01. Jesucristo, cuando un hombre comenzó a hablar como Dios

Por el Dr. Elio M Rivera

  Para nosotros resulta relativamente fácil escuchar expresiones como Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”. Han transcurrido casi dos mil años de cristianismo y estas palabras forman parte del lenguaje habitual de millones de personas.

  Pero para comprender verdaderamente lo que ocurrió con Jesús de Nazaret tenemos que hacer un esfuerzo: debemos olvidar por unos momentos esos dos mil años de historia y trasladarnos mentalmente a la Judea y Galilea del siglo I.

  Imaginemos que todavía no existe el cristianismo.

  No existen iglesias cristianas. No existe el Nuevo Testamento reunido como lo conocemos. No existen catedrales, cruces en los templos ni millones de personas llamando a Jesús “Señor”.

  Existe, en cambio, un pueblo profundamente marcado por las Escrituras de Israel y por la convicción de que el Dios de Israel ocupa una posición absolutamente incomparable.

  Una de las declaraciones fundamentales de su fe decía:

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960

  Dentro de ese mundo aparece Jesús de Nazaret.

  Un hombre.

  La gente podía verlo caminar. Podía escucharlo hablar. Lo habían visto comer, dormir y cansarse. Había crecido en Nazaret. Algunos conocían a su familia.

  Y entonces aquel hombre comenzó a decir cosas acerca de sí mismo que resultaban extraordinariamente difíciles de asimilar.

No era simplemente otro maestro religioso

  Jesús enseñaba acerca de Dios, pero no se limitaba a hablar de Dios.

  Una y otra vez comenzó a colocarse a sí mismo en lugares que obligaban a quienes lo escuchaban a preguntarse: ¿Quién cree este hombre que es?

  Perdonó pecados.

  Afirmó tener una relación única con el Padre.

  Dijo que había existido antes que Abraham.

  Se presentó como la resurrección y la vida.

  Afirmó que el destino eterno del ser humano estaba relacionado con su respuesta hacia Él.

  Declaró que un día vendría con autoridad celestial.

  Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.

  Esto necesita ser entendido dentro de su contexto histórico.

  No debemos simplificar diciendo que cualquier persona que se proclamara “Mesías” habría sido automáticamente acusada de blasfemia. El judaísmo de aquella época conocía expectativas mesiánicas diversas. Incluso expresiones como “hijo de Dios” podían utilizarse en determinados contextos sin significar necesariamente que alguien fuese Dios.

  El problema con Jesús era mucho mayor.

  Era la acumulación de sus afirmaciones, sus acciones y la autoridad que reclamaba.

  Los Evangelios incluso conservan la reacción de sus adversarios:

“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960

  Observe cuidadosamente la acusación.

  “Tú, siendo hombre…”

  Ahí se encuentra precisamente el escándalo.

  Ellos estaban viendo frente a ellos a un hombre de carne y hueso y, sin embargo, interpretaban algunas de sus palabras como una pretensión de ocupar una posición que pertenecía a Dios.

Algunas personas pensaron que había perdido la razón

  La reacción no vino solamente de sus enemigos.

  Marcos conserva un detalle extraordinariamente humano y, precisamente por eso, muy significativo:

“Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.”
Marcos 3:21, RVR1960

  El texto dice “los suyos”; otras traducciones lo explicitan como sus parientes o familiares. Unos versículos después, Marcos menciona a su madre y a sus hermanos buscándolo (Marcos 3:31-35). Por ello, es mejor expresarlo cuidadosamente: personas de su entorno familiar llegaron a pensar que estaba “fuera de sí”.

  Pensemos en lo que esto significa.

  Hoy millones de personas se arrodillan ante Jesús.

  Pero cuando comenzó su ministerio, hubo personas cercanas a Él que aparentemente pensaron que aquello había llegado demasiado lejos.

  Otros reaccionaron todavía peor. Los escribas procedentes de Jerusalén no negaban que estaban ocurriendo acontecimientos extraordinarios; llegaron a atribuir su poder a Beelzebú:

“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú…”
Marcos 3:22, RVR1960

  Las reacciones comenzaban a polarizarse.

  Para algunos estaba fuera de sí. Para otros actuaba por poder demoníaco. Para otros era un profeta. Para otros era el Mesías. Y algunos comenzaron a creer que era verdaderamente el Hijo de Dios.

Intentaron apedrearlo

  En determinadas ocasiones la reacción llegó a la violencia.

  Jesús declaró:

“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960

  La siguiente reacción resulta reveladora: “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle” (Juan 10:31). Cuando Jesús les pregunta por qué quieren hacerlo, responden que no es por una buena obra, sino por blasfemia, “porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.

  No necesitamos imaginar cómo interpretaron aquella declaración.

  El propio relato nos lo dice.

  En otra ocasión Jesús pronunció unas palabras todavía más desconcertantes:

“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960

  Y nuevamente la reacción fue inmediata:

“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960

  Algo estaba sucediendo alrededor de Jesús que hacía imposible permanecer indiferente.

Comenzaron a buscar cómo matarlo

  El conflicto continuó creciendo.

  Juan explica que después de una controversia relacionada con el sábado:

“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960

  Una vez más aparece la misma cuestión.

  ¿Quién era este hombre?

  El problema no consistía simplemente en que Jesús enseñara acerca de Dios. Israel había tenido profetas durante siglos.

  Los profetas podían decir:

  “Así dice Jehová.”

  Pero Jesús hablaba con una autoridad personal sorprendente:

  “Pero yo os digo…”

  Y no solamente enseñaba con autoridad. Perdonaba pecados, redefinía la relación de las personas con Él, reclamaba una relación singular con el Padre y hablaba de una existencia que trascendía la vida humana ordinaria.

Finalmente lo acusaron de blasfemia

  La tensión llega a uno de sus puntos culminantes durante el interrogatorio ante el sumo sacerdote.

  Este le pregunta:

“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”

  Jesús responde:

“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:61-62, RVR1960

  Jesús está combinando imágenes extraordinarias de las Escrituras, particularmente Daniel 7 y el Salmo 110.

  La reacción del sumo sacerdote fue inmediata:

“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960

  Desde la perspectiva de quienes lo juzgaban, aquello había cruzado una línea.

  Los estudios históricos señalan que existían distintas maneras de entender jurídicamente la blasfemia en el judaísmo antiguo. Sin embargo, también contamos con fuentes judías de la época que muestran que atribuirse igualdad o prerrogativas propias de Dios podía ser considerado blasfemo. Por eso la acusación presentada en los Evangelios encaja dentro de un contexto judío antiguo reconocible.

Pero entonces ocurrió algo todavía más extraño

  Aquí aparece quizá la parte más desconcertante de toda la historia.

  No todos pensaron que Jesús estaba loco.

  No todos pensaron que era un blasfemo.

  No todos quisieron matarlo.

  Hubo personas que lo escucharon, convivieron con Él, viajaron con Él, comieron con Él y observaron su comportamiento durante años…

  y le creyeron.

  Ese es el hecho que hace que nuestra investigación sea todavía más interesante.

  Porque si un hombre aparece afirmando poseer prerrogativas divinas, tenemos varias posibilidades que investigar. Puede estar engañando deliberadamente. Puede estar equivocado respecto de sí mismo. Sus seguidores pueden haber deformado posteriormente lo que realmente dijo. O quizá exista otra explicación mucho más extraordinaria.

  No debemos decidirlo todavía.

  Pero tampoco podemos ignorar la pregunta.

Una pregunta que lleva dos mil años esperando respuesta

  Intentemos mirar nuevamente a Jesús sin dos mil años de familiaridad cristiana.

  Imagine encontrarse en Galilea.

  Delante de usted hay un hombre de Nazaret.

  Lo ve caminar.

  Lo escucha hablar.

  Y aquel hombre comienza a decir cosas que parecen colocar su identidad en una categoría completamente diferente.

  Algunos dicen:

  “Está fuera de sí.”

  Otros:

  “Blasfema.”

  Otros toman piedras.

  Otros conspiran para matarlo.

  Pero otros abandonan sus ocupaciones, comienzan a seguirlo y terminan convencidos de que aquel hombre es realmente quien afirma ser.

  Entonces ya no basta con preguntar qué enseñaba Jesús.

  Tenemos que hacer una pregunta mucho más incómoda:

  ¿Quién era Él?

  Y existe una manera extraordinariamente sencilla de comenzar nuestra investigación.

  En lugar de empezar preguntando qué dice el cristianismo acerca de Jesús, comenzaremos preguntando:

  ¿Qué dijo Jesús acerca de sí mismo?

  Eso es precisamente lo que examinaremos a continuación.

Referencias bíblicas

  • Deuteronomio 6:4.
  • Daniel 7:13-14.
  • Salmo 110:1.
  • Marcos 2:5-12.
  • Marcos 3:20-35.
  • Marcos 14:61-64.
  • Juan 5:16-18.
  • Juan 8:48-59.
  • Juan 10:27-39.
  • Juan 11:25-27.
  • Juan 14:6-11.

Referencias históricas y académicas

  • Adela Yarbro Collins, “The Charge of Blasphemy in Mark 14.64”, Journal for the Study of the New Testament, 2004. La autora analiza la acusación de blasfemia en Marcos dentro de su contexto judío y las implicaciones de atribuirse autoridad y estatus divinos.
  • Brant Pitre, “Jesus’s Divinity and the Quest for the Historical Jesus”, University of Notre Dame. Presenta fuentes judías antiguas —incluidos Filón, Josefo y 2 Macabeos— relevantes para comprender cómo podían percibirse las pretensiones de igualdad o estatus divino.
  • Reina-Valera 1960, textos de Juan 10 y Marcos 14 para las reacciones de blasfemia y condenación descritas en los Evangelios.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.