Por el Dr. Elio M Rivera
En los tiempos de Jesucristo, la crianza de los hijos estaba profundamente enfocada en la formación del carácter. Los padres no solamente buscaban alimentar y proteger a sus hijos; también sentían una enorme responsabilidad de prepararlos para la vida, enseñarles obediencia, formar su conducta y transmitirles temor de Dios. En un mundo duro, peligroso y exigente, el carácter podía marcar la diferencia entre sobrevivir o fracasar.
La obediencia hacia los padres era considerada algo extremadamente serio dentro de la cultura judía. No se veía solamente como una norma doméstica, sino como parte de la obediencia misma a Dios. Uno de los Diez Mandamientos decía:
“Honra a tu padre y a tu madre…” — Éxodo 20:12 (RVR1960)
Ese mandamiento ocupaba un lugar tan importante que estaba conectado con bendición y estabilidad para la vida futura. Honrar a los padres significaba respetarlos, escucharlos, obedecerlos y reconocer la autoridad que Dios les había dado dentro del hogar.
Los niños crecían aprendiendo desde pequeños que debían mostrar respeto no solamente a sus padres, sino también a los ancianos y a las personas mayores de la comunidad. La experiencia y la edad eran altamente valoradas en la sociedad judía.
“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano…” — Levítico 19:32 (RVR1960)
Esto creaba una cultura donde los niños aprendían a escuchar, guardar compostura y reconocer autoridad desde temprana edad.
La corrección también era vista como parte esencial del amor de los padres. El libro de Proverbios habla repetidamente acerca de la importancia de disciplinar a los hijos y guiarlos por el camino correcto.
“Instruye al niño en su camino…” — Proverbios 22:6 (RVR1960)
La idea no era simplemente castigar, sino formar sabiduría, dominio propio y responsabilidad. En una sociedad donde los hijos comenzarían a asumir responsabilidades desde muy jóvenes, la disciplina era considerada necesaria para prepararlos.
Los niños aprendían rápidamente que sus acciones tenían consecuencias. Debían colaborar en tareas del hogar, respetar horarios, obedecer instrucciones y participar en la vida familiar. Desde pequeños entendían que la vida requería esfuerzo, responsabilidad y trabajo constante.
La disciplina también estaba profundamente conectada con la fe. Los padres judíos entendían que debían enseñar a sus hijos a caminar delante de Dios. El objetivo no era solamente criar hijos educados, sino formar personas que respetaran la Ley y honraran al Señor.
“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón…” — Deuteronomio 6:5 (RVR1960)
Por eso la enseñanza espiritual y la formación del carácter iban siempre juntas.
Los niños también aprendían mediante el ejemplo diario de los adultos. Observaban cómo sus padres trabajaban, cómo trataban a otros, cómo oraban y cómo enfrentaban dificultades. En un mundo donde gran parte de la enseñanza ocurría oralmente y por convivencia directa, el ejemplo familiar tenía un impacto enorme.
Además, los niños comenzaban a asumir responsabilidades desde muy temprana edad. Los varones ayudaban en labores relacionadas con el oficio familiar, mientras las niñas aprendían tareas domésticas junto a sus madres. No existía una infancia prolongada como muchas veces ocurre hoy. Poco a poco los niños eran preparados para integrarse plenamente a la vida adulta.
Jesús mismo creció dentro de ese ambiente de obediencia, respeto y formación del carácter.
Los Evangelios muestran algo profundamente conmovedor acerca de Su infancia:
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…” — Lucas 2:51 (RVR1960)
El Hijo de Dios vivió sujeto a padres humanos.
Jesús obedeció, aprendió y creció dentro de un hogar sencillo en Nazaret. Experimentó la disciplina normal de una familia judía, el trabajo diario y la vida comunitaria. La Biblia también dice:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.” — Lucas 2:52 (RVR1960)
Aquella frase revela un crecimiento integral. No solamente crecía físicamente; también crecía en sabiduría, madurez y favor delante de Dios y de las personas.
Esto muestra algo profundamente importante: el carácter se forma progresivamente.
En el mundo judío del siglo primero, los padres entendían que criar hijos no consistía solamente en satisfacer deseos o evitar incomodidades. Significaba preparar personas capaces de vivir responsablemente delante de Dios y de la sociedad.
Por eso el respeto, la obediencia y la corrección tenían tanto peso dentro del hogar.
Sin embargo, aunque existía disciplina, también había afecto y pertenencia familiar. Los hijos eran vistos como bendición de Dios.
“He aquí, herencia de Jehová son los hijos…” — Salmo 127:3 (RVR1960)
Los padres no solamente buscaban autoridad; buscaban preservar el futuro espiritual y familiar de sus hijos.
Comprender esto ayuda a ver con mayor profundidad la infancia de Jesús. El Salvador del mundo no apareció como un hombre aislado de la experiencia humana. Creció aprendiendo obediencia, respeto y responsabilidad dentro de una familia humilde, experimentando plenamente la formación humana que vivían los niños judíos de Su tiempo.
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