09. Entre bodas, funerales, enfermedades y las preocupaciones de la vida

Dr. Elio M Rivera

La formación humana de Jesús en medio de las alegrías y los sufrimientos de Nazaret

Introducción. Un pueblo donde todos se conocían

  En una población pequeña, la vida de una familia difícilmente permanece completamente separada de la de sus vecinos.

  Una boda reúne a parientes y conocidos. La muerte de una persona provoca duelo en numerosas casas. Una enfermedad despierta preocupación, y las dificultades económicas pueden afectar las relaciones entre quienes dependen unos de otros.

  Así era, en términos generales, la vida comunitaria de las aldeas galileas del siglo primero.

  Nazaret no era una ciudad de grandes avenidas ni una metrópoli donde miles de desconocidos podían cruzarse sin volver a encontrarse. Era una población pequeña, integrada en un mundo de relaciones familiares, laborales y religiosas.

  Jesús creció dentro de aquella sociedad.

  Los Evangelios no conservan un registro de todas las celebraciones, pérdidas o dificultades que presenció durante su juventud. Pero sabemos que vivió entre personas reales, con necesidades y preocupaciones semejantes a las que aparecen posteriormente en sus enseñanzas.

  Su conocimiento de la condición humana no se desarrolló únicamente mediante la lectura.

  También vivió entre aquellos a quienes un día habría de enseñar.

Encontrando tiempo para estudiar entre todos los compromisos sociales de su época.

1. Las bodas: cuando la alegría reunía a la comunidad

  En la sociedad judía, el matrimonio constituía un acontecimiento familiar y comunitario de gran importancia.

  Las celebraciones podían extenderse durante varios días, dependiendo de los recursos y las costumbres de las familias.

  Había preparativos, alimentos, invitados y responsabilidades que debían organizarse cuidadosamente.

  Una boda representaba alegría, pero también exigía un esfuerzo considerable.

  El Evangelio de Juan conserva un episodio significativo ocurrido en Caná de Galilea.

  «Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos». (Juan 2:1-2, RVR1960).

  Este acontecimiento pertenece al comienzo de su ministerio público, no a su infancia.

  Sin embargo, demuestra que Jesús participaba en las celebraciones de su sociedad.

  No rechazó aquella reunión por considerarla ajena a su misión.

  Estuvo presente entre los invitados.

  Y allí conoció de cerca una preocupación que podía resultar vergonzosa para los anfitriones: se había terminado el vino.

  El episodio nos permite contemplar una dimensión importante de su vida.

  Jesús conocía las celebraciones humanas y las preocupaciones que podían acompañarlas.

2. Los funerales: cuando la muerte llegaba a una familia

  La muerte ocupaba un lugar visible dentro de la sociedad antigua.

  Las condiciones sanitarias, las enfermedades y las limitaciones de la medicina hacían que la pérdida de familiares fuera una realidad frecuente.

  Entre los judíos, el entierro generalmente se realizaba con prontitud. El duelo podía incluir lamentaciones, acompañamiento de familiares y vecinos, y expresiones públicas de tristeza.

  La muerte no afectaba solamente a quien fallecía.

  Transformaba la vida de quienes permanecían.

  Una viuda podía enfrentar graves dificultades económicas. Los hijos podían perder a quien contribuía a su sustento. Los ancianos podían quedar sin el apoyo de un familiar.

  No sabemos qué funerales presenció Jesús durante sus años de juventud.

  Pero posteriormente los Evangelios lo muestran frente al dolor de personas que habían perdido a sus seres queridos.

  En Naín encontró una procesión funeraria en la que llevaban al único hijo de una viuda.

  Lucas 7:13 declara:

  «Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores». (RVR1960).

  Jesús comprendió la tragedia de aquella mujer.

  Su compasión no fue una reacción distante ante una situación desconocida.

  Se manifestó dentro de una sociedad donde la muerte podía dejar a una familia profundamente vulnerable.

3. Las enfermedades: el sufrimiento que entraba en las casas

  La enfermedad podía alterar completamente la vida de una familia galilea.

  Una fiebre intensa, una lesión o una incapacidad prolongada podían impedir que una persona trabajara.

  Y cuando el sustento dependía del esfuerzo diario, perder la capacidad de trabajar podía convertirse en una crisis económica.

  La medicina del siglo primero disponía de conocimientos y tratamientos, pero sus posibilidades eran limitadas frente a numerosas enfermedades.

  Los enfermos dependían frecuentemente del cuidado de sus familiares.

  Algunos padecimientos también podían provocar aislamiento social o restricciones religiosas.

  Durante su ministerio, Jesús encontró constantemente personas que sufrían estas situaciones.

  Sanó a enfermos, atendió a personas con discapacidades y respondió al sufrimiento de quienes acudían a él.

  En Marcos 1:30-31, por ejemplo, encontramos a la suegra de Simón postrada con fiebre.

  El relato muestra una situación doméstica reconocible: una mujer enferma, familiares preocupados y la necesidad de recibir ayuda.

  No conocemos las enfermedades que Jesús pudo haber presenciado durante su juventud.

  Pero había crecido en una sociedad donde el sufrimiento físico formaba parte de la existencia cotidiana.

4. Las preocupaciones económicas

  En Galilea, muchas familias dependían de la agricultura, la pesca, los oficios artesanales y otras actividades productivas.

  Los ingresos podían verse afectados por las cosechas, la disponibilidad de trabajo, las deudas y las obligaciones tributarias.

  Una temporada difícil podía reducir los recursos disponibles.

  Una deuda podía comprometer bienes familiares.

  Y la necesidad de alimentar a los hijos no desaparecía cuando faltaban los ingresos.

  Jesús conoció una sociedad donde estas preocupaciones eran reales.

  Posteriormente, sus enseñanzas utilizaron ejemplos relacionados con jornaleros, deudores, acreedores, administradores y propietarios.

  En Mateo 6:31 preguntó:

  «¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?» (RVR1960).

  Aquellas preguntas no eran imaginarias para sus oyentes.

  Representaban preocupaciones presentes en la vida de muchas familias.

  Jesús sabía hablar de necesidades concretas.

  Su enseñanza alcanzaba a personas que debían trabajar para conseguir el alimento del día siguiente.

5. Las fiestas religiosas y las peregrinaciones

  La vida comunitaria judía también estaba organizada alrededor del calendario religioso.

  La Pascua, Pentecostés y la fiesta de los Tabernáculos ocupaban un lugar destacado entre las celebraciones establecidas por la Ley.

  Las peregrinaciones a Jerusalén podían representar un acontecimiento importante para las familias.

  Viajar exigía preparación, recursos y tiempo.

  Los caminos reunían a personas procedentes de diferentes poblaciones.

  Lucas nos proporciona un testimonio directo de la participación de la familia de Jesús en estas celebraciones:

  «Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua». (Lucas 2:41, RVR1960).

  La declaración permite comprender que Jesús creció dentro de una familia que participaba regularmente en aquella peregrinación.

  Estos viajes ofrecían oportunidades para observar costumbres, escuchar conversaciones y conocer personas de otras regiones.

  Jerusalén presentaba una realidad social muy diferente de la pequeña Nazaret.

  El contacto con aquella ciudad ampliaba las experiencias de quienes llegaban desde Galilea.

6. Los vecinos: cooperación y conflictos

  En una población pequeña, las relaciones entre vecinos tenían una importancia considerable.

  Las personas podían necesitar ayuda para realizar determinadas tareas, intercambiar productos o resolver dificultades.

  Pero la cercanía también podía producir desacuerdos.

  Las deudas, los límites de las propiedades, las obligaciones incumplidas y las diferencias personales podían convertirse en motivos de conflicto.

  No conocemos disputas específicas que Jesús presenciara durante su juventud.

  Sin embargo, posteriormente enseñó acerca de situaciones que pertenecían a ese mundo social.

  Habló de reconciliarse con un hermano antes de presentar una ofrenda.

  Describió a personas que acudían ante un juez.

  Advirtió contra la hipocresía de quienes señalaban los defectos ajenos sin reconocer los propios.

  Y enseñó acerca del perdón.

  Sus palabras demostraban un conocimiento profundo de las relaciones humanas.

  Comprendía cómo el orgullo, la envidia, la ambición y el resentimiento podían destruir la convivencia.

  Su mente permaneció libre de pecado, pero conoció una sociedad donde el pecado afectaba continuamente las relaciones entre las personas.

7. Aprender a comprender a las personas

  Existe una diferencia entre conocer una enseñanza y comprender las circunstancias humanas en las que debe aplicarse.

  Una persona puede estudiar acerca de la pobreza sin haber convivido con quienes luchan por conseguir alimento.

  Puede conocer las disposiciones religiosas relacionadas con el duelo sin haber contemplado el sufrimiento de una familia.

  También puede aprender normas sobre la convivencia sin conocer las dificultades que surgen entre vecinos.

  Jesús no estuvo apartado de esas realidades.

  Creció en una sociedad donde las alegrías y los sufrimientos formaban parte de la experiencia común.

  Su verdadera humanidad incluyó un desarrollo progresivo, como declara Lucas 2:52.

  Esto no significa que necesitara pecar para comprender el pecado, ni sufrir personalmente cada desgracia para reconocer el dolor ajeno.

  Significa que su experiencia humana transcurrió entre personas cuyas vidas estaban marcadas por necesidades reales.

  Cuando comenzó a enseñar, no habló a una humanidad imaginaria.

  Habló a agricultores, pescadores, trabajadores, madres, padres, viudas, enfermos y personas preocupadas por su futuro.

  Conocía el mundo en el que vivían.

Conclusión. Un Maestro formado entre seres humanos

  Nazaret fue mucho más que el lugar donde Jesús residió durante su juventud.

  Fue el ambiente social en el que experimentó la vida de una comunidad judía.

  Las bodas reunían a las familias.

  Los funerales recordaban la fragilidad de la existencia.

  Las enfermedades provocaban sufrimiento y preocupación.

  Las dificultades económicas exigían esfuerzo, mientras las celebraciones religiosas reunían a personas de distintas generaciones.

  Jesús creció dentro de aquel mundo.

  No conocemos todos los acontecimientos que presenció, pero sabemos que no vivió separado de la sociedad humana.

  Su preparación como Maestro incluyó la experiencia de convivir con personas reales, conocer sus necesidades y observar las consecuencias de sus decisiones.

  Años después, cuando enseñó acerca del amor, la misericordia, el perdón y la justicia, sus palabras alcanzaron el corazón de quienes enfrentaban esas mismas realidades.

  El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

  Y aceptó vivir entre las alegrías, las lágrimas y las preocupaciones de la humanidad que había venido a salvar.

Continuamos con el capítulo 10, de aproximadamente 1,200 palabras, procurando que cada apartado aporte algo nuevo y sin repetir las descripciones de la familia, el oficio o la sociedad galilea de los capítulos anteriores.

En esta ocasión nos concentraremos en una cuestión distinta: el esfuerzo intelectual y la perseverancia necesarios para llegar a conocer profundamente las Escrituras cuando los libros eran escasos, el tiempo limitado y la vida exigía tantas responsabilidades.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.