4. Educación y aprendizaje de la Torá

Por el Dr. Elio M Rivera

  En los tiempos de Jesucristo, la educación de un niño judío estaba profundamente centrada en Dios, en las Escrituras y en la identidad espiritual del pueblo de Israel. Mucho antes de aprender matemáticas avanzadas, ciencias o filosofía, los niños crecían escuchando la Ley de Dios, memorizando pasajes bíblicos y aprendiendo quién era Jehová y qué había hecho por Su pueblo. La fe no era un tema separado de la vida diaria; era el corazón mismo de la educación.

  La enseñanza comenzaba desde los primeros años dentro del hogar. El padre tenía la responsabilidad espiritual de transmitir la fe a sus hijos. Dios mismo había ordenado:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…” — Deuteronomio 6:6-7 (RVR1960)

  Esto significaba que la enseñanza espiritual no ocurría solamente en reuniones religiosas. Los padres enseñaban mientras caminaban, trabajaban, descansaban o compartían alimentos. La vida diaria estaba llena de conversaciones acerca de Dios, la Ley, las historias de Israel y las promesas del Señor.

  Uno de los textos más importantes que aprendían los niños era el Shemá, considerado el corazón de la fe judía:

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.” — Deuteronomio 6:4 (RVR1960)

  Los niños crecían escuchando esas palabras constantemente. Las aprendían desde muy pequeños y las repetían diariamente. El Shemá no era solamente una oración; era una declaración de identidad espiritual y fidelidad a Dios.

  La memorización ocupaba un lugar enorme en la educación judía. En una época donde muy pocas personas poseían copias personales de las Escrituras, la memoria era esencial. Los niños aprendían versículos, salmos, mandamientos e historias bíblicas escuchándolos una y otra vez.

  Muchos crecían sabiendo largos pasajes de memoria.

  Además, la tradición oral tenía muchísima importancia. Los padres relataban historias acerca de Abraham, Moisés, David, el éxodo de Egipto y las maravillas que Dios había hecho por Israel. Las fiestas religiosas reforzaban todavía más esa enseñanza. Durante la Pascua, por ejemplo, los niños hacían preguntas y los padres explicaban cómo Dios había liberado a Israel de la esclavitud.

“Y cuando mañana te preguntare tu hijo… le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto…” — Éxodo 13:14 (RVR1960)

  La educación no consistía solo en transmitir información; consistía en formar identidad espiritual.

  Las sinagogas también ocupaban un papel muy importante. Aunque el templo estaba en Jerusalén, las sinagogas existían en muchas ciudades y aldeas como lugares de reunión, oración y enseñanza. Allí se leían públicamente las Escrituras y los niños escuchaban a los maestros explicar la Ley.

  Jesús mismo participó en ese ambiente desde Su niñez.

“Y vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre…” — Lucas 4:16 (RVR1960)

  Aquella frase “conforme a su costumbre” muestra que asistir a la sinagoga formaba parte normal de Su vida desde pequeño.

  Los niños aprendían escuchando atentamente las lecturas públicas de la Torá y de los profetas. También observaban a los adultos orar, discutir las Escrituras y participar en las celebraciones religiosas. Desde muy pequeños entendían que la Palabra de Dios ocupaba el centro de la vida del pueblo.

  La educación judía también buscaba formar carácter y obediencia. No se trataba solamente de conocimiento intelectual. Los niños debían aprender respeto, reverencia, disciplina y temor de Dios.

“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová…” — Proverbios 1:7 (RVR1960)

  Por eso la enseñanza espiritual estaba conectada constantemente con la conducta diaria.

  Los niños también crecían haciendo preguntas. El ambiente familiar y religioso fomentaba el diálogo acerca de la fe, las fiestas y la Ley. Esto ayuda a entender por qué Jesús, siendo aún joven, podía conversar profundamente acerca de las Escrituras.

  Uno de los momentos más impresionantes de Su infancia ocurrió cuando tenía doce años y fue hallado en el templo escuchando y preguntando a los maestros.

“Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.” — Lucas 2:47 (RVR1960)

  Aquella escena revela cuánto valor tenía el aprendizaje de la Ley dentro de la cultura judía.

  Sin embargo, aunque muchos conocían las Escrituras, Jesús mostró después que era posible estudiar la Palabra y aun así perder de vista el corazón de Dios. Por eso dijo a algunos líderes religiosos:

“Escudriñad las Escrituras… y ellas son las que dan testimonio de mí.” — Juan 5:39 (RVR1960)

  El problema no era la Escritura. El problema era un corazón que podía memorizar textos sin rendirse verdaderamente a Dios.

  Jesucristo creció dentro de todo ese ambiente educativo y espiritual. Escuchó la Torá, aprendió las Escrituras y participó en la vida de la sinagoga como cualquier niño judío. Pero a diferencia de muchos maestros religiosos, Él no solamente conocía la Palabra: Él era la Palabra hecha carne.

“Y aquel Verbo fue hecho carne…” — Juan 1:14 (RVR1960)

  Comprender cómo aprendían los niños judíos en tiempos de Jesús ayuda a ver algo profundamente hermoso: el Hijo de Dios creció escuchando las mismas Escrituras que hablaban acerca de Él mismo.

Disfrute de un reel con proposito:

Descubra el museo la vida y obra de Jesucristo

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.