01. ¿Cómo era realmente el huerto de Edén?

Dr. Elio M. Rivera

  En el capítulo anterior expliqué por qué, para comenzar a comprender la cruz, tuve que regresar al principio.

  Jesús dijo que había venido:

«a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).

  Pero aquella declaración inevitablemente nos obliga a formular una pregunta:

El Eden, un lugar de extraordinaria belleza

¿Qué fue lo que se perdió?

  Todavía no intentaremos responderla.

  Sería demasiado pronto.

  Primero necesitamos conocer aquello que existía antes de perderlo.

  Necesitamos regresar al mundo de Adán y Eva.

  Y para hacerlo comenzaremos por el lugar que Dios preparó para ellos:

el huerto de Edén.

  Durante muchos años, cuando leía la historia de Génesis, mi imaginación construía una imagen bastante sencilla del Edén.

  Pensaba en algo parecido a una enorme selva tropical.

  Árboles.

  Vegetación.

  Animales.

  Adán y Eva caminando entre ellos.

  Un mundo hermoso, ciertamente, pero también un tanto salvaje y primitivo.

  Nunca me había detenido realmente a preguntar:

¿Cómo era aquel lugar?

  Y cuando finalmente lo hice descubrí algo que me sorprendió.

  La Biblia proporciona más detalles de los que yo recordaba.

  No nos permite reconstruir cada rincón del Edén.

  No conocemos sus dimensiones.

  No tenemos un mapa completo.

  No sabemos cómo eran todas sus plantas ni podemos describir exactamente su paisaje.

  Pero Génesis sí nos proporciona suficientes elementos para descubrir que aquello era mucho más que un terreno cubierto de vegetación. Mi libro original parte precisamente de esa diferencia entre la imagen de un lugar salvaje que yo tenía y un espacio deliberadamente preparado.

  Así que hagamos algo sencillo.

  Por un momento olvidemos las pinturas, las películas, las ilustraciones infantiles y aun nuestras propias imaginaciones.

  Y permitamos que la Biblia nos muestre el Edén.

El Eden, un lugar hermoso para explorar

Dios plantó el huerto

  La primera información es extraordinariamente importante:

«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).

  Observe la acción:

«plantó».

  El huerto no aparece en la narración simplemente como un espacio silvestre al que Dios envió posteriormente al hombre.

  La Escritura presenta a Dios preparándolo.

  Eso cambia nuestra perspectiva.

  Hay intención.

  Hay propósito.

  Hay preparación.

  Dios había creado la Tierra, pero dentro de ella preparó un lugar particular y allí colocó al hombre.

  La expresión me recuerda algo que ya hemos descubierto en nuestro recorrido.

  Antes de crear al hombre, Dios había preparado un planeta donde pudiera vivir.

  Ahora encontramos nuevamente el mismo patrón.

  Primero prepara.

  Después coloca allí a sus hijos.

  Y cuando comenzamos a observar los detalles descubrimos que no estaba preparando simplemente un lugar donde pudieran sobrevivir.

  Había pensado también en cómo sería vivir allí.

Un lugar hermoso antes que simplemente útil

  El siguiente versículo contiene un detalle que ya hemos mencionado anteriormente, pero que aquí adquiere importancia porque estamos reconstruyendo el escenario:

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).

  El orden de las palabras siempre me ha parecido hermoso.

  Los árboles eran:

«deliciosos a la vista».

  Y además:

«buenos para comer».

  Utilidad y belleza.

  Alimento y deleite.

  Dios pudo haber creado un sistema perfectamente funcional que alimentara al hombre sin producir ninguna sensación de belleza.

  Pero el Edén no fue descrito así.

  Había algo que mirar.

  Algo que disfrutar.

  Algo que comer.

  La vegetación no solamente cumplía una función biológica.

  También formaba parte de un escenario que la Escritura describe como agradable a los ojos.

  Y esto nos permite comenzar a imaginar, sin necesidad de inventar, un lugar extraordinariamente rico.

  Diversidad de árboles.

  Vegetación.

  Frutos.

  Sombras.

  Formas.

  Texturas.

  Colores.

  Todo aquello que necesariamente acompaña a un lugar lleno de vida vegetal.

  No sabemos exactamente qué especies había.

  La Biblia no lo dice.

  Pero sí sabemos que Dios consideró importante dejarnos dos características:

era hermoso y proporcionaba alimento.

Había abundancia

  Hay algo que debemos recordar.

  Cuando posteriormente lleguemos al árbol de la ciencia del bien y del mal, nuestra atención se concentrará inevitablemente en aquello que Dios prohibió.

  Pero si queremos ser justos con la narración, primero debemos observar todo lo que permitió.

  Dios había dicho:

«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).

  Antes del:

«no comerás»

  estuvo el:

«de todo árbol… podrás comer».

  Eso cambia considerablemente la escena.

  Muchas veces la historia del Edén se cuenta alrededor de un árbol prohibido.

  Pero antes de llegar a ese árbol, Génesis quiere que veamos un huerto lleno de árboles disponibles.

  La prohibición era una.

  La provisión era abundante.

  Y esto será importante cuando posteriormente tengamos que evaluar la acusación que la serpiente introducirá acerca del carácter de Dios.

  Pero todavía no lleguemos allí.

  Por ahora solamente observemos el escenario.

  Adán y Eva no fueron colocados en un lugar de escasez.

  Vivían rodeados de provisión.

Un río salía de Edén

  Después Génesis nos proporciona un detalle geográfico sorprendentemente específico:

«Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos» (Génesis 2:10, RVR1960).

  Había agua.

  Y no se menciona incidentalmente.

  El texto nos dice que aquel río regaba el huerto.

  Después identifica cuatro brazos:

«El nombre del uno era Pisón…»

«El nombre del segundo río es Gihón…»

«Y el nombre del tercer río es Hidekel…»

«Y el cuarto río es el Eufrates» (Génesis 2:11-14, RVR1960).

  No necesitamos resolver todavía dónde se encontraba geográficamente cada uno ni intentar colocar el Edén sobre un mapa moderno.

  Eso nos desviaría de nuestro propósito.

  Lo que quiero que observemos es algo mucho más sencillo:

el Edén tenía estructura.

  Había un huerto.

  Había un sistema de agua.

  Había un río principal.

  Había ramificaciones.

  Había territorios identificables alrededor.

  Aquello comienza a alejarse bastante de la imagen vaga de una selva primitiva que durante años existió en mi mente.

Había recursos extraordinarios alrededor del Edén

  Génesis añade un detalle que muchas veces pasamos por alto.

  Cuando describe la tierra de Havila, dice:

«donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice» (Génesis 2:11-12, RVR1960).

  ¿Por qué mencionar eso?

  Si el único propósito del relato fuera decirnos que Adán tenía frutas para comer, estos detalles resultarían curiosos.

  Oro.

  Bedelio.

  Ónice.

  Recursos que no son necesarios simplemente para mantener a una persona respirando.

  La Biblia no explica en este pasaje qué uso habrían tenido para ellos.

  Y no quiero inventarlo.

  Pero sí podemos afirmar que el mundo que rodeaba al hombre contenía riqueza material y recursos.

  Mucho después, la Biblia utilizará oro y piedras preciosas en contextos relacionados con belleza, construcción y gloria.

  Pero por ahora dejemos la pieza exactamente donde Génesis la coloca.

  Dios había puesto al hombre en un mundo que no solamente tenía alimento y agua.

  También contenía materiales valiosos esperando ser descubiertos.

  Más adelante, cuando estudiemos la responsabilidad que Dios dio al hombre de sojuzgar la Tierra y señorear sobre ella, estos detalles adquirirán mayor importancia.

  Por ahora no adelantemos ese capítulo.

El árbol del bien y del mal

Dos árboles ocupaban un lugar especial

  Entre toda aquella vegetación, Génesis identifica específicamente dos árboles:

«también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Génesis 2:9, RVR1960).

  Aquí nuestra historia comienza a adquirir una profundidad que todavía no podemos desarrollar.

  Uno de ellos ya lo conocemos.

  El árbol de la ciencia del bien y del mal terminará ocupando un lugar central en lo que ocurrió después.

  Pero había otro:

el árbol de la vida.

  Y este árbol es fascinante porque no desaparece simplemente de la historia bíblica.

  Después de la caída volveremos a encontrarlo mencionado en Génesis:

«Ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre» (Génesis 3:22, RVR1960).

  Y después sucede algo extraordinario.

  Pasamos desde las primeras páginas de la Biblia hasta sus últimas páginas…

  y el árbol vuelve a aparecer.

  Jesucristo dice en Apocalipsis:

«Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).

  Y al final de Apocalipsis encontramos:

«En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida…» (Apocalipsis 22:2, RVR1960).

  Esto me parece extraordinario.

  La Biblia comienza con un río y un árbol de la vida.

  Y termina mostrándonos nuevamente un río y el árbol de la vida.

  Algo conecta el principio con el final.

  En mi libro anterior ya me llamó profundamente la atención esta relación entre el árbol de la vida del Edén y el árbol que reaparece en el «paraíso de Dios».

  Pero no intentemos resolverlo todo aquí.

  Tendremos un capítulo específico para estudiar el árbol de la vida.

  Por ahora solamente quiero que el lector lo vea allí.

  En medio de aquel mundo.

  Esperándonos.

¿Era aquello solamente un jardín?

  Aquí aparece una pregunta que tendremos que investigar en el siguiente capítulo.

  Durante mucho tiempo imaginé el Edén como un lugar esencialmente silvestre.

  Pero ahora empiezo a preguntarme si esa imagen es demasiado pequeña.

  Génesis presenta un lugar preparado.

  Regado.

  Con abundante vegetación.

  Con recursos.

  Con límites y territorios identificables.

  Y, sobre todo, con la presencia de elementos que reaparecerán sorprendentemente al final de la Biblia.

  Apocalipsis nos mostrará una ciudad.

  Un río.

  El árbol de la vida.

  La presencia de Dios.

  Y una humanidad restaurada.

  ¿Existe alguna relación entre aquello que aparece al final y lo que existió al principio?

  Es una pregunta legítima.

  Pero no la responderemos todavía.

  La investigaremos.

  Porque si Apocalipsis habla de la restauración de aquello que el pecado destruyó, entonces quizá sus últimas páginas puedan ayudarnos a comprender mejor algunas de las primeras.

  Pero tendremos que avanzar con cuidado.

  No queremos convertir nuestras posibilidades en doctrina.

  Queremos permitir que la Biblia vaya colocando las piezas.

El Edén no era el destino final del hombre

  Hay todavía algo que debemos observar.

  El huerto era extraordinario.

  Pero Dios había dado al hombre una comisión que iba mucho más allá de sus límites:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Eso significa que el Edén era el hogar inicial del hombre, pero la mirada de Dios alcanzaba toda la Tierra.

  Había un mundo por llenar.

  Había una creación sobre la cual el hombre tendría responsabilidad.

  Había un proyecto que apenas comenzaba.

  Más adelante estudiaremos esto con detenimiento porque es fundamental para comprender quiénes eran Adán y Eva.

  Habían sido creados para gobernar.

  No como propietarios independientes de Dios.

  Sino como seres hechos a su imagen, colocados dentro de su creación y encargados de ejercer sobre ella una autoridad que procedía del propio Creador.

  Por eso no debemos imaginar el Edén como una especie de resort celestial donde dos personas pasarían la eternidad comiendo frutas y contemplando animales.

  Había belleza.

  Había disfrute.

  Pero también había propósito.

  Había trabajo.

  Había aprendizaje.

  Había responsabilidad.

  Había futuro.

  Todo eso lo iremos descubriendo poco a poco.

Algo se perdió aquí

  Y ahora quiero regresar solamente por un instante a la pregunta con la que comenzamos.

  Jesucristo dijo:

«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10, RVR1960).

  Todavía no sabemos completamente qué significa:

«lo que se había perdido».

  Pero después de contemplar el Edén comenzamos a comprender que la respuesta difícilmente puede reducirse a:

«Adán y Eva perdieron un jardín».

  Había algo mucho mayor.

  Había vida.

  Había abundancia.

  Había propósito.

  Había una Tierra preparada.

  Había un futuro.

  Había acceso al árbol de la vida.

  Y había una relación con Dios que todavía no había sido quebrantada.

  No adelantemos la historia.

  Todavía estamos contemplando el mundo antes de perderlo.

  Pero guardemos una imagen.

  Miles de años después, mientras Jesucristo estaba muriendo en una cruz, un hombre crucificado a su lado le dijo:

«Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42, RVR1960).

  Y Jesús respondió:

«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43, RVR1960).

  No quiero construir todavía toda una doctrina alrededor de esa palabra.

  Pero tampoco quiero pasarla por alto.

  El hombre está muriendo.

  Cristo está muriendo.

  Y en medio de aquella escena aparece una palabra que nos obliga a recordar todo lo que estamos estudiando:

«paraíso».

  Mucho después, el mismo Cristo resucitado hablará en Apocalipsis del:

«árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios» (Apocalipsis 2:7, RVR1960).

  Huerto.

  Árbol de la vida.

  Paraíso.

  Cruz.

  Restauración.

  Todavía no sabemos cómo encajan todas las piezas.

  No quiero que lo sepamos todavía.

  Quiero que avancemos con la historia.

  Pero ahora comenzamos a sospechar algo:

para comprender qué vino Cristo a recuperar, primero tendremos que comprender mucho mejor aquello que Dios había preparado al principio.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Nuestro propósito en esta serie no es solamente reconstruir un lugar desaparecido.

  Estamos observando las acciones de Dios para descubrir cómo es Él.

  Y el Edén comienza a decirnos algo.

  Dios prepara.

  Dios provee.

  Dios aprecia la belleza.

  Dios da abundantemente.

  Dios crea con propósito.

  Dios no colocó a sus hijos en un mundo vacío y les ordenó que encontraran la manera de sobrevivir.

  Preparó antes de colocar.

  Y además dejó delante de ellos un futuro.

  Esto nos permite añadir una nueva pieza al retrato que estamos construyendo:

Dios no solamente da vida; prepara un lugar y un propósito para aquellos a quienes da vida.

  Pero todavía hemos contemplado el Edén desde afuera.

  Ahora necesitamos entrar un poco más.

  Porque después de observar sus árboles, su río, sus recursos y el árbol de la vida, surge una pregunta que durante años jamás se me había ocurrido formular:

¿Era el Edén realmente solamente un huerto?

  Eso será lo siguiente que tendremos que investigar.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.