Por el Dr. Elio M. Rivera
Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del mundo y, probablemente, una de las más influyentes de toda la historia humana. A lo largo de más de tres mil años ha sido conquistada, destruida, reconstruida, ampliada y transformada innumerables veces. Sin embargo, a pesar de guerras, invasiones y catástrofes, la ciudad ha sobrevivido y continúa ocupando un lugar central en la historia del judaísmo, el cristianismo y el islam.
Los orígenes de Jerusalén se remontan mucho antes de los tiempos bíblicos. Las excavaciones arqueológicas han demostrado que existían asentamientos humanos en la región desde varios miles de años antes de Cristo, favorecidos principalmente por la presencia de la Fuente de Gihón, una de las pocas fuentes permanentes de agua en la zona.
Durante la Edad del Bronce, aproximadamente entre los años dos mil y mil quinientos antes de Cristo, Jerusalén era una ciudad cananea fortificada. Diversos documentos egipcios y las famosas Cartas de Amarna, descubiertas en Egipto y fechadas alrededor del siglo catorce antes de Cristo, ya mencionan una ciudad llamada Urusalim o Jerusalén, demostrando que era conocida mucho antes del establecimiento de Israel como nación.

Vista de la ciudad vieja de Jerusalén desde el monte de los olivos
Hacia el año mil antes de Cristo ocurrió uno de los acontecimientos más importantes de su historia.
El rey David conquistó la ciudad de los jebuseos y la convirtió en la capital de Israel.
”David tomó la fortaleza de Sion, la cual es la ciudad de David” (Segunda de Samuel 5:7).
La elección de Jerusalén como capital transformó por completo el destino de la ciudad. A partir de ese momento se convirtió en el centro político del reino.
Posteriormente, durante el reinado de Salomón, Jerusalén alcanzó una nueva dimensión cuando se construyó el Primer Templo. Desde entonces también pasó a ser el centro espiritual y religioso de Israel.
La prosperidad de la ciudad continuó durante varios siglos hasta que, en el año quinientos ochenta y seis antes de Cristo, los ejércitos de Babilonia dirigidos por Nabucodonosor conquistaron Jerusalén, destruyeron el Templo y llevaron cautiva a gran parte de la población.
Aquella destrucción marcó uno de los períodos más oscuros de su historia.
Décadas después, el Imperio Persa permitió el regreso de los judíos a su tierra. Jerusalén fue reconstruida gradualmente y se levantó un nuevo santuario conocido como el Segundo Templo.
Durante los siguientes siglos la ciudad pasó por distintos dominios extranjeros, incluyendo los persas, los griegos y posteriormente los gobernantes helenísticos surgidos tras las conquistas de Alejandro Magno.
En el siglo segundo antes de Cristo, la rebelión de los Macabeos permitió un período de independencia judía bajo la dinastía asmonea.
Sin embargo, en el año sesenta y tres antes de Cristo, el general romano Pompeyo conquistó Jerusalén e incorporó la región al creciente Imperio Romano.
Pocos años después apareció una figura que cambiaría radicalmente la apariencia de la ciudad: Herodes el Grande.
Durante su reinado, entre los años treinta y siete y cuatro antes de Cristo, Jerusalén experimentó una enorme expansión urbanística. Herodes reconstruyó el Templo a una escala monumental, levantó fortalezas, palacios y numerosos edificios públicos.
La Jerusalén que conocieron Jesús y los apóstoles fue, en gran medida, la Jerusalén de Herodes.
En el año setenta después de Cristo ocurrió otra de las grandes tragedias de la ciudad.
Tras una rebelión judía contra Roma, las legiones del general Tito sitiaron Jerusalén y finalmente la destruyeron. El Segundo Templo fue arrasado y gran parte de la población murió o fue dispersada.
Años después, el emperador Adriano reconstruyó la ciudad como una colonia romana llamada Aelia Capitolina, prohibiendo inicialmente el acceso de los judíos.
Con la conversión del emperador Constantino al cristianismo en el siglo cuarto, Jerusalén entró en una nueva etapa. La ciudad se convirtió en uno de los principales centros de peregrinación cristiana del mundo.
Durante el período bizantino se construyeron numerosas iglesias y santuarios relacionados con la vida de Jesús.
En el año seiscientos treinta y ocho la ciudad fue conquistada por los musulmanes, iniciando una nueva era en su historia.
Bajo el dominio islámico se construyeron monumentos que aún hoy forman parte de su paisaje, incluyendo la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa.
En el año mil noventa y nueve los cruzados europeos conquistaron Jerusalén y establecieron el Reino Latino de Jerusalén.
Menos de un siglo después, Saladino recuperó la ciudad para el mundo islámico.
Durante los siglos siguientes Jerusalén pasó por distintos gobernantes musulmanes hasta quedar incorporada al Imperio Otomano en mil quinientos diecisiete.
Los otomanos gobernaron la ciudad durante aproximadamente cuatrocientos años. Durante ese período se construyeron las murallas que rodean actualmente la Ciudad Vieja.
En mil novecientos diecisiete, durante la Primera Guerra Mundial, Jerusalén pasó al control británico.
Posteriormente, los acontecimientos del siglo veinte transformarían nuevamente la ciudad con la creación del Estado de Israel y los conflictos posteriores que marcaron la historia moderna de la región.
Hoy Jerusalén es una ciudad moderna y dinámica, pero también una de las ciudades arqueológicamente más importantes del planeta.
Bajo sus calles permanecen enterradas las huellas de cananeos, israelitas, babilonios, persas, griegos, romanos, bizantinos, cruzados, musulmanes y otomanos.
Pocas ciudades han acumulado tanta historia en un espacio tan pequeño.
Quizá por eso Jerusalén continúa fascinando a historiadores, arqueólogos y peregrinos de todo el mundo.
Porque cada generación ha dejado sus huellas sobre sus piedras.
Y porque, después de más de tres mil años, la historia de Jerusalén todavía sigue escribiéndose.
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