Por el Dr. Elio M Rivera
Hasta este momento hemos escuchado afirmaciones extraordinarias de Jesús. Lo hemos oído decir: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Lo hemos escuchado declarar: “Yo y el Padre uno somos”. También hemos descubierto que utilizó para sí mismo el título “Hijo del Hombre”, identificándose con la figura de Daniel 7 que recibe dominio, gloria y un reino eterno.
Pero ahora sucede algo diferente.
Jesús ya no solamente dice algo acerca de su identidad.
Ahora hace algo que provoca inmediatamente una pregunta entre los expertos religiosos presentes:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
La pregunta es extraordinariamente importante para nuestra investigación.
Porque Jesús está a punto de realizar una acción mediante la cual obliga nuevamente a quienes lo rodean a preguntarse:
¿Quién es realmente este hombre?
Una casa llena y un hombre que necesitaba un milagro
El acontecimiento ocurrió en Capernaum.
Jesús había regresado a la ciudad y rápidamente comenzó a correr la noticia de que estaba en una casa. Marcos describe una multitud tan grande que ya no había espacio disponible.
“E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.”
Marcos 2:2, RVR1960
Entonces llegaron cuatro hombres cargando a un paralítico.
Querían llevarlo hasta Jesús.
Pero era imposible entrar.
La casa estaba completamente llena.
En lugar de darse por vencidos, aquellos hombres subieron al techo, hicieron una abertura y comenzaron a bajar la camilla sobre la que estaba acostado su amigo.
Imagine por un momento la escena.
Jesús está enseñando.
La casa está abarrotada.
De pronto comienza a abrirse el techo sobre las cabezas de quienes se encuentran allí.
Y lentamente aparece un hombre paralítico descendiendo frente a Jesús.
Todos saben lo que necesita.
Necesita caminar.
Probablemente todos esperan lo mismo:
“Jesús, sánalo”.
Pero Jesús hace algo completamente inesperado.
“Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5, RVR1960
¿Sus pecados?
El hombre había venido buscando una sanidad física.
Y Jesús comienza hablando de algo que nadie podía ver:
su pecado.
¿Quién puede perdonar pecados?
Entre las personas que estaban dentro de aquella casa había escribas.
Ellos conocían las Escrituras.
Y cuando escucharon las palabras de Jesús comenzaron inmediatamente a razonar:
“¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7, RVR1960
Aquí necesitamos detenernos.
Porque, dentro de la teología bíblica de Israel, la pregunta tenía fundamento.
El pecado es, en última instancia, una ofensa contra Dios.
David, después de su terrible pecado, había orado:
“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…”
Salmo 51:4, RVR1960
Y las Escrituras presentaban repetidamente a Dios como aquel que perdona la maldad.
El profeta Isaías registra estas palabras de Jehová:
“Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.”
Isaías 43:25, RVR1960
Miqueas pregunta:
“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad?”
Miqueas 7:18, RVR1960
Y el Salmo 103 declara:
“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias.”
Salmo 103:3, RVR1960
Por eso los escribas comprendieron inmediatamente la gravedad de lo que acababan de escuchar.
Jesús no había dicho:
“Voy a pedirle a Dios que perdone tus pecados.”
Tampoco había pronunciado simplemente un anuncio sacerdotal relacionado con un sacrificio realizado en el templo.
Jesús miró directamente al hombre y declaró:
“Tus pecados te son perdonados.”
La pregunta surgió inmediatamente:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Jesús sabía exactamente lo que estaban pensando
Lo que sucede después hace que el episodio sea todavía más interesante.
Los escribas no habían expresado necesariamente sus pensamientos en voz alta.
Marcos dice que estaban “cavilando en sus corazones”.
Entonces añade:
“Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?”
Marcos 2:8, RVR1960
Jesús conocía la objeción.
Y en lugar de retirar sus palabras, plantea una pregunta:
“¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?”
Marcos 2:9, RVR1960
La pregunta es brillante.
Decir “tus pecados te son perdonados” es fácil en un sentido: nadie puede mirar dentro del cielo para comprobar inmediatamente si ocurrió.
Pero decirle a un paralítico:
“Levántate y anda”
es diferente.
Eso puede comprobarse en ese mismo instante.
El hombre caminará…
o permanecerá acostado.
Jesús entonces utiliza lo visible para demostrar su autoridad sobre lo invisible.
El milagro se convierte en evidencia
Jesús declara:
“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…”
Marcos 2:10, RVR1960
Observe cuidadosamente esas palabras:
“Para que sepáis…”
Jesús está a punto de proporcionar una evidencia.
No sana simplemente porque siente compasión por aquel hombre, aunque evidentemente la compasión forma parte de su ministerio.
En esta ocasión el milagro tiene además una función específica:
demostrar autoridad.
¿Autoridad para qué?
Para perdonar pecados.
Entonces Jesús mira al paralítico y dice:
“A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.”
Marcos 2:11, RVR1960
Toda la casa debe haber quedado en silencio.
Ahora ya no había argumentos.
Había que esperar.
¿Se levantaría?
Marcos responde:
“Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos…”
Marcos 2:12, RVR1960
El hombre que había entrado cargado por cuatro personas salió caminando y cargando aquello que antes lo había cargado a él.
Y Marcos registra la reacción:
“…de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
Marcos 2:12, RVR1960
Jesús no evitó la pregunta; la llevó todavía más lejos
Aquí encontramos un detalle fundamental para nuestra investigación.
Los escribas plantearon una objeción teológicamente seria:
Solamente Dios puede perdonar pecados.
Jesús pudo haber respondido:
“No me entendieron. Yo no estoy afirmando poseer semejante autoridad”.
Pero no lo hizo.
En lugar de retirar la declaración, realizó un milagro precisamente para demostrar que tenía esa autoridad.
El razonamiento del relato es extraordinariamente sencillo:
Jesús declara perdonados los pecados de un hombre.
Los escribas piensan:
“Sólo Dios puede hacer eso.”
Jesús conoce su objeción.
Entonces dice, en esencia:
“Voy a demostrarles que el Hijo del Hombre tiene autoridad para hacerlo.”
Y sana al paralítico delante de ellos.
No estamos diciendo todavía que este episodio, aislado de todo lo demás, resuelva completamente la cuestión de la divinidad de Cristo.
Pero cuando lo colocamos junto a las demás afirmaciones que estamos estudiando, el cuadro comienza a hacerse cada vez más impresionante.
Un profeta podía anunciar el perdón; Jesús habla con autoridad propia
Esta distinción merece atención.
Los profetas del Antiguo Testamento podían anunciar que Dios perdonaría.
Natán, por ejemplo, después de que David confesara su pecado, le dijo:
“También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.”
2 Samuel 12:13, RVR1960
Pero observe la diferencia.
Natán señala hacia Dios:
“Jehová ha remitido tu pecado.”
En Capernaum, Jesús se coloca frente al paralítico y declara:
“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Y cuando cuestionan su derecho para hacerlo, Jesús no dirige la atención hacia otra autoridad que esté actuando independientemente de Él.
Declara:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Estamos nuevamente frente a aquel título que acabamos de estudiar:
El Hijo del Hombre.
El personaje de Daniel 7 que recibe dominio y un reino eterno aparece ahora en labios de Jesús relacionado con una autoridad que sus propios adversarios reconocían como perteneciente a Dios.
¿Y si el hombre hubiera permanecido paralítico?
Hay una manera sencilla de comprender la fuerza del episodio.
Imagine que Jesús hubiera dicho:
“Para que sepan que tengo autoridad para perdonar pecados: levántate y anda.”
Y el hombre no hubiera podido levantarse.
La afirmación de Jesús habría quedado públicamente desacreditada.
El milagro era verificable.
Había personas presentes.
El hombre había llegado paralítico.
Y Jesús vinculó deliberadamente la sanidad física con su afirmación de poseer autoridad para perdonar.
Según el relato de Marcos, el hombre:
“se levantó en seguida”.
Eso explica el asombro de quienes estaban allí.
No solamente habían escuchado una enseñanza.
Habían presenciado una afirmación extraordinaria acompañada por un acto extraordinario.
Una pregunta que comienza a repetirse
Recordemos nuestro propósito.
No comenzamos esta serie diciendo al lector:
“Tiene que creer que Jesús es Dios.”
Estamos intentando reconstruir el caso paso a paso.
Estamos escuchando a Jesús dentro de su propio mundo.
Hasta ahora hemos encontrado:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Juan 8:58.
Después:
“Yo y el Padre uno somos.”
Después descubrimos que Jesús se identifica con el Hijo del Hombre de Daniel, que viene con las nubes y recibe dominio eterno.
Y ahora encontramos algo diferente.
Jesús mira a un hombre y declara:
“Tus pecados te son perdonados.”
Los expertos religiosos presentes inmediatamente piensan:
“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Y Jesús responde realizando un milagro para demostrar que:
“El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”
Una afirmación podría ser malinterpretada.
Dos podrían ser discutidas.
Pero conforme avanzamos, comienza a aparecer un patrón.
Jesús habla de haber existido antes de Abraham.
Afirma una extraordinaria unidad con el Padre.
Se identifica con el Hijo del Hombre celestial de Daniel.
Y ahora reclama autoridad para perdonar pecados.
Por eso debemos continuar haciendo la misma pregunta:
¿Quién era realmente Jesús de Nazaret?
Porque si Jesús era solamente un maestro religioso, sus palabras comienzan a resultar difíciles de explicar.
Pero nuestra investigación apenas continúa.
Todavía quedan declaraciones aún más sorprendentes.
Referencias
Biblia Reina-Valera 1960: 2 Samuel 12:13; Salmo 51:4; Salmo 103:1-3; Isaías 43:25; Miqueas 7:18-19; Daniel 7:13-14; Marcos 2:1-12; Lucas 5:17-26.
France, R. T. The Gospel of Mark. The New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Edwards, James R. The Gospel according to Mark. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 2002.
Keener, Craig S. The IVP Bible Background Commentary: New Testament. InterVarsity Press.
Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.
- “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”: Jesús se presenta como la fuente de agua viva
Juan 4:10-14; Juan 7:37-39. En las Escrituras Dios es llamado fuente de agua viva; Jesús invita ahora a los sedientos a venir directamente a Él. - “Yo soy la resurrección y la vida”: Jesús afirma tener autoridad sobre la muerte
Juan 11:25-44. Jesús no solamente promete que habrá una resurrección: declara “Yo soy la resurrección y la vida”, y posteriormente llama a Lázaro fuera de la tumba.
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