1. La Pascua: La fiesta que anunciaba al Cordero de Dios

La pascua y como se celebraba.

Por el Dr. Elio Rivera

  De todas las celebraciones religiosas de Israel, la Pascua era una de las más profundas y solemnes. No era solamente una fiesta nacional ni una tradición familiar. Era el recuerdo vivo de la noche en que Dios había librado a Su pueblo de la esclavitud de Egipto.

  Cada año, las familias judías recordaban que sus antepasados habían sido esclavos, que habían sufrido bajo el poder del faraón y que Dios había intervenido con mano poderosa para rescatarlos. Por eso la Pascua no solo miraba al pasado; también mantenía viva la esperanza de que Dios seguía siendo libertador.

“Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año.”
— Éxodo 12:2 (RVR1960)

  La primera Pascua nació en medio de una noche de juicio, temor y esperanza. Dios había anunciado que vendría la muerte de los primogénitos sobre Egipto, pero también dio a Israel una señal de protección: cada familia debía tomar un cordero sin defecto, sacrificarlo y poner su sangre en los postes y el dintel de la puerta.

“El animal será sin defecto…”
— Éxodo 12:5 (RVR1960)

“Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas…”
— Éxodo 12:7 (RVR1960)

  Aquella sangre marcaba la diferencia entre juicio y salvación. No era la fuerza de Israel, ni su mérito, ni su justicia lo que los libraba aquella noche. Era la sangre del cordero puesta sobre la puerta. Por eso Dios dijo:

“Y veré la sangre y pasaré de vosotros…”
— Éxodo 12:13 (RVR1960)

  Desde entonces, la Pascua quedó grabada en la memoria de Israel como la fiesta de la liberación. Cada generación debía recordar que Dios los había sacado de Egipto, que la esclavitud no había tenido la última palabra y que el Señor había abierto un camino donde parecía no haber salida.

“Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones…”
— Éxodo 12:14 (RVR1960)

  En tiempos de Jesucristo, Jerusalén se llenaba de peregrinos durante la Pascua. Familias enteras subían desde Galilea, Judea y muchas regiones del mundo judío para celebrar la fiesta en la ciudad santa. Los caminos se llenaban de caravanas, animales para el sacrificio, cantos, conversaciones y expectativa espiritual.

  La ciudad debía sentirse intensamente viva. El templo se convertía en el centro de la celebración. El humo de los sacrificios subía, los sacerdotes trabajaban sin descanso y miles de personas recordaban la noche en que Dios había librado a Israel de la muerte.

  En la mesa pascual se recordaba la historia de la redención. El cordero hablaba de la sangre que protegió a las familias. Los panes sin levadura recordaban la salida apresurada de Egipto. Las hierbas amargas evocaban el dolor de la esclavitud. Cada elemento enseñaba algo.

“Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán.”
— Éxodo 12:8 (RVR1960)

  Pero el centro de la Pascua era el cordero. Sin el cordero no había sangre sobre la puerta. Sin sangre no había señal de protección. Sin esa señal, el juicio caía sobre la casa. Por eso, desde el comienzo, la Pascua apuntaba hacia una verdad más profunda: la vida sería preservada por medio de un sacrificio.

  Siglos después, cuando Juan el Bautista vio venir a Jesús, pronunció una frase que conectaba directamente con toda esta historia:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”
— Juan 1:29 (RVR1960)

  Juan no presentó a Jesús solamente como maestro, profeta o reformador. Lo presentó como el Cordero. Aquella declaración tenía un peso inmenso para un pueblo que conocía la Pascua, los sacrificios y la necesidad de redención.

  El cordero de Egipto había protegido a una familia por una noche. Pero Jesús venía como el Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. La Pascua había sido una sombra; Cristo era el cumplimiento.

“Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.”
— 1 Corintios 5:7 (RVR1960)

  No fue casualidad que la muerte de Jesús ocurriera durante la Pascua. Mientras Jerusalén estaba llena de peregrinos y el templo recibía corderos para el sacrificio, el verdadero Cordero de Dios estaba siendo entregado. La ciudad celebraba una liberación antigua, mientras Dios estaba obrando una redención eterna.

  Los detalles son profundamente significativos. El cordero pascual debía ser sin defecto, y Jesús vivió sin pecado. El cordero era sacrificado para que otros fueran librados, y Cristo entregó Su vida por los pecadores. La sangre del cordero protegía del juicio, y la sangre de Cristo trae perdón y reconciliación con Dios.

“El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.”
— 1 Pedro 2:22 (RVR1960)

“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados…”
— Efesios 1:7 (RVR1960)

  Incluso el detalle de los huesos del cordero aparece conectado con la crucifixión. En la Pascua se ordenaba que ningún hueso del cordero fuera quebrado. Y cuando los soldados llegaron a Jesús, no le quebraron las piernas, porque ya había muerto.

“No quebraréis hueso suyo.”
— Éxodo 12:46 (RVR1960)

“Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.”
— Juan 19:33 (RVR1960)

“Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.”
— Juan 19:36 (RVR1960)

  La Última Cena también debe entenderse dentro de este contexto. Jesús no tomó pan y copa en una reunión cualquiera. Lo hizo en el marco de la Pascua, cuando Israel recordaba la sangre del cordero, la liberación de Egipto y el pacto con Dios.

“¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua?”
Mateo 26:17 (RVR1960)

  Esa noche, Jesús tomó elementos conocidos y les dio un significado más profundo. El pan habló de Su cuerpo entregado. La copa habló de Su sangre derramada. La antigua celebración estaba llegando a su cumplimiento en Él.

“Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado…”
— Lucas 22:19 (RVR1960)

“Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.”
— Lucas 22:20 (RVR1960)

  Por eso la Pascua no solo ayuda a entender una fiesta judía antigua. Ayuda a comprender el corazón del Evangelio. En Egipto, la sangre del cordero señaló una puerta y libró de la muerte. En la cruz, la sangre de Cristo abrió el camino hacia Dios y trajo redención eterna.

  La Pascua anunciaba que Dios no dejaría a Su pueblo en esclavitud. Anunciaba que habría liberación, sustitución y salvación por medio de la sangre. Y en Jesucristo, esa promesa alcanzó su cumplimiento más glorioso.

  Él no solo celebró la Pascua. Él le dio su significado más profundo.

  Cristo es el Cordero de Dios.
  Cristo es nuestra Pascua.
  Cristo es la verdadera liberación.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.