Por el Dr. Elio M Rivera
Durante siglos, diversos imperios habían dominado el Cercano Oriente. Egipto había gobernado durante largos periodos desde el valle del Nilo. Más tarde surgió Asiria, cuyo ejército sembró terror desde Mesopotamia hasta las fronteras de Egipto. Sin embargo, a finales del siglo VII a.C. apareció un nuevo poder que cambiaría el mapa político del mundo antiguo: el Imperio Neobabilónico.
Aunque la ciudad de Babilonia existía desde hacía muchos siglos y ya había alcanzado notoriedad en tiempos del rey Hammurabi (siglo XVIII a.C.), el imperio del que habla la mayor parte de la Biblia corresponde al llamado Imperio Neobabilónico, fundado por Nabopolasar alrededor del año 626 a.C. Después de décadas de dominio asirio, Nabopolasar encabezó una rebelión que devolvió la independencia a Babilonia y dio origen a una nueva potencia regional.
El momento decisivo llegó en 612 a.C., cuando una alianza entre babilonios y medos conquistó la ciudad de Nínive, la orgullosa capital del Imperio Asirio. Con la caída de Asiria, Babilonia heredó el control del Cercano Oriente y comenzó una rápida expansión. A partir de ese momento, el escenario quedó preparado para el surgimiento de uno de los reyes más famosos de la antigüedad: Nabucodonosor II.

El rey Nabucodonosor
Cuando Nabucodonosor subió al trono en 605 a.C., heredó un reino fuerte, pero fue él quien lo convirtió en el imperio más poderoso de su época. Ese mismo año derrotó decisivamente al ejército egipcio en la batalla de Carquemis, un enfrentamiento que cambió el equilibrio político del mundo antiguo (Jeremías 46:2). Desde entonces, Siria, Fenicia, Palestina y numerosas naciones vecinas quedaron bajo el dominio babilónico.
En pocas décadas, Babilonia gobernaba un territorio que se extendía desde el golfo Pérsico hasta las fronteras de Egipto. Ningún reino del Cercano Oriente era capaz de desafiar su autoridad.
Pero el poder militar no era la única razón de su grandeza.
Babilonia se convirtió en el principal centro económico del mundo antiguo. Por sus puertas entraban tributos procedentes de decenas de pueblos conquistados: oro, plata, piedras preciosas, marfil, cobre, madera de cedro del Líbano, vino, aceite, especias y animales exóticos. Sus mercados reunían comerciantes provenientes de todas las regiones del imperio, mientras el río Éufrates facilitaba el transporte de mercancías y conectaba la ciudad con importantes rutas comerciales.

Puerta de Ishtar
Nabucodonosor también emprendió un extraordinario programa de construcción que transformó la ciudad en una de las maravillas del mundo antiguo. Mandó reconstruir las enormes murallas, levantó la majestuosa Puerta de Ishtar, amplió el palacio real, restauró numerosos templos y embelleció la ciudad con amplias avenidas y monumentales edificios. Diversos autores clásicos, como Heródoto, describieron la magnificencia de Babilonia, y la arqueología moderna ha confirmado buena parte de aquellas construcciones mediante las excavaciones realizadas por Robert Koldewey a finales del siglo XIX.
A los ojos de cualquier observador, Babilonia parecía invencible.

El muro de babilonia
Sin embargo, detrás de aquel esplendor también existía una realidad mucho menos admirable.
Como la mayoría de los grandes imperios de la antigüedad, Babilonia se había enriquecido mediante la guerra. Cada nueva campaña militar dejaba miles de muertos, ciudades destruidas y poblaciones enteras deportadas. La deportación masiva de pueblos conquistados era una práctica habitual destinada a evitar futuras rebeliones y asegurar el control político del imperio. Los habitantes eran trasladados a regiones lejanas, donde perdían sus tierras, sus propiedades y, muchas veces, parte de su identidad nacional.
Uno de los ejemplos más conocidos fue la conquista de Jerusalén. Después de varias rebeliones del reino de Judá, Nabucodonosor sitió la ciudad y finalmente la destruyó en 586 a.C. El templo construido por Salomón fue incendiado, las murallas fueron derribadas y gran parte de la población fue llevada cautiva a Babilonia (2 Reyes 25; 2 Crónicas 36).
Aunque Babilonia no alcanzó el nivel de brutalidad que caracterizó al Imperio Asirio —famoso por sus representaciones de empalamientos, desollamientos y ejecuciones públicas en los relieves de sus palacios—, tampoco fue un imperio benigno. Su dominio se sostenía mediante la fuerza militar, el sometimiento político y la explotación económica de los pueblos conquistados. La guerra seguía siendo el instrumento principal para ampliar y conservar su poder.
A la violencia se sumaba un profundo orgullo nacional y religioso.

El templo de Marduk

Marduk, una de las deidades principales de Babilonia
Los reyes babilonios atribuían sus victorias al dios Marduk, considerado la principal deidad del imperio. Los enormes templos y zigurats de la ciudad proclamaban la grandeza de sus dioses y de sus gobernantes. Nabucodonosor mismo dejó numerosas inscripciones donde se presenta como el restaurador de Babilonia y el elegido de Marduk para engrandecer la ciudad. Aquella confianza llegó a convertirse en arrogancia, como refleja el propio relato bíblico cuando el rey contempla la ciudad desde su palacio y exclama:

“¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30).
Precisamente ahí comienza a entenderse el motivo del juicio anunciado por los profetas.
Dios no condenó a Babilonia por ser una nación poderosa. De hecho, la Biblia afirma que Él mismo permitió su ascenso y la utilizó como instrumento para disciplinar a Judá por su persistente desobediencia (Jeremías 25:8–11). Pero cuando Babilonia se dejó dominar por el orgullo, la idolatría, la violencia y la confianza absoluta en su propio poder, el mismo Dios que la había levantado anunció también su caída.
Isaías describió a Babilonia como “la hermosura de los reinos y el ornamento de la grandeza de los caldeos”, pero añadió que llegaría el día en que sería juzgada como Sodoma y Gomorra (Isaías 13:19). Jeremías declaró que la ciudad había sido “martillo de toda la tierra”, pero también anunció que ese martillo sería quebrado (Jeremías 50:23). Y Daniel recordó repetidamente que “el Altísimo tiene dominio sobre el reino de los hombres, y lo da a quien Él quiere” (Daniel 4:17).
La lección era clara.
Babilonia había conquistado a las naciones, pero olvidó que también ella estaba bajo la autoridad del Rey del universo.
Y cuando un imperio llega a creer que su poder es absoluto y que nadie puede derribarlo, la historia demuestra una y otra vez que está más cerca de su caída de lo que imagina.
Referencias bíblicas
- 2 Reyes 24–25
- 2 Crónicas 36
- Isaías 13–14
- Jeremías 25:8–11; 46:2; 50–51
- Daniel 2:37–38; 4:17, 30–37
Referencias históricas
- Heródoto, Historias, Libro I.
- Beroso, Babyloniaca (conservada parcialmente en Josefo y Eusebio).
- Crónica de Nabopolasar (ABC 2).
- Crónica de la Caída de Nínive (ABC 3).
- Crónica de Nabucodonosor o Crónica de Jerusalén (ABC 5).
- Robert Koldewey, The Excavations at Babylon.
- Amélie Kuhrt, The Ancient Near East, c. 3000–330 BC.
- Marc Van de Mieroop, A History of the Ancient Near East.
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