Dr. Elio M. Rivera
Hasta aquí hemos hablado de dolores que pueden destrozar el corazón: rechazo, traición, abandono y acusaciones injustas.
Pero las antiguas profecías anunciaban que llegaría un momento en que el sufrimiento dejaría de ser solamente emocional.
Tocarían su cuerpo.
Y lo impresionante es que Jesucristo sabía, antes de venir, lo que los seres humanos harían con Él.
Isaías había dejado escritas palabras difíciles de leer:
«Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos» (Isaías 50:6).
No se trataba de una descripción vaga del sufrimiento.
Hablaba del cuerpo.
Del rostro.
De golpes.
De humillación.
De saliva.
Pensemos en lo que significa escupir a alguien
Un golpe busca producir dolor.
Pero escupir sobre una persona busca algo diferente:
humillarla.
Imagine que alguien se acerca a usted delante de otras personas y le escupe el rostro.
Probablemente el dolor no sería físico.
Lo que sentiríamos sería indignación.
Nuestro primer impulso sería limpiarnos inmediatamente, apartarnos o responder.
Ahora piense quién era aquel del que hablaba Isaías.
El Mesías sabía que llegaría un día en que seres humanos estarían lo suficientemente cerca de su rostro como para escupirlo.
Y no se retiró de la misión.
«Di mi cuerpo a los heridores»
Esta expresión de Isaías resulta todavía más fuerte porque no dice solamente:
«hirieron mi cuerpo».
Dice:
«Di mi cuerpo».
Hay voluntariedad.
Él sabía lo que vendría y, sin embargo, se entregaría.
Podemos comprenderlo con un ejemplo muy sencillo.
Imagine que un médico le dice:
«La persona que usted ama puede salvarse, pero para conseguirlo usted tendrá que someterse voluntariamente a un procedimiento extremadamente doloroso».

Jesús sabía que sería golpeado, escupido y maltratado injustamente y como quiera vino
Usted pregunta:
«¿Qué tan doloroso?»
Y el médico se lo explica todo.
No le oculta nada.
Le describe cada herida.
Le explica cuánto sufrirá.
Le advierte cuánto durará.
Ahora la decisión es diferente.
Ya no puede decir:
«No sabía que sería así».
Si entra en aquella habitación, entra sabiendo el precio.
Eso es precisamente lo que hace tan impresionante lo que estamos estudiando.
Isaías había descrito las heridas siglos antes
En otra de sus grandes profecías mesiánicas, Isaías escribió:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5).
Observe la intensidad de las palabras:
herido.
molido.
El rescate del hombre tendría consecuencias físicas sobre el cuerpo del Mesías.
Pero el versículo añade algo que cambia completamente la escena:
«por nuestras rebeliones».
Sus heridas estarían relacionadas con nuestro rescate.
Intentemos imaginar la decisión antes de Belén
Imagine por un momento que delante de Cristo estuviera el camino completo que recorrería en la Tierra.
Jerusalén.
Y al final del camino, aquellos hombres.
Podía ver el puño antes de recibir el golpe.
Podía conocer la humillación antes de experimentar el escupitajo.
Podía saber que arrancarían su barba antes de sentir el dolor.
Podía conocer las heridas antes de que aparecieran sobre su cuerpo.
Y detrás de todo aquello podía ver también a quienes serían beneficiados por su sufrimiento.
Nosotros.
Aquí el sacrificio adquiere otra dimensión
Si alguien sufre inesperadamente por salvar a otra persona, admiramos su valentía.
Pero si alguien conoce de antemano cada parte del sufrimiento que le espera, tiene la posibilidad de evitarlo y decide avanzar de todos modos, comenzamos a hablar de una clase extraordinaria de amor.
Cristo no llegó al sufrimiento por accidente.
Isaías lo había anunciado siglos antes.
Sabía que tocarían su cuerpo.
Sabía que golpearían su rostro.
Sabía que lo escupirían.
Sabía que sería herido.
Sabía por qué estaría permitiendo todo aquello:
«por nuestras rebeliones».
Y quizá aquí debamos detenernos unos segundos antes de continuar con la serie.
Porque todavía no hemos llegado a los clavos.
Todavía no hemos llegado a la cruz.
Y ya comenzamos a comprender cuánto sabía Cristo acerca del precio de nuestro rescate.
Pudo ver las heridas antes de tenerlas.
Pudo conocer el dolor antes de sentirlo.
Y aun así vino.
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