Dr. Elio M Rivera
Herodes había conseguido la corona.
Había sobrevivido a guerras, cambios de gobierno y luchas políticas. Roma lo reconocía como rey. Sus enemigos habían sido derrotados.
Pero todavía existía algo que Roma no podía obligar al pueblo a darle:
afecto.
Y entonces apareció frente a él un joven que parecía recibirlo naturalmente.
Su nombre era Aristóbulo III.
El muchacho que llevaba en la sangre una antigua dinastía
Aristóbulo era hermano de Mariamne, la esposa de Herodes.
Pertenecía, por tanto, a la familia asmonea.
Su madre era Alejandra, hija de Hircano II, y su padre había sido Alejandro, hijo de Aristóbulo II. Por ambos lados de su familia corría sangre de la dinastía que había gobernado Judea antes de Herodes.
Eso lo convertía en una figura especial.
Herodes tenía el título.
Aristóbulo tenía el linaje.
Y era todavía muy joven.
Josefo lo describe como un muchacho de extraordinaria apariencia física y elevada estatura para su edad.
No necesitaba conspirar para llamar la atención.
Su sola presencia recordaba a muchos judíos la antigua casa gobernante.
¿Quién sería el sumo sacerdote?
Aquí comenzó el problema.
El sumo sacerdocio no era simplemente un cargo religioso. En Judea poseía enorme prestigio social y político.
Herodes inicialmente había colocado en el puesto a un hombre llamado Ananel, procedente de Babilonia.
Pero Alejandra, madre de Aristóbulo, quería que su hijo ocupara el cargo que correspondía al prestigio de su familia.
La situación terminó llegando hasta Cleopatra VII de Egipto, y a través de ella hasta Marco Antonio.
Herodes comprendió el peligro político de permitir que el asunto escalara.
Finalmente removió a Ananel y nombró sumo sacerdote a Aristóbulo.
El joven tenía aproximadamente diecisiete años.
Herodes había puesto sobre él las vestiduras más importantes de la religión judía.
Y entonces ocurrió algo que probablemente confirmó todos sus temores.

Herodes se siente amenazado por la popularidad de Aristóbulo
Llegó la fiesta de los Tabernáculos.
Jerusalén estaba llena de peregrinos.
Aristóbulo apareció ante el pueblo vestido con las vestiduras del sumo sacerdote y se acercó al altar para desempeñar sus funciones.
Entonces la multitud reaccionó.
Josefo describe una escena extraordinaria.
Al contemplar al joven, recordar su familia y verlo desempeñando el sacerdocio, el pueblo comenzó a expresar públicamente su afecto por él.
Aquello no era una conspiración.
No era un ejército.
No era una rebelión.
Era admiración.
Pero para un hombre como Herodes, podía ser algo todavía más peligroso.
Porque el entusiasmo del pueblo revelaba una realidad que ninguna decisión del Senado romano podía cambiar:
los asmoneos todavía vivían en el corazón de muchas personas.
El problema no era lo que Aristóbulo hacía
Aristóbulo no necesitaba proclamarse rey.
No necesitaba levantar soldados.
No necesitaba atacar el palacio.
Su existencia era suficiente.
Era joven.
Era asmoneo.
Era sumo sacerdote.
Era admirado.
Y tenía algo que Herodes nunca había conseguido completamente:
legitimidad emocional ante una parte del pueblo.
Aquí los celos adquieren una forma particularmente peligrosa.
Cuando una persona está segura de quién es, puede celebrar el éxito de otro.
Pero cuando nuestra identidad depende de ser los más admirados, los más importantes o los más reconocidos, el brillo de otra persona puede comenzar a parecernos oscuridad sobre nosotros.
Herodes había colocado a Aristóbulo en el sumo sacerdocio.
Ahora comenzaba a temer aquello mismo que había creado.
Jericó
Tiempo después, Herodes y su familia se encontraban en Jericó.
Alejandra tenía allí una residencia.
Era una región cálida, conocida por sus jardines, palmeras y abundancia de agua.
Después de un banquete, Aristóbulo salió con algunos de los hombres de Herodes.
Había piscinas.
Los jóvenes comenzaron a jugar dentro del agua.
Era de noche.
Entonces ocurrió.
Josefo afirma que algunos de los hombres, siguiendo instrucciones, comenzaron a sumergir repetidamente a Aristóbulo como si estuvieran jugando con él.
Lo mantuvieron debajo del agua.
Y el muchacho dejó de moverse.
Cuando terminó aquella noche, Aristóbulo III estaba muerto.
Tenía aproximadamente dieciocho años.
El joven sumo sacerdote que había provocado el entusiasmo de Jerusalén había muerto ahogado en una piscina.
Parecía un accidente.
Josefo afirma que no lo fue.
Herodes lloró
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Herodes manifestó un profundo dolor.
Josefo dice que lloró públicamente y mostró una aflicción tan intensa que intentó convencer a los demás de que aquella muerte había sido accidental.
Organizó un funeral magnífico.
Gastó grandes cantidades de dinero.
Proporcionó perfumes y ornamentos.
Honró públicamente al joven muerto.
Pero según Josefo, detrás de aquellas lágrimas estaba el mismo hombre que había organizado su muerte.
Es una de las escenas más oscuras de su historia.
Herodes lloraba al hombre que había temido mientras estaba vivo.
Cuando los celos cambian nuestra manera de mirar
Aquí aparece por primera vez con toda claridad uno de los grandes enemigos interiores de Herodes:
los celos.
Aristóbulo no necesitó hacerle daño.
Herodes comenzó a verlo como amenaza porque otras personas lo admiraban.
Ese es el poder destructivo de los celos.
No cambian primero a la otra persona.
Cambian nuestros ojos.
El amigo comienza a parecer competidor.
El compañero comienza a parecer rival.
El talento de otro comienza a parecernos una disminución del nuestro.
La admiración que alguien recibe comienza a sentirse como algo que nos están quitando.
Y finalmente podemos terminar luchando contra personas que nunca estuvieron luchando contra nosotros.
Aristóbulo tenía dieciocho años.
Herodes tenía un reino.
Pero el rey terminó sintiéndose amenazado por el muchacho.
¿Qué aprendemos del corazón de Dios?
El contraste es enorme.
Herodes veía la grandeza de otro y sentía que debía disminuirla para conservar la propia.
Dios no funciona así.
Cuando Juan el Bautista comenzó su ministerio, multitudes acudieron a escucharlo. Cuando posteriormente apareció Jesús, Juan pudo decir:
«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.» — Juan 3:30.
Ese es un corazón completamente diferente.
No necesita destruir la luz de otro para sentirse seguro.
Y todavía existe algo más profundo.
El Padre no contempla la grandeza del Hijo como una amenaza.
La celebra.
No compite con él.
No necesita disminuirlo.
No teme compartir su gloria.
En el Jordán se escucharía una voz desde los cielos:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» — Mateo 3:17.
Herodes observó a un joven admirado por el pueblo y sintió miedo.
El Padre mira al Hijo y declara públicamente su complacencia.
Uno representa el corazón que necesita apagar a otros para conservar su lugar.
El otro nos muestra un amor que puede decir:
«Este es mi Hijo amado».
Aristóbulo murió porque un rey inseguro no pudo soportar que otro fuera admirado.
Y aquella muerte sería solamente el comienzo.
Referencias bíblicas
Proverbios 14:30; 27:4; Mateo 3:16–17; Juan 3:26–30; Santiago 3:14–16.
Referencias históricas
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV, 23–56. Fuente principal para la historia de Aristóbulo III: su linaje asmoneo, el conflicto por el sumo sacerdocio, su nombramiento siendo muy joven, la reacción popular durante la fiesta de los Tabernáculos, los temores de Herodes y su muerte en Jericó.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo relata que Aristóbulo fue ahogado por hombres vinculados a Herodes mientras simulaban jugar en una piscina y describe posteriormente las manifestaciones públicas de duelo y el elaborado funeral organizado por Herodes.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta una versión resumida de los conflictos entre Herodes y los miembros de la familia asmonea y de la muerte del joven Aristóbulo.
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