Por el Dr. Elio M Rivera
En tiempos de Jesucristo, preparar un cuerpo para el entierro era un acto de amor, honra y despedida. No se hacía de manera fría ni apresurada como un simple trámite. La familia y las personas cercanas participaban con profundo respeto, entendiendo que el cuerpo del fallecido debía ser tratado con dignidad.
Después de la muerte, el cuerpo era lavado, acomodado y envuelto en lienzos. En muchos casos se usaban perfumes, aceites y especias aromáticas para honrar al difunto y disminuir los olores naturales de la descomposición. La Biblia confirma esta costumbre cuando habla del entierro de Jesús:
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
— Juan 19:40 (RVR1960)
Entre los perfumes más conocidos estaban la mirra y los áloes. Estos aromas eran valiosos y se asociaban con honra, respeto y sepultura. Cuando Nicodemo llegó para ayudar en el entierro de Jesús, trajo una gran cantidad de estas especias:
“Vino también Nicodemo… trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.”
— Juan 19:39 (RVR1960)
Aquella cantidad muestra que el cuerpo de Jesús fue tratado con gran honor. Aunque había muerto como un condenado ante Roma, Sus seguidores lo prepararon como alguien profundamente amado.
Las mujeres también tuvieron un papel muy importante en estas prácticas. Después de la muerte de Jesús, algunas de ellas prepararon especias aromáticas y ungüentos para terminar de honrar Su cuerpo después del día de reposo.
“Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.”
— Lucas 23:56 (RVR1960)
Esto nos permite imaginar la escena con más claridad: manos temblorosas preparando aromas, vasijas pequeñas con ungüentos, lienzos doblados, lágrimas silenciosas y corazones tratando de procesar una pérdida que parecía imposible de aceptar.
Los perfumes no eran solamente un detalle externo. En aquella cultura expresaban amor, valor y memoria. Ungir un cuerpo era una manera de decir: “Esta vida fue importante. Esta persona fue amada. No será despedida sin honra.”
Por eso resulta tan profundo recordar lo que hizo María antes de la muerte de Jesús. Ella derramó un perfume muy costoso sobre Él. Algunos lo vieron como desperdicio, pero Jesús entendió el significado espiritual de aquel acto.
“Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús…”
— Juan 12:3 (RVR1960)
“Para el día de mi sepultura ha guardado esto.”
— Juan 12:7 (RVR1960)
María quizá no comprendía completamente todo lo que estaba por suceder, pero su acto quedó unido para siempre al anuncio de la muerte y sepultura de Cristo.

La preparación de los cuerpos también ayuda a entender mejor la escena de la resurrección. Cuando las mujeres fueron al sepulcro muy de mañana, no iban esperando encontrar una tumba vacía. Iban con especias para completar el cuidado del cuerpo de Jesús.
“Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol.”
— Marcos 16:2 (RVR1960)
“Y cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle.”
— Marcos 16:1 (RVR1960)
Ellas iban a servir al Cristo que amaban, aun cuando pensaban que estaba muerto. Pero al llegar, descubrieron que la muerte no había tenido la última palabra.
Comprender estas costumbres hace que los Evangelios se vuelvan más vivos. Los lienzos, los perfumes, la mirra, los áloes y las especias no son detalles decorativos. Son señales de amor humano frente al dolor, y también testigos silenciosos del momento en que Dios transformó una tumba en el lugar donde comenzó la esperanza más grande de la historia.
“No está aquí, sino que ha resucitado.”
— Lucas 24:6 (RVR1960)
El duelo familiar y comunitario
En el siglo primero el duelo raramente se vivía en soledad.
La comunidad acompañaba a la familia durante días.
Los vecinos acudían a la casa, llevaban alimentos, lloraban con la familia y permanecían acompañándolos.
Por eso cuando murió Lázaro, la casa estaba llena de visitantes.
“Muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano.”
— Juan 11:19 (RVR1960)
La Escritura enseñaba la importancia de compartir el dolor de otros.
“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
— Romanos 12:15 (RVR1960)
La vida era entendida como algo profundamente compartido.
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