7. Los Cimientos del Templo de Herodes: Las piedras gigantes ocultas bajo Jerusalén que sostuvieron el Templo de Jesús

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Uno de los descubrimientos arqueológicos más impresionantes que he contemplado en Jerusalén no se encuentra sobre la superficie de la ciudad, sino bajo ella.

  La mayoría de los visitantes llegan al Muro Occidental, conocido popularmente como el Muro de los Lamentos, observan las enormes piedras visibles y continúan su recorrido. Sin embargo, pocos imaginan que bajo las calles modernas existen pasadizos que permiten contemplar algunos de los cimientos más extraordinarios de todo el mundo antiguo.

  La imagen nos muestra cómo podría haberse visto el templo de Herodes desde el monte de los olivos cuando vivió Cristo.

  Fue precisamente allí donde tuve una de las experiencias arqueológicas más impactantes de mi visita a Jerusalén.

  Después de recorrer el Muro Occidental, descendí a los famosos túneles que recorren la base del Monte del Templo.

  A medida que avanzábamos por los estrechos pasadizos comenzaron a aparecer enormes bloques de piedra pertenecientes a la ampliación del Templo realizada por Herodes el Grande. Algunas eran tan grandes que resultaba difícil creer que hubieran sido movidas por seres humanos hace más de dos mil años.

  Aquellas piedras forman parte de uno de los proyectos de construcción más ambiciosos de toda la antigüedad.

  La historia comenzó alrededor del año veinte antes de Cristo.

  Herodes el Grande decidió transformar el Segundo Templo en un santuario sin igual en todo el Imperio Romano.

  Su objetivo no era simplemente reconstruir el edificio. Quería crear un complejo religioso capaz de rivalizar con las mayores obras arquitectónicas de su época.

  Sin embargo, existía un problema.

  La cima natural del Monte Moriah era demasiado pequeña para albergar el enorme recinto que Herodes imaginaba.

  La solución fue extraordinaria.

  Los ingenieros herodianos construyeron gigantescos muros de contención alrededor de la montaña y rellenaron el espacio interior para crear una enorme explanada artificial.

  En otras palabras, la plataforma sobre la cual se levantó el Templo de Herodes no era completamente natural. Gran parte de ella fue creada por la ingeniería humana.

  Para lograrlo fue necesario colocar algunos de los bloques de piedra más grandes utilizados en la construcción de todo el mundo romano.

  Los arqueólogos modernos han estudiado estas estructuras durante décadas. Los bloques fueron tallados en canteras cercanas a Jerusalén utilizando técnicas de precisión extraordinarias para la época. Cada piedra presenta las características típicas de la construcción herodiana: bordes cuidadosamente rebajados y superficies centrales ligeramente sobresalientes.

  Esta técnica de cantería es tan distintiva que hoy los arqueólogos pueden identificar fácilmente una piedra herodiana a simple vista.

  Durante siglos, gran parte de estos cimientos permaneció oculta bajo edificaciones posteriores. La situación comenzó a cambiar después de la Guerra de los Seis Días en mil novecientos sesenta y siete. A partir de entonces se realizaron extensas excavaciones arqueológicas junto al muro occidental del Monte del Templo.

  Los trabajos revelaron una red de túneles y pasadizos que permitieron seguir el recorrido original de los cimientos herodianos.

  Los resultados sorprendieron incluso a los especialistas. A medida que avanzaban las excavaciones aparecían bloques cada vez más grandes.

  Pero el descubrimiento más extraordinario aguardaba más adelante en los túneles.

  La piedra occidental de los cimientos del templo de Herodes

Los arqueólogos identificaron una piedra gigantesca conocida hoy como la Piedra Occidental (Western Stone), considerada una de las mayores piedras utilizadas en la construcción de todo el mundo antiguo.

  Este enorme bloque forma parte de los cimientos originales construidos por Herodes. Mide aproximadamente trece metros y medio de longitud, más de tres metros de altura y cerca de cuatro metros y medio de profundidad. Los especialistas estiman que su peso oscila entre quinientas y quinientas setenta toneladas.

  Para comprender la magnitud de esta cifra basta una comparación sencilla. Un tráiler moderno completamente cargado suele pesar alrededor de cuarenta toneladas. La Piedra Occidental equivale aproximadamente al peso de doce o catorce tráileres de carga.

  Lo más impresionante es que esta gigantesca masa pétrea fue extraída, transportada y colocada con precisión hace más de dos mil años, sin grúas hidráulicas, motores ni maquinaria moderna.

  Cuando observé aquella piedra durante mi visita comprendí por qué tantos arqueólogos la consideran una de las mayores proezas de ingeniería de la antigüedad. La roca parece desafiar toda explicación sencilla. Incluso hoy resulta difícil imaginar cómo pudo ser movida y colocada exactamente en su posición actual.

  Los investigadores creen que las piedras fueron extraídas de canteras cercanas a Jerusalén y trasladadas mediante complejos sistemas de rodillos, palancas, rampas y fuerza humana. Sin embargo, el método exacto utilizado para mover los bloques más grandes continúa siendo objeto de estudio.

  La precisión alcanzada es igualmente notable. Las juntas entre muchas de las piedras son tan exactas que apenas puede introducirse una hoja de papel entre ellas. Este nivel de precisión constituye una de las características distintivas de la construcción herodiana.

  Cuando los visitantes observan esta piedra por primera vez, la reacción suele ser la misma: asombro.

  ¿Cómo pudo transportarse una masa semejante?

  ¿Cómo fue colocada con tanta precisión?

  ¿Cómo lograron los constructores alinearla perfectamente con los demás bloques?

  Incluso hoy los ingenieros continúan admirando la capacidad técnica demostrada por los constructores herodianos.

  Lo más impresionante es que estas piedras no formaban parte visible del Templo. Eran únicamente los cimientos.

  Su función consistía en sostener la inmensa plataforma sobre la cual se levantaban los patios, pórticos y edificios del recinto sagrado.

  En otras palabras, la mayor parte de este esfuerzo monumental permanecía oculta a los ojos de los peregrinos.

  Los Evangelios muestran que los discípulos quedaron maravillados al contemplar la magnificencia del Templo.

  ”Maestro, mira qué piedras, y qué edificios” (Marcos 13:1).

  Ahora comprendemos mejor su reacción.

  De hecho, muchos visitantes consideran que la Piedra Occidental produce una impresión aún mayor que el propio Muro Occidental visible en la superficie. Mientras el muro permite apreciar la grandeza del conjunto, la Piedra Occidental revela la magnitud oculta de los cimientos que sostenían todo el complejo.

  Aquellas palabras adquieren un significado completamente diferente cuando uno se encuentra frente a bloques de cientos de toneladas colocados con una precisión que sigue asombrando a los ingenieros modernos.

  Si los cimientos ocultos eran tan impresionantes, resulta fácil imaginar el impacto que producía el complejo completo.

  Sin embargo, Jesús respondió con una profecía sorprendente.

  ”¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Marcos 13:2).

  Cuarenta años después, en el año setenta después de Cristo, los ejércitos romanos destruyeron Jerusalén. Gran parte del Templo desapareció.

  Pero los enormes muros de contención y sus cimientos sobrevivieron.

  Precisamente por ello los arqueólogos pueden estudiarlos todavía en la actualidad.

  Cuando uno recorre los túneles del Muro Occidental comprende que está observando algo más que simples piedras antiguas.

  Está contemplando los cimientos del mismo Templo que conoció Jesús.

  Está viendo la obra de ingeniería que sostuvo el centro espiritual de Israel durante el siglo primero.

  Y está observando algunas de las estructuras más impresionantes jamás construidas en el mundo antiguo.

  Quizá esa sea la razón por la que los túneles del Muro Occidental figuran entre los lugares arqueológicos más fascinantes de Jerusalén.

  No muestran el Templo.

  Muestran aquello que lo sostuvo.

  Y dos mil años después, esas gigantescas piedras continúan testificando acerca de la grandeza de la obra emprendida por Herodes y del escenario histórico donde se desarrollaron algunos de los acontecimientos más importantes de los Evangelios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.