Por el Dr. Elio M. Rivera
A lo largo de la historia han existido miles de culturas diferentes. Han cambiado los idiomas, las formas de gobierno, las costumbres, las religiones y las tradiciones. Lo que era habitual en una región podía ser completamente desconocido en otra. Algunas sociedades fueron nómadas; otras construyeron grandes ciudades. Algunas practicaron la monogamia; otras permitieron la poligamia. Las formas de vestir, de alimentarse, de comerciar o de celebrar sus festividades han variado enormemente.
Ante esta diversidad, algunas personas concluyen que no existe una moral universal. Afirman que el bien y el mal dependen únicamente de la cultura y que cada sociedad tiene derecho a definir sus propios valores.
A primera vista, esta idea parece razonable. Sin embargo, cuando examinamos cuidadosamente la historia, descubrimos algo sorprendente.
Aunque las culturas difieren en muchos aspectos, ninguna sociedad ha podido vivir sin principios morales. Todas han desarrollado normas acerca de lo correcto y lo incorrecto. Todas han establecido obligaciones, deberes y responsabilidades. Todas han considerado que algunas conductas merecen aprobación y otras castigo.
Los detalles pueden variar, pero los principios fundamentales aparecen una y otra vez.

Existe una ley moral universal y escrita en el corazón del hombre
En prácticamente todas las civilizaciones encontramos normas que protegen la vida humana, condenan el homicidio injustificado, sancionan el robo, valoran la honestidad, reconocen la importancia de la familia y elogian virtudes como la valentía, la lealtad, la justicia y la compasión.
Por supuesto, ninguna cultura ha aplicado estos principios de manera perfecta. Algunas permitieron la esclavitud, otras practicaron sacrificios humanos y muchas incurrieron en profundas injusticias. Sin embargo, incluso esas sociedades poseían códigos morales internos y distinguían entre acciones consideradas honorables y acciones consideradas vergonzosas.
Lo más interesante es que hoy somos capaces de juzgar incluso a esas mismas culturas. Condenamos la esclavitud, el genocidio, la tortura y el abuso de los inocentes, aunque en determinadas épocas hayan sido aceptados por muchos pueblos.
¿Por qué hacemos ese juicio?
Si la moral dependiera únicamente de cada sociedad, no tendríamos base para afirmar que aquellas prácticas fueron realmente malas. Solo podríamos decir que pertenecían a otra época o a otra cultura. Sin embargo, casi nadie piensa así. La inmensa mayoría reconoce que ciertas acciones fueron injustas, independientemente del momento histórico en que ocurrieron.
Esto revela que existe un estándar moral que trasciende las culturas.
La Biblia ofrece una explicación clara para esta realidad. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Por esa razón, aunque las personas puedan ignorarla, deformarla o desobedecerla, conservan una percepción básica de que existen el bien y el mal.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Observe cuidadosamente lo que Pablo afirma. Está hablando de pueblos que nunca recibieron la Ley de Moisés. Sin embargo, dice que poseen una ley escrita en sus corazones. No significa que conozcan toda la voluntad de Dios, sino que conservan un sentido moral que les permite distinguir, aunque sea de manera imperfecta, entre lo correcto y lo incorrecto.
Esta enseñanza explica por qué la conciencia aparece en todas las culturas conocidas. También explica por qué encontramos principios morales semejantes en civilizaciones que jamás tuvieron contacto entre sí.
La existencia de diferencias culturales no niega la existencia de una ley moral universal. Ocurre algo parecido con los idiomas. Existen miles de lenguas diferentes, pero todas poseen reglas gramaticales que permiten la comunicación. Del mismo modo, las culturas expresan la moral de maneras distintas, pero todas reconocen la necesidad de distinguir entre el bien y el mal.
La ley moral escrita por Dios tampoco elimina la libertad humana. Las personas pueden desobedecerla, justificar el pecado o incluso endurecer su conciencia. La historia está llena de ejemplos de ello. Sin embargo, el hecho de que una ley pueda violarse no significa que deje de existir. Precisamente porque existe una norma objetiva podemos hablar de injusticia cuando alguien la quebranta.
Además, esta universalidad ayuda a explicar otro fenómeno sorprendente. Cuando ocurre una tragedia que conmueve al mundo —un atentado terrorista, el asesinato de niños, la trata de personas o un acto de extrema crueldad— millones de personas de diferentes países reaccionan con indignación. Hablan idiomas distintos, pertenecen a culturas diferentes y profesan religiones diversas, pero coinciden en afirmar que aquello estuvo mal.
¿Por qué?
Porque, aunque sus costumbres no sean idénticas, todos poseen una conciencia que responde a una misma realidad moral.
La Biblia enseña que esa realidad tiene un origen común. No nace de los gobiernos, de las tradiciones ni de las mayorías. Procede del Dios que creó al ser humano a su imagen y dejó impresa en su corazón una ley moral.
Por ello, la existencia de principios morales compartidos entre culturas constituye otra evidencia significativa de la existencia de Dios. Las diferencias culturales son reales y forman parte de la riqueza de la humanidad, pero debajo de esa diversidad encontramos una verdad constante: el ser humano sabe que existe el bien y el mal, porque el Creador dejó esa huella en lo más profundo de su corazón.
La universalidad de la conciencia no demuestra únicamente que todos somos semejantes; señala hacia un mismo Autor. Así como un mismo artista puede dejar su estilo en muchas obras distintas, Dios dejó en toda la humanidad la marca de su justicia. Esa ley moral, escrita en el corazón del hombre, continúa dando testimonio silencioso de la existencia del Creador.
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