Por el Dr. Elio M Rivera
Hay cárceles que no tienen barrotes
Una persona puede caminar libremente por la calle y, sin embargo, vivir prisionera por dentro.
No necesita estar detrás de unos barrotes.
Puede estar encadenada al pasado.
A la culpa.
Al resentimiento.
Al odio.
Al temor.
A una conducta que desea abandonar pero que continúa repitiendo.
A recuerdos que regresan una y otra vez.
A una adicción.
A pensamientos que parecen dominarla.
A una herida que terminó convirtiéndose en una prisión.
Precisamente hablando de libertad, Jesucristo hizo una declaración extraordinaria:
“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”
Juan 8:36, RVR1960
Observe quién afirmó que produciría esa libertad.
Jesús no dijo solamente:
“Mis enseñanzas pueden ayudarlos a ser libres”.
Dijo:
“Si el Hijo os libertare…”
La libertad que prometió está directamente relacionada con Él.
Y eso nos proporciona otra afirmación que podemos investigar.
¿Puede Jesucristo realmente hacer libre a una persona?
Durante mis años como pastor he visto personas llegar completamente esclavizadas por situaciones interiores que parecían controlar su vida.
Personas llenas de resentimiento.
Personas incapaces de perdonar.
Personas dominadas por la culpa.
Personas atrapadas en conductas destructivas.
Personas que habían intentado cambiar muchas veces y siempre terminaban regresando al mismo lugar.
Y también he visto algo extraordinario:
he visto personas hacerse libres.
No simplemente aprender a esconder mejor aquello que les sucedía.
Libres.
Personas que finalmente pudieron perdonar.
Personas que dejaron atrás conductas que las habían dominado durante años.
Personas que pudieron hablar de su pasado sin continuar viviendo prisioneras de él.
Personas que dejaron de vivir dominadas por el odio.
Personas que encontraron libertad de una culpa que llevaban cargando durante mucho tiempo.
Y una y otra vez he escuchado la misma explicación:
“Cristo me hizo libre”.
Yo también conozco esa libertad
Como ha ocurrido con varias de las promesas que estamos investigando, tampoco puedo hablar de esta solamente como observador.
Yo sé lo que significa cargar cosas por dentro.
Sé lo que significa luchar con situaciones que uno quisiera cambiar.
Y también sé lo que significa llevarlas delante de Jesucristo y descubrir que aquello que parecía tener poder sobre uno puede comenzar a perderlo.
No estoy afirmando que toda lucha desaparezca instantáneamente.
Algunas libertades llegan en un momento.
Otras forman parte de un proceso.
Pero puedo mirar mi propia vida y reconocer áreas en las que Jesucristo produjo una libertad que yo no había podido producir por mí mismo.
Por eso, cuando leo:
“Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”
no estoy leyendo solamente una declaración teológica.
Estoy leyendo algo que considero haber experimentado.
Pregúnteles
Nuevamente, no tiene que creerme a mí.
Investigue.
Pregunte a personas que llevan años caminando con Jesucristo:
“¿De qué te hizo libre Cristo?”
Y después escuche.
Probablemente encontrará historias completamente diferentes.
Una persona hablará de culpa.
Otra hablará de resentimiento.
Otra de odio.
Otra de temor.
Otra de una conducta destructiva.
Otra de una adicción.
Otra quizá simplemente diga:
“Yo era prisionero de mi pasado”.
Lo extraordinario es que personas separadas por generaciones, países, idiomas y culturas continúan utilizando una palabra semejante para describir lo que sucedió cuando encontraron a Jesucristo:
libertad.
Una libertad que comienza con la verdad
Jesús explicó algo importante inmediatamente antes de hacer esta promesa:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:32, RVR1960
La libertad de Cristo no consiste simplemente en eliminar consecuencias o permitirnos hacer cualquier cosa que deseemos.
Jesús relacionó la libertad con conocer la verdad.
Verdad acerca de Dios.
Verdad acerca de nosotros mismos.
Verdad acerca del pecado.
Verdad acerca del perdón.
Verdad acerca de nuestra identidad.
Verdad acerca de aquello que nos está destruyendo.
Y finalmente, verdad acerca de quién puede hacernos libres.
Esto tampoco significa rechazar la ayuda profesional
Debemos mantener la misma prudencia que hemos tenido en otros artículos.
Una persona atrapada en una adicción o en una conducta destructiva puede necesitar tratamiento médico, psicológico, rehabilitación, acompañamiento pastoral o una combinación de diferentes recursos.
Buscar ayuda no significa falta de fe.
Pero existe algo que innumerables creyentes afirman haber encontrado en Jesucristo y que merece formar parte de nuestra investigación:
un poder interior para comenzar a vivir de una manera diferente.
La ayuda humana puede acompañar el proceso.
Pero ellos atribuyen a Cristo el comienzo de una libertad mucho más profunda.
Pero existe una manera todavía más personal de investigarlo
Quizá quien está leyendo estas palabras sabe perfectamente cuál es su prisión.
Nadie necesita decírselo.
Usted sabe qué cosa continúa dominándolo.
Quizá lleva años diciendo:
“Voy a cambiar”.
Y vuelve a caer.
Quizá es algo que nadie conoce.
Entonces esta promesa puede dejar de ser solamente una frase escrita en la Biblia.
Puede acudir directamente a Jesucristo.
No necesita intermediarios.
Puede decirle exactamente qué lo tiene atado:
“Jesucristo, tú dijiste que si el Hijo me libertare sería verdaderamente libre. Yo no he podido liberarme de esto. Necesito que hagas en mí lo que yo no he podido hacer. Hazme libre”.
Después comience a caminar con Él.
Busque ayuda cuando la necesite.
Tome decisiones.
Aléjese de aquello que lo vuelve a esclavizar.
Pero sobre todo, permanezca cerca de Cristo.
Y observe qué sucede.
Una promesa hecha hace casi dos mil años
Jesucristo dijo:
“Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”
Han pasado casi dos mil años.
Sin embargo, continúan apareciendo testimonios de personas que afirman exactamente eso:
“Cristo me hizo libre”.
Personas de diferentes generaciones.
Personas de diferentes culturas.
Personas con historias completamente distintas.
Y esto plantea nuevamente una pregunta importante para nuestra investigación.
¿Puede cumplirla hoy?
Un maestro puede enseñarnos principios que ayuden a modificar nuestro comportamiento.
Un filósofo puede cambiar nuestra manera de pensar.
Un terapeuta puede ayudarnos a comprender patrones destructivos y desarrollar herramientas para modificarlos.
Todo eso puede ser valioso.
Pero Jesucristo hizo una afirmación diferente:
“Si el Hijo os libertare…”
Se colocó a sí mismo como quien produce la libertad.
Por eso, si casi dos mil años después personas continúan acercándose directamente a Jesucristo y experimentando libertad de cosas que durante años las habían dominado, nuevamente tenemos que preguntarnos:
¿cómo puede un hombre que murió hace casi dos mil años continuar libertando personas hoy?
Para hacerlo tendría que estar vivo.
Tendría que conocer aquello que ocurre en el interior de cada persona.
Tendría que poder actuar donde nadie más puede ver.
Y tendría que poseer poder para romper cadenas que, en algunos casos, la persona no había podido romper por sí misma.
Pablo escribió:
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.”
2 Corintios 3:17, RVR1960
¿Cómo lo hace Jesucristo?
No puedo explicar completamente el mecanismo.
Pero nuevamente puedo decir:
he visto sus resultados en muchas personas y los he experimentado en mi propia vida.
Si Jesucristo prometió hace casi dos mil años que el Hijo podía hacernos verdaderamente libres, y todavía hoy personas de diferentes lugares y circunstancias afirman haber sido liberadas de aquello que las mantenía prisioneras, ¿estamos solamente aplicando las enseñanzas de un hombre del pasado… o estamos experimentando el poder presente de alguien que sigue vivo y todavía puede hacer verdaderamente libre al ser humano?
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