01. El enemigo murió; el Hijo permaneció

Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:19-20 — “Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto…”

 Herodes había muerto.

 El hombre que durante décadas había luchado desesperadamente por conservar su reino finalmente había perdido aquello que nunca pudo retener: su propia vida. Sus fortalezas permanecían. Sus palacios seguían en pie. Sus soldados continuaban custodiando un reino que ya no le pertenecía. Pero el rey que había ordenado buscar al niño de Belén ya no podía hacerle daño.

 Y mientras Judea comenzaba a acomodarse a una nueva realidad después de la muerte de Herodes, lejos de allí, en Egipto, el niño seguía vivo.

 El contraste resulta extraordinario.

 Herodes había tenido soldados; Jesús había tenido que huir.

 Herodes había tenido fortalezas; Jesús había necesitado refugio.

 Herodes había gobernado ciudades; Jesús había vivido fuera de su tierra.

 A los ojos humanos, uno parecía poderoso y el otro vulnerable. Sin embargo, al terminar aquella historia, Herodes estaba muerto y el niño permanecía.

 Mateo 2:19-20 — “Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto…”

Pero había un costo detrás de aquellas pocas palabras de Mateo.

 Jesús había conocido el exilio.

 No debemos pasar demasiado rápido sobre esto. Egipto había significado protección, pero también significaba estar lejos de su tierra. El Hijo de Dios había entrado de tal manera en nuestra condición humana que aceptó incluso esto: ser llevado a otro país porque un gobernante quería matarlo.

 El que había creado la tierra tuvo que vivir fuera de la tierra de su pueblo. El que sostenía todas las cosas permitió ser llevado en brazos para escapar. El que tenía autoridad sobre reyes y naciones no utilizó su poder para destruir a Herodes ni convirtió su infancia en una demostración constante de su divinidad.

 Aceptó el exilio.

 Y esto nos permite comenzar a comprender algo que aparecerá una y otra vez cuando contemplemos su vida.

 La cruz no fue el primer momento en que Jesús estuvo dispuesto a renunciar por nosotros.

 La cruz sería la expresión culminante de una entrega que ya podía contemplarse desde mucho antes. La encarnación misma había significado aceptar condiciones que no correspondían a su gloria eterna: vulnerabilidad, dependencia, desplazamiento, peligro y ahora también vivir como extranjero.

 Podía haber venido rodeado de ejércitos celestiales.

 Vino como un niño.

 Podía haber eliminado a quien amenazaba su vida.

 Permitió que José lo llevara a Egipto.

 Podía haber exigido que el mundo se acomodara a Él.

 Él aceptó entrar en nuestro mundo tal como era.

 Y allí permaneció hasta que llegó el momento señalado.

 Mateo lo cuenta con una frase sencilla:

 “Pero después de muerto Herodes…”

 Entonces Dios volvió a hablar.

 Un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:

 “Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño.”

 La amenaza que había provocado la huida había terminado.

 Era tiempo de volver.

 Quizá José pudo pensar que lo peor había quedado atrás. El hombre que había querido matar al niño estaba muerto. El camino hacia Israel volvía a abrirse. La familia podía regresar a su tierra.

 Pero Herodes había muerto dejando algo detrás.

 Un reino dividido entre sus descendientes.

 Y sobre Judea comenzaba a levantarse otro nombre.

 Arquelao.

 Era hijo de Herodes.

 Había crecido dentro de aquella familia, había conocido aquel palacio y había observado de cerca la manera en que su padre ejercía el poder.

 Ahora tendría autoridad sobre el territorio al que José podía pensar regresar.

 Herodes estaba muerto.

 Pero ¿había muerto con él la amenaza?

 ¿Sería Arquelao diferente de su padre?

 ¿O seguiría sus pasos?

 José todavía no conocía todo lo que encontraría al regresar.

 Y muy pronto descubriría que, aunque el exilio estaba terminando, el peligro todavía no había desaparecido.

Herodes tuvo poder para obligarlo a huir.

Pero no pudo destruirlo.

Herodes murió.

El Hijo permaneció.

Y quizá allí encontramos una de las primeras grandes imágenes de lo que significó realmente la encarnación.

Dios no solamente vino a decirnos que conocía nuestro dolor.

Vino a vivir dentro de un mundo capaz de producirlo.

El Verbo eterno aceptó nuestra vulnerabilidad.

El Rey aceptó ser perseguido.

El Justo aceptó sufrir la injusticia.

El Inocente conoció lo que significa ser tratado como culpable sin haber hecho nada malo.

El Hijo de Dios entró en un mundo donde una familia podía verse obligada a abandonar su hogar para salvar la vida de un hijo.

Conoció el desplazamiento.

Conoció la amenaza.

Conoció la injusticia.

Conoció lo que significa que alguien quisiera destruirlo simplemente porque su existencia incomodaba al poder.

No observó nuestra condición desde la seguridad del cielo.

Entró en ella.

Y por eso, cuando alguien ha sido tratado injustamente, perseguido, rechazado, amenazado o forzado a abandonar lo que ama, Jesucristo no contempla ese dolor como alguien que desconoce nuestra experiencia.

Él estuvo aquí.

Fue perseguido.

Fue rechazado.

Fue amenazado.

Tuvo que huir.

Y sobrevivió a quien quiso destruirlo.

El Dios eterno había entrado verdaderamente en nuestra historia.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…” —Juan 1:14.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.