Por el Dr. Elio M. Rivera – Cristopedia
Lázaro de Betania es uno de los personajes más extraordinarios del Nuevo Testamento. Su nombre quedó para siempre ligado al mayor milagro realizado por Jesús antes de su propia resurrección: haber sido llamado nuevamente a la vida después de permanecer cuatro días en el sepulcro. Sin embargo, Lázaro fue mucho más que el protagonista de un milagro. Era un amigo cercano de Jesucristo y miembro de una familia muy querida por el Señor. Su historia constituye una poderosa demostración de que Jesús tiene autoridad sobre la vida y la muerte, y ofrece una anticipación de la victoria definitiva que alcanzaría mediante su propia resurrección.
El nombre Lázaro proviene del hebreo Eleazar, que significa “Dios ha ayudado” o “Aquel a quien Dios socorre”. El significado resulta especialmente apropiado para alguien cuya vida fue restaurada milagrosamente por el poder de Cristo. Es importante no confundir a Lázaro de Betania con el mendigo llamado Lázaro que aparece en la parábola del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31). Se trata de dos personas completamente diferentes.
Lázaro vivía en Betania, una pequeña aldea situada en la ladera oriental del Monte de los Olivos, aproximadamente a tres kilómetros de Jerusalén. Compartía su hogar con sus hermanas Marta y María, quienes también aparecen en los Evangelios como seguidoras de Jesús. Aquella casa se convirtió en uno de los lugares donde el Señor encontraba descanso, amistad y hospitalidad durante sus frecuentes visitas a Jerusalén.
El Evangelio de Juan deja claro que existía una relación muy especial entre Jesús y aquella familia. El evangelista escribe: “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:5). Esta es una de las pocas ocasiones en que las Escrituras afirman explícitamente el amor de Jesús hacia personas concretas fuera del círculo de los doce apóstoles. La amistad entre ellos era profunda y sincera.
La historia más conocida de Lázaro comenzó cuando enfermó gravemente. Sus hermanas enviaron un mensaje urgente a Jesús diciendo simplemente: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3). Aquellas palabras reflejan la confianza que Marta y María tenían en el amor del Señor por su hermano. Sin embargo, para sorpresa de todos, Jesús decidió permanecer dos días más en el lugar donde se encontraba antes de dirigirse hacia Betania.
Cuando finalmente llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días sepultado. En la tradición judía existía la creencia popular de que el espíritu permanecía cerca del cuerpo durante tres días. Al esperar hasta el cuarto día, Jesús eliminó cualquier posibilidad de que el milagro pudiera interpretarse como una simple reanimación. Lázaro estaba verdaderamente muerto y su cuerpo ya comenzaba a experimentar el proceso natural de descomposición.
Al encontrarse con Marta, Jesús pronunció una de las declaraciones más importantes de todo el Nuevo Testamento: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Estas palabras preparaban el escenario para el milagro que estaba a punto de realizar y revelaban una de las verdades centrales del Evangelio.
Después de conversar también con María y conmoverse profundamente ante el dolor de la familia y de los amigos, Jesús llegó al sepulcro. Juan registra uno de los versículos más breves y emotivos de toda la Biblia: “Jesús lloró” (Juan 11:35). Estas lágrimas revelan que, aunque sabía que en pocos minutos resucitaría a su amigo, compartía plenamente el sufrimiento humano provocado por la muerte.
Frente a la tumba, Jesús ordenó retirar la piedra que cerraba la entrada. Marta expresó una preocupación muy práctica: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días” (Juan 11:39). Pero Jesús respondió recordándole la importancia de creer: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Juan 11:40).
Después de orar al Padre, Jesús pronunció una orden que cambiaría la historia para siempre: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Inmediatamente, el hombre que había estado muerto salió del sepulcro aún envuelto en las vendas funerarias. Entonces Jesús dijo: “Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44). Este acontecimiento constituye uno de los milagros más impresionantes registrados en los Evangelios.
La resurrección de Lázaro produjo un enorme impacto en Jerusalén y sus alrededores. Juan señala que muchos de los presentes creyeron en Jesús al contemplar lo ocurrido (Juan 11:45). Sin embargo, otros informaron de lo sucedido a los principales sacerdotes y fariseos. Paradójicamente, el milagro que reveló con mayor claridad el poder de Jesús también aceleró la decisión de las autoridades religiosas de darle muerte. Después de este acontecimiento, el Sanedrín resolvió definitivamente que Jesús debía morir (Juan 11:53).
Poco tiempo después encontramos nuevamente a Lázaro durante una cena celebrada en Betania. Juan escribe: “Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él” (Juan 12:2). La escena es profundamente significativa. Aquel hombre que pocos días antes había estado en un sepulcro ahora compartía una comida con el mismo Señor que le había devuelto la vida.
La presencia de Lázaro se convirtió en un poderoso testimonio del poder de Cristo. Juan relata que grandes multitudes acudían a Betania no solamente para ver a Jesús, sino también para contemplar a Lázaro, el hombre que había resucitado (Juan 12:9). Su sola existencia era una evidencia viviente del milagro.
El impacto fue tan grande que los principales sacerdotes comenzaron a planear también la muerte de Lázaro. Juan explica: “Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús” (Juan 12:10-11). De esta manera, Lázaro se convirtió en objeto de persecución simplemente por ser un testimonio viviente del poder de Dios.
Después de este episodio, el Nuevo Testamento ya no vuelve a mencionar a Lázaro. No sabemos cuánto tiempo vivió después de su resurrección ni cómo transcurrieron sus últimos años. Algunas tradiciones cristianas posteriores intentaron reconstruir su historia, afirmando que llegó a predicar el Evangelio en diferentes regiones del Mediterráneo. Sin embargo, estas narraciones no pueden confirmarse con la misma certeza histórica que los relatos bíblicos.
Desde una perspectiva histórica y arqueológica, Betania es una de las localidades mejor identificadas del Nuevo Testamento. La actual localidad de Al-Eizariya conserva desde la antigüedad la tradición relacionada con la tumba de Lázaro. Aunque no es posible demostrar arqueológicamente que el sepulcro actual sea el mismo mencionado en los Evangelios, la tradición del lugar se remonta a los primeros siglos del cristianismo y continúa siendo uno de los sitios más visitados de Tierra Santa.
La historia de Lázaro posee un profundo significado teológico. Su resurrección no fue simplemente un milagro espectacular, sino una señal que anunciaba el poder de Jesús sobre la muerte. A diferencia de la resurrección de Cristo, Lázaro volvió a la vida mortal y algún día volvió a morir. Sin embargo, su experiencia anticipó la victoria definitiva que Jesús alcanzaría pocos días después al resucitar para no morir jamás.
Como amigo de Jesús, hermano de Marta y María, protagonista del mayor milagro previo a la cruz y testimonio viviente del poder de Dios, Lázaro ocupa un lugar único entre los personajes del Nuevo Testamento. Su historia continúa recordándonos que para Cristo no existe situación imposible y que Él sigue siendo, hoy como entonces, la resurrección y la vida.
Fuentes de información
La información histórica y bíblica sobre Lázaro procede principalmente de:
• El Evangelio de Juan, especialmente los capítulos 11 y 12.
• Los Evangelios de Lucas y Juan en sus referencias a la familia de Betania.
• Los escritos de Flavio Josefo sobre el contexto histórico de Judea en el siglo primero.
• Los comentarios de los Padres de la Iglesia, entre ellos Orígenes, Eusebio de Cesarea, Jerónimo y Agustín de Hipona.
• Estudios modernos sobre Betania, el judaísmo del siglo primero y el Evangelio de Juan.
• La evidencia arqueológica procedente de Betania (actual Al-Eizariya), incluyendo las excavaciones relacionadas con la aldea del siglo primero y la antigua tradición de la tumba de Lázaro.
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