Por el Dr. Elio M. Rivera
Entre todos los lugares arqueológicos de Jerusalén, pocos producen una impresión tan profunda como los antiguos escalones situados en la parte sur del Monte del Templo. A simple vista pueden parecer únicamente un conjunto de piedras antiguas. Sin embargo, para muchos arqueólogos y estudiosos de la Biblia, se encuentran entre las estructuras más significativas de toda Tierra Santa.
La razón es sencilla.
Estos escalones formaban parte de las principales entradas utilizadas por los peregrinos que acudían al Templo durante la época de Jesús.
A diferencia de otros lugares cuya identificación depende principalmente de tradiciones antiguas, los escalones del sur poseen una conexión arqueológica directa con el período herodiano y con el Templo que conoció Jesucristo.
Su historia comienza durante el reinado de Herodes el Grande.
Alrededor del año veinte antes de Cristo, Herodes inició la ampliación más ambiciosa jamás realizada en el Monte del Templo.
El proyecto transformó una montaña relativamente pequeña en una inmensa explanada capaz de recibir a cientos de miles de peregrinos.

En la fotografía se pueden ver los escalones que pertenecieron al templo de Herodes y sobre los cuales camino Jesús y sus discípulos.
Para facilitar el acceso al recinto sagrado se construyeron amplias escalinatas que conducían hacia las puertas meridionales del complejo.
Millones de personas utilizaron aquellos escalones durante el período del Segundo Templo.
Judíos procedentes de toda Judea, Galilea y de numerosas regiones del Imperio Romano llegaban a Jerusalén para celebrar la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos.
Y para entrar al recinto sagrado debían ascender precisamente por estas escalinatas.
La historia moderna de este lugar comenzó mucho antes de las grandes excavaciones del siglo veinte. En el año mil ochocientos treinta y ocho, el explorador y estudioso bíblico estadounidense Edward Robinson recorrió Jerusalén con el propósito de identificar lugares mencionados en las Escrituras.
Mientras examinaba el muro occidental del Monte del Templo observó una serie de enormes piedras que sobresalían de la estructura.
Robinson comprendió que aquellos bloques no formaban parte del muro original, sino que pertenecían a una gigantesca construcción que en otro tiempo había conectado la ciudad con el recinto del Templo.
Su descubrimiento fue tan importante que la estructura pasó a ser conocida posteriormente como el Arco de Robinson.
Aquella identificación marcó uno de los momentos fundacionales de la arqueología bíblica moderna. Por primera vez un investigador lograba relacionar restos visibles en Jerusalén con las descripciones históricas del período del Segundo Templo.
Más de un siglo después, las excavaciones dirigidas por el arqueólogo Benjamin Mazar confirmarían la importancia de las observaciones realizadas por Robinson.
Los trabajos arqueológicos revelaron calles monumentales, baños rituales, escalinatas, puertas de acceso y enormes bloques derribados por los romanos durante la destrucción de Jerusalén en el año setenta después de Cristo.
Gracias a estos descubrimientos fue posible reconstruir con gran precisión la apariencia del sector sur del Monte del Templo durante la época de Jesús.
Los Evangelios muestran que Jesús visitó Jerusalén en numerosas ocasiones.
Desde su infancia hasta los últimos días de su ministerio, el Templo ocupó un lugar central en su vida.
Lucas relata que incluso cuando tenía doce años fue llevado por sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua.
Más tarde, durante su ministerio público, enseñó repetidamente en el Templo.
Por esta razón, muchos arqueólogos consideran altamente probable que Jesús caminara sobre estos mismos escalones.
Quizá esa sea una de las razones por las que el lugar resulta tan especial.
No estamos contemplando una reconstrucción moderna.
No estamos observando una réplica.
Estamos contemplando piedras originales del período herodiano.
Cuando finalmente comenzaron las excavaciones sistemáticas después de la Guerra de los Seis Días en mil novecientos sesenta y siete, los arqueólogos descubrieron uno de los complejos arqueológicos más impresionantes de Jerusalén.
Poco a poco comenzaron a emerger calles, plazas, muros, baños rituales y enormes escalinatas pertenecientes a la época de Herodes.
Entre los hallazgos más impresionantes aparecieron las escalinatas que conducían hacia las llamadas Puertas de Hulda, las principales entradas meridionales del Monte del Templo.
A través de estas puertas ingresaban miles de peregrinos cada día.
Uno de los detalles más curiosos observados por los investigadores fue el diseño irregular de los escalones.
Algunos son anchos.
Otros son estrechos.
Y el patrón se repite continuamente.
Los especialistas creen que esta disposición obligaba a los peregrinos a caminar más despacio mientras ascendían hacia el Templo.
De esta manera podían prepararse espiritualmente para entrar en el lugar más sagrado de Israel.
Las excavaciones también revelaron numerosos baños rituales o mikvaot situados cerca de las escalinatas.
Los peregrinos se purificaban en estas instalaciones antes de subir al recinto del Templo.
Todo el conjunto ofrece una extraordinaria ventana al mundo religioso que conoció Jesús.
Otro descubrimiento impresionante apareció al pie del Monte del Templo.
Los arqueólogos encontraron enormes bloques de piedra derribados por los romanos durante la destrucción de Jerusalén en el año setenta después de Cristo.
Algunas de estas piedras pesan varias toneladas y permanecen exactamente donde cayeron hace casi dos mil años.
Constituyen un silencioso recordatorio del cumplimiento de las palabras pronunciadas por Jesús.
”¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mateo 24:2).
Hoy, junto a los restos arqueológicos, los visitantes pueden recorrer el Parque Arqueológico de Jerusalén, donde se encuentra el Centro Davidson, uno de los museos arqueológicos más importantes de Israel.
Este museo alberga numerosos hallazgos descubiertos durante las excavaciones del Monte del Templo y presenta reconstrucciones que ayudan a comprender cómo era Jerusalén durante el período herodiano.
Muy cerca de allí también pueden contemplarse los restos del Arco de Robinson, recordando al hombre que ayudó a iniciar una nueva era en el estudio arqueológico de la Ciudad Santa.
Quizá lo más impresionante de los escalones del sur es la combinación única de historia, arqueología y Evangelios.
Pocos lugares permiten establecer una conexión tan directa con la época de Cristo.
Las piedras son auténticas.
Las escalinatas son auténticas.
La ubicación es auténtica.
Y el propósito para el cual fueron construidas es perfectamente conocido.
Por ello, numerosos estudiosos consideran este lugar uno de los sitios donde existe mayor probabilidad de estar caminando exactamente por donde caminó Jesús.
Cuando los visitantes ascienden hoy por estos antiguos escalones, están siguiendo el mismo recorrido realizado por sacerdotes, peregrinos, discípulos y posiblemente por el propio Señor hace dos mil años.
No resulta difícil imaginar las multitudes subiendo hacia el Templo durante las fiestas.
No resulta difícil imaginar a los discípulos caminando junto al Maestro.
Y no resulta difícil comprender por qué este lugar ocupa un lugar tan especial entre los descubrimientos arqueológicos de Jerusalén.
Las piedras de los escalones del Templo no sólo han sobrevivido al paso de los siglos.
Han conservado una de las conexiones más directas que existen entre la arqueología moderna y el mundo descrito por los Evangelios.
Y por esa razón continúan siendo uno de los testimonios más impresionantes de la Jerusalén que conoció Jesucristo.
