10. Dios preparó un lugar especial para Adán, un huerto

Dr. Elio M. Rivera

  Adán estaba vivo.

  Por primera vez, según el relato bíblico, un ser humano respiraba, observaba, escuchaba y contemplaba el mundo que Dios había preparado.

  Pero la historia no termina allí.

  Dios no le dio vida para después abandonarlo a su suerte.

  Génesis nos muestra inmediatamente otra acción de Dios:

«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).

  Observe nuevamente el orden.

  Dios prepara.

  Después coloca allí al hombre.

  Y aquel lugar recibe un nombre que atravesará toda la historia bíblica:

Edén.

  Para muchas personas, la palabra Edén inmediatamente produce la imagen de un jardín.

  Y ciertamente había un huerto.

  Pero conforme avancemos descubriremos que reconstruir el escenario original será mucho más interesante que simplemente imaginar árboles y vegetación.

  Como establecimos desde el comienzo de esta investigación, no utilizaremos solamente Génesis.

  La Biblia es un enorme rompecabezas y tendremos que buscar las piezas que otros libros nos proporcionan.

  Algunas de las más sorprendentes aparecen precisamente en los últimos capítulos de la Biblia.

  Apocalipsis vuelve a mostrarnos elementos que encontramos al principio.

  El árbol de la vida.

  Un río de agua de vida.

  La presencia de Dios.

  Y todo ello aparece relacionado con una extraordinaria ciudad (Apocalipsis 21–22).

  Más adelante dedicaremos el espacio necesario para estudiar estas conexiones y preguntarnos hasta qué punto la restauración final nos permite comprender aquello que existió al principio.

  Allí examinaremos con detenimiento una posibilidad extraordinaria: el huerto de Edén dentro del escenario de una hermosa ciudad preparada por Dios.

  Pero no nos adelantemos.

  Llegaremos allí en su momento.

  Por ahora sigamos a Adán.

Un lugar preparado para vivir

  Génesis nos proporciona inmediatamente un detalle acerca de aquel lugar:

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Ya hemos hablado de la belleza y de la capacidad que Dios dio al hombre para disfrutarla, así que no necesitamos detenernos nuevamente en ello.

  Lo que me interesa observar ahora es otra cosa:

  Adán llegó a un lugar donde ya había provisión.

  No tuvo que comenzar su existencia preocupado por encontrar alimento.

  No tuvo que preguntarse dónde conseguiría su próxima comida.

  No tuvo que producir primero para poder sobrevivir.

  Cuando llegó, ya había algo esperando por él.

  Y poco después Dios le dijo:

«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).

  Esta declaración es muy importante para mí.

  Porque durante mucho tiempo, cuando pensaba en la historia de Adán y Eva, mi atención se dirigía inmediatamente hacia aquello que Dios había prohibido.

  El árbol.

  La orden.

  La desobediencia.

  La expulsión.

  Y al comenzar la historia allí, Dios podía parecerme principalmente alguien que había colocado una prohibición delante del hombre.

  Pero cuando respetamos el orden de la narración, descubrimos algo diferente.

  Antes de escuchar:

«no comerás»,

  Adán escuchó:

«De todo árbol del huerto podrás comer».

  No quiero desarrollar todavía el significado de aquella prohibición.

  Llegaremos a ella y la examinaremos con todo el cuidado que merece.

  Pero cuando lo hagamos tendremos que recordar el escenario completo.

  Porque el árbol prohibido no estaba solo en medio de un terreno vacío.

  Estaba rodeado de provisión.

  Y antes de estudiar aquello que Dios reservó, tendremos que reconocer aquello que había puesto a disposición del hombre.

Adán no fue creado para estar ocioso

  Entonces encontramos otro detalle que cambia considerablemente una idea común acerca del Edén.

  Cuando pensamos en el paraíso, fácilmente podemos imaginar una existencia en la que nadie tiene que trabajar.

  Descansar.

  Comer.

  Caminar.

  Disfrutar.

  Y hacer absolutamente nada.

  Pero esa no es la imagen que presenta Génesis.

  La Escritura dice:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).

  Esto es extraordinariamente importante.

  Adán tenía trabajo.

  Y todavía no había ocurrido el pecado.

  Todavía no había sucedido la caída.

  Por lo tanto, el trabajo no nació como consecuencia del pecado.

  Trabajar formaba parte de la vida humana original.

  Lo que posteriormente cambiaría serían las condiciones.

  Después del pecado aparecerían los espinos y los cardos, el dolor y el esfuerzo agotador asociado con obtener el alimento de una tierra afectada por la maldición (Génesis 3:17-19).

  Pero eso vendrá después.

  En este momento de la historia no encontramos a un hombre condenado a trabajar.

  Encontramos a un hombre al que se le ha dado algo que hacer.

  Y esa diferencia es enorme.

  Dios no creó a Adán simplemente para ocupar espacio dentro del Edén.

  Le dio una función.

  Una responsabilidad.

  Una tarea.

  Algo que podía desarrollar.

  Algo que podía cuidar.

  Algo en lo que podía participar.

  La expresión bíblica es sencilla:

«para que lo labrara y lo guardase».

  Había algo que cultivar.

  Y había algo que proteger y cuidar.

  Eso significa que desde el comienzo la vida humana tenía propósito.

  Adán no tendría que levantarse preguntándose:

¿Para qué existo?

  Había algo delante de él.

  Una creación sobre la cual Dios le había concedido responsabilidad.

  Y esto comienza a explicar un poco mejor aquellas palabras que ya encontramos anteriormente:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).

  Ahora comenzamos a ver aquel señorío en acción.

  Pero resulta interesante observar la primera manera en que aparece.

  No comienza destruyendo.

  No comienza explotando.

  No comienza tomando todo para sí.

  Comienza:

labrando y guardando.

  Cultivando.

  Cuidando.

  Administrando algo que pertenecía a Dios.

  Eso nos proporciona una pista muy importante acerca de la clase de autoridad que Dios estaba poniendo en manos del hombre.

Dios permitió que Adán participara

  Hay algo aquí que personalmente me parece hermoso.

  Dios no necesitaba la ayuda de Adán para mantener su creación.

  El mismo Dios que había creado la Tierra era perfectamente capaz de continuar ocupándose de ella.

  Entonces, ¿por qué darle trabajo al hombre?

  ¿Por qué confiarle una responsabilidad?

  ¿Por qué permitirle participar?

  Creo que estas preguntas comienzan a llevarnos hacia algo importante.

  Existe una enorme diferencia entre darle todo a un hijo y permitirle participar en aquello que hacemos.

  Un hijo necesita recibir.

  Pero también necesita crecer.

  Descubrir capacidades.

  Aprender.

  Tomar decisiones.

  Asumir responsabilidades.

  Hacer algo significativo.

  Experimentar la satisfacción de una tarea realizada.

  Eclesiastés dice:

«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).

  Observe esa última expresión:

«goce el bien de toda su labor».

  Hay una clase de satisfacción que solamente puede experimentarse cuando hemos participado en algo.

  Cuando hemos construido.

  Cuando hemos cuidado.

  Cuando hemos trabajado.

  Cuando vemos un resultado y sabemos que nuestras manos participaron en él.

  Quizá por eso el propósito original del hombre incluía responsabilidad.

  Dios no había creado un espectador.

  Había creado a alguien que participaría en el mundo que le había entregado.

  Y esto comienza a decirnos algo acerca de la relación que Dios quería establecer con él.

  No solamente recibiría cosas de Dios.

  Dios comenzaría a confiarle cosas.

  Eso representa un nuevo paso en nuestra investigación.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Detengámonos nuevamente frente al retrato que estamos construyendo.

  En este capítulo aparece una característica que merece nuestra atención:

Dios confía.

  Dios poseía toda la capacidad para hacer por sí mismo aquello que encomendó al hombre y, sin embargo, decidió darle una responsabilidad.

  Eso nos muestra que su propósito para el ser humano no era mantenerlo eternamente en una condición de inutilidad o dependencia infantil.

  Quería que desarrollara capacidades.

  Que asumiera responsabilidades.

  Que aprendiera a cuidar aquello que había sido puesto en sus manos.

  Que participara.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato:

Dios da propósito.

Dios confía responsabilidades.

Dios permite participar.

Dios espera que aquello que confía sea cuidado.

Dios parece interesado en el desarrollo de sus hijos.

  Y esto nos permite comprender algo todavía más profundo.

  Confiar algo a alguien es también una manera de honrarlo.

  Cuando confiamos una responsabilidad importante a una persona estamos diciendo, de alguna manera:

«Creo que puedes hacerlo».

  Adán acababa de comenzar su existencia y Dios ya le estaba concediendo una responsabilidad dentro de su creación.

  No era solamente alguien que recibiría.

  También sería alguien a quien se le podía confiar.

  La imagen de Dios continúa creciendo.

  Estamos encontrando a un Dios que no parece querer hijos incapaces de hacer nada sin Él moviendo cada una de sus manos.

  Les concede espacio para actuar.

  Les entrega responsabilidades reales.

  Les permite desarrollar aquello que ha puesto dentro de ellos.

  Y quizá esta sea la pieza que debemos llevarnos de este capítulo:

Dios no solamente quiso darle al hombre un lugar donde vivir. Quiso darle un lugar dentro de lo que Él estaba haciendo.

  Adán tenía ahora una responsabilidad.

  Pero estaba a punto de recibir una oportunidad todavía más sorprendente de participar con su Creador.

  Porque Dios llevaría delante de él a los animales…

  y permitiría que Adán decidiera cómo llamarlos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.