Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
David despertó antes de que cantaran los primeros gallos.
Todavía no había abierto completamente los ojos cuando intentó girarse sobre un costado.
Una punzada le atravesó la espalda.
Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.
Durante unos instantes no supo si podría incorporarse sin despertar a toda la familia. Los músculos de los hombros parecían endurecidos y las piernas le dolían incluso antes de poner los pies en el suelo.
Había pasado el día anterior cargando madera, inclinándose sobre las piezas que debía preparar y caminando de regreso por las colinas. Ahora, en la oscuridad de su casa, su cuerpo parecía reclamarle cada uno de aquellos esfuerzos.
Intentó sentarse.
El dolor regresó.
—¡Ah…!
La exclamación escapó entre sus dientes.
—¿David?
La voz de su esposa llegó desde la oscuridad.
—Sigue durmiendo —respondió él—. No sucede nada.
—Los hombres que dicen que no sucede nada generalmente están tratando de ocultar algo.
David sonrió a pesar del dolor.
—Entonces debo aprender a quejarme en silencio.
Su esposa se incorporó.
—¿Te duele mucho?
—Solamente cuando me muevo.
—Eso no parece poca cosa.
David apoyó una mano en el suelo y consiguió sentarse.
—Ayer trabajé más de lo que estaba acostumbrado.
Ella encendió la lámpara.
La pequeña llama iluminó las paredes y dejó al descubierto el rostro cansado de David.
Su esposa lo observó.
—Tienes los ojos hinchados.
—Todavía no han tenido tiempo de despertarse.
Ella negó con la cabeza, pero sonrió.
David buscó las sandalias.
Al intentar colocarse la primera sintió el roce de la correa sobre el talón lastimado.
Retiró el pie.
Examinó la piel.
La irritación del día anterior seguía allí.
—Tendré que ajustar esto —murmuró.
Su esposa comenzó a preparar el alimento que llevaría.
David abrió la bolsa de herramientas y revisó su contenido.
Una de ellas tenía el mango ligeramente flojo.
La sostuvo bajo la luz.
Intentó ajustarla con la mano.
La madera cedió un poco.
No le agradó.
—¿Está dañada? —preguntó su esposa.
—Todavía puede servir.
—No te pregunté eso.
David levantó la mirada.
Ella lo conocía demasiado bien.
—El mango necesita atención —admitió—. Lo revisaré cuando regrese.
—¿Y si se rompe mientras trabajas?
David observó la herramienta.
Era una buena pregunta.
Pero tampoco podía darse el lujo de dejarla en casa.
—Tendré cuidado.
Su esposa no pareció convencida.
Le entregó un poco de pan y agua.
David comió sentado, mientras el resplandor de la lámpara iluminaba apenas sus manos.
En un rincón dormían los niños.
Su hijo mayor había dejado junto a su lugar de descanso las pequeñas piezas de madera con las que habían jugado la noche anterior.
David las observó.
Recordó sus risas.
La manera en que su hija había derrumbado aquella pequeña construcción.
Y la indignación de su hermano.
Sonrió.
—¿Qué sucede? —preguntó su esposa.
—Nada. Estaba pensando en la casa que construimos anoche.
Ella miró los pedazos de madera.
—No parece muy resistente.
—Tenemos un problema con una de las trabajadoras.
—¿Cuál?
—La más pequeña. Derriba todo lo que hacemos.
Su esposa soltó una risa suave.
David terminó el pan.
Después guardó el alimento para el descanso y tomó sus herramientas.
Ella se acercó para acomodarle la túnica bajo la correa de la bolsa.
—¿Te dijeron que regresaras?
David vaciló.
—Natán me dijo que llegara temprano.
—Entonces te esperan.
—Dijo que si había trabajo prefería tener cerca a los hombres que ya conocía.
Su esposa sostuvo su mirada.
—Eso es mejor que no haber dicho nada.
David asintió.
Tenía razón.
Pero ambos sabían que una posibilidad no era lo mismo que un jornal.
Antes de salir, ella le tomó una mano.
—No tienes que demostrar que eres más fuerte que todos los hombres de Séforis.
David sonrió.
—Con sobrevivir a Rubén será suficiente.
—¿Quién es Rubén?
—Un hombre que parece haber nacido enojado.
Ella soltó una risa.
Después le apretó suavemente los dedos.
—Cuídate.
David la miró.
Quiso decirle que no se preocupara.
Pero recordó la viga que casi habían dejado caer el día anterior.
Recordó también el peso de aquella madera sobre sus brazos.
—Lo haré —respondió.
Y salió a la oscuridad.
El cuerpo recordaba
El aire de la madrugada estaba frío.
David respiró profundamente.
El contraste con el calor de la vivienda le produjo un estremecimiento.
A su alrededor, Nazaret permanecía casi completamente en silencio.
Solamente se escuchaba el movimiento ocasional de algún animal y el ruido de sus propias sandalias sobre el terreno.
Comenzó a caminar.
Los primeros pasos fueron difíciles.
Las piernas parecían resistirse.
La espalda le dolía cada vez que descendía una pendiente, y al subir eran los muslos los que comenzaban a endurecerse.
Intentó acelerar.
No pudo mantener el ritmo.
Disminuyó la marcha.
Si continúas así, llegarás agotado antes de comenzar.
Aquella idea lo inquietó.
Todavía no sabía si lo contratarían.
Y si lo contrataban, tendría que trabajar durante toda la jornada.
No podía presentarse como un hombre incapaz de soportar el esfuerzo.
Se detuvo un instante para cambiar la bolsa de hombro.
Después continuó.
Las colinas se distinguían apenas contra el cielo oscuro. Una claridad tenue comenzaba a aparecer hacia el oriente.
El aire olía a tierra fresca y vegetación.
David escuchó pasos detrás de él.
Volvió la cabeza.
Un trabajador caminaba en la misma dirección.
Llevaba herramientas al hombro y avanzaba con la cabeza inclinada.
Cuando se acercó, David lo reconoció.
Era uno de los hombres que habían esperado trabajo junto a la entrada el día anterior.
No había sido contratado.
—Buenos días —saludó David.
El hombre levantó la mirada.
—Buenos días.
Caminaron juntos durante un trecho.
—¿Vuelves a Séforis? —preguntó David.
—Sí.
—¿Encontraste algo ayer?
El hombre negó con la cabeza.
—Fui a otras dos construcciones. En una me dijeron que regresara hoy.
David comprendió.
Aquella promesa podía significar una oportunidad.
O simplemente una manera de despedirlo.
—Espero que tengas suerte.
El hombre miró las herramientas de David.
—¿Tú trabajaste ayer?
—Sí.
—Entonces quizá vuelvan a contratarte.
—Eso espero.
Llegaron a una bifurcación.
El hombre tomó otro sendero.
—Que encuentres trabajo, nazareno.
—Y tú también.
David lo observó alejarse.
Durante unos instantes sintió el impulso de preguntarle si tenía familia.
Pero no lo hizo.
Quizá porque ya conocía demasiado bien la respuesta que podía escuchar.
Continuó caminando.
A medida que se acercaba a Séforis, el dolor comenzó a disminuir ligeramente. Los músculos parecían acostumbrarse al movimiento.
Pero la preocupación seguía allí.
¿Lo recordarían?
¿Habría trabajo suficiente?
¿O tendría que regresar a Nazaret después de recorrer nuevamente aquellos siete kilómetros?
La segunda mañana
Cuando llegó a la construcción, varios hombres esperaban junto a la entrada.
Algunos estaban sentados sobre piedras.
Otros permanecían de pie, sosteniendo sus herramientas.
David reconoció a Joel.
El muchacho comía un pedazo de pan mientras observaba la entrada.
Al verlo, levantó una mano.
—¡David!
David se acercó.
—¿Ya comenzaron?
Joel negó con la cabeza.
—Todavía no sale Natán.
—¿Y el capataz?
—Entró hace un rato.
David dejó la bolsa en el suelo.
Se acomodó junto al muro.
El corazón comenzó a latirle con mayor rapidez.
Había recorrido el camino.
Había soportado el dolor.
Y ahora debía esperar a que alguien decidiera si necesitaba sus brazos.
Joel terminó el pan.
—¿Te duele todo?
David volvió la cabeza.
—¿Se nota?
—Caminas como Rubén cuando se levanta después de beber demasiado vino.
David soltó una carcajada.
—No se lo digas.
—No pienso hacerlo. Quiero conservar todos mis dientes.
Ambos rieron.
La conversación alivió un poco la tensión.
Poco después apareció Natán.
Llevaba una cuerda enrollada en una mano y caminaba con la expresión seria de siempre.
Observó a los hombres.
Sus ojos se detuvieron en David.
—Tú trabajaste ayer.
David se puso de pie.
—Sí.
Natán miró sus herramientas.
Después observó a Joel.
—Necesitamos hombres para mover materiales. ¿Puedes hacerlo?
David sintió una punzada en la espalda, casi como si su cuerpo hubiera comprendido la pregunta antes que él.
Recordó las vigas.
El peso.
Los músculos temblando.
Pero también recordó las monedas que había depositado en la mano de su esposa.
—Puedo —respondió.
Natán señaló hacia el interior.
—Entonces entra.
David recogió sus herramientas.
No sonrió hasta haber cruzado la entrada.
Había conseguido otro día.
Pero todavía no sabía lo que tendría que hacer para ganarlo.
La piedra no perdona
Natán los condujo hacia una zona donde habían preparado varios bloques de piedra.
David se detuvo al verlos.
No eran pequeños.
Algunos descansaban directamente sobre el suelo. Otros habían sido colocados junto a maderas resistentes, cuerdas y palancas que servirían para trasladarlos.
Las superficies mostraban marcas de herramientas.
Había bordes ásperos.
Esquinas irregulares.
Y un peso que David no necesitaba comprobar con las manos para comprender que sería considerable.
Rubén estaba junto a uno de los bloques.
Cuando vio a David, levantó las cejas.
—¿Otra vez tú?
—Parece que sí.
Rubén señaló la piedra.
—Hoy no vamos a mover madera.
David examinó el bloque.
—Ya lo veo.
—La piedra no perdona los errores.
—La madera tampoco siempre.
Rubén sonrió de lado.
—Entonces veremos cuánto sabes.
Natán se acercó.
—Basta de conversaciones. Tenemos que trasladar estos bloques hasta aquella zona.
Señaló hacia el otro extremo de la construcción.
David siguió la dirección de su mano.
Había una pequeña pendiente.
El terreno era irregular.
Y cerca del recorrido se distinguían varias piedras sueltas.
Rubén tomó una cuerda.
Comenzó a explicar cómo moverían el primer bloque utilizando los apoyos de madera.
David escuchó atentamente.
Conocía aquel tipo de trabajo.
Pero también sabía que cada carga tenía sus propios peligros.
—Primero debemos despejar ese tramo —dijo, señalando la pendiente.
Rubén volvió la cabeza.
—Ya revisé el camino.
David observó las piedras.
—Hay material suelto cerca de donde pasarán los apoyos.
Rubén apretó los labios.
—¿Siempre tienes algo que decir?
David sintió que comenzaba a irritarse.
—Solamente cuando veo algo que puede hacernos caer.
El hombre lo miró fijamente.
Natán intervino.
—David tiene razón. Despejen el recorrido.
Rubén se volvió hacia los bloques.
No respondió.
Pero David comprendió que aquella observación no le había agradado.
Joel se acercó mientras recogían las piedras.
—Creo que Rubén comienza a apreciarte.
David lo miró.
—¿Eso crees?
—Todavía no te ha arrojado ninguna herramienta.
David soltó una risa.
Después continuaron preparando el camino.
Cuando la piedra comenzó a moverse
Colocaron maderas resistentes bajo el primer bloque.
Las palancas permitirían levantarlo lo suficiente para ajustar los apoyos, mientras las cuerdas ayudarían a controlar su desplazamiento.
Rubén revisó las posiciones.
—Nadie coloca las manos debajo de la piedra —advirtió—. Si comienza a caer, se apartan.
David observó a Joel.
El muchacho escuchaba con atención.
Natán dio la señal.
Los hombres aplicaron fuerza.
El bloque apenas se movió.
Rubén volvió a indicar el movimiento.
Esta vez la piedra avanzó ligeramente.
Una de las maderas crujió bajo el peso.
David sintió que la cuerda se tensaba entre sus manos.
La superficie áspera comenzó a rozarle las palmas.
Apretó los dedos.
El bloque avanzó otro poco.
—¡Despacio! —ordenó Rubén.
Los hombres corrigieron la posición de los apoyos.
La piedra continuó moviéndose.
David mantenía la vista fija en el terreno.
Entonces escuchó un chasquido.
Uno de los apoyos se había desplazado.
El bloque comenzó a inclinarse.
—¡Alto! —gritó David.
Pero Joel ya se había acercado.
El muchacho extendió una mano hacia la madera que se estaba moviendo.
Quizá pretendía corregirla.
Quizá pensó que todavía podía impedir que el bloque perdiera estabilidad.
David vio sus dedos aproximarse al espacio entre la piedra y el apoyo.
Sintió que el corazón se le detenía.
—¡JOEL, ATRÁS!
El muchacho volvió la cabeza.
David soltó la cuerda al quedar descargada y lo sujetó de la túnica, tirando de él hacia atrás.
En ese mismo instante, el bloque descendió violentamente.
La madera se desplazó con un golpe seco.
Una pequeña nube de polvo se levantó del suelo.
Durante un instante nadie se movió.
Joel estaba junto a David.
Su rostro había perdido el color.
Miró la piedra.
Después miró su mano.
El espacio donde había intentado colocarla había desaparecido bajo el bloque.
Rubén llegó inmediatamente.
—¡¿Qué estabas haciendo?!
Joel abrió la boca.
No consiguió responder.
—¡Pudiste perder la mano!
Natán se acercó.
Examinó los apoyos.
Después miró al muchacho.
—¿Estás herido?
Joel negó con la cabeza.
—No.
—Entonces apártate y bebe un poco de agua.
El joven obedeció.
David permaneció junto a la piedra.
Sentía los dedos rígidos.
El corazón le golpeaba con fuerza.
Había sido cuestión de un instante.
Un movimiento equivocado.
Un apoyo desplazado.
Una mano donde no debía estar.
Y aquel muchacho habría regresado a casa sin poder volver a utilizarla.
Rubén se volvió hacia David.
—Lo sacaste a tiempo.
David miró a Joel, que estaba sentado junto a un muro.
—Casi no lo consigo.
Rubén examinó la posición del bloque.
Después habló con una seriedad que David no le había escuchado antes.
—Por eso te dije que la piedra no perdona.
David no respondió.
Esta vez no tenía nada que discutir.
El muchacho que pudo perderlo todo
Durante la breve interrupción, David se acercó a Joel.
El joven estaba sentado con las manos sobre las rodillas.
Miraba el suelo.
David se acomodó junto a él.
—¿Cómo estás?
Joel tardó en responder.
—Bien.
David observó sus manos.
Le temblaban ligeramente.
—No parece.
El muchacho intentó sonreír.
—Pensé que podía detenerla.
—Lo sé.
—Solamente quería corregir el apoyo.
David guardó silencio.
Después señaló hacia los bloques.
—Hay cargas que ningún hombre puede detener con las manos.
Joel bajó la mirada.
—Rubén estaba furioso.
—Porque sabía lo que podía sucederte.
El joven levantó la cabeza.
—¿Crees que Natán me despedirá?
David comprendió que aquella pregunta le preocupaba casi tanto como el accidente.
—No lo sé.
Joel volvió a mirar el suelo.
David continuó:
—Pero si conservas el trabajo, no vuelvas a intentar algo semejante.
—No lo haré.
David observó las manos del muchacho.
—Míralas.
Joel obedeció.
—Puedes mover todos los dedos. Puedes sostener tus herramientas. Puedes regresar a casa entero.
El joven tragó saliva.
David habló con mayor suavidad.
—Hoy eso vale más que cualquier jornal.
Joel permaneció callado.
Después asintió.
Natán los llamó.
El trabajo debía continuar.
David se levantó.
Antes de regresar, colocó una mano sobre el hombro del muchacho.
—Ven. Todavía tenemos mucho que aprender de estas piedras.
Joel se puso de pie.
Y regresó con él.
El esfuerzo de muchos hombres
La tarea continuó durante buena parte de la mañana.
Después del accidente, los trabajadores se movían con mayor cautela.
Rubén revisaba los apoyos antes de cada desplazamiento.
Natán permanecía cerca cuando debían mover los bloques más grandes.
David comenzó a sentir dolor en los antebrazos.
Las cuerdas habían dejado marcas sobre sus palmas.
Cada vez que aplicaba fuerza, los músculos de la espalda se contraían.
El esfuerzo exigía algo más que resistencia.
Había que mantener la atención.
Escuchar las órdenes.
Reconocer cuándo una pieza comenzaba a inclinarse.
Y comprender que ningún hombre podía controlar por sí solo una carga semejante.
Rubén dirigía los movimientos con voz firme.
A veces era brusco.
Pero David comenzó a reconocer que sus indicaciones eran precisas.
Cuando ordenaba esperar, todos esperaban.
Cuando indicaba detenerse, nadie continuaba.
En una ocasión David observó que uno de los apoyos no estaba correctamente colocado.
Se lo señaló.
Rubén examinó la madera.
Después ordenó corregirla.
No agradeció la observación.
Pero tampoco discutió.
David comprendió que aquello era un avance.
Poco a poco comenzaron a entenderse.
No necesitaba que Rubén fuera amable.
Necesitaba que supiera dirigir la carga.
Y Rubén parecía comenzar a reconocer que el nuevo trabajador no era un hombre inexperto.
Cuando finalmente colocaron el último bloque en el lugar indicado, David sintió que las piernas apenas podían sostenerlo.
Se apartó.
Apoyó una mano contra el muro.
Respiró profundamente.
La túnica estaba húmeda.
Tenía partículas de piedra adheridas a los brazos.
El polvo se había mezclado con el sudor y formaba líneas oscuras sobre su piel.
Rubén pasó junto a él.
Se detuvo.
Observó los bloques que habían trasladado.
Después miró a David.
—No trabajas mal para ser nuevo.
David levantó la cabeza.
Aquello sí parecía un elogio.
—Tú tampoco diriges mal.
Rubén soltó una carcajada.
Joel, que estaba cerca, también comenzó a reír.
Por primera vez desde que había llegado a aquella construcción, David sintió que empezaba a formar parte del grupo.
El pan sabía diferente
Durante el descanso, David buscó una zona de sombra junto a un muro.
Se sentó lentamente sobre una piedra plana.
Las piernas parecían agradecer inmediatamente que hubiera dejado de sostener su peso.
Abrió la bolsa.
Sacó el pan.
Tenía tanta hambre que comenzó a comer antes de acomodarse por completo.
El pan estaba seco.
Pero aquella mañana le supo especialmente bien.
Bebió agua.
Estaba tibia.
La sintió descender por la garganta.
Durante unos instantes cerró los ojos.
Escuchó a los trabajadores conversando cerca.
Algunos hablaban de las tareas pendientes.
Otros discutían sobre los materiales.
Un hombre se quejaba de un dolor persistente en la rodilla.
Otro mencionó que su esposa esperaba que regresara temprano porque necesitaban reparar una parte de la vivienda.
David abrió los ojos.
Aquellas conversaciones le resultaban familiares.
Los trabajadores podían pasar el día levantando muros para otras personas.
Pero al regresar a sus casas también encontraban puertas que no cerraban, techumbres que necesitaban atención y objetos que se rompían.
El oficio no desaparecía cuando terminaba la jornada.
A veces continuaba en casa.
Y allí nadie pagaba por realizarlo.
David terminó el pan.
Guardó cuidadosamente el envoltorio.
Después observó sus manos.
Tenía una pequeña zona enrojecida cerca de la base de los dedos.
La cuerda había rozado repetidamente la piel.
Abrió y cerró las manos.
Sintió rigidez.
Pero podía mover todos los dedos.
Aquello lo tranquilizó.
Mientras descansaba, comenzó a pensar en el dinero que recibiría al terminar la jornada.
Si conseguía trabajar varios días seguidos, quizá podría guardar algunas monedas.
No muchas.
Pero suficientes para afrontar algún imprevisto.
Había aprendido que los imprevistos llegaban sin anunciarse.
Una sandalia rota.
Una herramienta dañada.
Una necesidad de los niños.
Un día de lluvia que impedía trabajar.
Siempre había algo.
David pensó que aquella semana podría ser diferente.
Había conseguido trabajo dos días seguidos.
Natán parecía confiar un poco más en él.
Rubén había dejado de tratarlo como a un desconocido.
Quizá las cosas comenzaban a mejorar.
Aquel pensamiento lo acompañó durante el resto del descanso.
La herramienta que comenzó a fallar
Después de comer, David regresó a sus tareas.
El esfuerzo de la mañana había dejado señales en todo su cuerpo.
Le costaba inclinarse.
Los hombros estaban rígidos.
Y cada vez que tenía que levantar una pieza, sentía que los músculos respondían con lentitud.
Natán le asignó una tarea menos pesada.
Debía preparar varias piezas de madera que utilizarían posteriormente.
David agradeció poder trabajar sin mover grandes cargas.
Colocó la primera pieza sobre los soportes.
Tomó una herramienta.
Comenzó a ajustar uno de los extremos.
Después de algunos movimientos percibió algo extraño.
El mango se había movido ligeramente dentro de la unión.
David se detuvo.
Examinó la herramienta.
Era la misma que había revisado antes de salir de casa.
La sostuvo firmemente.
Intentó ajustarla.
Pareció quedar mejor.
Volvió a trabajar.
El primer golpe fue normal.
También el segundo.
Pero al tercero sintió nuevamente el movimiento.
La cabeza de la herramienta se desplazó ligeramente.
David retiró la mano.
La examinó con preocupación.
Si continuaba trabajando, podía soltarse por completo.
Y una herramienta que se desprendía durante un golpe podía lastimarlo a él o a cualquier hombre cercano.
Dejó de utilizarla.
Buscó otra manera de terminar la tarea con las herramientas disponibles.
Trabajó más despacio.
Tuvo que cambiar varias veces la posición de la madera.
Y necesitó mayor esfuerzo para conseguir el mismo resultado.
Natán pasó cerca.
Observó lo que hacía.
—¿Por qué tardas tanto?
David le mostró la herramienta.
—El mango está cediendo.
Natán la examinó.
Movió ligeramente la cabeza.
—No la utilices así.
—Lo sé.
—Puedes lastimarte.
David asintió.
Natán volvió a entregársela.
—Tendrás que repararla.
—Esta noche.
Natán lo observó.
—¿Tienes madera adecuada?
David vaciló.
—Tendré que buscarla.
El hombre no respondió.
Continuó su recorrido.
David permaneció mirando la herramienta.
Sintió una molestia que no tenía relación con el dolor de sus brazos.
Repararla podía costarle dinero.
Y quizá tendría que conseguir un mango nuevo.
Había trabajado dos días seguidos.
Había comenzado a imaginar que podría guardar algunas monedas.
Ahora una parte de aquel dinero tendría otro destino.
Guardó la herramienta.
Y continuó trabajando con las demás.
Pero durante el resto de la tarde, cada vez que abría la bolsa, sus ojos se dirigían hacia el mango dañado.
Las monedas de aquella tarde
Al terminar la jornada, David recibió su paga.
Contó las monedas cuidadosamente.
Había trabajado duro.
Había soportado el dolor de la espalda, el peso de los bloques y el calor de la construcción.
Y había conseguido completar las tareas que le asignaron.
Mientras guardaba el dinero, sintió satisfacción.
Pero recordó la herramienta.
La sacó brevemente de la bolsa.
Examinó el mango.
La madera estaba desgastada cerca de la unión.
No bastaría con apretarla.
Necesitaría una reparación adecuada.
David volvió a guardarla.
Salió de la construcción.
El sol descendía sobre Séforis.
La ciudad continuaba llena de movimiento.
Comerciantes recogían mercancías.
Algunos trabajadores regresaban a sus casas.
Otros todavía permanecían ocupados.
David comenzó el camino hacia Nazaret.
Las piernas estaban cansadas.
Pero su preocupación principal ya no era el esfuerzo físico.
Pensaba en el dinero.
Había imaginado que podría guardar una pequeña cantidad.
Ahora tendría que decidir cuánto destinar a la reparación.
Y cuánto quedaría para las necesidades de la casa.
Durante el camino intentó calcular diferentes posibilidades.
Quizá pudiera reparar el mango él mismo.
Tal vez necesitara solamente una pieza de madera apropiada.
Pero si la unión estaba demasiado dañada, tendría que conseguir otro elemento.
No podía arriesgarse a utilizar una herramienta insegura.
Sus manos eran demasiado importantes.
Y también lo era su trabajo.
David siguió caminando.
La luz del atardecer se extendía sobre las colinas.
El aire comenzaba a refrescar.
A lo lejos apareció Nazaret.
Sintió alivio.
Estaba cerca de casa.
Una preocupación junto a la lámpara
Sus hijos lo recibieron con la alegría acostumbrada.
El mayor quiso mostrarle nuevamente la pequeña construcción de madera que habían preparado la tarde anterior.
La niña se acercó para abrazarlo.
David sonrió.
Pero esta vez tuvo que sentarse casi inmediatamente.
Las piernas parecían negarse a sostenerlo durante más tiempo.
Su esposa observó su rostro.
—¿Fue un día difícil?
David dejó escapar el aire lentamente.
—Movimos piedra.
Ella miró sus manos.
Las marcas de las cuerdas eran visibles.
Una zona de la piel estaba irritada.
David intentó restar importancia a las molestias.
—Estoy bien.
Su esposa no discutió.
Le acercó agua para que pudiera lavarse.
Después preparó la comida.
Los niños se sentaron cerca de él.
Su hijo mayor comenzó a preguntarle por las piedras.
Quería saber si eran grandes.
Cuántos hombres se necesitaban para moverlas.
Y si su padre podía levantarlas solo.
David sonrió.
—No. Eran demasiado pesadas.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Ni tú podías?
David negó con la cabeza.
—Hay cosas que ningún hombre debe intentar hacer solo.
El niño pareció considerar aquella respuesta.
Después volvió a jugar con sus pedazos de madera.
David lo observó durante unos instantes.
Le agradaba que su hijo admirara su trabajo.
Pero también quería enseñarle que la fuerza tenía límites.
Y que reconocerlos no era una vergüenza.
Más tarde, cuando los niños comenzaron a prepararse para dormir, David sacó la herramienta dañada.
La colocó junto a la lámpara.
Su esposa se acercó.
—¿Qué le pasó?
—El mango está cediendo.
Ella la examinó.
No necesitaba conocer todos los detalles del oficio para comprender que aquello representaba un problema.
—¿Puedes repararla?
David movió ligeramente la cabeza.
—Tal vez. Pero necesito una pieza adecuada.
Su esposa miró las monedas que él había dejado sobre una superficie cercana.
Habían comenzado a separarlas según las necesidades de la casa.
Una parte sería para alimentos.
Otra para aceite.
Y David había pensado reservar unas pocas.
Su esposa volvió a mirar la herramienta.
—Entonces tendremos que usar parte de lo que íbamos a guardar.
David permaneció callado.
Sabía que tenía razón.
Sin aquella herramienta, ciertas tareas serían más difíciles.
Y si no podía trabajar correctamente, corría el riesgo de perder futuros jornales.
La reparación no era un lujo.
Era una necesidad.
David tomó una de las monedas.
La sostuvo entre los dedos.
Pensó en las horas que había pasado bajo el sol.
En la cuerda tensándose entre sus manos.
En el peso de la piedra.
En el dolor de la espalda.
Y en el camino recorrido para regresar a casa.
Todo aquel esfuerzo había producido unas pocas monedas.
Ahora una parte desaparecería antes de que pudieran utilizarla para algo más.
Su esposa se sentó junto a él.
—Por lo menos encontraste trabajo otra vez.
David asintió.
—Sí.
Miró la herramienta.
Después las monedas.
Y finalmente a su esposa.
—Pensé que esta semana podríamos guardar algo.
Ella permaneció en silencio durante unos instantes.
Después tomó una de sus manos.
La examinó bajo la luz de la lámpara.
La piel estaba áspera.
Los dedos mostraban pequeñas heridas.
—Tendremos que esperar un poco más —respondió.
David bajó la mirada.
No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras.
Esperar.
Esperar para comprar algo.
Esperar para reparar otra cosa.
Esperar hasta conseguir más trabajo.
Esperar hasta que hubiera dinero suficiente.
Parecía que gran parte de su vida consistía en esperar.
Sin embargo, aquella noche había comida en casa.
Sus hijos estaban bien.
Y él había recibido un jornal.
David respiró profundamente.
Guardó las monedas que todavía podían reservar.
Después colocó la herramienta dañada junto a las demás.
Tendría que ocuparse de ella antes de que empeorara.
Lo que cuesta seguir trabajando
Cuando la casa quedó en silencio, David se acostó.
El cuerpo le dolía de una manera diferente a la noche anterior.
La espalda parecía más rígida.
Los brazos estaban pesados.
Y las palmas de las manos ardían ligeramente donde las cuerdas habían rozado la piel.
Intentó acomodarse.
Giró sobre un costado.
Después sobre el otro.
Finalmente encontró una posición que le permitió descansar.
Su esposa ya dormía.
Los niños respiraban tranquilamente.
David contempló durante unos instantes la oscuridad.
Pensó en la piedra que casi había atrapado la mano de Joel.
En Rubén dando órdenes.
En Natán exigiendo que terminaran las tareas.
Y en la herramienta que necesitaba reparar.
Comprendió algo que no había considerado cuando salió por primera vez hacia Séforis.
Conseguir trabajo no significaba solamente recibir dinero.
También significaba gastar fuerzas.
Desgastar las sandalias.
Dañar herramientas.
Y arriesgar el cuerpo del que dependía toda la familia.
David cerró los ojos.
A pesar del cansancio, se sentía agradecido por haber trabajado.
Pero aquella noche comprendía mejor el verdadero precio de cada jornal.
No solamente lo pagaban los hombres que contrataban sus servicios.
También lo pagaba él, poco a poco, con sus fuerzas, sus manos y los años de su vida.
Afuera, Nazaret permanecía en silencio.
Dentro de unas horas volvería a amanecer.
Y David tendría que levantarse nuevamente.
Esta vez, además de buscar trabajo, tendría que encontrar la manera de reparar aquello que necesitaba para conseguirlo.
Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.
Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que enfrentar los problemas cotidianos que se presentan en un trabajo.
Continua en el capítulo 5
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