02. Antes de juzgar a Dios, regresemos al principio

Dr. Elio M. Rivera

  Durante muchos años estuve enojado con Dios.

  Y una de las razones de mi enojo se encontraba precisamente en las primeras páginas de la Biblia.

  La historia de Adán y Eva nunca me había parecido justa.

  Por lo menos, no como yo la entendía.

  En mi mente, la historia había sucedido más o menos así:

  Dios creó a Adán y Eva. Los puso en un hermoso huerto. En medio de aquel lugar dejó un árbol del cual les prohibió comer y, prácticamente unos cuantos días después de haberlos creado, permitió que apareciera una serpiente mucho más astuta que ellos para tentarlos.

  Ellos eran inocentes.

  No conocían el mal.

  No tenían experiencia.

  Nunca antes habían sido tentados.

  Y entonces cometieron un error.

  Comieron del fruto prohibido.

  Y Dios los expulsó del huerto.

  Eso era, en términos muy sencillos, lo que yo pensaba que había sucedido en Génesis.

  Y francamente, me molestaba.

  Mucho.

  Porque mientras más pensaba en aquella versión de la historia, más preguntas tenía.

  Si Dios sabía lo que iba a suceder, ¿por qué puso aquel árbol allí?

  ¿Por qué colocar algo prohibido en medio del lugar donde vivían?

  ¿Por qué permitir que fueran tentados?

  Si Adán y Eva acababan de ser creados y eran completamente inocentes, ¿realmente estaban preparados para enfrentarse a semejante prueba?

  ¿No pudo Dios impedir que la serpiente entrara?

  ¿No pudo advertirles mejor?

  ¿No pudo darles más tiempo?

  ¿Y por qué una desobediencia aparentemente tan sencilla terminó teniendo consecuencias tan enormes?

  Después de todo, habían comido de un árbol.

  Eso era todo.

  Al menos eso pensaba yo.

  Y cuando leía:

«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:17, RVR1960),

  una pregunta regresaba constantemente a mi mente:

  ¿Y para qué lo puso allí?

  Quizá usted alguna vez se ha hecho la misma pregunta.

  Yo sí.

  Y no era la única.

  También me preguntaba por qué Dios había permitido que Satanás se acercara a dos personas que, según mi manera de entender la historia, apenas estaban comenzando a vivir.

  La Biblia describe a la serpiente de esta manera:

«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho» (Génesis 3:1, RVR1960).

  Y aquello complicaba todavía más las cosas para mí.

  ¿Una serpiente astuta frente a dos seres humanos inocentes y sin experiencia?

  ¿Era aquello una prueba justa?

  Y luego venía lo que más me perturbaba.

  Después de que comieron, Dios pronunció juicio y finalmente los sacó del huerto:

«Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado» (Génesis 3:23, RVR1960).

  No podía evitar preguntarme:

  ¿No fue demasiado?

  Para mí, la historia parecía muy sencilla.

  Dios los había creado.

  Había puesto el árbol allí.

  Había permitido la tentación.

  Ellos habían fallado.

  Y después los había expulsado.

  Y aquella manera de entender Génesis comenzó a afectar algo mucho más profundo que mi interpretación de un pasaje bíblico.

  Comenzó a afectar la imagen que yo tenía de Dios.

  Porque si aquella era realmente la historia, había cosas de Dios que yo simplemente no comprendía.

  Y algunas, francamente, no me gustaban.

El problema era que yo creía conocer la historia

  Durante mucho tiempo nunca se me ocurrió pensar que pudiera existir otra manera de mirar aquellos acontecimientos.

  Para mí, Génesis era Génesis.

  Adán y Eva habían sido creados, habían pecado casi inmediatamente y Dios los había echado del huerto.

  Fin de la historia.

  O eso creía.

  Hasta que ocurrió algo que cambió profundamente mi manera de leer aquellas primeras páginas de la Biblia.

  Comencé a estudiarlas con más detenimiento.

  Y creo que el Espíritu Santo comenzó a mostrarme cosas que durante años habían estado delante de mis ojos y que yo nunca había considerado.

  No apareció otro libro de Génesis.

  No cambió el texto.

  No apareció una Biblia diferente.

  Las palabras siempre habían estado allí.

  Lo que comenzó a cambiar fue la manera en que yo estaba mirando los hechos.

  Y poco a poco surgió en mi mente una posibilidad que nunca había considerado:

¿Y si yo había juzgado a Dios sin conocer toda la historia?

  Aquella pregunta me inquietó.

  Porque una cosa es rechazar una historia después de examinarla cuidadosamente.

  Y otra muy diferente es rechazarla basándonos en una versión que hemos construido en nuestra mente.

  Así que decidí regresar al principio.

  Sin prisa.

  Y hacer algo que, para mi sorpresa, nunca había hecho realmente:

  investigar la historia de Adán y Eva paso por paso.

  ¿Qué dice Génesis y qué no dice?

  ¿Cómo era la vida antes de la caída?

  ¿Qué clase de personas eran Adán y Eva?

  ¿Qué sabían?

  ¿Qué habían recibido?

  ¿Qué responsabilidad tenían?

  ¿Qué significaba aquel árbol?

  ¿Qué ocurrió durante la tentación?

  ¿Qué hicieron ellos?

  ¿Qué hizo Dios?

  ¿Y qué sucedió realmente después?

  No responderé esas preguntas todavía.

  Quiero que hagamos juntos el mismo recorrido que cambió mi manera de entender esta historia.

  Porque algo sucedió conmigo mientras lo hacía.

  Mi interpretación de Génesis comenzó a cambiar.

  Y al cambiar mi interpretación de Génesis, comenzó a cambiar también mi imagen de Dios.

  Por eso quiero pedirle algo antes de continuar.

  No defienda a Dios.

  Pero tampoco lo condene todavía.

  No le estoy pidiendo que acepte mis conclusiones.

  Solamente le pido que hagamos algo mucho más sencillo:

Regresemos al principio y examinemos los hechos.

  La Biblia comienza diciendo:

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).

  Pues bien.

  Ahí comenzaremos.

  Porque antes de decidir qué clase de Dios encontramos en la historia de Adán y Eva, primero necesitamos descubrir qué ocurrió realmente en el Edén.

  Y quizá, cuando terminemos, descubramos que la historia que creíamos conocer no era exactamente como la habíamos imaginado.

Libro recomendado

Escuche música con propósito

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.