Por el Dr. Elio M Rivera
En los tiempos de Jesucristo, la enfermedad no era una situación aislada ni excepcional. Era parte del dolor cotidiano de muchas familias. La gente vivía expuesta a infecciones, fiebres, heridas, problemas de piel, ceguera, parálisis, desnutrición, hemorragias y enfermedades intestinales que podían destruir la vida de una persona en poco tiempo. En una época sin antibióticos, sin hospitales modernos y sin tratamientos eficaces para muchas dolencias, enfermar podía significar perder el trabajo, quedar en pobreza, depender de otros o incluso morir.
Por eso los Evangelios presentan tantas escenas donde las multitudes llevan enfermos a Jesús. No se trataba solo de curiosidad religiosa. Eran familias desesperadas buscando esperanza. La Escritura dice: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 4:23, RVR1960). Esa frase muestra que el sufrimiento físico estaba por todas partes, pero también revela que el ministerio de Cristo tocó directamente esa realidad humana.
Las infecciones eran una amenaza constante. Una cortadura en el campo, una herida en los pies por los caminos polvorientos, una lesión causada por herramientas, animales o accidentes del trabajo podía complicarse rápidamente. Sin antibióticos, una herida infectada podía producir fiebre, inflamación, pus, dolor intenso y muerte. En ese mundo, el cuerpo humano era mucho más vulnerable, y cualquier enfermedad pequeña podía convertirse en una tragedia familiar.
Las fiebres también eran comunes y peligrosas. Podían ser causadas por infecciones respiratorias, enfermedades intestinales, agua contaminada, parásitos o epidemias. Por eso no debe parecernos extraño que los discípulos se preocuparan cuando la suegra de Pedro estaba enferma. La Biblia dice: “Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella” (Marcos 1:30, RVR1960). Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó; y la fiebre la dejó. Aquel milagro no fue un detalle menor: en una época así, una fiebre podía ser el comienzo de la muerte.
También existían muchos problemas de piel. Algunas enfermedades eran contagiosas, otras crónicas, otras producían manchas, llagas, úlceras, deformidad o rechazo social. La lepra, o las enfermedades consideradas como lepra, provocaban una de las formas más dolorosas de aislamiento. La Ley decía: “Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta… e inmundo gritará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!” (Levítico 13:45, RVR1960). Esto significa que la enfermedad no solo destruía el cuerpo; también podía separar a la persona de su familia, de su comunidad y de la adoración pública.
Por eso es tan poderoso el momento en que Jesús toca a un leproso. La Escritura dice: “Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (Mateo 8:2-3, RVR1960). Para aquel hombre, el toque de Jesús no solo significó sanidad física. Significó volver a ser visto como persona, volver a tener dignidad y volver a formar parte de la vida.
La ceguera también era una condición devastadora. En una sociedad sin sistemas de apoyo, sin tecnología, sin accesibilidad y con trabajos mayormente físicos, ser ciego podía llevar a la mendicidad. Bartimeo aparece sentado junto al camino, pidiendo limosna, hasta que oyó que Jesús pasaba. La Biblia dice: “Entonces vienen a Jericó… Bartimeo el ciego… estaba sentado junto al camino mendigando” (Marcos 10:46, RVR1960). Cuando Jesús le devolvió la vista, no solo abrió sus ojos; le devolvió la posibilidad de caminar, trabajar, vivir con independencia y seguirle.
También había paralíticos, cojos, personas con miembros secos, deformidades y limitaciones físicas profundas. En Juan 5 aparece un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, acostado junto al estanque de Betesda. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda” (Juan 5:8, RVR1960). En Marcos 2, unos hombres llevaron a un paralítico hasta Jesús y, al no poder entrar por la multitud, abrieron el techo para bajarlo delante de Él. Esa escena revela hasta dónde podía llegar la desesperación de una familia o de unos amigos cuando la enfermedad parecía no tener salida.
Las hemorragias y enfermedades crónicas también causaban profundo sufrimiento. La mujer del flujo de sangre llevaba doce años padeciendo. La Escritura dice que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26, RVR1960). Esa mujer no solo estaba enferma; estaba empobrecida, agotada, aislada y probablemente marcada por la impureza ceremonial. Sin embargo, cuando tocó el manto de Jesús, recibió sanidad. Cristo no la ignoró entre la multitud; la llamó “hija” y le devolvió paz.
También debemos pensar en la desnutrición y las enfermedades intestinales. Muchas familias pobres dependían del pan diario, de cosechas inciertas y de recursos limitados. El agua podía contaminarse, los alimentos podían escasear y los niños eran especialmente vulnerables. Por eso la oración que Jesús enseñó tenía tanto peso: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6:11, RVR1960). Para muchos, esa no era una frase simbólica, sino una petición urgente de supervivencia.
Los Evangelios resumen esta realidad diciendo: “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos” (Mateo 8:16, RVR1960). También Lucas declara: “Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de él y sanaba a todos” (Lucas 6:19, RVR1960). Estas escenas nos muestran multitudes cargando enfermos, madres buscando ayuda para sus hijos, ancianos debilitados, ciegos clamando, paralíticos esperando y personas quebrantadas intentando acercarse a Jesús.
Comprender este contexto nos ayuda a leer los milagros de Cristo con mayor profundidad. Cada sanidad no fue solamente una demostración de poder. Fue una intervención de misericordia en un mundo lleno de dolor. Cuando Jesús sanaba, no solo quitaba una enfermedad; restauraba dignidad, esperanza, familia, futuro y vida. En tiempos de Jesucristo, enfermar podía significar perderlo todo, pero encontrarse con Él podía significar comenzar de nuevo.
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