Por el Dr. Elio M Rivera
Hasta este punto podríamos formular una pregunta completamente válida.
¿Y si todo esto solamente estuviera registrado en la Biblia?
Después de todo, cualquiera podría pensar que un libro religioso simplemente intenta confirmar sus propias afirmaciones.
Sin embargo, eso no ocurre con Nínive.
Su caída quedó registrada también por cronistas, historiadores y descubrimientos arqueológicos que no tenían ningún interés en defender las Escrituras. De hecho, muchos de ellos ni siquiera conocían al Dios de Israel.
Veamos la evidencia.
A. La Crónica Babilónica
Uno de los documentos más importantes relacionados con la caída de Nínive es la llamada Crónica Babilónica, conocida por los especialistas como ABC 3 o BM 21901, una tablilla de arcilla escrita en caracteres cuneiformes y conservada actualmente en el Museo Británico de Londres.
Este documento fue redactado por escribas babilonios poco tiempo después de los acontecimientos y constituye una de las fuentes históricas más confiables para reconstruir el final del Imperio Asirio.
La tablilla relata cómo Nabopolasar, rey de Babilonia, y Ciáxares, rey de los medos, unieron sus ejércitos para atacar Nínive.
Describe el sitio de la ciudad durante varios meses y registra que finalmente fue tomada en el año 612 a.C.
Después añade que la ciudad fue saqueada y convertida en ruinas.
Aunque el documento no menciona las profecías de Nahúm —ni tendría por qué hacerlo—, confirma precisamente el acontecimiento que el profeta había anunciado décadas antes.
B. Diodoro Sículo
Varios siglos después, el historiador griego Diodoro Sículo recopiló antiguas tradiciones acerca de la caída de Nínive en su obra Biblioteca Histórica.
Según su relato, durante el largo asedio ocurrieron lluvias extraordinarias que hicieron crecer el río y dañaron una parte importante de las murallas de la ciudad.
El rey asirio, al comprender que la profecía de que la ciudad caería cuando el río se volviera contra ella parecía cumplirse, perdió toda esperanza.
Entonces reunió a su familia, a sus tesoros y a sus sirvientes dentro del palacio real y ordenó incendiarlo, prefiriendo morir antes que ser capturado por sus enemigos.
Aunque algunos detalles de esta narración son debatidos por los historiadores modernos, resulta llamativo que describa una destrucción acompañada por el agua y el fuego, elementos que aparecen también en las profecías de Nahúm.
C. Jenofonte
Quizá uno de los testimonios más sorprendentes proviene del militar e historiador griego Jenofonte.
En el año 401 a.C., apenas dos siglos después de la caída de Nínive, atravesó aquella región al frente del famoso ejército de los Diez Mil, durante la campaña narrada en su obra Anábasis.
Lo extraordinario es que Jenofonte pasó muy cerca de las ruinas de la antigua capital asiria…
…sin saber que era Nínive.
Describe enormes murallas y ciudades abandonadas llamadas Mespila y Larisa, pero jamás identifica aquel lugar con la antigua capital del imperio.
Esto demuestra hasta qué punto Nínive había desaparecido de la memoria colectiva.
La ciudad que un siglo antes gobernaba el mundo había llegado a ser tan olvidada que incluso uno de los historiadores más importantes de Grecia ignoraba dónde se encontraba.
La profecía se estaba cumpliendo incluso en ese detalle.

Ruinas de lo que antes fue la esplendorosa ciudad de Nínive

Restos de muros de adobe y ladrillo de diferentes edificios excavados de lo que fuera Nínive
D. Lo que reveló la arqueología
Durante muchos siglos, algunos críticos llegaron a afirmar que Nínive era poco más que una leyenda.
La ciudad había permanecido enterrada bajo enormes montículos de tierra durante más de dos mil años.
Pero en el siglo XIX ocurrió algo extraordinario.
Las excavaciones comenzaron a revelar nuevamente la ciudad perdida.
En 1846, el arqueólogo británico Austen Henry Layard inició las excavaciones en los montículos de Kuyunjik y Nebi Yunus, cerca de la actual ciudad de Mosul, Irak.
Lo que encontró dejó asombrado al mundo.
Aparecieron enormes palacios.
Esculturas monumentales de toros alados.
Kilómetros de relieves perfectamente conservados.
Inscripciones reales.
Bibliotecas completas.
Y, sobre todo, claras evidencias de una destrucción violenta.
Muchos edificios presentaban gruesas capas de ceniza, vigas carbonizadas y señales de un incendio de enormes proporciones.
Décadas más tarde, el arqueólogo Hormuzd Rassam continuó las excavaciones y descubrió nuevas salas del palacio de Asurbanipal y miles de tablillas cuneiformes pertenecientes a la célebre biblioteca real.
Paradójicamente, el fuego que destruyó la ciudad ayudó a conservar muchas de esas tablillas de arcilla, permitiendo que llegaran hasta nuestros días.
E. El Museo Británico
Hoy, gran parte de los hallazgos procedentes de Nínive se encuentran en el Museo Británico, donde cualquier visitante puede contemplar con sus propios ojos muchos de los objetos relacionados con esta historia.
Allí se conservan los enormes lamassu, los toros alados que custodiaban las puertas de los palacios.
También pueden verse los famosos relieves de la conquista de Laquis, las inscripciones de Senaquerib y Asurbanipal, miles de tablillas de la biblioteca real y la propia Crónica Babilónica que relata la caída del Imperio Asirio.
Resulta impresionante caminar por aquellas salas.
Las mismas piedras que un día proclamaron la grandeza de Asiria son hoy testigos silenciosos de su desaparición.
Aquello que los reyes mandaron grabar para exaltar su poder terminó convirtiéndose en evidencia de que su imperio tuvo un final.
F. Una ciudad que desapareció… y volvió a hablar
Durante más de dos mil años, Nínive permaneció oculta bajo la tierra.
El viento soplaba sobre sus ruinas.
Los pastores llevaban allí sus rebaños sin imaginar que bajo sus pies descansaba una de las ciudades más poderosas de la historia.
Pero cuando los arqueólogos retiraron la arena y los escombros, la antigua capital volvió a hablar.
No para contar una leyenda.
No para confirmar un mito.
Sino para recordar un hecho histórico.
La ciudad más poderosa del mundo cayó.
Y lo hizo exactamente como había sido anunciado décadas antes por los profetas de Dios.
Las piedras de Nínive, silenciosas durante siglos, terminaron confirmando lo que la Biblia había escrito mucho antes de que aquellos acontecimientos ocurrieran.
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