10. Los niños y la conciencia: una evidencia que aparece desde los primeros años

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Existe una evidencia de la conciencia que pocas veces nos detenemos a considerar. No la encontramos en un laboratorio, ni en un tratado de filosofía, ni en un tribunal de justicia. La encontramos todos los días en nuestros propios hijos y nietos.

  Basta observar atentamente a un niño pequeño.

  Mucho antes de que aprenda a leer, antes de que estudie leyes, filosofía o ética, e incluso antes de comprender plenamente el significado de palabras como justicia, culpa o responsabilidad, comienzan a aparecer en él reacciones morales sorprendentes.

  Un niño de apenas uno o dos años todavía no puede explicar qué es la justicia. Sin embargo, cuando otro niño le arrebata un juguete de las manos, inmediatamente protesta. Llora, señala al otro niño o busca la protección de sus padres. Aunque todavía no pueda expresar su pensamiento con claridad, su reacción comunica algo muy profundo:

“Eso no está bien.”

  Lo mismo ocurre cuando recibe un trato desigual. Si a dos hermanos se les ofrece un dulce y solamente uno lo recibe, el otro percibe rápidamente que algo no parece justo. No sabe definir la igualdad ni explicar principios de justicia distributiva, pero ya posee una percepción básica de que ambos deberían ser tratados de manera semejante.

  Estas reacciones aparecen mucho antes de que el niño pueda comprender complejos razonamientos morales.

  También sucede algo interesante cuando el propio niño hace algo que sabe que no debía hacer.

  Imaginemos que, mientras juega en la sala, rompe deliberadamente un adorno. Al escuchar que sus padres se acercan, muchas veces baja la mirada, intenta esconder el objeto roto, evita el contacto visual o busca ocultarse.

  ¿Por qué actúa así?

  No siempre es porque tema un castigo. En muchas ocasiones su conducta revela algo más profundo: comienza a experimentar culpa. Percibe que ha hecho algo incorrecto y procura ocultarlo.

  Otro ejemplo muy común ocurre cuando un niño toma una galleta después de que su madre le dijo que esperara. Si al entrar la madre el niño esconde rápidamente la galleta detrás de su espalda o cambia la expresión de su rostro, está manifestando que reconoce, al menos de manera elemental, que ha desobedecido.

  Nadie tuvo que darle una conferencia sobre ética para que reaccionara así.

  Pensemos también en otra escena cotidiana.

  Una niña empuja accidentalmente a su hermanito y lo hace llorar. Al verlo sufrir, muchas veces ella misma comienza a llorar. Se acerca, intenta abrazarlo o acariciarlo. Aunque todavía no puede explicar conceptos como empatía o compasión, reconoce el sufrimiento del otro y desea reparar el daño.

  Estas conductas aparecen una y otra vez en hogares de todo el mundo.

  Por supuesto, los padres desempeñan un papel fundamental en la formación de la conciencia. Enseñan a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, corrigen malas conductas y fortalecen buenos hábitos. Sin embargo, la educación no crea la conciencia desde la nada. Más bien, desarrolla una capacidad moral que ya comienza a manifestarse desde los primeros años de vida.

  La Biblia explica este fenómeno de una manera sencilla. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Esa ley no aparece completamente desarrollada al nacer, pero desde la infancia comienza a hacerse evidente mediante la conciencia.

  El apóstol Pablo escribió que aun quienes nunca recibieron la Ley de Moisés poseen “la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia” (Romanos 2:14-15).

  Los niños constituyen una ilustración extraordinaria de esta verdad. Antes de conocer las leyes de un país, antes de asistir a la escuela y antes de estudiar la Biblia, ya empiezan a manifestar un sentido elemental de justicia, responsabilidad, culpa y compasión.

  Algunos podrían afirmar que todo esto es únicamente el resultado de la educación. Sin duda, la familia influye profundamente en el desarrollo moral. Sin embargo, la educación explica cómo madura la conciencia; no explica por qué existe esa capacidad desde el principio. Un maestro puede enseñar matemáticas porque el ser humano posee la capacidad de razonar. De manera semejante, los padres pueden educar moralmente porque Dios creó al niño con la capacidad de distinguir, progresivamente, entre el bien y el mal.

  Esto se observa también cuando los niños reaccionan frente al abuso.

  Aunque todavía no comprendan conceptos jurídicos o filosóficos, saben reconocer cuando alguien los trata con crueldad, cuando reciben un trato injusto o cuando una persona les hace daño deliberadamente. Buscan protección, lloran, se aferran a quienes los aman y manifiestan, con el lenguaje propio de su edad, que aquello no debería estar ocurriendo.

  Su corazón percibe la injusticia mucho antes de que su mente pueda definirla.

  Todo esto constituye una evidencia silenciosa, pero profundamente significativa. Desde los primeros años de la vida humana comienza a manifestarse una conciencia moral que ninguna teoría materialista logra explicar completamente.

  La Biblia ofrece la respuesta.

  El ser humano no es simplemente un organismo biológico altamente desarrollado. Es una criatura creada a imagen de Dios. Por eso, aun desde la infancia, aparecen las primeras manifestaciones de esa ley moral que el Creador escribió en el corazón humano.

  Cada vez que un niño reclama porque considera injusto un trato, siente tristeza por haber desobedecido o intenta reparar el daño que ha causado, estamos contemplando algo mucho más profundo que un simple aprendizaje social. Estamos viendo una de las primeras expresiones de la conciencia, ese testimonio interior que Dios colocó en el ser humano y que continúa señalando, desde los primeros años de la vida, hacia la existencia de un Creador justo y santo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.