1. El Jesús de la Biblia y el Jesús de la imaginación humana

Por: Dr. Elio M. Rivera

  Bienvenido a Cristopedia y al Museo La Vida y Obra del Señor Jesucristo. Cristopedia es una enciclopedia dedicada al estudio de la vida, las enseñanzas, el contexto histórico, cultural y social en el que vivió Jesús, así como al análisis de la evidencia histórica relacionada con su persona. Nuestro propósito no es simplemente presentar información, sino invitarle a emprender un viaje de descubrimiento que le permita comprender mejor quién fue Jesucristo, qué enseñó, cómo vivió y por qué continúa siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.

Debo comenzar haciendo una confesión personal. No pretendo saberlo todo acerca de la persona del Señor Jesucristo. De hecho, mientras más estudio su vida y sus enseñanzas, más consciente soy de cuánto me falta por conocer de Él. Si algo he aprendido a lo largo de los años es que Jesucristo es mucho más grande y más profundo de lo que alguna vez imaginé. En lugar de sentir que ya lo conozco suficientemente, sucede exactamente lo contrario: cada nuevo descubrimiento me convence de que apenas he comenzado a explorar la inmensidad de su persona.

  Durante mis primeros años como creyente pensaba que conocía al Señor. Había escuchado innumerables predicaciones acerca de Él, había leído diversos pasajes de los Evangelios y sabía que era el Hijo de Dios que había venido al mundo para salvar a la humanidad. Conocía muchas de las historias más conocidas de su ministerio, sus milagros, sus enseñanzas y su muerte en la cruz. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrí algo que me sorprendió profundamente.

  Conocía muchas cosas acerca de Jesucristo, pero conocía muy poco a Jesucristo mismo. Sabía ciertos datos sobre su vida, pero entendía muy poco de lo que realmente enfrentó durante sus días sobre la tierra, de los desafíos que tuvo que soportar, de las personas con las que convivió, de las presiones que experimentó y de la forma en que reaccionó ante cada situación. Conocía aspectos de su obra, pero conocía muy poco de su carácter, de sus emociones, de su compasión, de su valentía y de la profundidad de su amor por las personas.

  A primera vista, aquel descubrimiento podría parecer algo pequeño o sin demasiada importancia. Pero en mi caso fue una de las experiencias que más transformaron mi vida espiritual. Comprendí que existe una enorme diferencia entre saber datos acerca de una persona y conocer verdaderamente a esa persona. Uno puede memorizar fechas, acontecimientos y enseñanzas, y aun así permanecer distante de quien está detrás de toda esa información.

  Fue entonces cuando entendí que conocer a Jesucristo implica mucho más que acumular conocimiento religioso. Significa acercarse a Él como una persona real, descubrir cómo pensaba, cómo trataba a los más vulnerables, cómo respondía a sus enemigos, cómo enfrentaba el sufrimiento y cómo manifestaba el amor de Dios en cada circunstancia de su vida. Significa observar su corazón detrás de sus palabras y comprender las motivaciones que guiaban cada una de sus acciones.

  Esa comprensión despertó en mí una profunda curiosidad por conocer al Jesús real. No solamente al Cristo de las tradiciones, de las pinturas o de las ideas heredadas, sino al hombre que caminó por los polvorientos caminos de Galilea, que convivió con pescadores, viudas, enfermos y pecadores, que enfrentó la oposición religiosa de su tiempo y que, aun en medio del rechazo, continuó amando, sirviendo y mostrando la voluntad de su Padre.

  Mirando hacia atrás, puedo decir que aquel descubrimiento marcó un antes y un después en mi vida. De alguna manera, fue el punto de partida de todo lo que soy hoy. Porque cuando comenzamos a conocer verdaderamente a Jesucristo, no solo cambia nuestra manera de pensar acerca de Él; cambia también nuestra manera de ver la vida, de relacionarnos con los demás y de entender el propósito para el cual vivimos.

  Conforme fui estudiando los Evangelios una y otra vez, comencé a encontrarme con un Jesús que muchas veces no coincidía con las ideas que había heredado. Algunas de las cosas que creía acerca de Él provenían de tradiciones religiosas. Otras surgían de imágenes que había visto desde niño. Algunas más eran conclusiones que simplemente había aceptado sin examinarlas cuidadosamente. Poco a poco comprendí que, sin darme cuenta, había mezclado al Jesús de las Escrituras con el Jesús de mi propia imaginación y el de la imaginación de otros.

  Y sospecho que no soy el único. Creo que muchos de nosotros hemos construido nuestra imagen de Cristo mezclando un poco de Biblia, un poco de tradición, un poco de cultura y un poco de imaginación. No lo hacemos con mala intención. Es simplemente el resultado de vivir a más de dos mil años de distancia de los acontecimientos narrados en los Evangelios. Entre nosotros y Jesús existen diferencias de idioma, cultura, costumbres y formas de pensar que no siempre alcanzamos a percibir. Por esa razón, muchas veces terminamos viendo al Maestro a través de lentes que han sido moldeados por nuestra época más que por las Escrituras.

  El problema es que cuando dejamos de lado al Jesús histórico y real para sustituirlo por tradiciones, suposiciones o imágenes heredadas de nuestra cultura, nuestra comprensión de su persona comienza a distorsionarse. Podemos escuchar hablar de Él durante años, ver representaciones artísticas, asistir a ceremonias religiosas o repetir ideas ampliamente aceptadas, y aun así conocer muy poco acerca de quién fue realmente.

  Con frecuencia damos por sentado que conocemos a Jesucristo simplemente porque hemos oído hablar de Él desde nuestra infancia. Sin embargo, conocer una figura histórica tan influyente requiere algo más que familiaridad cultural. Requiere examinar las fuentes, analizar la evidencia disponible y acercarnos a los hechos con una mente abierta.

  A lo largo de la historia, millones de personas han formado opiniones acerca de Jesús basándose principalmente en tradiciones familiares, costumbres religiosas o percepciones populares. El problema no es que estas influencias existan, sino que pueden llevarnos a aceptar ciertas ideas sin preguntarnos si realmente corresponden al personaje histórico que caminó por las calles de Judea y Galilea hace dos mil años.

  Cuando esto ocurre, el interés por investigar desaparece. Dejamos de hacer preguntas, dejamos de examinar la evidencia y terminamos aceptando una versión de Jesucristo construida más por la imaginación colectiva que por los registros históricos.

  Realmente, lo que despertó mi interés en cuanto a la persona de Jesucrieto no fueron solamente sus enseñanzas morales, sino las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo. Por ejemplo, declaró haber existido antes de Abraham al decir: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). En otra ocasión afirmó: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). También dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

  Jesús aseguró haber venido del cielo: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). Además, se presentó como el único camino hacia Dios al afirmar: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).

  Sus declaraciones continuaron siendo igual de extraordinarias. Dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12), «Yo soy la puerta» (Juan 10:9), «Yo soy el buen pastor» (Juan 10:11) y «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25).

  Pero quizá una de las afirmaciones más serias fue aquella en la que vinculó el destino eterno de las personas con la respuesta que dieran a su persona. Jesús declaró: «El que cree en él, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado» (Juan 3:18). También afirmó: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» (Juan 5:24).

  Al leer estas palabras comprendí que Jesús no se presentó simplemente como un maestro, un filósofo o un profeta más. Sus afirmaciones eran demasiado grandes para ser ignoradas. Si eran falsas, debían ser examinadas y rechazadas. Pero si eran verdaderas, entonces merecían toda mi atención. Fue precisamente esa reflexión la que me llevó a dedicar buena parte de mi vida a investigar quién fue realmente Jesucristo.

  Después de muchos años de estudio, investigación y reflexión, debo ser honesto con usted: yo ya tomé una decisión acerca de la persona de Jesucristo. Probablemente, después de leer estas páginas y conocer un poco de mi historia, no será difícil imaginar cuál fue esa decisión.

  Sin embargo, no llegué a ella por costumbre, tradición familiar o porque alguien me dijo lo que debía creer. Llegué a ella después de dedicar una parte importante de mi vida a investigar quién fue realmente Jesús de Nazaret. Esa búsqueda me llevó a leer cientos de libros, estudiar los Evangelios una y otra vez, asistir a innumerables seminarios y conferencias, viajar en varias ocasiones a Israel y a otros lugares relacionados con la historia bíblica, y escribir más de sesenta libros dedicados a temas relacionados con la Biblia, la fe y la persona de Jesucristo.

  También fue esa misma búsqueda la que me llevó a fundar Cristopedia y el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. Ambos nacieron de una convicción sencilla: una figura histórica que ha influido tan profundamente en la humanidad merece ser estudiada con seriedad, honestidad y profundidad.

  Mi propósito no es decirle lo que usted debe creer. Tampoco pretendo pedirle que adopte mis conclusiones simplemente porque yo las haya adoptado. Mi deseo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: animarle a que examine la evidencia por usted mismo.

  A lo largo de la historia, millones de personas han formado su opinión acerca de Jesús basándose en tradiciones, percepciones culturales, representaciones artísticas o en lo que otros les dijeron acerca de Él. Pero si Jesucristo fue realmente quien afirmó ser, entonces su persona merece algo más que opiniones heredadas o ideas preconcebidas. Merece una investigación seria.

  Por eso, mi invitación es que no tome una decisión acerca de Jesús basada únicamente en la imaginación, la costumbre, la presión social o las creencias de otras personas. Investigue. Haga preguntas. Examine los documentos históricos. Considere la evidencia. Analice sus afirmaciones. Y después de hacerlo, llegue a su propia conclusión.

  Yo ya tomé la mía.

  Ahora le corresponde a usted decidir qué hará con la persona más influyente de la historia humana, un hombre que no solamente cambió el curso de la civilización, sino que también pidió a cada generación que tomara una decisión personal acerca de quién decía ser.

Después de todo, las conclusiones más sólidas suelen surgir no de las costumbres heredadas, sino de una investigación honesta de la evidencia disponible. Jesucristo dijo:

  “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
  Juan 8:32 (RVR1960)

  La pregunta, entonces, no es solamente qué hemos oído acerca de Jesús, sino qué estamos dispuestos a descubrir por nosotros mismos. Porque si su vida, sus palabras y sus afirmaciones son verdaderas, entonces no estamos frente a un personaje más de la historia, sino frente a alguien cuya identidad podría cambiar por completo la manera en que entendemos a Dios, la vida y nuestro propio destino.

  Por eso, antes de llegar a una conclusión definitiva, vale la pena hacer una pregunta más profunda: ¿podemos conocer a Jesús como lo conocieron los discípulos del siglo primero?

  Esa será la pregunta que comenzaremos a explorar en los siguientes articulos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.