12. Dios le dio libertad… y también un límite

Dr. Elio M. Rivera

  Ahora llegamos a uno de los puntos que durante años más me molestaron de la historia de Adán y Eva.

  El árbol.

  Si Dios no quería que Adán comiera de él, ¿por qué estaba allí?

  ¿Por qué colocarlo dentro del huerto?

  ¿Por qué permitir siquiera la posibilidad de desobedecer?

  Durante mucho tiempo yo veía aquel árbol casi como un problema creado innecesariamente por Dios.

  Si el árbol no hubiera estado allí, pensaba, Adán no habría podido comer de él.

  Si no hubiera podido comer de él, no habría ocurrido la desobediencia.

  Y si no hubiera ocurrido la desobediencia, todo lo que vino después podría haberse evitado.

  Parecía muy sencillo.

  Quite el árbol y quite el problema.

  Pero había algo que yo no estaba considerando.

  Si quitamos completamente la posibilidad de escoger en sentido contrario, también hemos quitado algo extraordinariamente importante:

la libertad.

«De todo árbol del huerto podrás comer»

  Antes de concentrarnos en la prohibición, volvamos a leer exactamente lo que Dios dijo.

«Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).

  Hay dos elementos en estas palabras.

  Hay una enorme libertad:

«De todo árbol del huerto podrás comer».

  Y existe un límite:

«mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás».

  Libertad.

  Y límite.

  Ambas cosas aparecen juntas.

  Dios no le dijo a Adán que no podía tocar nada.

  Tampoco le dio una libertad sin ninguna frontera.

  Le permitió escoger dentro de una enorme abundancia, pero estableció una decisión que pertenecía al terreno moral.

  Había algo que podía hacer.

  Y había algo que no debía hacer.

  Eso significa que Adán podía obedecer.

  Pero también significa que podía desobedecer.

  Y allí comienza a aparecer algo extraordinariamente importante.

¿Puede existir libertad si solamente existe una opción?

  Imagine por un momento un mundo en el que Adán hubiera sido creado incapaz de desobedecer.

  Podría caminar.

  Podría hablar.

  Podría trabajar.

  Podría pensar.

  Pero cuando se tratara de su relación con Dios, solamente habría una respuesta posible.

  Sí.

  No porque hubiera escogido decir sí.

  Sino porque sería incapaz de decir otra cosa.

  ¿Podríamos llamar libertad a eso?

  Imagine que alguien le dijera:

  «Puedes escoger libremente entre estas dos puertas».

  Pero una de las puertas fuera solamente una pintura sobre la pared.

  En realidad no habría dos posibilidades.

  Habría una.

  La existencia del árbol plantea precisamente esta cuestión.

  Había una alternativa real.

  Adán podía permanecer dentro de aquello que Dios había establecido.

  Pero también podía apartarse.

  No quiero afirmar más de lo que la Escritura afirma. Génesis no dice textualmente: «Dios plantó el árbol para crear el libre albedrío».

  Pero sí muestra algo indiscutible:

Dios permitió que existiera una elección real.

  Y eso cambia profundamente la manera en que comienzo a mirar aquel árbol.

Dios no quería una obediencia programada

  Hay algo profundamente importante en la diferencia entre obedecer porque queremos hacerlo y obedecer porque somos incapaces de hacer otra cosa.

  Una máquina puede ser programada.

  Presionamos un botón y responde.

  Le damos una instrucción y la ejecuta.

  Pero no nos ama.

  No nos escoge.

  No permanece con nosotros porque haya decidido hacerlo.

  Simplemente funciona de acuerdo con su programación.

  La relación que encontramos entre Dios y el ser humano en la Biblia es completamente diferente.

  Dios habla.

  Invita.

  Ordena.

  Advierte.

  Llama.

  Pero también permite decisiones.

  Siglos después, cuando Moisés habló al pueblo de Israel, dijo:

«A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida» (Deuteronomio 30:19, RVR1960).

  Observe la expresión:

«escoge».

  Josué haría algo semejante:

«escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15, RVR1960).

  Y Jesucristo, muchos siglos después, diría:

«Si alguno quiere venir en pos de mí…» (Mateo 16:24, RVR1960).

  Otra vez aparece la posibilidad:

«si alguno quiere».

  Y al final de la Biblia encontramos nuevamente una invitación:

«Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17, RVR1960).

  Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una característica que no podemos ignorar.

  Dios llama al ser humano.

  Pero el ser humano tiene que responder.

El amor necesita libertad

  Aquí comenzamos a tocar algo todavía más profundo.

  Dios no solamente quería obediencia.

  Quería relación.

  Y una relación verdadera requiere libertad.

  Puedo obligar a alguien a permanecer físicamente a mi lado.

  Pero no puedo obligarlo a amarme.

  Puedo controlar ciertas acciones externas.

  Pero el amor, para ser amor, tiene que surgir de una voluntad que puede entregarse.

  Un «te amo» tiene significado precisamente porque también existe la posibilidad de no decirlo.

  Permanecer con alguien tiene valor porque podríamos marcharnos.

  La fidelidad tiene significado porque existe la posibilidad de ser infiel.

  La obediencia voluntaria tiene significado porque existe la posibilidad de desobedecer.

  Por eso comienzo a mirar aquel árbol de una manera completamente diferente.

  Tal vez durante años pregunté:

«¿Por qué Dios permitió que pudieran alejarse de Él?»

  cuando también debía preguntar:

«¿Cómo podrían haber escogido permanecer con Él si jamás hubieran tenido la posibilidad de apartarse?»

  Eso cambia la pregunta.

  Dios podía haber creado seres programados para responder siempre de la manera que Él quisiera.

  Pero la historia bíblica no presenta eso.

  Presenta criaturas capaces de tomar decisiones reales.

  Y la libertad verdadera tiene algo que puede resultar aterrador:

incluye la posibilidad de utilizarla mal.

Dios explicó el límite antes de que Adán pudiera cruzarlo

  Hay otro detalle que durante mucho tiempo no valoré suficientemente.

  Dios no escondió la información.

  No colocó el árbol allí y esperó silenciosamente para ver si Adán cometía un error.

  Le habló.

  Le explicó cuál era el límite.

  Y también le advirtió acerca de la consecuencia:

«porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).

  Esto es importante para la imagen de Dios que estamos construyendo.

  Dios no solamente permitió una decisión.

  Proporcionó información antes de que Adán la tomara.

  Le dijo lo que podía hacer.

  Le dijo lo que no debía hacer.

  Y le dijo que aquella decisión tendría consecuencias.

  Eso es muy diferente de tender una trampa.

  Una trampa funciona precisamente porque la persona no sabe dónde está el peligro.

  Aquí ocurre lo contrario.

  Dios señala el peligro.

  Lo identifica.

  Y advierte.

  Adán tendría libertad.

  Pero no tendría que escoger a ciegas.

Libertad no significa ausencia de consecuencias

  Esto nos lleva a otra verdad importante.

  A veces confundimos libertad con la posibilidad de hacer cualquier cosa sin que ocurra nada.

  Pero esas son dos cosas completamente diferentes.

  Podemos ser libres para tomar una decisión y no ser libres para escoger las consecuencias que esa decisión producirá.

  Dios no le dijo a Adán:

  «Si quieres comer, come; todo dará exactamente lo mismo».

  Le dijo que existía una consecuencia.

  Eso significa que Dios respetó suficientemente la capacidad de Adán para tomar decisiones como para hablarle seriamente acerca de ellas.

  No lo trató como alguien incapaz de comprender.

  Le habló como a un ser moralmente responsable.

  Le permitió escoger.

  Pero también le explicó que sus decisiones tenían peso.

  Y esto comenzará a ser fundamental cuando lleguemos a la caída.

  Porque entonces tendremos que distinguir entre dos preguntas completamente diferentes:

¿Podían hacerlo?

  Sí.

¿Significaba eso que hacerlo no tendría consecuencias?

  No.

  La libertad no elimina la realidad.

  Nos permite decidir cómo responder ante ella.

El árbol sigue planteándonos la misma pregunta

  Aquí la historia comienza a acercarse inesperadamente a nosotros.

  Porque quizá el árbol de la ciencia del bien y del mal estuvo físicamente en el Edén, pero la decisión que representaba no quedó encerrada allí.

  Metafóricamente hablando, todos seguimos llevando aquel árbol delante de nuestra voluntad.

  No tenemos delante de nosotros el árbol físico de Génesis.

  Pero sí tenemos decisiones.

  Tenemos voluntad.

  Podemos escuchar a Dios.

  Podemos rechazarlo.

  Podemos confiar.

  Podemos desconfiar.

  Podemos acercarnos.

  Podemos alejarnos.

  Podemos decir sí.

  Podemos decir no.

  Jesucristo expresó esta realidad de una manera extraordinariamente personal:

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20, RVR1960).

  Observe lo que Jesús hace.

  Llama.

  Y después espera que alguien:

«abra la puerta».

  No derriba la puerta.

  No obliga a abrirla.

  Llama.

  Eso dice muchísimo acerca del Dios que estamos intentando conocer.

  La pregunta del Edén continúa siendo, en esencia, una pregunta humana:

¿Qué haremos con nuestra libertad?

  Dios puede mostrarnos un camino.

  Puede advertirnos.

  Puede llamarnos.

  Puede mostrarnos las consecuencias.

  Puede invitarnos a estar con Él.

  Pero finalmente habrá algo que nosotros tendremos que decidir.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Llegamos a una de las piezas más importantes que hemos encontrado hasta ahora.

  ¿Qué clase de Dios concede a sus criaturas la posibilidad real de rechazarlo?

  Un Dios que respeta profundamente la voluntad de sus hijos.

  Eso tiene un costo enorme.

  Porque conceder libertad significa aceptar que alguien puede utilizarla incluso para apartarse de nosotros.

  Y, sin embargo, Dios permitió esa posibilidad.

  Podemos entonces añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:

Dios respeta la libertad.

Dios no fuerza el amor.

Dios informa antes de pedir una decisión.

Dios advierte acerca de las consecuencias.

Dios trata al ser humano como alguien capaz de tomar decisiones con significado.

  Y quizá aquí encontramos una de las expresiones más profundas del amor.

  Amar a alguien no consiste en poseerlo.

  No consiste en quitarle toda posibilidad de marcharse.

  No consiste en controlar cada una de sus decisiones para garantizar que siempre haga lo que nosotros queremos.

  El amor verdadero abre la mano.

  Permite escoger.

  Y corre el riesgo de ser rechazado.

  Quizá por eso aquel árbol, que durante tanto tiempo me pareció una evidencia contra Dios, comenzó a mostrarme algo completamente diferente acerca de Él.

  Dios estaba dispuesto a ser escogido, no impuesto.

  Eso no significa que todas las decisiones fueran igualmente buenas.

  No significa que apartarse de Él no tendría consecuencias.

  Significa algo mucho más profundo:

  Dios quería que el hombre pudiera permanecer con Él porque quisiera permanecer con Él.

  Y esa decisión continúa delante de nosotros.

  No estamos en el Edén.

  No tenemos físicamente delante de nosotros aquel árbol.

  Pero seguimos teniendo voluntad.

  Seguimos tomando decisiones.

  Y seguimos enfrentando, de muchas maneras, la misma pregunta:

¿Quiero vivir con Dios o quiero vivir independientemente de Él?

  Por eso, al terminar este capítulo, añadiría una palabra fundamental al retrato de Dios:

Dios respeta.

  Respeta tanto la capacidad de decisión que dio al ser humano que permite incluso una respuesta que puede quebrantar su corazón.

  Todavía no sabemos qué escogerá Adán.

  No lleguemos allí todavía.

  Por ahora dejémoslo frente al árbol.

  Tiene abundancia.

  Tiene una advertencia.

  Tiene un límite.

  Y tiene algo sin lo cual el amor jamás podría ser escogido:

libertad.

Libro recomendado

Escuche música con propósito

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.