Por el Dr. Elio M Rivera
En tiempos bíblicos, los funerales ocupaban un lugar importante dentro de la vida familiar y comunitaria. La muerte no era considerada simplemente el final de una vida terrenal, sino un acontecimiento que afectaba profundamente a toda la familia y, muchas veces, a toda la comunidad.
A diferencia de muchas costumbres modernas, los entierros normalmente se realizaban el mismo día o pocas horas después de la muerte.
El clima cálido de Palestina hacía difícil conservar los cuerpos durante mucho tiempo. Además, la Ley ceremonial relacionada con la muerte influía profundamente en las costumbres funerarias del pueblo judío.
Cuando una persona fallecía, los familiares comenzaban inmediatamente los preparativos para la sepultura. No existían funerarias como las conocemos hoy. Todo el proceso era realizado por familiares, amigos cercanos y miembros de la comunidad.
El cuerpo era tratado con profundo respeto y dignidad.
Primero era lavado cuidadosamente, una práctica que también aparece en el Nuevo Testamento.
«Y aconteció que en aquellos días enfermó y murió. Después de lavada, la pusieron en una sala.»
— Hechos 9:37 (RVR1960)
Posteriormente se aplicaban perfumes, aceites y especias aromáticas para honrar al fallecido y ayudar a disminuir los olores naturales producidos por la descomposición.
La Escritura describe esta costumbre durante la sepultura de Jesucristo:
«Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.»
— Juan 19:40 (RVR1960)
El cuerpo era envuelto cuidadosamente en lienzos o vendas funerarias antes de ser colocado en el sepulcro.
También vemos esta práctica en el relato de Lázaro:
«El que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.»
— Juan 11:44 (RVR1960)
Después comenzaba el traslado hacia el lugar de sepultura.
En muchas ocasiones el cuerpo era llevado sobre una especie de camilla o féretro sencillo, acompañado por familiares, amigos y vecinos que caminaban junto a la procesión.
Los Evangelios conservan una escena que permite vislumbrar cómo eran estas procesiones funerarias.
Cuando Jesucristo llegó a la ciudad de Naín, encontró una multitud acompañando a una viuda que llevaba a sepultar a su único hijo.
«Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.»
— Lucas 7:12 (RVR1960)
Aquella breve descripción revela la naturaleza comunitaria del duelo. La familia no sufría sola. Los vecinos acompañaban el cortejo funerario y compartían el dolor de quienes habían perdido a un ser querido.
Los funerales solían incluir:
• Familiares cercanos.
• Amigos y vecinos.
• Miembros de la comunidad.
• Músicos funerarios.
• Plañideras o mujeres dedicadas al lamento público.
• Procesiones hacia el sepulcro.
La participación comunitaria era tan importante que incluso las familias humildes procuraban incluir músicos y personas que ayudaran a expresar públicamente el duelo.
Cuando Jesucristo llegó a la casa de Jairo después de la muerte de su hija, encontró precisamente ese ambiente de lamento funerario.
«Y al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto.»
— Mateo 9:23 (RVR1960)
El sonido de las flautas, los llantos y los lamentos formaban parte del ambiente habitual de muchos funerales judíos.
Las sepulturas normalmente se encontraban fuera de las ciudades. Algunas eran cuevas naturales adaptadas para recibir cuerpos; otras habían sido excavadas en la roca y servían como tumbas familiares donde varias generaciones podían ser enterradas.
Un ejemplo conocido es el sepulcro de Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea en la cueva de Macpela.
«Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer; allí también sepulté yo a Lea.»
— Génesis 49:31 (RVR1960)
La sepultura era considerada un acto de honor hacia el fallecido. Negarle un entierro adecuado era visto como una gran desgracia.
Por esa razón, aun en medio de la crucifixión, los discípulos y seguidores de Jesucristo se preocuparon por darle una sepultura digna.
Comprender estas costumbres permite apreciar mejor muchas escenas de los Evangelios. Las lágrimas de Marta y María, la procesión de Naín, las visitas al sepulcro de Jesús y la presencia de las mujeres llevando especias aromáticas adquieren una profundidad mucho mayor cuando entendemos cómo vivían los funerales los judíos del siglo primero.
En aquel mundo donde la muerte estaba presente casi diariamente, los funerales recordaban la fragilidad de la vida humana. Pero también preparaban el escenario para uno de los mensajes más poderosos proclamados por Jesucristo: que Él tenía autoridad sobre la muerte y poder para dar vida eterna a quienes creyeran en Él.
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