Por el Dr. Elio M Rivera
Después de escuchar a Jesús decir “Antes que Abraham fuese, yo soy”, podríamos preguntarnos si estamos interpretando correctamente sus palabras. ¿Realmente estaba haciendo una afirmación relacionada con su divinidad? ¿O estamos leyendo en ellas algo que sus contemporáneos nunca entendieron?
Existe otro episodio que resulta especialmente importante para nuestra investigación porque, en esta ocasión, no necesitamos imaginar cómo interpretaron sus palabras quienes estaban allí.
Ellos mismos nos lo dicen.
Jesús pronunció una breve declaración:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Son solamente unas cuantas palabras.
Pero la reacción fue inmediata:
“Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.”
Juan 10:31, RVR1960
Otra vez las piedras.
No es la primera vez que ocurre. En Juan 8:58-59, después de que Jesús declarara “Antes que Abraham fuese, yo soy”, también intentaron apedrearlo.
Algo en las afirmaciones de Jesús estaba provocando una reacción extraordinariamente violenta.
Pero esta vez Jesús les pregunta directamente por qué quieren hacerlo:
“Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?”
Juan 10:32, RVR1960
Y entonces llega una de las respuestas más importantes para nuestra investigación:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Detengámonos aquí.
Porque esta frase nos permite escuchar directamente cómo interpretaron algunos de sus contemporáneos las palabras de Jesús:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Para nosotros es fácil escucharlo; para ellos era escandaloso
Dos mil años después estamos acostumbrados a escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”.
Pero volvamos nuevamente al siglo I.
Quienes rodeaban a Jesús eran judíos.
Desde pequeños habían aprendido una de las declaraciones fundamentales de la fe de Israel:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
No estaban frente a una cultura acostumbrada a convertir fácilmente a los hombres en dioses.
Estaban dentro del mundo religioso de Israel.
Y frente a ellos se encontraba un hombre.
Podían verlo.
Sabían que procedía de Nazaret.
Conocían a su familia.
Y aquel hombre acababa de decir:
“Yo y el Padre uno somos.”
No sorprende que algunos reaccionaran violentamente.
Pero para comprender por qué aquella declaración resultaba tan poderosa debemos leer lo que Jesús había dicho inmediatamente antes.
“Yo les doy vida eterna”
Jesús estaba hablando de sus ovejas, es decir, de quienes escuchan su voz y lo siguen.
Entonces declara:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
Juan 10:27, RVR1960
Hasta aquí alguien podría pensar simplemente en un maestro hablando de sus discípulos.
Pero la siguiente declaración cambia completamente la dimensión de sus palabras:
“Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás…”
Juan 10:28, RVR1960
Observe cuidadosamente:
Jesús no dice solamente:
“Dios les dará vida eterna.”
Dice:
“YO les doy vida eterna.”
Estamos nuevamente frente a una afirmación extraordinaria.
¿Qué hombre puede prometer a otro ser humano que jamás perecerá?
¿Qué maestro religioso puede decir que tiene autoridad para dar vida eterna?
Un profeta podía anunciar la salvación de Dios.
Un maestro podía explicar las Escrituras.
Pero Jesús coloca la vida eterna de sus seguidores directamente en sus propias manos.
“Nadie las arrebatará de mi mano”
Jesús continúa:
“…ni nadie las arrebatará de mi mano.”
Juan 10:28, RVR1960
Esta frase puede parecernos sencilla hasta que leemos la siguiente:
“Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
Juan 10:29, RVR1960
Observe la construcción.
Primero Jesús dice:
“Nadie las arrebatará de MI mano.”
Después dice:
“Nadie las puede arrebatar de la mano de MI PADRE.”
Y entonces concluye:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
Ahora la declaración adquiere una profundidad mucho mayor.
Jesús no pronunció esas palabras en el vacío.
Está hablando de dar vida eterna, de proteger eternamente a sus ovejas y de una seguridad que se encuentra simultáneamente en su mano y en la mano del Padre.
Entonces declara:
“Yo y el Padre uno somos.”
¿Jesús estaba diciendo que Él era el Padre?
No.
Y esta distinción es muy importante.
Jesús dice:
“Yo Y el Padre…”
Hay una distinción entre ambos.
Jesús habla con el Padre, es enviado por el Padre y afirma que el Padre lo ama.
Por tanto, cuando dice “uno somos”, no está diciendo: “Yo soy el Padre”.
Además, el texto griego utiliza hen para “uno”, una forma neutra. La expresión apunta a una unidad profunda, pero no significa que Jesús y el Padre sean la misma persona.
Esto será importante posteriormente cuando estudiemos la doctrina cristiana de la Trinidad.
Por ahora debemos permanecer dentro de nuestra investigación histórica y preguntar algo más sencillo:
¿Qué estaba reclamando Jesús para sí mismo?
Y el contexto nos proporciona elementos impresionantes:
Da vida eterna.
Garantiza que sus ovejas jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de su mano.
Nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Sus adversarios entendieron perfectamente la gravedad de la afirmación
Aquí debemos ser cuidadosos.
El hecho de que los adversarios de Jesús interpreten sus palabras de determinada manera no demuestra por sí solo que su interpretación sea correcta. En otros lugares del Evangelio encontramos personas que malinterpretan a Jesús.
Pero en este episodio ocurre algo particularmente interesante.
Jesús no responde:
“Me entendieron mal. Yo nunca pretendí atribuirme nada divino.”
En cambio, continúa la discusión.
Después de citar el Salmo 82, Jesús pregunta:
“¿Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”
Juan 10:36, RVR1960
Y entonces vuelve a señalar sus obras:
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras…”
Juan 10:37-38, RVR1960
¿Para qué?
Jesús mismo da la respuesta:
“…para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.”
Juan 10:38, RVR1960
Y nuevamente ocurre algo revelador:
“Procuraron otra vez prenderle…”
Juan 10:39, RVR1960
La tensión no desapareció.
No era la primera vez que lo acusaban de algo semejante
Esta acusación ya había aparecido anteriormente en el Evangelio de Juan.
Después de que Jesús sanara a un hombre en sábado, Juan explica:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Observe la semejanza:
Juan 5:18: “haciéndose igual a Dios”.
Juan 10:33: “tú, siendo hombre, te haces Dios”.
Ya no estamos frente a una frase aislada.
Existe un patrón dentro del Evangelio.
Pero todavía hay algo más profundo: Jesús utiliza la imagen del Pastor
Todo este capítulo gira alrededor de una imagen:
el pastor y sus ovejas.
Jesús declara:
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
Juan 10:11, RVR1960
Para nosotros la imagen del “Buen Pastor” resulta tierna y familiar.
Pero un lector conocedor del Antiguo Testamento podía recordar inmediatamente textos extraordinarios.
David había escrito:
“Jehová es mi pastor; nada me faltará.”
Salmo 23:1, RVR1960
Y por medio de Ezequiel, Dios había declarado:
“Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor.”
Ezequiel 34:15, RVR1960
En Ezequiel 34, Dios denuncia a los malos pastores de Israel y anuncia que Él mismo buscará y cuidará a sus ovejas.
Y siglos después aparece Jesús diciendo:
“Yo soy el buen pastor.”
Después:
“Mis ovejas oyen mi voz.”
Después:
“Yo les doy vida eterna.”
Después:
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
Y finalmente:
“Yo y el Padre uno somos.”
Leído dentro del mundo bíblico de Israel, el conjunto resulta extraordinario.
¿Cómo habríamos reaccionado nosotros?
Intentemos nuevamente realizar nuestro ejercicio.
No conocemos todavía el cristianismo.
Estamos caminando por Jerusalén hace aproximadamente dos mil años.
Escuchamos hablar a un hombre llamado Jesús de Nazaret.
Y aquel hombre declara:
Yo soy el buen pastor.
Mis ovejas oyen mi voz.
Yo les doy vida eterna.
Jamás perecerán.
Nadie puede arrebatarlas de mi mano.
Yo y el Padre uno somos.
Algunos de quienes están junto a nosotros comienzan a recoger piedras.
Jesús pregunta por qué quieren matarlo.
Y ellos responden:
“Porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Ahora podemos comenzar a sentir algo del impacto que aquellas palabras debieron producir.
El problema fundamental estaba expresado perfectamente en aquellas pocas palabras:
“Tú, siendo hombre…”
Ellos veían un hombre.
Pero escuchaban afirmaciones que consideraban incompatibles con la condición de un simple hombre.
Y esto nos devuelve nuevamente a nuestra investigación.
¿Quién era realmente Jesús?
Todavía no necesitamos llegar a una conclusión.
Estamos acumulando evidencia.
En el artículo anterior escuchamos a Jesús declarar:
“Antes que Abraham fuese, YO SOY.”
Ahora lo escuchamos afirmar:
“Yo les doy vida eterna.”
“Nadie las arrebatará de mi mano.”
“Yo y el Padre uno somos.”
Y escuchamos a sus propios adversarios responder:
“Tú, siendo hombre, te haces Dios.”
La pregunta comienza a volverse inevitable.
Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué hablaba de esta manera?
¿Sus enemigos simplemente lo malinterpretaron?
¿Sus seguidores exageraron posteriormente sus palabras?
¿Jesús estaba equivocado acerca de sí mismo?
¿O realmente estaba revelando algo acerca de su identidad que sus contemporáneos apenas podían concebir?
No decidamos todavía.
Sigamos escuchando a Jesús.
Referencias bíblicas
- Deuteronomio 6:4.
- Salmo 23:1-6.
- Salmo 82:1-8.
- Ezequiel 34:11-16.
- Juan 5:16-18.
- Juan 8:56-59.
- Juan 10:1-18.
- Juan 10:27-39.
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