Dr. Elio M Rivera
Antes de continuar con la historia hay un detalle acerca de Adán que necesitamos observar.
Durante mucho tiempo, cuando pensaba en el primer hombre, nunca me había detenido a considerar qué clase de capacidades intelectuales tendría.
Pero Génesis nos proporciona una pista extraordinaria.
Adán recibió una tarea que, cuando la pensamos detenidamente, no parece sencilla:
poner nombre a los animales que Dios llevó delante de él.
La Escritura dice:
«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Y continúa:
«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo» (Génesis 2:20, RVR1960).
Lea nuevamente esas palabras.
«Para que viese cómo las había de llamar».
Dios no parece estar dictándole los nombres.
No le entregó, al menos según el relato, una lista previamente preparada.
Los animales fueron llevados delante de Adán…
y Adán decidió cómo llamarlos.
Eso requiere que nos detengamos.
¿Qué clase de inteligencia tenía Adán?
A veces podemos imaginar al primer hombre como un ser humano extremadamente rudimentario, casi incapaz de comprender el mundo que acababa de conocer.
Pero esa no es la impresión que produce Génesis.
Desde el comienzo encontramos a un hombre capaz de recibir instrucciones, comprenderlas, comunicarse, observar su ambiente, realizar una labor y ahora asignar nombres a una enorme variedad de criaturas.
Poner nombre a un animal puede parecer sencillo.
Poner nombre a muchos comienza a ser otra cosa.
Porque un nombre tiene que permitir distinguir a una criatura de otra.
Adán tenía delante de él una enorme diversidad.
La Biblia habla de:
«toda bestia del campo»,
«toda ave de los cielos»
y:
«todo ganado del campo».
No sabemos el número exacto de criaturas que fueron llevadas delante de él, y no sería correcto inventarlo.
Tampoco debemos afirmar que Génesis 2 dice que Adán nombró peces, insectos, árboles o plantas, porque el pasaje no lo dice.
Pero las categorías que sí menciona representan por sí mismas una enorme diversidad de animales.
Grandes.
Pequeños.
Rápidos.
Lentos.
Con diferentes formas.
Diferentes comportamientos.
Diferentes características.
Diferentes maneras de desplazarse.
Y Adán tenía que distinguirlos.
Eso implica mucho más que inventar palabras.
Tenía que observar.
Tenía que reconocer diferencias.
Tenía que identificar características.
Tenía que recordar los nombres que ya había asignado para no confundirlos con los siguientes.
Tenía que utilizar lenguaje.
Tenía que relacionar un nombre con una criatura determinada.
Y conforme aumentaba el número de animales, aumentaba también la cantidad de información que tenía que manejar.
Un nombre.
Otro nombre.
Y otro.
Y otro.
Cada nueva criatura añadía información que debía conservar.
Esto supone una capacidad de memoria extraordinaria.
Y probablemente también alguna forma de organización mental.
No podemos afirmar que Adán utilizara una clasificación zoológica semejante a la moderna; la Biblia no dice eso.
Pero sí podemos afirmar algo mucho más sencillo:
tenía que distinguir unas criaturas de otras para poder nombrarlas.
Y distinguir requiere reconocer características.
Un ave no era igual que otra.
Una bestia no era igual que otra.
Un animal podía compartir características con otros y, al mismo tiempo, poseer rasgos que permitieran distinguirlo.
Adán estaba observando diversidad y asignándole lenguaje.
Eso requiere inteligencia.
Un hombre que acababa de ser creado
Y aquí aparece algo todavía más sorprendente.
Adán no había ido a la escuela.
No había estudiado zoología.
No tenía libros.
No tenía maestros humanos.
No había recibido décadas de educación.
No podía consultar una enciclopedia.
No tenía fotografías.
No tenía una computadora.
No podía escribir el nombre de un animal en un buscador para averiguar qué era.
De hecho, no había generaciones anteriores de seres humanos de quienes aprender.
Él era el primero.
Y, sin embargo, la primera imagen que la Biblia nos proporciona del intelecto humano no es la de una mente vacía e incapaz.
Es la de una mente funcionando.
Observando.
Comprendiendo.
Recordando.
Utilizando lenguaje.
Tomando decisiones.
Asignando nombres.
Eso me parece extraordinario.
Porque significa que, según la narración bíblica, Adán no fue creado intelectualmente como un bebé dentro del cuerpo de un adulto.
El relato lo presenta desde el comienzo con capacidades suficientes para comprender las instrucciones de Dios y realizar las tareas que le fueron confiadas.
Su mente estaba preparada para funcionar.
Su lenguaje estaba preparado para comunicarse.
Su memoria estaba preparada para almacenar información.
Su inteligencia estaba preparada para observar el mundo que lo rodeaba.
Y ahora Dios iba a permitirle utilizar todas esas capacidades.
Dios quiso ver qué nombres escogería Adán
Hay una expresión en Génesis que particularmente me llama la atención:
«las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).
Piense en eso.
Dios era el Creador de aquellos animales.
Él los conocía perfectamente.
No necesitaba que Adán le explicara qué había creado.
Sin embargo, en lugar de hacerlo todo por él, Dios dejó una parte de aquella experiencia abierta a la decisión del hombre.
«Para que viese cómo las había de llamar».
Adán podía pensar.
Podía decidir.
Podía escoger.
Y después encontramos una frase todavía más impresionante:
«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre».
Dios permitió que las decisiones de Adán tuvieran significado.
Eso nos muestra a un hombre utilizando la inteligencia que había recibido y a un Dios permitiéndole ejercerla.
Y quizá aquí estamos viendo una de las primeras manifestaciones prácticas de aquello que ya habíamos leído:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
El hombre no había sido creado solamente para contemplar pasivamente la creación.
Podía estudiarla.
Comprenderla.
Organizar mentalmente la información que recibía.
Utilizar lenguaje para describirla.
Y ejercer sobre ella la responsabilidad que Dios le había concedido.
Una tarea que debió requerir tiempo
Hay otra pregunta inevitable:
¿Cuánto tiempo tomó todo aquello?
La Biblia no lo dice.
Y por eso nosotros tampoco debemos inventarlo.
No sabemos cuánto duró el proceso.
Pero sí podemos reconocer algo evidente: observar y nombrar una gran diversidad de criaturas constituye una tarea real.
No debemos imaginar necesariamente toda la escena ocurriendo apresuradamente en unos cuantos minutos.
El texto simplemente nos dice que Dios llevó las criaturas delante de Adán y que Adán las nombró.
El tiempo exacto no nos ha sido revelado.
Pero la tarea misma nos permite observar algo que será importante más adelante:
Adán estaba teniendo experiencias antes de la creación de Eva.
Estaba trabajando.
Estaba aprendiendo.
Estaba observando.
Estaba ejerciendo autoridad.
Estaba utilizando su inteligencia.
Estaba conociendo el mundo donde viviría.
Y mientras hacía todo aquello estaba ocurriendo algo más que quizá Adán todavía no comprendía completamente.
Entre todas aquellas criaturas no había nadie como él
Después de describir aquella enorme tarea, Génesis termina con una frase que cambia el sentido de toda la escena:
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
¿Por qué aparece esa declaración precisamente allí?
Adán había visto animales.
Muchos animales.
Había observado sus diferencias.
Había reconocido sus características.
Había distinguido unos de otros.
Pero entre toda aquella diversidad había algo que no encontró:
alguien correspondiente a él.
La Biblia no nos dice exactamente qué pensaba Adán mientras realizaba la tarea.
No debemos poner palabras en su boca.
Pero sí nos revela el resultado:
«para Adán no se halló ayuda idónea para él».
Y aquí aparece algo fascinante.
Dios ya sabía esto.
Antes de presentar los animales delante de Adán había dicho:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Dios conocía la necesidad.
Pero en lugar de resolverla inmediatamente, permitió que ocurriera todo este proceso.
Eso me hace preguntarme si aquella experiencia no tenía también un propósito para Adán.
Dios sabía que no había entre los animales una compañía correspondiente al hombre.
Pero ahora Adán podía observarlo por sí mismo.
Podía descubrir su propia singularidad.
Podía reconocer que, entre aquella enorme diversidad de criaturas, faltaba alguien como él.
Y solamente después de ese descubrimiento la historia continúa.
Esto prepara de una manera extraordinaria lo que sucederá a continuación.
Porque cuando Eva finalmente aparezca delante de Adán, él no estará contemplando simplemente otra criatura.
Después de haber visto tanta diversidad y no encontrar a nadie correspondiente a él, por fin podrá reconocer algo completamente diferente.
Pero eso merece su propio capítulo.
¿Qué aprendimos de Dios?
Esta escena añade nuevas características al retrato que estamos construyendo.
Encontramos a un Dios que no parece sentirse amenazado por la inteligencia de sus hijos.
Por el contrario, les permite utilizarla.
Dios pudo decidir cada nombre y simplemente comunicárselo a Adán.
Pero no lo hizo.
Le concedió espacio para observar, pensar y decidir.
Eso nos permite añadir nuevas piezas:
Dios estimula la inteligencia.
Dios permite descubrir.
Dios concede libertad para tomar decisiones reales.
Dios permite que las capacidades que ha dado sean desarrolladas y utilizadas.
Dios enseña no solamente hablando, sino también permitiendo experiencias.
Y encontramos algo todavía más profundo.
Dios conocía una necesidad de Adán antes de que el relato mostrara a Adán enfrentándose a ella.
No solamente sabía lo que el hombre podía hacer.
Sabía también lo que le faltaba.
Y en lugar de apresurar la respuesta, parece permitir un proceso mediante el cual aquella realidad pudiera hacerse evidente.
Eso añade otra característica:
Dios conoce profundamente a sus hijos.
Conoce sus capacidades.
Conoce sus límites.
Conoce aquello para lo que fueron hechos.
Y conoce también aquello que necesitan, incluso antes de que ellos puedan expresarlo.
Pero quizá la pieza más importante de este capítulo sea esta:
Dios no creó una mente humana para mantenerla apagada. La creó para pensar, observar, aprender, decidir y descubrir.
Adán acababa de utilizar aquella extraordinaria inteligencia frente a una inmensa diversidad de criaturas.
Y al terminar la tarea había descubierto algo que ninguna de ellas podía resolver.
Entre todas…
no había nadie como él.
Dios ya lo sabía.
Y lo que estaba a punto de hacer nos mostrará una nueva faceta de su corazón.
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