06. Jesús sabía que vendría a los suyos y sería rechazado

Dr. Elio M. Rivera

  Hay dolores que lastiman el cuerpo.

  Y hay otros que no dejan ninguna herida visible, pero pueden doler todavía más.

El rechazo es uno de ellos.

  Mucho antes de que Jesucristo naciera en Belén, las Escrituras habían anunciado que el Mesías no sería recibido como esperaríamos que fuera recibido el Salvador del mundo.

  Isaías escribió:

«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:3).

  Cristo sabía que venía a un mundo donde muchos, en lugar de abrirle los brazos, esconderían de Él el rostro.

Tratemos de comprender lo que significa ser rechazado

  Imagine que después de muchos años viviendo lejos decide regresar a su casa.

  Durante el camino piensa en su familia.

  Recuerda las habitaciones.

  Recuerda la mesa.

  Recuerda las voces.

  Finalmente llega.

  Toca la puerta.

  Escucha personas adentro.

  Pero nadie abre.

  Vuelve a tocar.

  Entonces alguien se acerca, mira quién está afuera y decide no dejarlo entrar.

  Probablemente pocos minutos serían suficientes para producir una herida profunda.

  Ahora imagine algo todavía más doloroso:

usted sabía que eso sucedería antes de comenzar el viaje.

  ¿Habría emprendido el camino?

Israel había esperado al Mesías durante siglos

  La historia de Israel estaba llena de promesas.

  Abraham había recibido la promesa.

  Moisés había hablado del profeta que vendría.

  David había hablado del Rey.

  Los profetas habían anunciado al Mesías.

  Generación tras generación se habían leído aquellas Escrituras.

  Podríamos imaginar que, cuando finalmente llegara, todo Israel correría a recibirlo.

  Pero las mismas Escrituras habían anunciado otra cosa.

  Isaías escribió acerca de aquel que vendría:

«Al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos» (Isaías 49:7).

  Y después, en Isaías 53, volvió a decir:

«Despreciado y desechado entre los hombres».

  El Rey prometido vendría.

  Pero no encontraría solamente coronas.

Encontraría puertas cerradas.

Pensemos en otro ejemplo

  Imagine a un padre cuyo hijo abandonó el hogar.

  Durante años ese padre lo busca.

  Pregunta por él.

  Envía mensajes.

  Hace todo lo posible para encontrarlo.

  Finalmente descubre dónde está.

  Viaja cientos de kilómetros.

  Llega hasta su puerta.

  Toca.

  El hijo abre.

  Mira a su padre.

  Y le dice:

«No quiero verte».

  Y cierra la puerta.

  ¿Quién experimentaría la vergüenza en aquella escena?

  ¿El hijo que rechazó a su padre?

  ¿O el padre que fue rechazado?

  Humanamente podríamos pensar que el padre tendría todo el derecho de regresar a casa y decir:

«No volveré a buscarte».

  Pero ¿qué sucedería si aquel padre volviera a tocar?

  Entonces comenzaríamos a comprender algo acerca del amor que estamos estudiando.

Jesús sabía que su pueblo lo rechazaría y aun así vino

El rechazo sería personal

  El desprecio anunciado por Isaías no era una idea abstracta.

  Significaba que seres humanos mirarían al Mesías y concluirían que no lo querían.

  «No lo estimamos», escribió Isaías.

  Qué palabras tan terribles.

  El valor de Cristo no había disminuido.

  El hombre simplemente no reconocería su valor.

  Es como sostener un diamante creyendo que es una piedra y arrojarlo al suelo.

  La acción no disminuye el valor del diamante.

  Solamente demuestra que quien lo tuvo en sus manos no comprendió lo que tenía delante.

  Eso sucedería con Cristo.

  Aquel a quien los profetas habían anunciado durante siglos estaría finalmente delante de ellos.

  Y muchos no verían un tesoro.

  Verían a alguien de quien querían deshacerse.

Y todavía no hemos llegado a la cruz

  Esto es importante.

  Todavía no estamos hablando de clavos.

  Todavía no estamos hablando de azotes.

  Todavía no estamos hablando de una corona de espinas.

  Estamos hablando de algo que sucedió antes:

ser despreciado por aquellos a quienes había venido a salvar.

  Isaías había escrito:

«Como que escondimos de él el rostro».

  Quizá esta sea una de las expresiones más tristes de toda la profecía.

  Él vendría buscando rostros.

  Y encontraría personas que apartarían el suyo.

¿Qué nos revela esto acerca de su corazón?

  Nosotros normalmente vamos donde somos bienvenidos.

  Regresamos donde nos tratan bien.

  Buscamos a quienes disfrutan nuestra presencia.

  Y cuando alguien nos rechaza repetidamente, llega un momento en que pensamos:

«Entonces ya no voy».

  Cristo tenía una posibilidad que nosotros nunca tendremos:

sabía de antemano cómo sería recibido.

  Podía contemplar el viaje completo antes de comenzarlo.

  Sabía que sería menospreciado.

  Sabía que sería desechado.

  Sabía que esconderían de Él el rostro.

  Sabía que muchos de aquellos que llevaban siglos esperando al Mesías lo mirarían cuando finalmente estuviera delante de ellos y no lo reconocerían como el tesoro que tenían enfrente.

  Y aquí el corazón de Cristo vuelve a sorprendernos.

No permitió que nuestro rechazo cancelara su amor.

  Nosotros podíamos cerrar la puerta.

  Pero Él estaba dispuesto a llegar hasta ella.

  Podíamos esconder nuestro rostro.

  Pero Él estaba dispuesto a mostrarnos el suyo.

  Podíamos no estimarlo.

  Pero eso no cambió el valor que Él había decidido darnos a nosotros.

  Antes de Belén ya estaba escrito:

«Despreciado y desechado entre los hombres».

  Sabía que no sería bienvenido.

  Sabía que sería rechazado incluso por muchos de los suyos.

Y emprendió el viaje de todos modos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.