Hay algo que puede resultar todavía más difícil de comprender.
Jesucristo no solamente sabía lo que el hombre había hecho.
Sabía en qué se había convertido su corazón.
Podemos ocultar nuestras acciones delante de otras personas. Podemos cuidar nuestra reputación, seleccionar las palabras que pronunciamos y permitir que otros conozcan solamente una parte de nuestra historia.
Pero delante de Dios no existe esa posibilidad.
Antes de venir a rescatarnos, Cristo conocía todo lo que había dentro del corazón humano.
Dios había visto lo que ocurría por dentro
Desde los primeros capítulos de la historia humana encontramos una declaración estremecedora:
«Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Génesis 6:5).
Observe dónde coloca Dios el problema:
«los pensamientos del corazón».
La corrupción ya no estaba solamente en las acciones visibles.
Había penetrado en los pensamientos, deseos, intenciones y motivaciones.
Siglos después, Jeremías describiría aquel corazón de una manera todavía más directa:
«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).
Y la respuesta aparece inmediatamente:
«Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón» (Jeremías 17:10).
Nosotros podemos engañarnos acerca de nosotros mismos.
A Dios no podemos engañarlo.

Cristo sabía exactamente para que y por quién venía
Esto hace que su decisión de venir resulte todavía más extraordinaria.
Jesús no contemplaba una versión idealizada de la humanidad.
Veía lo que nadie más podía ver.
Conocía los pensamientos que jamás serían pronunciados.
Conocía las intenciones escondidas detrás de aparentes buenas acciones.
Conocía el orgullo.
La envidia.
El odio.
La codicia.
La mentira.
La crueldad.
La hipocresía.
Conocía los secretos que los seres humanos esconderían durante toda su vida.
Isaías llegó a reconocer:
«Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia» (Isaías 64:6).
No solamente nuestras maldades estaban contaminadas.
Hasta aquello con lo que pretendíamos demostrar nuestra propia justicia resultaba insuficiente delante de la santidad de Dios.
Tratemos de imaginarlo
Pensemos por un momento en algo muy humano.
Imagine que usted decide entregar todo lo que posee para rescatar a una persona.
Vende su casa.
Entrega sus ahorros.
Renuncia a su comodidad.
Está dispuesto incluso a poner en peligro su propia vida.
Pero antes de hacerlo recibe un expediente completo sobre aquella persona.
Lo abre.
Y comienza a leer.
Descubre que esa persona ha hablado mal de usted.
Lo ha despreciado.
Ha utilizado cosas que usted le dio para hacer daño.
Ha mentido acerca de usted.
Ha lastimado a personas que usted ama.
Y después descubre algo todavía peor:
si usted va a rescatarla, probablemente también lo lastimará a usted.
Ahora cierre el expediente.
Ya sabe la verdad.
Ya no puede decir:
«Si hubiera sabido quién era, quizá no habría ido».
Entonces llega la pregunta:
¿Iría de todos modos?
Él sí fue
Eso comienza a acercarnos —aunque sea débilmente— a lo que estamos contemplando.
Cristo no recibió un expediente incompleto de la humanidad.
Él conocía el corazón.
Conocía nuestra historia completa.
Conocía cada generación.
Conocía cada pensamiento.
Conocía cada secreto.
Conocía incluso los pecados que todavía no habían sido cometidos.
Y después de conocerlo todo, no cerró la puerta.
Decidió venir.
Aquí el amor comienza a adquirir otra dimensión
Es relativamente fácil amar aquello que consideramos digno de amor.
Es fácil acercarnos a quien nos aprecia.
Es fácil sacrificarnos por alguien que pensamos que hará lo mismo por nosotros.
Pero cuando conocemos lo peor de alguien y aun así decidimos buscar su restauración, estamos hablando de otra clase de amor.
Cristo no vino porque desconociera nuestra oscuridad.
Vino conociéndola perfectamente.
No encontró nuestra corrupción después de llegar.
No descubrió gradualmente de qué era capaz el corazón humano.
Las antiguas Escrituras ya habían dejado registrado el diagnóstico:
«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso».
Y el mismo Dios que escudriñaba ese corazón tomó una decisión extraordinaria:
entrar en nuestro mundo para rescatarlo.
Hasta este momento hemos contemplado lo que Cristo sabía acerca de nuestra condición.
Pero pronto la historia se volverá todavía más personal.
Porque no solamente sabía cómo éramos nosotros.
También sabía lo que nosotros haríamos con Él cuando llegara.
Y aun así vino.
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