Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando escuchamos que un arqueólogo ha descubierto la tumba de un personaje histórico, una ciudad antigua o los restos de una embarcación que desapareció hace siglos, es importante hacernos una pregunta: ¿cómo saben los investigadores que realmente encontraron lo que dicen haber encontrado?
En muchos casos no existe una placa con un nombre, ni una inscripción que identifique inequívocamente el lugar. Los arqueólogos tienen que reconstruir los acontecimientos utilizando las evidencias disponibles.
Y una de esas evidencias son precisamente los documentos antiguos.
Un investigador puede comenzar con el relato escrito por una persona que vivió en aquella época o que conoció los acontecimientos. Después puede dirigirse al lugar descrito y comparar ese testimonio con la geografía, la topografía, las construcciones, los objetos encontrados y las características propias de aquel período.
Cuando el documento antiguo describe determinadas características y estas aparecen en el lugar investigado, tenemos una coincidencia. Cuando son varias las características que coinciden, la evidencia acumulada se hace cada vez más difícil de ignorar.
Un barco perdido durante más de quinientos años
Un ejemplo interesante ocurrió con la búsqueda de los posibles restos de la Santa María, la embarcación utilizada por Cristóbal Colón que naufragó durante su primer viaje.
Los investigadores consideraron documentos históricos relacionados con aquel acontecimiento y compararon sus descripciones con la topografía y la geografía del lugar. Además, examinaron restos y objetos que podían corresponder a la época del naufragio.
Observe algo importante: la investigación comenzó tomando seriamente un documento antiguo y preguntando si lo que decía aquel documento coincidía con lo que podía encontrarse físicamente.
Ese procedimiento nos proporciona varios elementos que pueden formar parte de una investigación histórica y arqueológica:
- Un documento antiguo.
- El testimonio escrito de alguien cercano a los acontecimientos.
- Una ubicación geográfica determinada.
- Características topográficas coincidentes.
- Objetos pertenecientes a la época investigada.
- Restos arquitectónicos o arqueológicos compatibles con el período.
- La concordancia entre lo escrito y lo encontrado.
No se trata simplemente de encontrar un objeto y ponerle un nombre. Se trata de comparar el testimonio histórico con la evidencia física.
La tumba del rey Herodes
Tenemos otro ejemplo todavía más cercano al período en que vivió Jesucristo.
Los escritos de Flavio Josefo, historiador judío del siglo primero, fueron fundamentales para la búsqueda de la tumba del rey Herodes. Josefo había dejado escrito que Herodes fue sepultado en el Herodión.
Los arqueólogos buscaron allí y encontraron evidencias que consideraron compatibles con la tumba de un personaje de enorme importancia y riqueza. Sin embargo, como señalé anteriormente, no fue necesario encontrar una inscripción que dijera: «Aquí está sepultado el rey Herodes» para tomar seriamente la identificación. Los escritos de Josefo proporcionaron el marco histórico y geográfico desde el cual interpretar lo encontrado.
Entonces hagamos una pregunta incómoda
Si podemos utilizar los escritos de Flavio Josefo para buscar la tumba de Herodes, y podemos utilizar documentos antiguos para intentar identificar una embarcación de Cristóbal Colón, ¿por qué tendríamos que descalificar automáticamente los Evangelios cuando investigamos los lugares relacionados con Jesucristo?
¿Por qué un documento antiguo merece ser considerado evidencia histórica hasta que descubrimos que ese documento forma parte de la Biblia?
Ese criterio no sería justo.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron acerca de acontecimientos, personas y lugares concretos. Mencionaron ciudades, gobernantes, caminos, montañas, edificios y características geográficas. Y cuando describieron la sepultura de Jesucristo, también proporcionaron información acerca del lugar.
Por lo tanto, tenemos todo el derecho de hacer con los Evangelios exactamente lo que se hace con otras fuentes antiguas:
Leer lo que dicen, identificar las características que describen, acudir al lugar y comparar el relato con la evidencia existente.
No debemos descartar la Biblia antes de comenzar la investigación. Debemos permitir que sea examinada.
¿Qué dicen los Evangelios acerca de la tumba?
Los relatos bíblicos proporcionan características concretas.
Juan declara:
«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)
Mateo añade que José de Arimatea:
«…lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.»
(Mateo 27:60)
Por tanto, si queremos investigar el lugar de la sepultura de Jesucristo, no estamos buscando a ciegas.
Tenemos un documento antiguo que nos proporciona características que podemos investigar.
Buscamos un lugar relacionado con la crucifixión.
Buscamos un huerto.
Buscamos un sepulcro excavado en la roca.
Buscamos una tumba correspondiente al período adecuado.
Buscamos evidencias de que era un sepulcro nuevo.
Buscamos una entrada que pudiera cerrarse mediante una gran piedra.
Y entonces hacemos lo mismo que haríamos con cualquier otro acontecimiento histórico: comparamos el documento con el lugar.
La Biblia también tiene derecho a ser examinada
No estoy diciendo que debamos aceptar una identificación simplemente porque queremos que sea verdadera. Estoy diciendo exactamente lo contrario: investiguémosla.
Tomemos los Evangelios.
Leamos cuidadosamente lo que dicen.
Vayamos al lugar.
Observemos la geografía.
Estudiemos la topografía.
Examinemos la tumba.
Revisemos las evidencias arqueológicas.
Y después hagamos la pregunta:
¿Coincide la evidencia con el relato?
Eso es precisamente lo que haremos en el próximo artículo.
Examinaremos la Tumba del Huerto. Veremos sus características, su ubicación, el huerto, la cisterna, el canal frente al sepulcro y otras evidencias existentes en el lugar. Y utilizando fotografías tomadas allí, compararemos punto por punto lo que encontramos con aquello que los Evangelios describieron.
Después de examinar la evidencia, que sea el lector quien juzgue si las coincidencias pueden simplemente ser ignoradas.
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