invitó claramente a hacerlo.

  Pero Juan no dice expresamente:

“Entonces Tomás metió su dedo en las heridas.”

  Por eso no debemos afirmar como hecho algo que el texto no especifica.

  Quizá lo hizo.

  Quizá ver a Jesús y escuchar aquellas palabras fue suficiente.

  Lo que sí sabemos es cuál fue su reacción inmediata.

“¡Señor mío, y Dios mío!”

  Tomás respondió:

“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28

  Qué extraordinario cambio.

  Antes:

“No creeré.”

  Ahora:

“¡Señor mío, y Dios mío!”

  Tomás pasó de exigir evidencia a realizar una de las confesiones más extraordinarias de todo el Evangelio de Juan.

  No dijo solamente:

“Ahora creo que estás vivo.”

  Dijo:

“Señor mío, y Dios mío.”

El escéptico se convirtió en testigo

  Éste es precisamente el valor de Tomás dentro de nuestra investigación.

  Tomás no aparece como una persona fácil de convencer.

  Tenemos ante nosotros a alguien que inicialmente rechazó incluso el testimonio de sus compañeros.

  Podríamos imaginar un interrogatorio:

  —Tomás, ¿te dijeron los demás discípulos que habían visto vivo a Jesús?

  —Sí.

  —¿Les creíste?

  —No.

  —¿Qué exigiste?

  —Ver las heridas.

  —¿Qué ocurrió después?

  —Jesús apareció delante de mí y me mostró precisamente aquello que había exigido comprobar.

  —¿Cuál fue tu conclusión?

“¡Señor mío, y Dios mío!”

Tomás fortalece enormemente el conjunto de testimonios

  Pensemos en cómo ha ido creciendo la evidencia dentro de esta subserie.

  Primero las mujeres encontraron la tumba vacía.

  Después María Magdalena afirmó haber visto a Jesús.

  Después los discípulos reunidos afirmaron:

“Al Señor hemos visto.”

  Y ahora aparece alguien dentro del mismo grupo diciendo:

“Yo no les creo.”

  Eso es extraordinariamente valioso.

  Porque el propio relato contiene a su escéptico.

  Y no elimina su incredulidad para hacer que la historia parezca más perfecta.

  La conserva.

Jesús no tuvo miedo de la comprobación

  También hay algo que personalmente considero hermoso en este relato.

  Jesús pudo haber reprendido a Tomás desde la distancia.

  Pero regresó.

  Se presentó delante de él.

  Y prácticamente le dijo:

Compruébalo.

“Mira mis manos.”

“Pon aquí tu dedo.”

“Acerca tu mano.”

  La fe de Tomás no fue presentada como la obligación de creer contra la evidencia.

  Jesús respondió a su necesidad de comprobar.

“Porque me has visto, Tomás, creíste”

  Entonces Jesús dijo:

“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29

  Observe que Jesús mismo relaciona la fe de Tomás con algo concreto:

“Me has visto.”

  Tomás se convirtió en creyente porque afirmó encontrarse personalmente frente al Resucitado.

  Y aquí aparece una conexión extraordinaria con nosotros.

Nosotros no estuvimos dentro de aquella habitación

  Tomás pudo ver.

  Nosotros vivimos dos mil años después.

  No podemos entrar físicamente en aquella habitación.

  No podemos pedirle a Jesús que vuelva a aquella noche para repetir la escena delante de nosotros.

  Pero sí podemos investigar el testimonio.

  Podemos preguntar quién era Tomás.

  Podemos observar que inicialmente no creyó.

  Podemos estudiar qué afirmó que ocurrió después.

  Podemos comparar su testimonio con el de los demás.

  Eso es precisamente lo que hemos estado haciendo desde el comienzo de esta serie.

La duda de Tomás no debilita el relato

  En realidad:

Lo hace más interesante.

  Si todos los discípulos hubieran creído instantáneamente cualquier noticia acerca de la resurrección, podríamos preguntarnos si estaban predispuestos a interpretar cualquier acontecimiento como una aparición.

  Pero los Evangelios nos presentan:

  Mujeres sorprendidas.

  Discípulos que inicialmente no creen.

  Hombres asustados.

  Y finalmente:

Un discípulo que exige evidencia física.

  La incredulidad aparece dentro del propio relato.

No todos fueron convencidos de la misma manera

  María reconoció a Jesús cuando pronunció su nombre.

  Juan vio los lienzos y comenzó a creer.

  Los discípulos reunidos vieron a Jesús, sus manos y su costado.

  Tomás exigió una comprobación todavía mayor.

  Esto hace que los testimonios no parezcan una reacción psicológica uniforme.

  Cada persona llega al convencimiento desde una situación diferente.

  Pero todas terminarán haciendo una afirmación central:

Jesucristo estaba vivo.

Mi conclusión

  Tomás comenzó con una declaración tajante:

“Si no viere… no creeré.”

  No aceptó simplemente el testimonio de María.

  No aceptó simplemente el testimonio de Pedro.

  No aceptó simplemente el testimonio de sus compañeros.

  Exigió comprobar personalmente que aquel que afirmaban haber visto era el mismo Jesús que había sido crucificado.

  Ocho días después, según Juan, Jesucristo apareció nuevamente.

  Y se dirigió directamente al hombre que había exigido evidencia:

“Pon aquí tu dedo.”

“Mira mis manos.”

“Acerca tu mano.”

“No seas incrédulo, sino creyente.”

  La respuesta de Tomás constituye el final perfecto de su historia:

“¡Señor mío, y Dios mío!”

  El hombre que había dicho:

“No creeré”

  terminó convertido en otro testigo del Resucitado.

  Pero nuestra investigación todavía no termina.

  Porque las afirmaciones de apariciones no quedaron limitadas a María, Tomás o al pequeño grupo reunido en Jerusalén.

  El círculo de testigos iba a hacerse mucho mayor.

Referencias bíblicas

Juan 20:24-29.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.