2.Nínive: La ciudad que gobernó el mundo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Nínive se encontraba en la ribera oriental del río Tigris, en el territorio que hoy pertenece al norte de Irak, frente a la moderna ciudad de Mosul. Su ubicación era privilegiada. Desde allí pasaban importantes rutas comerciales que conectaban Mesopotamia con Anatolia, Siria, Persia y el Mediterráneo. Quien controlaba Nínive controlaba gran parte del comercio y de las campañas militares del antiguo Cercano Oriente.

  Aunque la ciudad existía desde tiempos muy antiguos, probablemente desde el tercer milenio antes de Cristo, fue durante el Imperio Neoasirio cuando alcanzó un esplendor incomparable. Reyes como Asurnasirpal II, Tiglat-pileser III, Sargón II, Senaquerib, Esar-hadón y Asurbanipal la transformaron en la capital del mayor imperio que el mundo había conocido hasta entonces.

Recreación artística de Ninive

  La Biblia menciona a Nínive por primera vez en los albores de la historia humana. En Génesis se afirma que fue edificada por Nimrod, o bien durante la expansión de su reino hacia Asiria (Génesis 10:11–12). Desde muy temprano quedó asociada con el poder, la organización y el desarrollo urbano.

  Pero lo que aquellos primeros constructores comenzaron era apenas una sombra de lo que llegaría a ser siglos después.

  Cuando Senaquerib subió al trono, alrededor del año 705 a.C., decidió convertir a Nínive en la joya de su imperio.

  No escatimó recursos.

  Miles de obreros trabajaron durante años ampliando la ciudad.

  Llegaron arquitectos de diferentes regiones.

  Canteros cortaban enormes bloques de piedra.

  Carpinteros traían madera desde los bosques del Líbano.

  Escultores decoraban muros con relieves monumentales.

  Ingenieros diseñaban uno de los sistemas hidráulicos más impresionantes de toda la antigüedad.

  El resultado dejó asombrados incluso a los pueblos enemigos.

  La ciudad ocupaba aproximadamente siete kilómetros y medio de largo por cuatro kilómetros de ancho, encerrando una superficie cercana a las setecientas cincuenta hectáreas dentro de sus murallas principales. Si se consideran los suburbios y poblaciones que dependían directamente de ella, el complejo urbano se extendía por varios kilómetros más.

  Los historiadores estiman que en su época de mayor esplendor pudo albergar entre ciento veinte mil y ciento cincuenta mil habitantes, una cifra extraordinaria para el siglo VII antes de Cristo. Algunos estudiosos consideran que toda el área metropolitana pudo haber reunido varios cientos de miles de personas, convirtiéndola en una de las ciudades más grandes del planeta.

  El profeta Jonás menciona que allí vivían más de ciento veinte mil personas que “no sabían discernir entre su mano derecha y su izquierda” (Jonás 4:11), expresión que muchos entienden como una referencia a niños pequeños, lo cual sugiere una población total todavía mucho mayor.

  Pero las cifras apenas cuentan una parte de la historia.

  Lo verdaderamente impresionante era su aspecto.

  Las murallas exteriores alcanzaban aproximadamente doce kilómetros de longitud, rodeando la ciudad como un gigantesco cinturón de piedra. Eran tan anchas que, según diversas descripciones antiguas, varios carros podían desplazarse simultáneamente sobre ellas.

  A intervalos regulares se levantaban enormes torres defensivas, más de un centenar, desde donde los centinelas vigilaban día y noche cualquier movimiento en la llanura.

  Quince grandes puertas daban acceso a la ciudad.

  Cada una estaba protegida por fortificaciones, pesadas puertas de madera reforzadas con bronce y colosales esculturas de toros alados con cabeza humana, conocidos como lamassu. Estas monumentales figuras, algunas de más de cuatro metros de altura y varias toneladas de peso, simbolizaban la fuerza del imperio y parecían advertir a todo visitante que estaba entrando en el corazón de una potencia invencible.

  Al cruzar aquellas puertas, el espectáculo era aún más sorprendente.

  Amplias avenidas atravesaban la ciudad.

  Palacios gigantescos dominaban el paisaje.

  Templos dedicados a las principales deidades asirias se elevaban hacia el cielo.

  Los muros estaban cubiertos con relieves magistralmente esculpidos que mostraban campañas militares, desfiles triunfales, cacerías reales y montañas de tributos provenientes de pueblos conquistados.

  Cada piedra parecía proclamar el mismo mensaje:

  “No existe poder mayor que Asiria.”

Recreación artística del palacio “sin rival “en Nínive

  Entre todos los edificios destacaba el llamado “Palacio sin Rival”, construido por Senaquerib. Contaba con cientos de habitaciones, patios monumentales y salones decorados con kilómetros de relieves esculpidos en alabastro. Sus propias inscripciones afirman que utilizó maderas preciosas, piedras exóticas y materiales traídos desde los confines del imperio para convertir aquella residencia en una obra sin comparación.

  Pero quizá una de las mayores maravillas de Nínive no estaba en sus palacios, sino en el agua.

  Aunque la región era relativamente seca, ingenieros asirios construyeron un extraordinario sistema de canales, presas y acueductos para abastecer continuamente a la ciudad. El más famoso de ellos, el acueducto de Jerwan, levantado con millones de bloques de piedra cuidadosamente tallados, es considerado una auténtica obra maestra de la ingeniería antigua. Gracias a este sistema, jardines, huertos, fuentes y parques florecían donde antes solo existía tierra árida.

  No es extraño que algunos investigadores hayan sugerido que los legendarios Jardines Colgantes, tradicionalmente atribuidos a Babilonia, pudieron haber estado en realidad en Nínive, aunque esta hipótesis continúa siendo objeto de debate entre los especialistas.

  Y aún había otra joya escondida dentro de la ciudad.

  La biblioteca del rey Asurbanipal.

  Miles de tablillas de arcilla cuidadosamente ordenadas conservaban tratados de astronomía, medicina, matemáticas, literatura, leyes, religión, correspondencia diplomática y crónicas de los reyes. Gracias a esa colección, descubierta en el siglo XIX, hoy conocemos buena parte de la historia de Mesopotamia. Paradójicamente, la ciudad que intentó imponer su dominio por medio de la violencia terminó preservando para la humanidad una de las bibliotecas más importantes del mundo antiguo.

  A los ojos de cualquier observador del siglo VII a.C., Nínive parecía destinada a permanecer para siempre.

  Su ejército era invencible.

  Sus murallas eran imponentes.

  Su riqueza parecía inagotable.

  Su ingeniería era admirable.

  Su cultura sobresalía entre las naciones.

  Su poder no tenía rival.

  Pero las apariencias suelen engañar.

  Detrás del esplendor de sus palacios y de la majestuosidad de sus monumentos se escondía un imperio cuya crueldad había sobrepasado todos los límites imaginables.

  Y precisamente allí comenzaría la cuenta regresiva para su caída.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.