Por el Dr. Elio M Rivera
Los niños en los tiempos de Jesucristo no crecían rodeados de pantallas, juguetes electrónicos ni entretenimiento moderno. Su mundo era mucho más sencillo, pero también profundamente humano y comunitario. Las calles, los patios, los campos y los espacios abiertos se convertían en lugares de juego, aprendizaje y convivencia. Aun en medio de un mundo duro y frágil, los niños seguían riendo, corriendo, imaginando y jugando.
La infancia en el siglo primero estaba muy conectada con la vida cotidiana de los adultos. Los niños observaban constantemente los oficios, las celebraciones, las bodas, los funerales, las cosechas y las actividades familiares. Por eso muchos de sus juegos consistían en imitar lo que veían alrededor. Jesús mismo hizo referencia a esto cuando dijo:

“Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis.” — Mateo 11:16-17 (RVR1960)
Aquella escena revela algo hermoso y cotidiano. Los niños se reunían en las plazas y jugaban a representar bodas o funerales, imitando la música, las celebraciones y las lamentaciones que veían en la vida real. Era un mundo donde el juego nacía de la observación diaria de la comunidad.
Muchos juguetes eran extremadamente sencillos. Algunos niños jugaban con pequeñas figuras hechas de barro, madera o tela. Otros usaban piedras, ramas o elementos de la naturaleza para crear juegos e historias. Los niños corrían por calles polvorientas, trepaban pequeños muros, perseguían animales y jugaban juntos en grupos. La imaginación ocupaba un lugar mucho más grande que los objetos costosos.
También existían canciones infantiles y juegos grupales. La música formaba parte importante de la vida judía, por lo que muchos niños crecían escuchando cantos, salmos y melodías utilizadas en fiestas y celebraciones religiosas. Probablemente algunos juegos incluían palmas, ritmos sencillos y canciones repetitivas transmitidas oralmente de generación en generación.
La vida de los niños estaba profundamente integrada a la familia y al trabajo cotidiano. Desde pequeños observaban a sus padres moler grano, cocinar, pescar, construir o cultivar la tierra. Por eso muchos juegos consistían en imitar oficios. Un niño podía fingir ser pescador, pastor, agricultor o carpintero mientras observaba a los adultos trabajar.
En cierta forma, el juego también preparaba a los niños para la vida adulta.
Los varones pasaban tiempo cerca de sus padres aprendiendo el oficio familiar. Las niñas observaban las labores domésticas junto a sus madres. Todo ocurría de manera natural, dentro de la convivencia diaria del hogar y la comunidad.
Las fiestas religiosas también marcaban profundamente la infancia. Los niños crecían viendo peregrinaciones, comidas especiales, oraciones y celebraciones relacionadas con la fe de Israel. Durante la Pascua, por ejemplo, los padres explicaban a los hijos cómo Dios había liberado al pueblo de Egipto.
“Y cuando mañana os preguntare vuestro hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás…” — Éxodo 13:14 (RVR1960)
Esto significa que los niños no solo escuchaban historias bíblicas; crecían participando activamente en una cultura llena de memoria espiritual.
Además, los niños eran muy visibles en la vida comunitaria. A diferencia de ciertos ambientes modernos donde muchas veces viven aislados en espacios separados, los niños del siglo primero estaban constantemente alrededor de adultos, escuchando conversaciones, observando conflictos, celebraciones y actividades cotidianas.
Jesús mismo convivió mucho con niños y mostró un amor especial hacia ellos. En una cultura donde algunos adultos podían considerar a los niños como poco importantes, Cristo los recibió con ternura.
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.” — Marcos 10:14 (RVR1960)
Aquellas palabras debieron impactar profundamente a muchos. Jesús no veía a los niños como una molestia o un estorbo. Los abrazaba, los bendecía y los colocaba como ejemplo de humildad y confianza.
También resulta profundamente hermoso recordar que Jesús mismo vivió una infancia real dentro de ese mundo sencillo. El Hijo de Dios probablemente corrió por las calles de Nazaret, jugó con otros niños, observó a José trabajar la madera y escuchó canciones y relatos junto al fuego familiar. Aunque los Evangelios no describen detalladamente Sus juegos o momentos cotidianos, sí muestran que Su crecimiento fue plenamente humano.
“Y el niño crecía y se fortalecía…” — Lucas 2:40 (RVR1960)
Jesucristo no apareció de repente como un adulto desconectado de la experiencia humana. Vivió una infancia verdadera en un hogar humilde, dentro de una pequeña aldea judía, rodeado de la sencillez y fragilidad de la vida cotidiana.
Comprender esto hace todavía más conmovedor el Evangelio. El Dios eterno permitió que Su Hijo experimentara la niñez humana desde dentro: el crecimiento, la convivencia familiar, el aprendizaje y hasta la alegría sencilla de ser niño en medio de un mundo necesitado de esperanza.
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